martes, 30 de marzo de 2010

11

Después de la reunión Hugo estaba cansado y había decidido tomarse una tarde relajada y fingir que tenía otras reuniones hasta las seis. Si alguien quería comprobarlo ahí estaba su calendario-agenda, lleno de encuentros imaginarios que le llevó al menos veinte minutos inventar. Porque él era un artista. No se limitaba a escribir “cita con Fulano” “reunión con Mengano”. Hugo creaba agendas de reunión y las traducía al inglés, con sus bullet points y sus negritas y cursivas. Escribía los temas que según él necesitaban ser discutidos en la empresa y creaba con deleite absoluto párrafos enteros que no querían decir absolutamente nada. Ahora mismo, a las dos, tenía una reunión con un “target group” de Atención al Cliente para hacer un “brainstorming” del cual conseguir “proactively” una serie de “initiatives of common interest” para ambos “departments”.

“Proactive” era una palabra maravillosa que habían traído los yanquis. Por iniciativa propia, podría traducirse, y era algo así como una bula empresarial. Por iniciativa propia podía uno reunirse con un vicepresidente, preparar un informe de calidad, sugerir cambios en el programa de contabilidad o faltar a una reunión para tocarse los huevos. Hugo se definía a sí mismo como una persona muy “proactiva”.

Y no faltaba del todo a la verdad, Hugo, con su proactividad y con su reunión de las dos. Olga le había prometido que si le acompañaba a probarse unos zapatos, le contaría lo que sabía que estaba planeado para bajar los costes. De esa reunión, seguro, el departamento de Hugo, o al menos parte de él, iba a beneficiarse.

Cuando Hugo salió por el garaje, Olga ya estaba esperándole en la entrada, acabándose un cigarrillo. Le pidió un segundo y se retocó el rojo de labios con un espejito de mano. Hugo, que había dejado el abrigo en la oficina, estaba empezando a quedarse frío y miró con envidia el chaquetón de Olga.

-¿No vas a volver a la oficina?
-¡Uy, no! A las tres ya no merece la pena- Olga debió darse cuenta de que el pobre hombre tiritaba, guardó el espejito y, como una pareja de toda la vida, se colgó de su brazo camino del centro comercial.

Una vez allí Olga se probó no uno, sino decenas de pares en varias zapaterías distintas, impasible ante el gesto de disgusto con el que Hugo arrugaba la nariz cada vez que ella elegía tachuelas, sandalias de tacón, o lo que fuera lo más vulgar del estante. De vez en cuando le pedía a Hugo (y no al dependiente) un treinta y seis o unos igual o parecidos en gris, y justo cuando Hugo estaba a punto de volverse por donde había venido y quizá trabajar un poco, Olga le ofrecía ese caramelito, esa cucharadita de información que le hacía a Hugo sonreír, y sugerir esas francesitas en un color más discreto.

-No nos engañemos. Lo principal son los despidos, y lo demás es para hacer ver a la gente que se está haciendo un esfuerzo precisamente para evitar despidos. La prueba está en que los recortes de personal ya están decididos y para lo demás se ha creado un proyecto. ¿Te gustan? No sé. A mí no me acaban de convencer. ¿Te importa preguntar si los tienen con la punta redonda? En el proyecto ese, trabaja una amiga mía, por cierto, que es la que me ha contado todo. Una loca, si le hacen caso a ella vamos a acabar pagando la electricidad nosotros.

Hugo llamó por enésima vez al dependiente y cogió el zapato que Olga le tendía. Olga jugueteaba con los pies descalzos en la alfombra.

-Para empezar cambian la empresa de limpieza por otra más barata. Y también reducen los turnos de los seguratas. O sea, que mejor que cierres los cajones con llave por la noche.

Hugo no tenía alergia al polvo, y tampoco pensaba entrar a robar a la empresa. ¿Por quién le tomaba? Olga se calzó los zapatos de charol azul, y se levantó para mirarse en el espejo.

-¿Me sujetas el bolso? La señora que riega las plantas también se va, así que prepárate para ver engendros de plástico. Hablando de engendros, los regalos de Navidad se sustituyen por trabajos manuales- Se volvió para mirarle y mirarse por detrás- ¡Qué tonto eres, por Dios, no te rías!
Olga le dio un toquecito en broma con un zapato y Hugo estuvo tentado de darle a ella en broma con toda la palma.

-Nos quitan los zumos y galletitas de la cocina, las subscripciones a revistas técnicas y los vuelos en business. Por descontado se bajan los límites de llamadas personales, cursos, y viajes al extranjero. ¡Ah! Por cierto…
Olga se sentó otra vez, sonrió coqueta y sacudió la melena. Hugo podía sentir que lo bueno venía ahora. Que todo lo que le había contado sólo eran los preliminares. Estaba tan excitado que se acercó sin quererlo a Olga, y cuando ella levantó el pie, se agachó y le calzó unos botines con plataforma como lo haría un príncipe encantado.

-Los coches de empresa con menos de dos mil kilómetros al mes se suprimen
Olga le guiñó el ojo y se ajustó el sujetador. Le deseaba. Hugo lo sabía y ahora tenía la prueba. Olga le deseaba y jugaba con él como una perra. En ese momento Hugo le hubiera dado un beso en la boca. Mejor, desde donde estaba, con una rodilla en tierra, le hubiera bajado las bragas. Pero se controló, y lo único que hizo, según se levantaba, fue parar un segundo para olerle el pelo.

A eso de las tres de la tarde, la muy pesada se decidió por un modelo en negro brillante con casi diez centímetros de tacón que a Hugo le pareció no desentonaría en los pies de una drag queen, le pidió prestados diez euros para no tener que pagar con tarjeta y anunció que iba siendo hora de irse a su casa.

-Por cierto. Tu departamento no ha cambiado de nombre ¿no?
-No. ¿Por qué?
-Ya te contaré, que se me hace tarde.

Olga le dio dos castos besos en las mejillas y Hugo los acompañó de una caricia en la cintura. Le hubiera dado de azotes en ese culo enorme hasta soltara como una piñata todo lo que sabía, pero se controló, la dejó ir, y helado de frío volvió a su puesto de trabajo.

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