La relación de Olga con Hugo era extraña. Había algo de parásito en ella, pero no estaba claro quien era el piojo de quién. Hugo no se dejaba mangonear así por un bicho con falda desde primaria. Pensando en ella se cabreaba como si le hubiera contagiado la malaria y de repente le subiera la fiebre, pero al rato ya estaba mandándole un sms para tomar un café. Olga le había dicho que parecía maricón y si no le hubiera cogido por sorpresa se hubiera ganado un sopapo, pero ahora, en lugar de darle el sopapo atrasado, Hugo se esforzaba como un gallo adolescente en demostrarle lo macho que era, en darle a entender que no había nada que esa mujer deseara tanto como meter a un servidor en su cama. ¿Y ella? Olga balanceaba su culo indiferente y volvía a ponerle enfermo. ¡Ni siquiera era un culo bonito!
Hugo pensaba en esto la mañana del viernes, mientras ponía en orden sus archivadores y de vez en cuando golpeaba con saña una de las carpetas. A Hugo le gustaban más jovencitas. Sin malicia. Sin ese arsenal de trucos rastreros que acumulaban las mujeres a partir de los treinta. Olga era más mayor que él. Seguro. Y además las sudacas y las divorciadas envejecen mal en todos los sentidos. Se vuelven redondas y amargas, como ciruelas pasas.
Los viernes apenas se organizaban reuniones. Apenas se hacía nada en realidad. Sus compañeros de departamento bostezaban mientras releían el periódico por Internet, Francisco seguía tenso y con cara de obstrucción intestinal y Hugo se había puesto a organizar carpetas porque empezaba a hacer fresco y no le apetecía salir de la oficina. Hugo era un chico pulcro y ordenado. Le gustaba mantener el escritorio limpio de trastos inútiles. Limpio de todo, en realidad. El ordenador y el teléfono a un lado y la agenda, un bote con bolígrafos y una grapadora al otro. Hugo nunca tenía papeles en la mesa. No estaba permitido dejar a la vista documentos de naturaleza confidencial, y él prefería dar la impresión de que todo lo que pasaba por sus manos era de tal naturaleza. Además, él no necesitaba imprimir cosas. ¿Para qué? Hugo no había nacido para revisar documentos e ir a las reuniones con papeles bajo el brazo. Él era el tipo de persona destinada a recibir de mano de su secretaria simpáticas carpetitas de colores con el resumen de lo que quisiera que necesitara su experta opinión.
Hugo volvió a pensar en Olga. Otro ataque de fiebre. Lo peor es que se estaba empezando a poner nervioso y no sabía muy bien la razón. Probablemente la incertidumbre, el no saber si Olga era fruta prohibida o no. Si algo estaba claro, por otra parte, es que le estaba mangoneando. Hugo se lo repitió a sí mismo y cerró el archivador con rabia. Luego lo colocó en una de las dos estanterías que le correspondían a su mesa, se concentró en un nombre para la etiqueta, se decidió por “knowledge sharing” y sonrió al darse cuenta de que podría dedicárselo a Olga. En un gesto romántico, imprimió y archivó en él el ideario de Atención al Cliente. Luego bautizó al resto de archivadores. Algunos tendrían nombres más o menos crípticos “personal development”, “strategic initiatives” y en otros escribió el nombre de los proyectos en que supuestamente trabajaba. Algunos los llenó de revistas viejas y papeles que alguien en algún momento quiso que leyera o que había encontrado en la fotocopiadora y otros los dejó vacíos.
Hugo volvió a mirar a sus colegas. La gorda, que había llegado tarde y vestida de mercadillo caro, era la única que fingía trabajar, y la única de momento que no tenía ninguna razón para hacerlo. Un rayo de sol perdido se había colado por la ventana y amenazaba con desmayar al sudaca, que ya mantenía la cabeza en precario equilibrio sobre sus hombros, a un centímetro de la siesta. Hugo cogió otros dos archivadores y escribió con cuidada caligrafía los nombres de cuatro o cinco proyectos que sus colegas tenían asignados. Luego se rió bajito. Colocó los archivadores en la estantería, bien visibles y sacudió la cabeza.
Hugo acabó con los archivadores, volvió a mirar la pantalla del ordenador en busca de algún correo atrasado y bostezó sin querer. ¡Ay, la pereza! No, ciertamente no tenía ninguna gana de salir por el garaje a la cafetería así que mandó un correo a Olga para que se tomara un café con él en la cocina de la planta de algún departamento neutral.
“Guapa. Me aburro. Rescátame”
Releyó el correo de cuatro palabras y le pareció simplón. No era digno de él. Lo reescribió.
“Mi querida virgen de las atenciones telefónicas, el aburrimiento me persigue agitando su rosario de deditos de funcionarios. Rescátame”
Releyó el correo y le pareció genial. No era digno de Olga. Lo envió.
La respuesta, escueta, pronto tintineó en su pantalla
“No puedo. Final de mes”
Hugo leyó el correo de una línea y le volvió a subir la fiebre. ¿Le acababa de rechazar? Sí, sí. Le había rechazado. ¿Quién se creía que era? ¿Qué tonterías decía? ¿Era posible? Le había rechazado. Así, sin explicaciones, como lo haría él con cualquiera que le invitara a una reunión antes de las once de la mañana. Hugo se despejó en un instante y le escribió otra vez.
“Me da igual que tengas la regla, guapa. Te estoy invitando a un café, no a follar”
Esta vez la respuesta tardó un poco más. Hugo se balanceó en la silla con los brazos cruzados y resoplando, en una lucha de miradas con el monitor de diecinueve pulgadas.
“No puedo. Estoy liada. Si te aburres, puedes echarte una siesta en la sala de oración. Planta baja, detrás de recepción”
“¿Vienes conmigo?”
“Acabas de decir que no quieres follar…”
Hugo resopló y golpeó la mesa con el ratón. El sudaca se despertó, dio un respingo, y se puso a teclear. Hugo escribía en su cabeza un correo genial que le hiciera ver a Olga de una vez por todas con qué clase de material estaba jugando. Pero en ese momento la gorda se puso a berrear e interrumpió sus pensamientos. Hugo se levantó con un ¡joder! y bajo las escaleras para encerrarse en la sala de oración.
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