miércoles, 17 de marzo de 2010

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En otras circunstancias, Hugo hubiera sido un escritor famoso. En otro tiempo, en un lugar diferente, en un contexto distinto la pluma de Hugo se hubiera alzado por encima de la mediocridad. La tinta de Hugo hubiese manchado la reputación de los más grandes, Hugo habría vomitado palabras que serían parte de historias, relatos, ensayos, novelas y cuentos, y su creatividad hubiera sido aplaudida por el vulgo y por la Historia con mayúsculas. Hugo podría haber escrito prosa inmortal.

En otras circunstancias.

Porque en este lugar y en este momento hay demasiada tinta, pensaba Hugo. Demasiados escritores. Demasiada gente. ¡Millones! Decenas de millones de personas vulgares y corrientes que desde los seis años tienen el poder de leer y escribir. ¡Y lo usan! No todo el mundo debería saber escribir. Lo único que hacen es llenar papeles de tonterías y quitar tiempo a la gente para leer cosas importantes. Las cosas que gente como Hugo tiene que decir.

Ya no basta ser el mejor, se decía Hugo. Uno puede aspirar a ser el mejor de la clase, el empleado del mes, el mejor hijo... Es posible ser el mejor de cien, unos cuantos cientos. Pero ¿millones? Eso significa ser el mejor de diez mil clases, de cientos de miles de madres. Son números sin sentido, sin cara, inimaginables. Cuando trataba de visualizarlo la cabeza le daba vueltas. Decidió que era hora de levantarse de la cama y darse una ducha. La cabecita rubia que reposaba en la almohada contigua protestó medio en sueños.

Había que tener en cuenta los cientos de millones de hispanohablantes que se dedican a colar sus libros como si fueran bananas, había que considerar los miles de millones de personas que gracias al poder de la traducción podrían, en teoría, inundar este lugar y este momento con sus símbolos extraños disfrazados con las letras del abecedario.

Cosa que no habrían podido hacer en otras circunstancias.

El mundo era mejor antes. Hugo había llegado tarde y se lamentaba. Hace apenas un siglo todos los intelectuales se conocían entre ellos, los que no eran intelectuales estaban demasiado ocupados trabajando dieciséis horas al día como para ponerse a jugar a serlo y los sudamericanos, los chinos, los africanos y demás… bueno, esos tenían bastante con lo suyo.

Salió de la ducha, sonrió brevemente al verse los abdominales reflejados en el espejo del baño y volvió al dormitorio ajustándose pulcramente la toalla bajo el ombligo.

Hace menos de un siglo, Hugo hubiera formado parte de la élite. De eso estaba convencido. Se imaginaba a sí mismo vestido con chaleco y pantalón de pinzas, bebiendo bourbon en un café de Montmartre y recibiendo los elogios de monsieur Proust. Pero ahora…

La mirada de Hugo fue a caer en el libro de la mesita de noche. Murakami.

Ahora simplemente las circunstancias habían cambiado.

-¡Joder! ¿Un chino?

La cabecita rubia emergió de entre las sábanas y dejó al descubierto una cara pecosa que aparentaba menos años de los que tenía.

No sin esfuerzo los ojos de la chica acabaron por abrirse y enfocar el objeto que agitaba Hugo.

-Es japonés – Dijo, y volvió a dejar caer la cabeza en la almohada
-Chinos, japoneses… solo faltan los congoleños publicando libros en este puto país
-Bueno, está…
-Déjalo- cortó Hugo dejando el libro donde estaba- No quiero saberlo.

Recogió los pantalones de la silla y se los puso con enfado cierto, pero incomprensible. Se abotonó la camisa maldiciendo que se hubiera llenado de arrugas y se acercó al espejo del armario para hacerse el nudo de la corbata. Antes de salir sacó del bolsillo de la americana la cartera y contó seis billetes de cinco euros que arrojó con brusquedad sobre la cama.

La cabecita rubia volvió a levantarse y le costó aún más tiempo que antes llegar a enfocar los billetes. Debía pensar que todavía estaba soñando. Y con razón.

Hugo había conocido a la chica en un bar. Le llamó la atención un colgante, o la melena rubia, se acercó e hizo un comentario ingenioso. Después le había invitado a un par de copas y acompañado a casa “porque estas calles por la noche no son seguras para una señorita”. Así que ahora la señorita pecosa tenía razones para observar los billetes como si los hubiera dejado en la cama un platillo volante.

Lo que la rubia no podía saber es que Hugo hacía estas cosas de vez en cuando porque todo en esta vida es material de novela. Esa era la razón por la que Hugo siempre llevaba seis billetes de cinco euros en la cartera. Hacían mejor efecto que tres de diez, y era más barato que dos de veinte. En estas ocasiones Hugo trataba de mantenerse serio pero normalmente le salía una sonrisa juguetona, a veces malvada. Hugo lanzaba los billetes y para disimular bajaba la vista y se arreglaba los botones de la manga o el cuello de la camisa mientras miraba a la chica con el rabillo del ojo.

La rubia sacudió la cabeza, cogió de la mesilla unas gafas, se las puso, y a continuación se estiró para alcanzar un bolígrafo y el libro de Murakami. Escribió una dedicatoria en la primera página y poniendo uno de los billetes entre la tapa y la firma se lo devolvió a Hugo.

-Sólo cuesta veinticinco euros en el Corte Inglés –y volvió a dejar caer la cabeza en la almohada – supongo que no necesitas que te acompañe a la puerta.

Hugo salió de la habitación pensando que prefería las que se ponían violentas.

Además hasta hace poco la mayoría de las señoritas no tenían tiempo ni ganas de leer a autores chinos. En otras circunstancias esa chica se hubiera pasado la noche escuchando los poemas de Hugo entre suspiros con los pechos desnudos reposando sobre un diván.

Pero en estas circunstancias, en este tiempo y en este lugar, Hugo había acabado trabajando para una empresa de logística americana, con un título pomposo que contenía la palabra “manager” y una descripción un tanto obscura y teniendo que hacer esfuerzos innecesarios para ligar a una chica en un bar.

No, Hugo no estaba satisfecho con sus circunstancias.

2 comentarios:

  1. ¿donde ocurre? ... No termina de gustame el nombre de Hugo, muy duro, tal como lo muestras encontraría mas lógico nombres como : Vicent, Alberto, o incluso Ernesto en homenaje a otro escritor ...

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