martes, 30 de marzo de 2010

16

Francisco no tenía fuerzas ni ganas de discutir con Hugo. Mientras no tuviera quejas de él, prefería ignorarle y sentía cierto alivio esos días en que Hugo no pisaba el departamento, porque cuando lo hacía, Francisco no sabía ni que decirle. Cuando él empezó en la empresa, Hugo debía tener todavía acné, pero aún así, daba la impresión de conocer mejor su oficio que el propio Francisco, al que le costaba coger el ritmo cada vez que se cambiaban los procesos, las normativas, las plantillas, y hasta el logo de la empresa, y añoraba los tiempos en que trabajar sólo consistía en hacer tu trabajo.

En esos momentos Francisco no estaba de humor para admirar la capacidad de Hugo de recordar de cuantos días disponía el departamento para elaborar una respuesta a una petición en caso de que fuera rutinaria o en caso de que fuera urgente. Francisco tenía que solucionar lo de Clara, y había decidido enfrentarse a Deborah por ella. Quizá no fuera capaz de dar marcha atrás a su despido, ¿quién era él para torcer los planes a la casualidad? Pero al menos debía tener derecho a exigir una jugada limpia. Un despido justo, con su indemnización, finiquito y carta de recomendación. Si había que portarse como un hijo de puta, él al menos sería un hijo de puta decente.

Dejó pasar varias horas, porque tenía la esperanza secreta de que Deborah ya se hubiera ido, pero para su desgracia, Deborah seguía en su despacho a las siete de la tarde, con la puerta entreabierta y la luz cálida de un flexo, extrañamente accesible. Francisco carraspeó y golpeó la puerta tímidamente, ella hizo un gesto con la cabeza, y Francisco entró en el despachó, cerró la puerta, y rápidamente se sentó en la silla habitual. Deborah no se molestó en guardar los papeles esta vez, pero cruzó las manos sobre la mesa y sonrió brevemente.

-¿Qué pasa, Francisco? What’s the matter?
-Clara ha recibido una amonestación.

Deborah esperó sin mover un pelo a que Francisco continuara. Francisco podía notar el cuello en tensión, como cada vez que hablaba con ella, como si las pupilas de esa señora le paralizasen. Tras dos segundos de lucha de miradas se dio por vencido y arrancó a hablar, atropellándose con las palabras y dejándose llevar por lo que sentía.

-Y eso no me gusta. No me gusta nada. No son formas dignas de una empresa importante. Si hay que despedir a alguien, bien. Se despide. Pero bien. Las cosas hay que hacerlas bien. Sabiendo estar. Con elegancia. Sin trucos rastreros que al final sólo nos van a ahorrar dos duros.

Deborah levantó las cejas, sorprendida. Francisco cayó en la cuenta de que acababa de llamar rastrera a la Directora de Recursos Humanos y se aflojó el nudo de la corbata, como si le dificultara la tarea de tragar saliva.

-Quiero decir, que me gustaría llevar este tema… con más consideración por las circunstancias de la interesada.

Deborah descruzó las manos y se echó hacia atrás inspirando hondo. Se arregló un mechón del pelo y frunció los labios antes de inclinarse de nuevo hacia delante y responder.

-Me sorprendes, Francisco. -Deborah insistía en repetir su nombre, con ese horrible acento británico “Fransiscou”- Me sorprendes y me decepcionas. Una de mis prioridades como Directora de Recursos Humanos siempre ha sido la percepción del departamento. He trabajado mucho para que los “managers” como tú se den cuenta de que Recursos Humanos está a vuestro servicio. Para libraros de quebraderos de cabeza y hacer vuestra vida más fácil.

Francisco no tenía ni idea de a dónde quería llegar Deborah, pero el sudor le estaba empezando a resbalar por la espalda hasta la rabadilla. Cada vez que ella le apuntaba con su uña recortada y lacada, Francisco se sentía como si le hubiera pillado metiéndole la mano debajo de la falda.

-¿No te das cuenta? ¡Te estoy salvando de futuras denuncias!
-Pero ¿porqué iba a denunciarme Clara?

Deborah se rió casi en silencio y, quizá consciente de la inocencia de su interlocutor, se relajó otra vez en la silla

-Hay gente que se deja aconsejar mal. Los abogados son una peste.
-¿Y no tendremos menos denuncias si la despedimos con una indemnización, como debe ser?

Deborah elevó el tono de voz y las manos al cielo
-¡Pero Francisco! ¿Por quién me tomas? ¡Claro que vamos a darle una indemnización! ¡Qué clase de empresa seríamos si no! Pero dos amonestaciones te cubren las espaldas. Ella sabe que si falta a las normas, legalmente podemos despedirla sin más, pero esta empresa es tan decente –Deborah levantó la uña- ¡tan considerada! Que le ofrece una indemnización aunque, como ella bien sabe, no la merece
Deborah ladeó la cabeza y sonrió. Era una sonrisa que en otras circunstancias se hubiera podido considerar cálida, pero, quizá por la luz del flexo, a Francisco le pareció que se le escapaba una pizca de maldad por las comisuras de los labios. Era algo casi invisible, imaginaciones de Francisco, que según Deborah, no sólo era un machista, sino también un malpensado.

Lo que de verdad le parecía fruto de su imaginación era que había sido su decisión el echar a Clara. Así parecía ser, así pensaría cualquiera que les escuchara a Deborah y a él, y aunque en otro momento Francisco se hubiera alegrado de ser él el orgulloso padre de una decisión empresarial, en este caso concreto, cuando llevaba días amparándose en la casualidad y en su poder para evitarse el mal trago que le hacía pasar el tener que despedir a nadie, descubrir que podía tomar decisiones solamente le hacía sentir un ser aún más miserable.

-Francisco… -Deborah le gastaba el nombre como si fuera un crío con problemas de atención – lo mejor será que acabes con esto cuanto antes.

Ahora le miraba con los labios fruncidos y cara de pena. Cómo si le diera un consejo de madrastra. Francisco inclinó la cabeza, murmuró un “gracias” y salió de la habitación. En cierto modo la reunión podía considerarse un éxito. Clara tendría su indemnización, su finiquito, su carta de recomendación… Francisco bajó a su departamento, recogió las cosas, se puso el abrigo con un suspiro y apagó el halógeno, el último de toda la planta. En el edificio de enfrente apenas quedaban luces encendidas. Todo el mundo debía estar tomándose unas copas, cenando en casa, yendo al cine, disfrutando de la familia… ignorando que Francisco, y quizá un ser como Francisco en el edificio de enfrente, iban a pasar la noche a solas con su culpa y su merluza congelada.

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