miércoles, 12 de mayo de 2010

19

Para castigar a Olga por su desplante del viernes, Hugo no la llamó en todo el fin de semana. Había pensado más bien en ignorar sus mensajes desesperados, pero Olga no mandó ninguno. El sábado por la tarde Hugo estaba cabreado, y tuvo que salir para mentirse a sí mismo y decirse que no, que era Olga la que se quedaba en casa sufriendo sin sus atenciones. Sin embargo su escapadita nocturna no hizo sino cabrearle aún más. Con toda la intención, Hugo había vuelto al bar de intelectualillos dónde había conocido a la rubia hacía unas semanas. Buscaba bien que le montara una escena o que se dejara echar un polvo, pero no sucedió ninguna de las dos cosas. Hugo, como era su costumbre, se tomó un gin-tonic apoyado en la barra, constatando con la mirada, que era más alto que la mayoría, y definitivamente más atractivo y elegante. Luego buscó a la rubia sin moverse del sitio y sonrió satisfecho al identificar su cara pecosa y apreciar que llevaba un vestido escotado que dejaba ver el inicio de dos pechos pequeños, libres de sujetador. Estaba a punto de pedir otro gin-tonic y acercarse cuando se dio cuenta de que dos bultos con gafas de pasta negra babeaban alrededor suyo y hacían imposible un ataque directo.

Hugo resopló con disgusto y decidió esperar. Sin nada mejor que hacer, cogió un fanzine gratuito de un montón en la barra y fingió que lo ojeaba mientras observaba desde lejos a la rubia y en particular a los gafapastas. Su ropa retro y sus zapatillas de adidas le estaban molestando profundamente, sobre todo porque los muchachos ya tenían una edad como para cortarse el pelo y buscarse un trabajo decente. Hugo ya conocía como eran los de su especie. Vivían en un barrio mugriento como Malasaña o Lavapiés, iban para músicos o directores de cine mientras los papis les pagaran su broma de carrera de humanidades y cuando se acababa el chollo los más dignos echaban un currículum al Pan’s & Company y los menos vampirizaban a quién fuera para seguir pagándose los rollos de super 8. Y claro, de entre estos los que más le jodían a Hugo eran los que lo lograban. Los que acababan haciéndose famosos y paseando sus adidas y sus cortos de mierda de festival en festival. Él, Hugo, no necesitaba vestirse de mariquita sesentera y fingir que es superguay vivir en un barrio lleno de moros. Si quisiera, él podía ser escritor sin tanta parafernalia. Un escritor con estilo, como monsieur Proust. Un solo párrafo de monsieur Proust tenía más calidad que todo el contenido de esos fanzines gratuítos, todo caca-pedo-culo-pis. Así eran las cosas que Hugo no había escrito, y así Hugo se lamentaba por él, y por monsieur.

Hugo se había acabado el gin-tonic e iba a pagar y retirarse cuando la rubia rebuscó en su bolso, sacó un taco de folios en forma de manuscrito y se lo pasó a un gafapasta pequeño con la cara llena de granos, que a su vez lo metió en su bolso afeminado de plástico chillón. La rubia le sonrió, afirmó con la cabeza varias veces y le dio una palmadita en la espalda. Su amigo brindó en el aire, le sacudió de un lado a otro y le revolvió el pelo. Los tres parecían felices o drogados y a Hugo la escena le pareció repugnante. Más repugnante que imaginárselos a todos en plena orgía, y eso era repugnante. Lo que quisiera que estuviera pasando en esa esquina contradecía las leyes de la evolución natural y literaria y si monsieur levantara la cabeza compartiría las nauseas de Hugo.

La copa se le subió de golpe a la cabeza y la necesidad de hacer algo, lo que fuera, le llevó a plantarse en dicha esquina y sonreírle a la rubia hasta que a la mujer no le quedo más remedio que admitir su presencia. Lo hizo con un movimiento ambiguo de la mano derecha, y Hugo se lo tomó como una invitación para acercarse. Después todo fue un derroche de creatividad por su parte. Empezó señalando al enano del bolso chillón

-¿Te follas a la rubia?- El enano respondió con una risita.
La chica, con mucha naturalidad les presentó.
-Arturo, escritor. Hugo, jefe de nosequé
-Y yo soy Aldo. Encantado- completó el otro elemento.
-Escritor, ¿eh? Follarás mucho- Dijo Hugo
-¡Qué obsesión tiene tu amigo!- rió el tal Arturo. Hugo lo miró muy serio. Siendo escritor se follaba. Era un hecho demostrable. Por eso, y aunque dado su atractivo natural no lo necesitaba, Hugo fingía tener una novela acabada en el cajón cuando quería darle la puntilla a una conquista. Así había acabado en la cama de la rubia.

Hugo continuó hablándole al del bolso de plástico
-A ver si me explico. A mí, lo que me interesa es si follas más señoras diciendo que eres escritor o más señores tratando de que te publiquen- Arturo dejó de reír y levantó una ceja, pero no le contestó. La rubia se volvió hacia el enano.
-Tiene algo en común contigo, le apasiona Murakami. ¿Verdad Hugo?
-Sí, desde luego, me fascina que cualquiera pueda llamarse escritor hoy en día
-Ah, pero es que Arturo ha publicado –continuó la rubia dándole un toquecito en el hombro a Arturo
-Bueno, todavía no ¿eh? Pero casi- Se sonrojó él
-¿Y a quién se ha follado para publicar?- Hugo le guiño un ojo a la rubia
-A mi no me miréis, yo no le he ayudado- intervino Aldo con una sonrisa traviesa
-¡Pues claro que sí!- contestó Arturo. Hugo miró a uno y después al otro con cara de asco. -¿Qué bebéis?

Hugo pidió cuatro copas y propuso un brindis por el éxito de Murakami. Después continuó.
-Estoy celoso, cariño. Yo también te he follado y a mi no me publicas nada-. Ella mantuvo la compostura y la sonrisa. Hugo se preguntó si todavía tendría alguna oportunidad. Luego rectificó y se preguntó si le daría una oportunidad cuando ella se echara en sus brazos, cosa que necesariamente tenía que pasar. Lo cierto era que le estaba costando mantener esa saludable confianza en sí mismo. Aunque fingía no haberla leído siquiera, no olvidaba la dedicatoria en el libro de Murakami. Y la dedicatoria le había molestado y le seguía molestando: “Para el hombre que no dejó de hablar de su novela, de la mujer que podría habérsela publicado”. Hugo había creído en su momento que no era más que una fanfarronada, pero ese manuscrito cambiando de manos hacía que le costara mantener la agradable sensación de ser el más alto y el más guapo del bar.

Hugo meditaba sobre esta cuestión, sorprendido porque una chica como esa pudiera hacer tambalear su confianza, cuando un golpe de agua fría le despertó. La rubia se había tropezado y su copa de ron con cola había acabado en la cara de Hugo. Le miró y se echó a reír.

-Ay, lo siento muchísimo Hugo. ¡Qué tonta!- La rubia cogió una servilleta y se la pasó torpemente a Hugo mientras se retorcía en una risa escandalosa. Los otros se rieron también. –Vaya, ha sido sin querer pero tenías que haberte visto la cara- Hugo seguía muy serio, saboreando sin querer el líquido oscuro y pegajoso que sólo gente sin gusto podía encontrar agradable.

Los tres siguieron riéndose sin poder parar. Incluso otra gente del bar se contagió y sonrió o rió abiertamente mirando a Hugo cubierto de ron con cola. La rubia se volvió hacia los otros -¿Habéis visto? ¡Qué bueno! - y Hugo aprovechó ese momento para, con un movimiento certero de muñeca, tirarle su gin-tonic a la cara.

-Esta camisa vale más que tú.-dijo muy serio
Para su sorpresa, la rubia volvió a reírse, aún más escandalosamente mientras escurría el vestido. Los gafapastas se tiraron las copas el uno al otro, para después abrazarse obscenamente y partirse de risa. Y Hugo sintió que todos eran idiotas y él estaba muy sólo en el mundo.

Cuando salió del bar nadie se dio por enterado. Pensó en cómo a la rubia se le transparentaban los pezones y que el hecho de que no le apeteciera quedarse a disfrutarlos iba contra natura, pero la tela fría y pegajosa bajo el abrigo le recordó que estaba cabreado. Muy cabreado. Sacó el móvil de empresa e hizo una llamada a la policía municipal para advertirles de que en cierto bar, cierto grupo de tres se dedicaban a molestar a gente de bien y además debían de ir drogados.

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