Los días fueron pasando uno detrás de otro con la cualidad de la calma que no hace sino anunciar la tormenta. Esa era la sensación con la que llegaba cada día Francisco al trabajo, y a juzgar por las caras de sus subordinados, todos compartían el mismo pensamiento, todos participaban en un curioso ejercicio de telepatía en el que no hacía falta sino una caída de hombros para dar a entender que cuanto más durase el silencio, el cielo despejado, el bochorno y la tranquilidad, más cruel sería el vendaval que tenía que destruirlo todo.
Y es que nada había sucedido desde la charla del presidente. Nada. El final de un día había traído otro y así había pasado más de una semana, hasta que una mañana, Francisco se dio cuenta de que era jueves y una angustia nueva le agarró por el cuello.
Esa mañana Francisco dejó el abrigo y miró extrañado a su alrededor. No había nadie sentado en las mesas de su departamento. Tampoco en los de otros departamentos que se sentaban cerca de ellos en el espacio abierto. Echó un vistazo al reloj, para comprobar, como ya sabía, que no había llegado por error a las cinco de la mañana. Francisco volvió sobre sus pasos y se dirigió a la cocina donde decenas de personas se apiñaban enfrente de un cartel blanco en el frigorífico, al lado de la máquina de café: “Más Y Menos”. Los comentarios eran los previsibles “Bueno, ya cayó el zumo. Se veía venir” “No nos quitarán el café también, ¿no?” “No mujer, ¿quién iba a trabajar si nos quitan las drogas? Jeje” “Le he preguntado al chico que ha puesto el cartel. No tenía ni idea” “A ver qué pasa ahora” “A mí el diseño del cartel me parece un poco pobre” “Yo sin café es que no soy persona” “Y parece que lo han impreso en un garaje. La calidad es terrible” “A mi lo que me jode es que no han avisado” “Si, hombre, para darte tiempo a robar las galletas, ¿eh?” “Pues yo me voy a ir robando el café, por si acaso” “Paco, ¿a ti te han dicho algo?”
El nudo en la garganta no le dejaba expresarse con claridad así que Francisco negó con la cabeza y volvió rápidamente a su mesa. Allí encendió el ordenador para comprobar con un amago de sofoco, que el recordatorio de la reunión bimensual con Recursos Humanos no se había volatilizado.
A las once menos tres minutos, Francisco se llevó la mano al pecho, tomó el cuaderno de notas y un bolígrafo sin poderes mágicos y se dirigió con un suspiro hacia el ascensor. Pulsó el botón del último piso, se escurrió entre las puertas metálicas, echó una meada rápida, miró el reloj y caminó rapidito al despacho de Deborah, que ya le esperaba con la puerta entreabierta.
-¡Francisco! Come in, come in, please – Dijo Deborah, invitándole a su guarida con un gesto de la mano.
Francisco atravesó la habitación con pasos largos y se sentó en la silla enfrente de Deborah mientras ella guardaba en un cajón el ya consabido montoncito de folios y cruzaba las manos sobre la mesa. La directora de Recursos Humanos tenía un aspecto inmejorable, como si se hubiera hecho una limpieza de cutis para celebrar los despidos. Por otra parte, Francisco sospechaba que si sus primas dependían del dinero que le ahorrase a la empresa, pronto podría pagarse un barril de botox.
Francisco apartó de su cabeza esas ideas, que podían costarle el trabajo si Deborah era capaz de leer la mente y barrió la mesa con la mirada, buscando su estilográfica perdida, hasta que Deborah rompió el silencio.
-Bueno. ¿Tenemos una decisión?
Francisco había estado pensando en lo que respondería a esta pregunta durante dos semanas y todavía no tenía una respuesta. Mejor dicho, no había más respuesta posible que la que tenía. Quizá contagiado por el espíritu despreocupado de Miguel y el argentino, se había pasado la quincena esperando un milagro, y ahora que el dios de las multinacionales no había escuchado sus súplicas, se negaba a ofrecerle el sacrificio humano que le pedían.
-Sí, bueno… no… es que hay un cambio. No contábamos con que…– balbuceó Francisco.
Deborah se inclinó sobre la mesa y frunció las cejas. Francisco tragó saliva y continuó.
-Es que Clara está embarazada
Deborah no movió un músculo. Francisco pensaba deprisa y las ganas de decir algo le llevaron por caminos inesperados.
-He estado pensando. Lo más lógico es que en menos de un año se coja una baja de varios meses, y claro… en ese caso quizá no tenga mucho sentido despedir a…
Deborah no le dejó terminar. Antes de que Francisco acabara de pronunciar la palabra “nadie”, ella se echó hacia atrás en la silla y levantó las manos en el aire.
-¡Acabáramos! Francisco, hombre, no pasa nada, por dios. Estamos en el siglo veintiuno. Lo que cuenta es cumplir los objetivos. Entiendo tu reparo, pero no tienes que preocuparte. Desde luego, en esto tienes todo mi apoyo. ¿Cuándo puedo comunicárselo?
-¿Comunicar el qué?
-¡El despido, hombre! No pensarás hacerlo por carta.
Deborah jugueteó con las uñas en la mesa. Estaba empezando a ponerse nerviosa, y Francisco sentía que lo liaba todo más con cada frase. Tragó saliva, puso en orden sus pensamientos y miró a Deborah a los ojos.
-Yo quería decir que no podemos despedir a Clara.
Deborah golpeó brevemente con un puño en la mesa -¡Cómo que no! ¿Es que acaso tenemos que darle un trato especial por ser mujer o estar embarazada? No te tomaba por un machista, Francisco. Como jefe de departamento, tu labor implica tomar a veces decisiones difíciles, y la empresa espera que seas capaz de tomar esas decisiones basándote en criterios objetivos y sin dejarte llevar por el sexo del empleado o cualquier otra característica accidental. ¿Estamos?
Francisco no estaba. Hacía tiempo que asistía a la reunión desde fuera de su cuerpo. Le habían abandonado las fuerzas y todos los poderes sobrenaturales y se frotó las manos para recordarse que todavía era capaz de controlar su cuerpo mortal. Deborah se había quedado en silencio, mirándole fijamente y Francisco hacía esfuerzos inhumanos para poner juntas todas las palabras que se le venían a la cabeza, pensando si convenía insistir en su postura y ser tildado de machista u ofrecer otra víctima a Deborah cuando comenzó a sonar “Don’t Go Breaking My Heart” en el móvil de la directora, que sin mirar siquiera a Francisco empezó a rebuscarlo en los cajones.
Deborah esbozó una sonrisa al mirar la pantallita del blackberry y arreglándose los puños de la camisa dijo.
-Me vas a tener que perdonar pero no me queda más remedio que ir concluyendo esta reunión.
Francisco mientras tanto había visto un objeto dorado y alargado en el fondo del cajón que Deborah había abierto y como por encanto pareció recobrar el ánimo
-Bien. Mejor acabamos de hablar de esto el próximo día.
-¡Ah, no, no! De ninguna manera. La parte más difícil, que es tomar la decisión, ya la has hecho. El resto puedes dejárselo a Recursos Humanos. Tú vete pensando en el segundo recurso. –Deborah cerró el cajón de golpe, se levantó con el móvil en la mano, le dio la otra a Francisco y lo sacó del despacho con la fuerza de su indiferencia. Una fuerza como un vendaval de casualidad que se llevó a Francisco por los aires y lo dejó caer tres pisos más abajo, despeinado y con el estómago en la campanilla.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario