Tenía que hacerse y se hizo. Francisco Macho despidió a Clara. No lo hizo sin embargo porque tuviera que hacerse. Tampoco lo hizo por acortar la agonía de Clara o de él mismo, ni porque fuera justo, que no lo era, ni porque fuera lo mejor para la empresa, ni porque estuviera escrito en la hoja de Excel con las previsiones para el año que viene, ni porque fuera viernes. Francisco Macho despidió a Clara porque no le quedó otra.
Zarandeado por la casualidad, Francisco sentía que le habían atracado y le habían dejado tirado en una cuneta, sin más opción que andar o quedarse parado, pero como el que acaba de ver su casa arruinada por una riada, se refugiaba en lo poco que le han dejado, en una mesa que se ha salvado flotando, en un cuadro de familia sin apenas daños, y en el peor de los casos, en la seguridad de que el sol brilla cada día. Así, aunque a Francisco le habían robado casi todas sus opciones, algo le quedaba. El sol y el cielo azul que por la noche se llena de estrellas. El poder decirse a sí mismo “ahora voy al baño” y “ahora, en esta hora concreta, no la despido” y “ahora tampoco”. Y así, en “ahora no la despido” y “ahora tampoco” había pasado Francisco el día hasta que las circunstancias le registraron los bolsillos, y el fondo de la chaqueta, y le quitaron esa última moneda de la suerte que Francisco tenía escondida.
-¡No me lo puedo creer! No-me-lo-pue-do-cre-er.
Clara se levantó de su mesa y a Francisco se le erizaron los pelos de los brazos. Hubiera querido esconderse debajo del escritorio, quizá ir al baño, pero ya no tenía esa opción. No tenía otra opción que quedarse sentado, esperar los interminables segundos que Clara tardó en dar los cinco pasos que separaban a Francisco de las circunstancias y enfrentarse con lo que quisiera que el destino tenía preparado para él.
-¿Otra amonestación? Te pedí permiso, Francisco. Te lo pregunté y me dijiste que me tomara el tiempo que necesitara. Y aun así he venido lo más pronto que he podido, pensando que no quería ponerte en un compromiso. ¡Ja! No, si la culpa la tengo yo por no habértelo pedido la mañana por escrito, pero ¿cómo me iba a esperar esto?
Clara se mordió los labios. Se había acercado tanto a Francisco que éste había dejado de respirar y se estaba mareando. Y aún se acercó unos centímetros más. También ella respiraba como si le costara. Inspiró y expiró dos o tres veces y apoyó las manos sobre el escritorio de Francisco.
-Dime una cosa, ¿cómo se puede ser tan hijo de puta?
En todos los años que habían trabajado juntos, Francisco jamás le había oído una palabrota a Clara. La frase le sonó desentrenada, como el que la dice en un idioma que no es el suyo. Miguel y el argentino también habían oído la improbable palabra y les miraban ahora sin molestarse en disimular su curiosidad. Hugo, por suerte, acababa de salir. Debían haber interrumpido su concentración.
Francisco se llevó la mano al pecho, dónde no tenía la pluma y no dijo nada, lo que exasperó aún más a Clara.
-¡Venga, di algo! ¡Échales la culpa a los de arriba, como siempre! ¡Sé sincero por una vez! Todo esto es para que me vaya por mi propio pie ¿no? ¡Pues lo llevas claro! Vas a tener que echarme. ¡Faltaría más!
-Clara, yo… - la culpa no es mía, iba a decir Francisco, pero se atragantó y apretó los párpados, esperando que Clara le leyera la mente y le diera una bofetada. Francisco pensó en qué haría un jefe de verdad, uno que fuera digno del nombre, ¿qué haría Deborah? Francisco repasó mentalmente sus conversaciones con ella.
-Es parte de la estrategia de la empresa para el año que viene – dijo Francisco, y Clara abrió mucho los ojos
-¿La estrategia de la empresa es hacerme la vida imposible? – Se cruzó de brazos para escuchar la aclaración
-El departamento ha estado funcionando con dos recursos menos, y con el panorama económico mundial todos tenemos que hacer sacrificios
-Pero ¿se puede saber de qué estás hablando? –Clara estaba perdiendo la paciencia.
Francisco tragó saliva. Miguel se había levantado de su mesa y acercado a ellos para escuchar mejor. Cruzado de brazos, y con el ceño fruncido, ladeaba la cabeza en un gesto de desaprobación.
-Mira, Clara, las normas están para cumplirlas. Lo siento mucho, pero no puedo hacer nada por ti. Lo mejor es que subas a Recursos Humanos para…
-¿Me estás despidiendo?
Miguel intervino
-Oye, Paco, ¿sabes que está embarazada?
Clara se volvió hacia él con un sollozo –Sí lo sabe, sí. Bien me arrepiento de habérselo dicho
-Pero bueno, ¡Esto es una sinvergoncería! –dijo Miguel, levantando la voz
Francisco apeló a Clara.
-¿No prefieres hablar de esto en una sala de reuniones?
Pero Clara se había puesto a llorar y no tenía pinta de escucharle –Ay que ver…- dijo Miguel, acariciando el hombro de Clara- Has perdido el norte, Paco. Has perdido el norte, y el sur y el todo. ¿Pero qué te está pasando por la cabeza? Te buscas una denuncia. Sí sí, una denuncia. Y ya veremos qué dice Recursos Humanos cuando se entere. –En ese instante, ante la mención de Recursos Humanos, Francisco sonrió. Por una milésima de segundo. Una sonrisa irónica que no quería significar ningún tipo de alegría o que encontrara alguna diversión en todo aquello. Ni siquiera le apetecía sonreír, pero lo hizo, y Clara y Miguel no podrían jurarlo sobre la Biblia, pero estaban casi casi seguros de que eso era lo que acababa de suceder. Clara abrió la boca y Miguel dio un puñetazo sobre la mesa de Francisco. -¡Pero bueno!- repitió. Y Clara –No me lo puedo creer.
Miguel le amenazó hasta tres veces con la denuncia que le iba a caer, a él personalmente, a Francisco, y cada vez que lo hacía, cada vez que Miguel levantaba la voz y llamaba desgraciado y sinvergüenza a su jefe, les miraban desde otros departamentos y Miguel les devolvía la mirada, orgulloso y Clara sollozaba otra vez en el hombro de Miguel, y a Francisco se le tensaba el cuello. Tenía razón. Podía casi leer la denuncia y veía claramente como progresaba el juicio, y cómo lo perdía todo, y cómo no podía pagar la pensión de su hijo y acababa durmiendo entre cartones contando a quién quisiera oírle que una vez fue jefe de departamento y tuvo una casa con piscina y lo perdió todo sin saber muy bien porqué. Porque sería a él, a Francisco personalmente, a quién dejarían en pelotas (palabras de Miguel). No se imaginaba a quién si no. No se le puede embargar el sueldo a la casualidad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario