Francisco no tenía fuerzas ni ganas de discutir con Hugo. Mientras no tuviera quejas de él, prefería ignorarle y sentía cierto alivio esos días en que Hugo no pisaba el departamento, porque cuando lo hacía, Francisco no sabía ni que decirle. Cuando él empezó en la empresa, Hugo debía tener todavía acné, pero aún así, daba la impresión de conocer mejor su oficio que el propio Francisco, al que le costaba coger el ritmo cada vez que se cambiaban los procesos, las normativas, las plantillas, y hasta el logo de la empresa, y añoraba los tiempos en que trabajar sólo consistía en hacer tu trabajo.
En esos momentos Francisco no estaba de humor para admirar la capacidad de Hugo de recordar de cuantos días disponía el departamento para elaborar una respuesta a una petición en caso de que fuera rutinaria o en caso de que fuera urgente. Francisco tenía que solucionar lo de Clara, y había decidido enfrentarse a Deborah por ella. Quizá no fuera capaz de dar marcha atrás a su despido, ¿quién era él para torcer los planes a la casualidad? Pero al menos debía tener derecho a exigir una jugada limpia. Un despido justo, con su indemnización, finiquito y carta de recomendación. Si había que portarse como un hijo de puta, él al menos sería un hijo de puta decente.
Dejó pasar varias horas, porque tenía la esperanza secreta de que Deborah ya se hubiera ido, pero para su desgracia, Deborah seguía en su despacho a las siete de la tarde, con la puerta entreabierta y la luz cálida de un flexo, extrañamente accesible. Francisco carraspeó y golpeó la puerta tímidamente, ella hizo un gesto con la cabeza, y Francisco entró en el despachó, cerró la puerta, y rápidamente se sentó en la silla habitual. Deborah no se molestó en guardar los papeles esta vez, pero cruzó las manos sobre la mesa y sonrió brevemente.
-¿Qué pasa, Francisco? What’s the matter?
-Clara ha recibido una amonestación.
Deborah esperó sin mover un pelo a que Francisco continuara. Francisco podía notar el cuello en tensión, como cada vez que hablaba con ella, como si las pupilas de esa señora le paralizasen. Tras dos segundos de lucha de miradas se dio por vencido y arrancó a hablar, atropellándose con las palabras y dejándose llevar por lo que sentía.
-Y eso no me gusta. No me gusta nada. No son formas dignas de una empresa importante. Si hay que despedir a alguien, bien. Se despide. Pero bien. Las cosas hay que hacerlas bien. Sabiendo estar. Con elegancia. Sin trucos rastreros que al final sólo nos van a ahorrar dos duros.
Deborah levantó las cejas, sorprendida. Francisco cayó en la cuenta de que acababa de llamar rastrera a la Directora de Recursos Humanos y se aflojó el nudo de la corbata, como si le dificultara la tarea de tragar saliva.
-Quiero decir, que me gustaría llevar este tema… con más consideración por las circunstancias de la interesada.
Deborah descruzó las manos y se echó hacia atrás inspirando hondo. Se arregló un mechón del pelo y frunció los labios antes de inclinarse de nuevo hacia delante y responder.
-Me sorprendes, Francisco. -Deborah insistía en repetir su nombre, con ese horrible acento británico “Fransiscou”- Me sorprendes y me decepcionas. Una de mis prioridades como Directora de Recursos Humanos siempre ha sido la percepción del departamento. He trabajado mucho para que los “managers” como tú se den cuenta de que Recursos Humanos está a vuestro servicio. Para libraros de quebraderos de cabeza y hacer vuestra vida más fácil.
Francisco no tenía ni idea de a dónde quería llegar Deborah, pero el sudor le estaba empezando a resbalar por la espalda hasta la rabadilla. Cada vez que ella le apuntaba con su uña recortada y lacada, Francisco se sentía como si le hubiera pillado metiéndole la mano debajo de la falda.
-¿No te das cuenta? ¡Te estoy salvando de futuras denuncias!
-Pero ¿porqué iba a denunciarme Clara?
Deborah se rió casi en silencio y, quizá consciente de la inocencia de su interlocutor, se relajó otra vez en la silla
-Hay gente que se deja aconsejar mal. Los abogados son una peste.
-¿Y no tendremos menos denuncias si la despedimos con una indemnización, como debe ser?
Deborah elevó el tono de voz y las manos al cielo
-¡Pero Francisco! ¿Por quién me tomas? ¡Claro que vamos a darle una indemnización! ¡Qué clase de empresa seríamos si no! Pero dos amonestaciones te cubren las espaldas. Ella sabe que si falta a las normas, legalmente podemos despedirla sin más, pero esta empresa es tan decente –Deborah levantó la uña- ¡tan considerada! Que le ofrece una indemnización aunque, como ella bien sabe, no la merece
Deborah ladeó la cabeza y sonrió. Era una sonrisa que en otras circunstancias se hubiera podido considerar cálida, pero, quizá por la luz del flexo, a Francisco le pareció que se le escapaba una pizca de maldad por las comisuras de los labios. Era algo casi invisible, imaginaciones de Francisco, que según Deborah, no sólo era un machista, sino también un malpensado.
Lo que de verdad le parecía fruto de su imaginación era que había sido su decisión el echar a Clara. Así parecía ser, así pensaría cualquiera que les escuchara a Deborah y a él, y aunque en otro momento Francisco se hubiera alegrado de ser él el orgulloso padre de una decisión empresarial, en este caso concreto, cuando llevaba días amparándose en la casualidad y en su poder para evitarse el mal trago que le hacía pasar el tener que despedir a nadie, descubrir que podía tomar decisiones solamente le hacía sentir un ser aún más miserable.
-Francisco… -Deborah le gastaba el nombre como si fuera un crío con problemas de atención – lo mejor será que acabes con esto cuanto antes.
Ahora le miraba con los labios fruncidos y cara de pena. Cómo si le diera un consejo de madrastra. Francisco inclinó la cabeza, murmuró un “gracias” y salió de la habitación. En cierto modo la reunión podía considerarse un éxito. Clara tendría su indemnización, su finiquito, su carta de recomendación… Francisco bajó a su departamento, recogió las cosas, se puso el abrigo con un suspiro y apagó el halógeno, el último de toda la planta. En el edificio de enfrente apenas quedaban luces encendidas. Todo el mundo debía estar tomándose unas copas, cenando en casa, yendo al cine, disfrutando de la familia… ignorando que Francisco, y quizá un ser como Francisco en el edificio de enfrente, iban a pasar la noche a solas con su culpa y su merluza congelada.
martes, 30 de marzo de 2010
15
”La gorda ha caído”, pensó Hugo con cierta admiración hacia Francisco. No se imaginaba que su jefe tuviera huevos para despedirla, pero su intuición le aseguraba que eso era exactamente lo que acababa de hacer Francisco en la cocina, y la intuición de Hugo estaba tan pulida como sus zapatos. El jefe que no sabe qué hacer ni que decir, la empleada con cara de síndrome premenstrual, el silencio incómodo… Sí, una había caído por fin y eso había que celebrarlo. No es que Hugo se alegrara de que hubiera sido precisamente la gorda, a él le daba igual que se fuera ella o cualquiera de los otros dos. Lo importante es acababan de echar a alguien y ese alguien no era él. Todo estaba siguiendo un guión perfecto en el que él era el protagonista, el elegido. Todo podía hundirse a sus pies o a su alrededor, y a él no se le arrugaba el cuello de la camisa. Tan pronto como Francisco reuniera suficiente testosterona como para encararse con uno de los otros, todo acabaría y Hugo podría disfrutar de su final feliz, de sus horas de trabajo tranquilitas, pensando en argumentos de novelas que podría escribir en cualquier momento, hasta que alguien de las alturas reconociera su talento y le llamara para disfrutar del olimpo de BMWs y despachos con puerta.
El despido de la gorda le acababa de traer a la cabeza a su chica favorita de Recursos Humanos. Debían quedarle dos días justos en ese sitio y convenía hacerle una visita.
Hugo bajó silbando al primer piso. Se dio un repaso en el espejo del ascensor y se encaminó al escritorio de la chica de los ojos rojos, que a esas alturas no tenía en las paredes más que el celo de las fotos que una vez habían estado allí.
-Hola guapísima, ¿Nos vamos a un sitio más privado tú y yo?
La chica sonrió al ver a Hugo.
-Si necesitas hacer algún papeleo, es casi mejor que hables con cualquier otra. Mañana es mi último día
Hugo no tuvo que hacer muchos esfuerzos para fingir cara de pena. Durante un par de semanas, la chica había sido su ángel de la burocracia. Había firmado y procesado sus irracionales gastos de viaje, sus imaginarias cenas con clientes y sus ridículas peticiones de material de oficina, incluida una agenda de tapas de cuero, parecida a las reservadas a jefes de departamento, pero sin logo de empresa. Hugo conocía pero que muy bien cómo y cuanto podía sobrepasarse sin que las facturas llegaran jamás a alguien del departamento de finanzas, o peor, a la directora de Recursos Humanos. Por ejemplo, Hugo no podía pedir una agenda de cuero de las pocas decenas reservadas para jefes, eso lo hubiera tenido que firmar Francisco, pero sí podía seleccionar material fuera del catálogo de empresa hasta cierto límite mensual. Todo en esa empresa era cuestión de límites, y Hugo consideraba un derecho y una obligación el gastarse hasta el último euro por debajo de esos límites, al igual que tenía que gastar hasta el último día de asuntos propios antes de que acabara el año, incluso si el único asunto que tuviera que solucionar fuera el de estrenar una bata de andar por casa.
-Es que las demás no me consienten como tú - Hugo se sentó en su escritorio y le guiñó un ojo.
La chica se rió y jugueteó con el celo huérfano de postal.
-Bueno, va, dime ¿qué puedo hacer por ti?
Hugo sonrió y se aseguró de que sus últimas facturas estaban firmadas y procesadas. La chica le dijo que sólo quedaba de procesar la del teléfono, porque la parte de datos era algo exagerada, pero accedió a hacer la vista gorda cuando Hugo volvió a repetir su mantra favorito “¿tienes miedo a que te despidan?” Ella se rió otra vez y archivó el papel en una carpeta de la que, Hugo tenía la impresión, jamás volvería a ver la luz del día. Él le dio una palmadita en el hombro, como se le da a un perro que ha recogido una pelota, y se arrepintió cuando ella le miró extrañada por el gesto. Hugo lo compensó dejando la mano un segundo más de lo necesario en el hombro y deslizándola por el brazo, convirtiendo el gesto grosero en una caricia que la sonrojó.
Cuando Hugo alzó la vista se encontró con la mirada censora de otra de las chicas de Recursos Humanos. Una maruja con blusa cerrada hasta el último botón, probablemente solterona, amargada y meapilas. Le guiñó un ojo también a ella, que escondió la cabeza entre sus papeles con una mueca de desaprobación.
Las chicas de Recursos Humanos eran seres previsibles y por tanto manipulables. En el fondo se morían por algo que les sacara de la vida de quasifuncionariado de la que no podían escapar. Cada una de ellas despreciaba a las otras por ser aburridas, sosas y paletas. Cada una de ellas se creía especial, estilosa y hasta feminista, y cada una de ellas acababa aceptando resignada que el momento de excitación salvaje que podían recordar fue esa vez que se les retrasó la regla. Y a ese mundo de mediocridad bajaba Hugo, para rescatarlas y hacerlas creer que ellas también podían ser sus niñas malas. ¡Normal que comieran de la palma de su mano! Seguro que cada vez que la chica de los ojos rojos archivaba una factura de Hugo, mojaba un poco las bragas.
Hugo aseguró a la chica que algún día irían a por una copa, se despidió, y se hizo con la revista de Recursos Humanos antes de salir. Nadie leía esa revista. Pero deberían. Allí podía enterarse uno de todas las cosas que la empresa ofrecía en secreto a sus empleados. Para las payasadas con comida gratis, llámese fiesta de Navidad, o el “family day” empapelaban el edificio con carteles e inundaban los ordenadores con emails, pero poca gente sabía que la empresa ofertaba desde una selección de regalos de Navidad “para clientes” hasta intercambios con los Estados Unidos e incluso un master de empresa gratuito para tres empleados seleccionados. De vez en cuando también había cosas para los críos, y concursos chorra de fotografía o innovación, pero éstos, había que saber cuando evitarlos, porque no era extraño que te hiciesen pagar los impuestos del premio. En este número en concreto, la empresa ofertaba tres meses gratis de seguro médico en una clínica privada, y aunque Hugo gozaba de excelente salud y un cuerpo envidiable, pensó que podía aprovechar el podólogo gratis y bajó de nuevo para pedirle a la meapilas que se lo gestionara.
Al final tanto papeleo lo dejó agotado, y apenas llegó a su mesa se puso a recoger las cosas. Francisco levantó la cabeza para mirarle. Era la mirada del jefe que sabe que el empleado no ha pasado ni un minuto en su puesto de trabajo.
Hugo pasó por delante de él para recoger el abrigo e hizo un comentario sobre la burocracia terrible de la gran empresa que le había tenido en Recursos Humanos toda la tarde. “Tendré que acabar las cosas esta noche”, añadió chasqueando la lengua “ya me dirás como podemos compensar las horas extras”.
El despido de la gorda le acababa de traer a la cabeza a su chica favorita de Recursos Humanos. Debían quedarle dos días justos en ese sitio y convenía hacerle una visita.
Hugo bajó silbando al primer piso. Se dio un repaso en el espejo del ascensor y se encaminó al escritorio de la chica de los ojos rojos, que a esas alturas no tenía en las paredes más que el celo de las fotos que una vez habían estado allí.
-Hola guapísima, ¿Nos vamos a un sitio más privado tú y yo?
La chica sonrió al ver a Hugo.
-Si necesitas hacer algún papeleo, es casi mejor que hables con cualquier otra. Mañana es mi último día
Hugo no tuvo que hacer muchos esfuerzos para fingir cara de pena. Durante un par de semanas, la chica había sido su ángel de la burocracia. Había firmado y procesado sus irracionales gastos de viaje, sus imaginarias cenas con clientes y sus ridículas peticiones de material de oficina, incluida una agenda de tapas de cuero, parecida a las reservadas a jefes de departamento, pero sin logo de empresa. Hugo conocía pero que muy bien cómo y cuanto podía sobrepasarse sin que las facturas llegaran jamás a alguien del departamento de finanzas, o peor, a la directora de Recursos Humanos. Por ejemplo, Hugo no podía pedir una agenda de cuero de las pocas decenas reservadas para jefes, eso lo hubiera tenido que firmar Francisco, pero sí podía seleccionar material fuera del catálogo de empresa hasta cierto límite mensual. Todo en esa empresa era cuestión de límites, y Hugo consideraba un derecho y una obligación el gastarse hasta el último euro por debajo de esos límites, al igual que tenía que gastar hasta el último día de asuntos propios antes de que acabara el año, incluso si el único asunto que tuviera que solucionar fuera el de estrenar una bata de andar por casa.
-Es que las demás no me consienten como tú - Hugo se sentó en su escritorio y le guiñó un ojo.
La chica se rió y jugueteó con el celo huérfano de postal.
-Bueno, va, dime ¿qué puedo hacer por ti?
Hugo sonrió y se aseguró de que sus últimas facturas estaban firmadas y procesadas. La chica le dijo que sólo quedaba de procesar la del teléfono, porque la parte de datos era algo exagerada, pero accedió a hacer la vista gorda cuando Hugo volvió a repetir su mantra favorito “¿tienes miedo a que te despidan?” Ella se rió otra vez y archivó el papel en una carpeta de la que, Hugo tenía la impresión, jamás volvería a ver la luz del día. Él le dio una palmadita en el hombro, como se le da a un perro que ha recogido una pelota, y se arrepintió cuando ella le miró extrañada por el gesto. Hugo lo compensó dejando la mano un segundo más de lo necesario en el hombro y deslizándola por el brazo, convirtiendo el gesto grosero en una caricia que la sonrojó.
Cuando Hugo alzó la vista se encontró con la mirada censora de otra de las chicas de Recursos Humanos. Una maruja con blusa cerrada hasta el último botón, probablemente solterona, amargada y meapilas. Le guiñó un ojo también a ella, que escondió la cabeza entre sus papeles con una mueca de desaprobación.
Las chicas de Recursos Humanos eran seres previsibles y por tanto manipulables. En el fondo se morían por algo que les sacara de la vida de quasifuncionariado de la que no podían escapar. Cada una de ellas despreciaba a las otras por ser aburridas, sosas y paletas. Cada una de ellas se creía especial, estilosa y hasta feminista, y cada una de ellas acababa aceptando resignada que el momento de excitación salvaje que podían recordar fue esa vez que se les retrasó la regla. Y a ese mundo de mediocridad bajaba Hugo, para rescatarlas y hacerlas creer que ellas también podían ser sus niñas malas. ¡Normal que comieran de la palma de su mano! Seguro que cada vez que la chica de los ojos rojos archivaba una factura de Hugo, mojaba un poco las bragas.
Hugo aseguró a la chica que algún día irían a por una copa, se despidió, y se hizo con la revista de Recursos Humanos antes de salir. Nadie leía esa revista. Pero deberían. Allí podía enterarse uno de todas las cosas que la empresa ofrecía en secreto a sus empleados. Para las payasadas con comida gratis, llámese fiesta de Navidad, o el “family day” empapelaban el edificio con carteles e inundaban los ordenadores con emails, pero poca gente sabía que la empresa ofertaba desde una selección de regalos de Navidad “para clientes” hasta intercambios con los Estados Unidos e incluso un master de empresa gratuito para tres empleados seleccionados. De vez en cuando también había cosas para los críos, y concursos chorra de fotografía o innovación, pero éstos, había que saber cuando evitarlos, porque no era extraño que te hiciesen pagar los impuestos del premio. En este número en concreto, la empresa ofertaba tres meses gratis de seguro médico en una clínica privada, y aunque Hugo gozaba de excelente salud y un cuerpo envidiable, pensó que podía aprovechar el podólogo gratis y bajó de nuevo para pedirle a la meapilas que se lo gestionara.
Al final tanto papeleo lo dejó agotado, y apenas llegó a su mesa se puso a recoger las cosas. Francisco levantó la cabeza para mirarle. Era la mirada del jefe que sabe que el empleado no ha pasado ni un minuto en su puesto de trabajo.
Hugo pasó por delante de él para recoger el abrigo e hizo un comentario sobre la burocracia terrible de la gran empresa que le había tenido en Recursos Humanos toda la tarde. “Tendré que acabar las cosas esta noche”, añadió chasqueando la lengua “ya me dirás como podemos compensar las horas extras”.
14
Hacía un par de horas que Francisco había vuelto de su reunión con Deborah cuando Clara se acercó a su mesa. Miró a un lado y al otro, como si lo que le tuviera que decir fuera algo incómodo y Francisco la imitó sin saber porqué.
-¿Tienes un minuto?
-Sí, claro- respondió Francisco
-Preferiría que fuera en privado
Francisco siguió a Clara a las salas de reuniones, y cómo no encontraron ninguna libre, se sentaron en la mesa de la cocina, enfrente de un café de máquina y unas cuantas galletas. Francisco no solía tomar dulces, pero a partir del viernes ya no habría y de repente Francisco observaba las galletas industriales a granel con que la empresa les agasajaba con cierta nostalgia.
Clara cruzó los brazos y los descruzó sin saber muy bien por donde empezar. Francisco estaba angustiado. Ni siquiera había tenido tiempo para poner en orden sus pensamientos. Por otra parte, si él no había tenido tiempo ni para pensar, por descontado Deborah no había tenido tiempo de hacer nada. Además, era costumbre en esa empresa que los despidos se comunicaran en persona. En todo caso no era una situación agradable para él. No se sentía como un jefe que atiende a las inquietudes de un empleado, sino como un traidor que se acuesta con la novia de su amigo y luego escucha sus problemas de pareja. Si por él fuera se habría tomado el día libre por enfermedad. Quizá todo el mes.
-Me acaba de llegar un mail de Recursos Humanos
A Francisco se le atragantó la galleta. Deborah. ¿Lo tendría todo preparado, quizás? ¿O es que de verdad podía leer el pensamiento de sus empleados? Quizá no había que recurrir a lo sobrenatural, pensó inmediatamente. Con la de recortes de personal que se preveían ese fin de año, Era probable que Recursos Humanos tuviera una plantilla para estas cosas en la que sólo hiciera falta cortar y pegar el nombre del condenado. En cualquier caso, Deborah siempre estaba un paso por delante de él y Francisco sólo pensaba en cómo iniciar una torpe disculpa cuando Clara continuó.
-Es una amonestación formal. ¡Por la ropa!
Francisco siguió escuchando. Su cara de sorpresa parecía sorprender a su vez a Clara, que sin duda alguna había estado ensayando ese discurso y ahora no podía improvisar otro.
-Mira, Francisco, yo entiendo que alguna vez quizá haya incumplido el dress-code. Que por otra parte ¡vaya normas! Me recuerdan al colegio de monjas, midiendo los centímetros de falda y de pendientes. No me quejo ¿eh? Qué entiendo que son normas que tienen su razón de ser, para que la gente esté presentable. Y ahí está la cosa. ¿A ti te parece que visto mal? ¿Qué no voy presentable? Ya sé que la norma dice que hay que llevar chaqueta de traje, pero yo he visto mucha gente aquí que también lleva rebecas de lana. Por no hablar de alguna de Operaciones, con el pelo verde y pitillos. Pero bueno, Francisco, a lo que voy. Que no es cuestión de la ropa siquiera, que lo que me fastidia es la falta de confianza. Porque yo esperaba que en el momento que tuvieras un problema conmigo vendrías a hablarlo ¿no? Que has ido a quejarte a Recursos Humanos así directamente. Imagínate. A mí esto me ha pillado de sorpresa. No me lo esperaba de ti.
Clara le miró a los ojos exigiendo una respuesta. Clara se merecía una respuesta. La enternecedora candidez de Clara debía ser honrada con una respuesta, pero Francisco no podía dársela. Clara ni siquiera parecía sospechar lo obvio, que tales amonestaciones no son otra cosa que una excusa para despedir a un empleado sin indemnización. ¿Quién no incumplía las normas? Ni siquiera él, el jefe que tenía que dar buen ejemplo, estaba libre de pecado.
El libro que recogía todas las normas a las que un empleado debía ceñirse pesaba entre medio y un kilo. No era un libro propiamente dicho, sino un archivador de los medianos que todos encontraban ya en su mesa al incorporarse a la empresa. El capítulo de vestuario describía cada prenda, su largura, los materiales a elegir, y añadía un par de párrafos sobre el cabello, las uñas y la higiene corporal. Lo que podía resumirse en “ir con traje y aseadito” se describía en el libro con párrafos como “…en caso de optar por la falda, esta deberá combinar con la chaqueta y tener una largura de no más de cinco centímetros por encima de la rodilla. Es conveniente hacerse con un segundo par de pantalones o falda, puesto que tienen a sufrir más por el uso que la chaqueta. Deberán evitarse los colores y estampados llamativos, en particular el naranja u rojo, al ser los colores corporativos de la competencia. Así mismo, es recomendable evitar flecos, tachuelas y otros adornos especialmente susceptibles al gusto o la opinión personal…”.
Peor aún, ni todas las explicaciones del mundo podrían evitar que ciertos empleados, especialmente los del departamento de ingeniería, siguiesen cada una de las instrucciones y aún así parecieran recién salidos de una institución para enfermos mentales. Así, la normativa era en realidad un práctico comodín para Recursos Humanos, que en caso de necesitarlo por una u otra razón podría acusar a cada uno de los empleados de incumplir las reglas de vestuario. Bueno, a todos menos a Hugo.
Francisco miró a Clara. Estaba nerviosa y movía los pies constantemente. Hubiera querido cogerle la mano, pero se hubiera sentido como un cerdo. En lugar de eso, le dio un sorbo al café para aclararse la garganta y enlazó tres o cuatro frases incoherentes sobre los tiempos difíciles. Clara arrugó las cejas y le miró con incredulidad. Ella debía darse cuenta de que Francisco tampoco lo estaba pasando bien en esa situación, pero no podía distinguir si la incomodidad de Francisco se debía a que se sentía mal por la amonestación o por tener que discutirla con ella. En cualquier caso debió concluir que aquella conversación unidireccional no le llevaba a ninguna parte.
-Bueno, Francisco. Es igual. Lo que te quería decir es que si tienes algún otro problema conmigo me lo vengas a decir. Que llevamos años trabajando juntos, yo creo que hay confianza, ¿no? Mañana vendré vestida como para una boda -sonrió- Por cierto, llegaré un poco tarde, que tengo consulta con el médico. Dime por favor si hay algún problema y lo cancelo, que tal y como están las cosas, no quiero echar más leña al fuego.
Francisco asintió con la cabeza. Por descontado. No tenía ningún sentido el pedirle a Clara que hiciera sacrificios por la empresa. De hecho, Clara viniendo al trabajo en traje de chaqueta era como el condenado a muerte que se pone a dieta para bajar unos kilitos.
-Oye, tómate el tiempo que necesites. Ya te cubro yo en lo que haga falta. Y perdona por lo de la amonestación. Si te sirve de algo, te juro que yo no he tenido nada que ver.
Por primera vez Clara esbozó una sonrisa. -¡Ya me imaginaba yo!- Cogió una galleta de las que no había tocado hasta entonces, y se la metió en la boca. En ese momento Hugo entró en la cocina a por un vaso de agua. Miró a Francisco y a Clara y les saludó con una inclinación de cabeza a la que ellos respondieron con otra igual. Por unos pocos segundos sólo se oyó el sonido del agua. Cuando el vaso estuvo lleno, Hugo cerró el grifo, se acercó a la mesa dónde estaban sentados sus colegas, cogió una de las galletas y se apoyó en la encimera como diciendo ¿qué os contáis? Tras unos instantes incómodos Hugo dijo a Clara “bonita chaqueta” y ella le respondió con un “gracias” tan seco que Francisco se vio obligado a tragar saliva. Hugo dio un mordisco a la galleta y con un gesto de disgusto arrojó el resto a la basura. Bebió el agua del vaso, dijo “hasta luego” y salió sonriendo.
Francisco suspiró.
-No me cae bien ese chico – dijo Clara
-A mí tampoco- respondió bajito Francisco
-¿Tienes un minuto?
-Sí, claro- respondió Francisco
-Preferiría que fuera en privado
Francisco siguió a Clara a las salas de reuniones, y cómo no encontraron ninguna libre, se sentaron en la mesa de la cocina, enfrente de un café de máquina y unas cuantas galletas. Francisco no solía tomar dulces, pero a partir del viernes ya no habría y de repente Francisco observaba las galletas industriales a granel con que la empresa les agasajaba con cierta nostalgia.
Clara cruzó los brazos y los descruzó sin saber muy bien por donde empezar. Francisco estaba angustiado. Ni siquiera había tenido tiempo para poner en orden sus pensamientos. Por otra parte, si él no había tenido tiempo ni para pensar, por descontado Deborah no había tenido tiempo de hacer nada. Además, era costumbre en esa empresa que los despidos se comunicaran en persona. En todo caso no era una situación agradable para él. No se sentía como un jefe que atiende a las inquietudes de un empleado, sino como un traidor que se acuesta con la novia de su amigo y luego escucha sus problemas de pareja. Si por él fuera se habría tomado el día libre por enfermedad. Quizá todo el mes.
-Me acaba de llegar un mail de Recursos Humanos
A Francisco se le atragantó la galleta. Deborah. ¿Lo tendría todo preparado, quizás? ¿O es que de verdad podía leer el pensamiento de sus empleados? Quizá no había que recurrir a lo sobrenatural, pensó inmediatamente. Con la de recortes de personal que se preveían ese fin de año, Era probable que Recursos Humanos tuviera una plantilla para estas cosas en la que sólo hiciera falta cortar y pegar el nombre del condenado. En cualquier caso, Deborah siempre estaba un paso por delante de él y Francisco sólo pensaba en cómo iniciar una torpe disculpa cuando Clara continuó.
-Es una amonestación formal. ¡Por la ropa!
Francisco siguió escuchando. Su cara de sorpresa parecía sorprender a su vez a Clara, que sin duda alguna había estado ensayando ese discurso y ahora no podía improvisar otro.
-Mira, Francisco, yo entiendo que alguna vez quizá haya incumplido el dress-code. Que por otra parte ¡vaya normas! Me recuerdan al colegio de monjas, midiendo los centímetros de falda y de pendientes. No me quejo ¿eh? Qué entiendo que son normas que tienen su razón de ser, para que la gente esté presentable. Y ahí está la cosa. ¿A ti te parece que visto mal? ¿Qué no voy presentable? Ya sé que la norma dice que hay que llevar chaqueta de traje, pero yo he visto mucha gente aquí que también lleva rebecas de lana. Por no hablar de alguna de Operaciones, con el pelo verde y pitillos. Pero bueno, Francisco, a lo que voy. Que no es cuestión de la ropa siquiera, que lo que me fastidia es la falta de confianza. Porque yo esperaba que en el momento que tuvieras un problema conmigo vendrías a hablarlo ¿no? Que has ido a quejarte a Recursos Humanos así directamente. Imagínate. A mí esto me ha pillado de sorpresa. No me lo esperaba de ti.
Clara le miró a los ojos exigiendo una respuesta. Clara se merecía una respuesta. La enternecedora candidez de Clara debía ser honrada con una respuesta, pero Francisco no podía dársela. Clara ni siquiera parecía sospechar lo obvio, que tales amonestaciones no son otra cosa que una excusa para despedir a un empleado sin indemnización. ¿Quién no incumplía las normas? Ni siquiera él, el jefe que tenía que dar buen ejemplo, estaba libre de pecado.
El libro que recogía todas las normas a las que un empleado debía ceñirse pesaba entre medio y un kilo. No era un libro propiamente dicho, sino un archivador de los medianos que todos encontraban ya en su mesa al incorporarse a la empresa. El capítulo de vestuario describía cada prenda, su largura, los materiales a elegir, y añadía un par de párrafos sobre el cabello, las uñas y la higiene corporal. Lo que podía resumirse en “ir con traje y aseadito” se describía en el libro con párrafos como “…en caso de optar por la falda, esta deberá combinar con la chaqueta y tener una largura de no más de cinco centímetros por encima de la rodilla. Es conveniente hacerse con un segundo par de pantalones o falda, puesto que tienen a sufrir más por el uso que la chaqueta. Deberán evitarse los colores y estampados llamativos, en particular el naranja u rojo, al ser los colores corporativos de la competencia. Así mismo, es recomendable evitar flecos, tachuelas y otros adornos especialmente susceptibles al gusto o la opinión personal…”.
Peor aún, ni todas las explicaciones del mundo podrían evitar que ciertos empleados, especialmente los del departamento de ingeniería, siguiesen cada una de las instrucciones y aún así parecieran recién salidos de una institución para enfermos mentales. Así, la normativa era en realidad un práctico comodín para Recursos Humanos, que en caso de necesitarlo por una u otra razón podría acusar a cada uno de los empleados de incumplir las reglas de vestuario. Bueno, a todos menos a Hugo.
Francisco miró a Clara. Estaba nerviosa y movía los pies constantemente. Hubiera querido cogerle la mano, pero se hubiera sentido como un cerdo. En lugar de eso, le dio un sorbo al café para aclararse la garganta y enlazó tres o cuatro frases incoherentes sobre los tiempos difíciles. Clara arrugó las cejas y le miró con incredulidad. Ella debía darse cuenta de que Francisco tampoco lo estaba pasando bien en esa situación, pero no podía distinguir si la incomodidad de Francisco se debía a que se sentía mal por la amonestación o por tener que discutirla con ella. En cualquier caso debió concluir que aquella conversación unidireccional no le llevaba a ninguna parte.
-Bueno, Francisco. Es igual. Lo que te quería decir es que si tienes algún otro problema conmigo me lo vengas a decir. Que llevamos años trabajando juntos, yo creo que hay confianza, ¿no? Mañana vendré vestida como para una boda -sonrió- Por cierto, llegaré un poco tarde, que tengo consulta con el médico. Dime por favor si hay algún problema y lo cancelo, que tal y como están las cosas, no quiero echar más leña al fuego.
Francisco asintió con la cabeza. Por descontado. No tenía ningún sentido el pedirle a Clara que hiciera sacrificios por la empresa. De hecho, Clara viniendo al trabajo en traje de chaqueta era como el condenado a muerte que se pone a dieta para bajar unos kilitos.
-Oye, tómate el tiempo que necesites. Ya te cubro yo en lo que haga falta. Y perdona por lo de la amonestación. Si te sirve de algo, te juro que yo no he tenido nada que ver.
Por primera vez Clara esbozó una sonrisa. -¡Ya me imaginaba yo!- Cogió una galleta de las que no había tocado hasta entonces, y se la metió en la boca. En ese momento Hugo entró en la cocina a por un vaso de agua. Miró a Francisco y a Clara y les saludó con una inclinación de cabeza a la que ellos respondieron con otra igual. Por unos pocos segundos sólo se oyó el sonido del agua. Cuando el vaso estuvo lleno, Hugo cerró el grifo, se acercó a la mesa dónde estaban sentados sus colegas, cogió una de las galletas y se apoyó en la encimera como diciendo ¿qué os contáis? Tras unos instantes incómodos Hugo dijo a Clara “bonita chaqueta” y ella le respondió con un “gracias” tan seco que Francisco se vio obligado a tragar saliva. Hugo dio un mordisco a la galleta y con un gesto de disgusto arrojó el resto a la basura. Bebió el agua del vaso, dijo “hasta luego” y salió sonriendo.
Francisco suspiró.
-No me cae bien ese chico – dijo Clara
-A mí tampoco- respondió bajito Francisco
13
Hugo, por su parte, había estado muy ocupado. Dos mil kilómetros es una distancia nada despreciable y tuvo que conducir varias horas cada día para conseguir completarlos. Básicamente no había vuelto a caminar desde que Olga le dijo cómo se iba a decidir qué coches de empresa suprimir. En lugar de hacer la compra, como solía, en el Mercadona de su barrio, decidió que era el momento perfecto para probar algo nuevo y condujo a una tienda gourmet del extrarradio para hacerse con unos cornichons en vinagre de vino blanco, o lo que es lo mismo, unos pepinillos gabachos, y un queso de gorgonzola que finalmente no le gustó demasiado. También aprovechó para echar un vistazo al Ikea, aunque salió enseguida sin comprar más que una manta, porque si hay algo que soportaba peor que los críos correteando entre las lámparas eran las mamás gritándoles entre las estanterías. Disfrutó mucho más, sin duda alguna, en una inesperada tienda factory dónde tenían camisas de seda y pañuelos de cachemir a precios ridículos. Por último, y para compensar tanta inactividad, se apuntó a un gimnasio que contaba con piscina, sauna, pijas haciendo pilates, y plaza de garaje.
Pero no todo iba a ser hedonismo y disfrute para Hugo. Seguía algo inquieto a causa de la crisis en la empresa, que le forzaba a ser más avispado que nunca. Así, le pareció que sería una buena inversión posponer su intención de tomarse un cochinillo bien regado con Ribera en Segovia y en lugar de eso, invitar a Olga a una comida campestre para estrenar la manta de cuadros de Ikea. No se equivocó al sacrificar el lechón. Olga estuvo encantada de poder mostrarle a Hugo su buena mano para la tortilla, de descalzarse y retorcerse en la manta (sólo a ella se le podía ocurrir llevarse minifalda y botas de tacón al campo) y de emborracharse con vino peleón y así, le premió con la lista de jefes que estaban destinados a elegir entre el despido o el retiro voluntario y cuya amistad era conveniente evitar.
Hugo le correspondió con un tonteo adolescente de tirarle miguitas de pan en el escote y darle gajos de mandarina con los dedos. Aunque estaba convencido de que podía pasar a mayores en el momento que quisiera, una pregunta le torturaba ¿Cómo lo hacía? ¿A quién se tiraba? No era esta una cuestión sin importancia, ni lo de Hugo simple curiosidad. En otro momento le hubiera parecido irrelevante saber si otro macho le inseminaba los lunes por la noche o las fiestas de guardar, pero en estos tiempos revueltos, toda la información del mundo no le salvaría si resultaba que sin querer estaba metiendo la mano en el cajón de juguetes del presidente.
De excursión en excursión, los días se le pasaron en nada, y cuando se quiso dar cuenta era final de mes y le quedaban sólo cincuenta kilómetros para llegar a los dos mil. Calculó que un viaje al almacén del aeropuerto le bastaría, y aunque aburrido por la perspectiva de una visita que no le agradaba, pensó que podría ser conveniente hacerse con pruebas que justificaran al menos un viaje de trabajo y se decidió por pasarse la mañana del jueves haciendo una visita a las mazmorras de la multinacional.
El almacén era posiblemente el lugar más insulso de toda la empresa. Hombres de mediana edad vestidos con mono de trabajo llevaban cajas de aquí para allá, conducían maquinaria pesada, engrasaban tuercas de vez en cuando y en general hacían algo que podía definirse como trabajar en el sentido más literal del término.
A los jefes les encantaba pasear a los nuevos empleados por el almacén. ¡Sin ellos, nosotros no tendríamos trabajo! ¡Admiren el corazón de la empresa! ¡Un mágico lugar lleno de Oompa Lompas no cualificados! A Hugo le parecía más bien un recordatorio de lo que les pasa a los malos empleados que no saben combinar corbatas. Cuando miraba (desde una distancia prudencial para no mancharse) a esa tribu de mileuristas maduritos, les veía transmutarse en colombianos y senegaleses ilegales y no podía evitar sonreír pensando en el dinero que se podía ahorrar. Era una ironía deliciosa el cartel de “Mas Y Menos” colgado en la recepción del edificio. Más Congoleños, Menos Seguridad Social. Hugo se rió de su ocurrencia.
El segurata de la entrada llamó al encargado del almacén para que bajara a acreditar a Hugo. Éste tuvo que esperar casi diez minutos a que el encargado, un cincuentón rechoncho que despedía un sutil olor a cebolla, se dignase a bajar y encontrarse con él, cosa que, evidentemente, le estaba sacando de quicio. Sin embargo, cuando por fin apareció, Hugo sonrió y alargó la mano en un gesto tan hipócrita como maquinal. El encargado ignoró la mano, ignoró la acreditación que el guardia de seguridad le tendía para firmar y simplemente espetó.
-Hugo, ¿no? ¿Qué quieres?
-Buenas. Estoy interesado en los procesos de calidad y me gustaría ver cómo se implementan aquí, en primera línea.
El encargado le miró a los ojos. La mirada de un hombre con callos en las manos que no se andaba por las ramas.
-No tengo tiempo para esas gilipolleces. –El encargado se dio la vuelta, ante la sorpresa de Hugo, que nunca había visto a nadie rebelarse ante el conjuro mágico que invocaba el mentar los procesos de calidad. Pero reaccionó rápidamente.
-Puede que usted y yo lo veamos como una gilipollez, pero hay cierto vicepresidente que no lo ve del mismo modo
-Entonces dile a tu vicepresidente que aquí se siguen los procesos de calidad como el catecismo
Hugo no tenía otro objetivo de la visita que el de acumular kilómetros con el coche, pero el encargado revoltoso le estaba empezando a tocar ese nervio que gestiona el ego. El encargado se había cruzado de brazos y le miraba desafiante, como un macho defendiendo la entrada a su guarida.
-Le diré lo que usted me ha dicho palabra por palabra. Aunque me parece que este vicepresidente no es católico. Nunca le he visto mantener a la gente en su puesto por pura misericordia cristiana.
El encargado se rió con la boca ligeramente torcida. Sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y de ésta extrajo una tarjeta de visita.
-Si esas tenemos, no te olvides de hablar también con este señor. Es el que firma mis nóminas. –le dio la tarjeta a Hugo y una palmadita como de complicidad en la espalda antes de saludar con una inclinación de cabeza al guardia de seguridad y volver por donde había venido. Hugo miró el nombre de la tarjeta por pura inercia y tuvo que sonreír también. Ese nombre estaba en la lista negra que le había sacado a Olga entre tortilla y tintorro. Hugo selló el ticket de aparcamiento y volvió al coche con cierta envidia. Tener un jefe en estado terminal era patente de corso y bula y permiso y licencia para hacer lo que a uno le viniera en gana. Ladeó la cabeza, tsk, tsk, tsk. A él también le gustaría.
Pero no todo iba a ser hedonismo y disfrute para Hugo. Seguía algo inquieto a causa de la crisis en la empresa, que le forzaba a ser más avispado que nunca. Así, le pareció que sería una buena inversión posponer su intención de tomarse un cochinillo bien regado con Ribera en Segovia y en lugar de eso, invitar a Olga a una comida campestre para estrenar la manta de cuadros de Ikea. No se equivocó al sacrificar el lechón. Olga estuvo encantada de poder mostrarle a Hugo su buena mano para la tortilla, de descalzarse y retorcerse en la manta (sólo a ella se le podía ocurrir llevarse minifalda y botas de tacón al campo) y de emborracharse con vino peleón y así, le premió con la lista de jefes que estaban destinados a elegir entre el despido o el retiro voluntario y cuya amistad era conveniente evitar.
Hugo le correspondió con un tonteo adolescente de tirarle miguitas de pan en el escote y darle gajos de mandarina con los dedos. Aunque estaba convencido de que podía pasar a mayores en el momento que quisiera, una pregunta le torturaba ¿Cómo lo hacía? ¿A quién se tiraba? No era esta una cuestión sin importancia, ni lo de Hugo simple curiosidad. En otro momento le hubiera parecido irrelevante saber si otro macho le inseminaba los lunes por la noche o las fiestas de guardar, pero en estos tiempos revueltos, toda la información del mundo no le salvaría si resultaba que sin querer estaba metiendo la mano en el cajón de juguetes del presidente.
De excursión en excursión, los días se le pasaron en nada, y cuando se quiso dar cuenta era final de mes y le quedaban sólo cincuenta kilómetros para llegar a los dos mil. Calculó que un viaje al almacén del aeropuerto le bastaría, y aunque aburrido por la perspectiva de una visita que no le agradaba, pensó que podría ser conveniente hacerse con pruebas que justificaran al menos un viaje de trabajo y se decidió por pasarse la mañana del jueves haciendo una visita a las mazmorras de la multinacional.
El almacén era posiblemente el lugar más insulso de toda la empresa. Hombres de mediana edad vestidos con mono de trabajo llevaban cajas de aquí para allá, conducían maquinaria pesada, engrasaban tuercas de vez en cuando y en general hacían algo que podía definirse como trabajar en el sentido más literal del término.
A los jefes les encantaba pasear a los nuevos empleados por el almacén. ¡Sin ellos, nosotros no tendríamos trabajo! ¡Admiren el corazón de la empresa! ¡Un mágico lugar lleno de Oompa Lompas no cualificados! A Hugo le parecía más bien un recordatorio de lo que les pasa a los malos empleados que no saben combinar corbatas. Cuando miraba (desde una distancia prudencial para no mancharse) a esa tribu de mileuristas maduritos, les veía transmutarse en colombianos y senegaleses ilegales y no podía evitar sonreír pensando en el dinero que se podía ahorrar. Era una ironía deliciosa el cartel de “Mas Y Menos” colgado en la recepción del edificio. Más Congoleños, Menos Seguridad Social. Hugo se rió de su ocurrencia.
El segurata de la entrada llamó al encargado del almacén para que bajara a acreditar a Hugo. Éste tuvo que esperar casi diez minutos a que el encargado, un cincuentón rechoncho que despedía un sutil olor a cebolla, se dignase a bajar y encontrarse con él, cosa que, evidentemente, le estaba sacando de quicio. Sin embargo, cuando por fin apareció, Hugo sonrió y alargó la mano en un gesto tan hipócrita como maquinal. El encargado ignoró la mano, ignoró la acreditación que el guardia de seguridad le tendía para firmar y simplemente espetó.
-Hugo, ¿no? ¿Qué quieres?
-Buenas. Estoy interesado en los procesos de calidad y me gustaría ver cómo se implementan aquí, en primera línea.
El encargado le miró a los ojos. La mirada de un hombre con callos en las manos que no se andaba por las ramas.
-No tengo tiempo para esas gilipolleces. –El encargado se dio la vuelta, ante la sorpresa de Hugo, que nunca había visto a nadie rebelarse ante el conjuro mágico que invocaba el mentar los procesos de calidad. Pero reaccionó rápidamente.
-Puede que usted y yo lo veamos como una gilipollez, pero hay cierto vicepresidente que no lo ve del mismo modo
-Entonces dile a tu vicepresidente que aquí se siguen los procesos de calidad como el catecismo
Hugo no tenía otro objetivo de la visita que el de acumular kilómetros con el coche, pero el encargado revoltoso le estaba empezando a tocar ese nervio que gestiona el ego. El encargado se había cruzado de brazos y le miraba desafiante, como un macho defendiendo la entrada a su guarida.
-Le diré lo que usted me ha dicho palabra por palabra. Aunque me parece que este vicepresidente no es católico. Nunca le he visto mantener a la gente en su puesto por pura misericordia cristiana.
El encargado se rió con la boca ligeramente torcida. Sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y de ésta extrajo una tarjeta de visita.
-Si esas tenemos, no te olvides de hablar también con este señor. Es el que firma mis nóminas. –le dio la tarjeta a Hugo y una palmadita como de complicidad en la espalda antes de saludar con una inclinación de cabeza al guardia de seguridad y volver por donde había venido. Hugo miró el nombre de la tarjeta por pura inercia y tuvo que sonreír también. Ese nombre estaba en la lista negra que le había sacado a Olga entre tortilla y tintorro. Hugo selló el ticket de aparcamiento y volvió al coche con cierta envidia. Tener un jefe en estado terminal era patente de corso y bula y permiso y licencia para hacer lo que a uno le viniera en gana. Ladeó la cabeza, tsk, tsk, tsk. A él también le gustaría.
12
Los días fueron pasando uno detrás de otro con la cualidad de la calma que no hace sino anunciar la tormenta. Esa era la sensación con la que llegaba cada día Francisco al trabajo, y a juzgar por las caras de sus subordinados, todos compartían el mismo pensamiento, todos participaban en un curioso ejercicio de telepatía en el que no hacía falta sino una caída de hombros para dar a entender que cuanto más durase el silencio, el cielo despejado, el bochorno y la tranquilidad, más cruel sería el vendaval que tenía que destruirlo todo.
Y es que nada había sucedido desde la charla del presidente. Nada. El final de un día había traído otro y así había pasado más de una semana, hasta que una mañana, Francisco se dio cuenta de que era jueves y una angustia nueva le agarró por el cuello.
Esa mañana Francisco dejó el abrigo y miró extrañado a su alrededor. No había nadie sentado en las mesas de su departamento. Tampoco en los de otros departamentos que se sentaban cerca de ellos en el espacio abierto. Echó un vistazo al reloj, para comprobar, como ya sabía, que no había llegado por error a las cinco de la mañana. Francisco volvió sobre sus pasos y se dirigió a la cocina donde decenas de personas se apiñaban enfrente de un cartel blanco en el frigorífico, al lado de la máquina de café: “Más Y Menos”. Los comentarios eran los previsibles “Bueno, ya cayó el zumo. Se veía venir” “No nos quitarán el café también, ¿no?” “No mujer, ¿quién iba a trabajar si nos quitan las drogas? Jeje” “Le he preguntado al chico que ha puesto el cartel. No tenía ni idea” “A ver qué pasa ahora” “A mí el diseño del cartel me parece un poco pobre” “Yo sin café es que no soy persona” “Y parece que lo han impreso en un garaje. La calidad es terrible” “A mi lo que me jode es que no han avisado” “Si, hombre, para darte tiempo a robar las galletas, ¿eh?” “Pues yo me voy a ir robando el café, por si acaso” “Paco, ¿a ti te han dicho algo?”
El nudo en la garganta no le dejaba expresarse con claridad así que Francisco negó con la cabeza y volvió rápidamente a su mesa. Allí encendió el ordenador para comprobar con un amago de sofoco, que el recordatorio de la reunión bimensual con Recursos Humanos no se había volatilizado.
A las once menos tres minutos, Francisco se llevó la mano al pecho, tomó el cuaderno de notas y un bolígrafo sin poderes mágicos y se dirigió con un suspiro hacia el ascensor. Pulsó el botón del último piso, se escurrió entre las puertas metálicas, echó una meada rápida, miró el reloj y caminó rapidito al despacho de Deborah, que ya le esperaba con la puerta entreabierta.
-¡Francisco! Come in, come in, please – Dijo Deborah, invitándole a su guarida con un gesto de la mano.
Francisco atravesó la habitación con pasos largos y se sentó en la silla enfrente de Deborah mientras ella guardaba en un cajón el ya consabido montoncito de folios y cruzaba las manos sobre la mesa. La directora de Recursos Humanos tenía un aspecto inmejorable, como si se hubiera hecho una limpieza de cutis para celebrar los despidos. Por otra parte, Francisco sospechaba que si sus primas dependían del dinero que le ahorrase a la empresa, pronto podría pagarse un barril de botox.
Francisco apartó de su cabeza esas ideas, que podían costarle el trabajo si Deborah era capaz de leer la mente y barrió la mesa con la mirada, buscando su estilográfica perdida, hasta que Deborah rompió el silencio.
-Bueno. ¿Tenemos una decisión?
Francisco había estado pensando en lo que respondería a esta pregunta durante dos semanas y todavía no tenía una respuesta. Mejor dicho, no había más respuesta posible que la que tenía. Quizá contagiado por el espíritu despreocupado de Miguel y el argentino, se había pasado la quincena esperando un milagro, y ahora que el dios de las multinacionales no había escuchado sus súplicas, se negaba a ofrecerle el sacrificio humano que le pedían.
-Sí, bueno… no… es que hay un cambio. No contábamos con que…– balbuceó Francisco.
Deborah se inclinó sobre la mesa y frunció las cejas. Francisco tragó saliva y continuó.
-Es que Clara está embarazada
Deborah no movió un músculo. Francisco pensaba deprisa y las ganas de decir algo le llevaron por caminos inesperados.
-He estado pensando. Lo más lógico es que en menos de un año se coja una baja de varios meses, y claro… en ese caso quizá no tenga mucho sentido despedir a…
Deborah no le dejó terminar. Antes de que Francisco acabara de pronunciar la palabra “nadie”, ella se echó hacia atrás en la silla y levantó las manos en el aire.
-¡Acabáramos! Francisco, hombre, no pasa nada, por dios. Estamos en el siglo veintiuno. Lo que cuenta es cumplir los objetivos. Entiendo tu reparo, pero no tienes que preocuparte. Desde luego, en esto tienes todo mi apoyo. ¿Cuándo puedo comunicárselo?
-¿Comunicar el qué?
-¡El despido, hombre! No pensarás hacerlo por carta.
Deborah jugueteó con las uñas en la mesa. Estaba empezando a ponerse nerviosa, y Francisco sentía que lo liaba todo más con cada frase. Tragó saliva, puso en orden sus pensamientos y miró a Deborah a los ojos.
-Yo quería decir que no podemos despedir a Clara.
Deborah golpeó brevemente con un puño en la mesa -¡Cómo que no! ¿Es que acaso tenemos que darle un trato especial por ser mujer o estar embarazada? No te tomaba por un machista, Francisco. Como jefe de departamento, tu labor implica tomar a veces decisiones difíciles, y la empresa espera que seas capaz de tomar esas decisiones basándote en criterios objetivos y sin dejarte llevar por el sexo del empleado o cualquier otra característica accidental. ¿Estamos?
Francisco no estaba. Hacía tiempo que asistía a la reunión desde fuera de su cuerpo. Le habían abandonado las fuerzas y todos los poderes sobrenaturales y se frotó las manos para recordarse que todavía era capaz de controlar su cuerpo mortal. Deborah se había quedado en silencio, mirándole fijamente y Francisco hacía esfuerzos inhumanos para poner juntas todas las palabras que se le venían a la cabeza, pensando si convenía insistir en su postura y ser tildado de machista u ofrecer otra víctima a Deborah cuando comenzó a sonar “Don’t Go Breaking My Heart” en el móvil de la directora, que sin mirar siquiera a Francisco empezó a rebuscarlo en los cajones.
Deborah esbozó una sonrisa al mirar la pantallita del blackberry y arreglándose los puños de la camisa dijo.
-Me vas a tener que perdonar pero no me queda más remedio que ir concluyendo esta reunión.
Francisco mientras tanto había visto un objeto dorado y alargado en el fondo del cajón que Deborah había abierto y como por encanto pareció recobrar el ánimo
-Bien. Mejor acabamos de hablar de esto el próximo día.
-¡Ah, no, no! De ninguna manera. La parte más difícil, que es tomar la decisión, ya la has hecho. El resto puedes dejárselo a Recursos Humanos. Tú vete pensando en el segundo recurso. –Deborah cerró el cajón de golpe, se levantó con el móvil en la mano, le dio la otra a Francisco y lo sacó del despacho con la fuerza de su indiferencia. Una fuerza como un vendaval de casualidad que se llevó a Francisco por los aires y lo dejó caer tres pisos más abajo, despeinado y con el estómago en la campanilla.
Y es que nada había sucedido desde la charla del presidente. Nada. El final de un día había traído otro y así había pasado más de una semana, hasta que una mañana, Francisco se dio cuenta de que era jueves y una angustia nueva le agarró por el cuello.
Esa mañana Francisco dejó el abrigo y miró extrañado a su alrededor. No había nadie sentado en las mesas de su departamento. Tampoco en los de otros departamentos que se sentaban cerca de ellos en el espacio abierto. Echó un vistazo al reloj, para comprobar, como ya sabía, que no había llegado por error a las cinco de la mañana. Francisco volvió sobre sus pasos y se dirigió a la cocina donde decenas de personas se apiñaban enfrente de un cartel blanco en el frigorífico, al lado de la máquina de café: “Más Y Menos”. Los comentarios eran los previsibles “Bueno, ya cayó el zumo. Se veía venir” “No nos quitarán el café también, ¿no?” “No mujer, ¿quién iba a trabajar si nos quitan las drogas? Jeje” “Le he preguntado al chico que ha puesto el cartel. No tenía ni idea” “A ver qué pasa ahora” “A mí el diseño del cartel me parece un poco pobre” “Yo sin café es que no soy persona” “Y parece que lo han impreso en un garaje. La calidad es terrible” “A mi lo que me jode es que no han avisado” “Si, hombre, para darte tiempo a robar las galletas, ¿eh?” “Pues yo me voy a ir robando el café, por si acaso” “Paco, ¿a ti te han dicho algo?”
El nudo en la garganta no le dejaba expresarse con claridad así que Francisco negó con la cabeza y volvió rápidamente a su mesa. Allí encendió el ordenador para comprobar con un amago de sofoco, que el recordatorio de la reunión bimensual con Recursos Humanos no se había volatilizado.
A las once menos tres minutos, Francisco se llevó la mano al pecho, tomó el cuaderno de notas y un bolígrafo sin poderes mágicos y se dirigió con un suspiro hacia el ascensor. Pulsó el botón del último piso, se escurrió entre las puertas metálicas, echó una meada rápida, miró el reloj y caminó rapidito al despacho de Deborah, que ya le esperaba con la puerta entreabierta.
-¡Francisco! Come in, come in, please – Dijo Deborah, invitándole a su guarida con un gesto de la mano.
Francisco atravesó la habitación con pasos largos y se sentó en la silla enfrente de Deborah mientras ella guardaba en un cajón el ya consabido montoncito de folios y cruzaba las manos sobre la mesa. La directora de Recursos Humanos tenía un aspecto inmejorable, como si se hubiera hecho una limpieza de cutis para celebrar los despidos. Por otra parte, Francisco sospechaba que si sus primas dependían del dinero que le ahorrase a la empresa, pronto podría pagarse un barril de botox.
Francisco apartó de su cabeza esas ideas, que podían costarle el trabajo si Deborah era capaz de leer la mente y barrió la mesa con la mirada, buscando su estilográfica perdida, hasta que Deborah rompió el silencio.
-Bueno. ¿Tenemos una decisión?
Francisco había estado pensando en lo que respondería a esta pregunta durante dos semanas y todavía no tenía una respuesta. Mejor dicho, no había más respuesta posible que la que tenía. Quizá contagiado por el espíritu despreocupado de Miguel y el argentino, se había pasado la quincena esperando un milagro, y ahora que el dios de las multinacionales no había escuchado sus súplicas, se negaba a ofrecerle el sacrificio humano que le pedían.
-Sí, bueno… no… es que hay un cambio. No contábamos con que…– balbuceó Francisco.
Deborah se inclinó sobre la mesa y frunció las cejas. Francisco tragó saliva y continuó.
-Es que Clara está embarazada
Deborah no movió un músculo. Francisco pensaba deprisa y las ganas de decir algo le llevaron por caminos inesperados.
-He estado pensando. Lo más lógico es que en menos de un año se coja una baja de varios meses, y claro… en ese caso quizá no tenga mucho sentido despedir a…
Deborah no le dejó terminar. Antes de que Francisco acabara de pronunciar la palabra “nadie”, ella se echó hacia atrás en la silla y levantó las manos en el aire.
-¡Acabáramos! Francisco, hombre, no pasa nada, por dios. Estamos en el siglo veintiuno. Lo que cuenta es cumplir los objetivos. Entiendo tu reparo, pero no tienes que preocuparte. Desde luego, en esto tienes todo mi apoyo. ¿Cuándo puedo comunicárselo?
-¿Comunicar el qué?
-¡El despido, hombre! No pensarás hacerlo por carta.
Deborah jugueteó con las uñas en la mesa. Estaba empezando a ponerse nerviosa, y Francisco sentía que lo liaba todo más con cada frase. Tragó saliva, puso en orden sus pensamientos y miró a Deborah a los ojos.
-Yo quería decir que no podemos despedir a Clara.
Deborah golpeó brevemente con un puño en la mesa -¡Cómo que no! ¿Es que acaso tenemos que darle un trato especial por ser mujer o estar embarazada? No te tomaba por un machista, Francisco. Como jefe de departamento, tu labor implica tomar a veces decisiones difíciles, y la empresa espera que seas capaz de tomar esas decisiones basándote en criterios objetivos y sin dejarte llevar por el sexo del empleado o cualquier otra característica accidental. ¿Estamos?
Francisco no estaba. Hacía tiempo que asistía a la reunión desde fuera de su cuerpo. Le habían abandonado las fuerzas y todos los poderes sobrenaturales y se frotó las manos para recordarse que todavía era capaz de controlar su cuerpo mortal. Deborah se había quedado en silencio, mirándole fijamente y Francisco hacía esfuerzos inhumanos para poner juntas todas las palabras que se le venían a la cabeza, pensando si convenía insistir en su postura y ser tildado de machista u ofrecer otra víctima a Deborah cuando comenzó a sonar “Don’t Go Breaking My Heart” en el móvil de la directora, que sin mirar siquiera a Francisco empezó a rebuscarlo en los cajones.
Deborah esbozó una sonrisa al mirar la pantallita del blackberry y arreglándose los puños de la camisa dijo.
-Me vas a tener que perdonar pero no me queda más remedio que ir concluyendo esta reunión.
Francisco mientras tanto había visto un objeto dorado y alargado en el fondo del cajón que Deborah había abierto y como por encanto pareció recobrar el ánimo
-Bien. Mejor acabamos de hablar de esto el próximo día.
-¡Ah, no, no! De ninguna manera. La parte más difícil, que es tomar la decisión, ya la has hecho. El resto puedes dejárselo a Recursos Humanos. Tú vete pensando en el segundo recurso. –Deborah cerró el cajón de golpe, se levantó con el móvil en la mano, le dio la otra a Francisco y lo sacó del despacho con la fuerza de su indiferencia. Una fuerza como un vendaval de casualidad que se llevó a Francisco por los aires y lo dejó caer tres pisos más abajo, despeinado y con el estómago en la campanilla.
11
Después de la reunión Hugo estaba cansado y había decidido tomarse una tarde relajada y fingir que tenía otras reuniones hasta las seis. Si alguien quería comprobarlo ahí estaba su calendario-agenda, lleno de encuentros imaginarios que le llevó al menos veinte minutos inventar. Porque él era un artista. No se limitaba a escribir “cita con Fulano” “reunión con Mengano”. Hugo creaba agendas de reunión y las traducía al inglés, con sus bullet points y sus negritas y cursivas. Escribía los temas que según él necesitaban ser discutidos en la empresa y creaba con deleite absoluto párrafos enteros que no querían decir absolutamente nada. Ahora mismo, a las dos, tenía una reunión con un “target group” de Atención al Cliente para hacer un “brainstorming” del cual conseguir “proactively” una serie de “initiatives of common interest” para ambos “departments”.
“Proactive” era una palabra maravillosa que habían traído los yanquis. Por iniciativa propia, podría traducirse, y era algo así como una bula empresarial. Por iniciativa propia podía uno reunirse con un vicepresidente, preparar un informe de calidad, sugerir cambios en el programa de contabilidad o faltar a una reunión para tocarse los huevos. Hugo se definía a sí mismo como una persona muy “proactiva”.
Y no faltaba del todo a la verdad, Hugo, con su proactividad y con su reunión de las dos. Olga le había prometido que si le acompañaba a probarse unos zapatos, le contaría lo que sabía que estaba planeado para bajar los costes. De esa reunión, seguro, el departamento de Hugo, o al menos parte de él, iba a beneficiarse.
Cuando Hugo salió por el garaje, Olga ya estaba esperándole en la entrada, acabándose un cigarrillo. Le pidió un segundo y se retocó el rojo de labios con un espejito de mano. Hugo, que había dejado el abrigo en la oficina, estaba empezando a quedarse frío y miró con envidia el chaquetón de Olga.
-¿No vas a volver a la oficina?
-¡Uy, no! A las tres ya no merece la pena- Olga debió darse cuenta de que el pobre hombre tiritaba, guardó el espejito y, como una pareja de toda la vida, se colgó de su brazo camino del centro comercial.
Una vez allí Olga se probó no uno, sino decenas de pares en varias zapaterías distintas, impasible ante el gesto de disgusto con el que Hugo arrugaba la nariz cada vez que ella elegía tachuelas, sandalias de tacón, o lo que fuera lo más vulgar del estante. De vez en cuando le pedía a Hugo (y no al dependiente) un treinta y seis o unos igual o parecidos en gris, y justo cuando Hugo estaba a punto de volverse por donde había venido y quizá trabajar un poco, Olga le ofrecía ese caramelito, esa cucharadita de información que le hacía a Hugo sonreír, y sugerir esas francesitas en un color más discreto.
-No nos engañemos. Lo principal son los despidos, y lo demás es para hacer ver a la gente que se está haciendo un esfuerzo precisamente para evitar despidos. La prueba está en que los recortes de personal ya están decididos y para lo demás se ha creado un proyecto. ¿Te gustan? No sé. A mí no me acaban de convencer. ¿Te importa preguntar si los tienen con la punta redonda? En el proyecto ese, trabaja una amiga mía, por cierto, que es la que me ha contado todo. Una loca, si le hacen caso a ella vamos a acabar pagando la electricidad nosotros.
Hugo llamó por enésima vez al dependiente y cogió el zapato que Olga le tendía. Olga jugueteaba con los pies descalzos en la alfombra.
-Para empezar cambian la empresa de limpieza por otra más barata. Y también reducen los turnos de los seguratas. O sea, que mejor que cierres los cajones con llave por la noche.
Hugo no tenía alergia al polvo, y tampoco pensaba entrar a robar a la empresa. ¿Por quién le tomaba? Olga se calzó los zapatos de charol azul, y se levantó para mirarse en el espejo.
-¿Me sujetas el bolso? La señora que riega las plantas también se va, así que prepárate para ver engendros de plástico. Hablando de engendros, los regalos de Navidad se sustituyen por trabajos manuales- Se volvió para mirarle y mirarse por detrás- ¡Qué tonto eres, por Dios, no te rías!
Olga le dio un toquecito en broma con un zapato y Hugo estuvo tentado de darle a ella en broma con toda la palma.
-Nos quitan los zumos y galletitas de la cocina, las subscripciones a revistas técnicas y los vuelos en business. Por descontado se bajan los límites de llamadas personales, cursos, y viajes al extranjero. ¡Ah! Por cierto…
Olga se sentó otra vez, sonrió coqueta y sacudió la melena. Hugo podía sentir que lo bueno venía ahora. Que todo lo que le había contado sólo eran los preliminares. Estaba tan excitado que se acercó sin quererlo a Olga, y cuando ella levantó el pie, se agachó y le calzó unos botines con plataforma como lo haría un príncipe encantado.
-Los coches de empresa con menos de dos mil kilómetros al mes se suprimen
Olga le guiñó el ojo y se ajustó el sujetador. Le deseaba. Hugo lo sabía y ahora tenía la prueba. Olga le deseaba y jugaba con él como una perra. En ese momento Hugo le hubiera dado un beso en la boca. Mejor, desde donde estaba, con una rodilla en tierra, le hubiera bajado las bragas. Pero se controló, y lo único que hizo, según se levantaba, fue parar un segundo para olerle el pelo.
A eso de las tres de la tarde, la muy pesada se decidió por un modelo en negro brillante con casi diez centímetros de tacón que a Hugo le pareció no desentonaría en los pies de una drag queen, le pidió prestados diez euros para no tener que pagar con tarjeta y anunció que iba siendo hora de irse a su casa.
-Por cierto. Tu departamento no ha cambiado de nombre ¿no?
-No. ¿Por qué?
-Ya te contaré, que se me hace tarde.
Olga le dio dos castos besos en las mejillas y Hugo los acompañó de una caricia en la cintura. Le hubiera dado de azotes en ese culo enorme hasta soltara como una piñata todo lo que sabía, pero se controló, la dejó ir, y helado de frío volvió a su puesto de trabajo.
“Proactive” era una palabra maravillosa que habían traído los yanquis. Por iniciativa propia, podría traducirse, y era algo así como una bula empresarial. Por iniciativa propia podía uno reunirse con un vicepresidente, preparar un informe de calidad, sugerir cambios en el programa de contabilidad o faltar a una reunión para tocarse los huevos. Hugo se definía a sí mismo como una persona muy “proactiva”.
Y no faltaba del todo a la verdad, Hugo, con su proactividad y con su reunión de las dos. Olga le había prometido que si le acompañaba a probarse unos zapatos, le contaría lo que sabía que estaba planeado para bajar los costes. De esa reunión, seguro, el departamento de Hugo, o al menos parte de él, iba a beneficiarse.
Cuando Hugo salió por el garaje, Olga ya estaba esperándole en la entrada, acabándose un cigarrillo. Le pidió un segundo y se retocó el rojo de labios con un espejito de mano. Hugo, que había dejado el abrigo en la oficina, estaba empezando a quedarse frío y miró con envidia el chaquetón de Olga.
-¿No vas a volver a la oficina?
-¡Uy, no! A las tres ya no merece la pena- Olga debió darse cuenta de que el pobre hombre tiritaba, guardó el espejito y, como una pareja de toda la vida, se colgó de su brazo camino del centro comercial.
Una vez allí Olga se probó no uno, sino decenas de pares en varias zapaterías distintas, impasible ante el gesto de disgusto con el que Hugo arrugaba la nariz cada vez que ella elegía tachuelas, sandalias de tacón, o lo que fuera lo más vulgar del estante. De vez en cuando le pedía a Hugo (y no al dependiente) un treinta y seis o unos igual o parecidos en gris, y justo cuando Hugo estaba a punto de volverse por donde había venido y quizá trabajar un poco, Olga le ofrecía ese caramelito, esa cucharadita de información que le hacía a Hugo sonreír, y sugerir esas francesitas en un color más discreto.
-No nos engañemos. Lo principal son los despidos, y lo demás es para hacer ver a la gente que se está haciendo un esfuerzo precisamente para evitar despidos. La prueba está en que los recortes de personal ya están decididos y para lo demás se ha creado un proyecto. ¿Te gustan? No sé. A mí no me acaban de convencer. ¿Te importa preguntar si los tienen con la punta redonda? En el proyecto ese, trabaja una amiga mía, por cierto, que es la que me ha contado todo. Una loca, si le hacen caso a ella vamos a acabar pagando la electricidad nosotros.
Hugo llamó por enésima vez al dependiente y cogió el zapato que Olga le tendía. Olga jugueteaba con los pies descalzos en la alfombra.
-Para empezar cambian la empresa de limpieza por otra más barata. Y también reducen los turnos de los seguratas. O sea, que mejor que cierres los cajones con llave por la noche.
Hugo no tenía alergia al polvo, y tampoco pensaba entrar a robar a la empresa. ¿Por quién le tomaba? Olga se calzó los zapatos de charol azul, y se levantó para mirarse en el espejo.
-¿Me sujetas el bolso? La señora que riega las plantas también se va, así que prepárate para ver engendros de plástico. Hablando de engendros, los regalos de Navidad se sustituyen por trabajos manuales- Se volvió para mirarle y mirarse por detrás- ¡Qué tonto eres, por Dios, no te rías!
Olga le dio un toquecito en broma con un zapato y Hugo estuvo tentado de darle a ella en broma con toda la palma.
-Nos quitan los zumos y galletitas de la cocina, las subscripciones a revistas técnicas y los vuelos en business. Por descontado se bajan los límites de llamadas personales, cursos, y viajes al extranjero. ¡Ah! Por cierto…
Olga se sentó otra vez, sonrió coqueta y sacudió la melena. Hugo podía sentir que lo bueno venía ahora. Que todo lo que le había contado sólo eran los preliminares. Estaba tan excitado que se acercó sin quererlo a Olga, y cuando ella levantó el pie, se agachó y le calzó unos botines con plataforma como lo haría un príncipe encantado.
-Los coches de empresa con menos de dos mil kilómetros al mes se suprimen
Olga le guiñó el ojo y se ajustó el sujetador. Le deseaba. Hugo lo sabía y ahora tenía la prueba. Olga le deseaba y jugaba con él como una perra. En ese momento Hugo le hubiera dado un beso en la boca. Mejor, desde donde estaba, con una rodilla en tierra, le hubiera bajado las bragas. Pero se controló, y lo único que hizo, según se levantaba, fue parar un segundo para olerle el pelo.
A eso de las tres de la tarde, la muy pesada se decidió por un modelo en negro brillante con casi diez centímetros de tacón que a Hugo le pareció no desentonaría en los pies de una drag queen, le pidió prestados diez euros para no tener que pagar con tarjeta y anunció que iba siendo hora de irse a su casa.
-Por cierto. Tu departamento no ha cambiado de nombre ¿no?
-No. ¿Por qué?
-Ya te contaré, que se me hace tarde.
Olga le dio dos castos besos en las mejillas y Hugo los acompañó de una caricia en la cintura. Le hubiera dado de azotes en ese culo enorme hasta soltara como una piñata todo lo que sabía, pero se controló, la dejó ir, y helado de frío volvió a su puesto de trabajo.
10
Francisco estaba agotado hasta querer hacer suyos cada uno de los matices de la palabra, consumido como si vampiros, sanguijuelas, chupacabras y hasta liendres hubieran quedado para cenar en su casa. Francisco soñaba despierto con dormir, no podía soportar el peso de la corbata y ni siquiera tenía su estilográfica para darse fuerzas. El fin de semana debía haber sido algo muy diferente. Le tocaba tener al niño e iba a llevarlo a la casa del pueblo. Se moría por ver la cara de su hijo cuando supiera la sorpresa que le estaba preparando su padre para el verano. Quería preguntarle dónde le gustaría poner la piscina, y si la quería con azulejos azules o con el fondo liso. Hacía dos semanas que no le veía y le angustiaba la idea de que hubiera crecido en ese tiempo. Los niños cambian mucho a esa edad, pensaba, y no podía evitar sentirse culpable por perderse esos cambios, aunque no fuera culpa suya.
Ahora Francisco se sentía agotado, consumido y además culpable porque lo de este fin de semana sí había sido culpa suya. En teoría podía haber dicho que no. Nada en su contrato le obligaba a conducir dos horas en su coche particular hasta el almacén del aeropuerto para ayudar a resolver la cagada del grupo de Releases. ¡Con su coche particular! Hay que decir que Francisco llevaba meses esperando a que la empresa hiciera el pedido del tipo de coche que le correspondía por su categoría y Recursos Humanos se negaba a darle otro mientras tanto, un Renault normalito, del tipo que conducía Hugo, por ejemplo.
Ni siquiera se trataba de uno de sus proyectos, sino de uno de Hugo, pero, como el encargado del almacén le había recordado, uno: Francisco era el responsable último del departamento, dos: para responder en este tipo de situaciones cobraba más primas que los demás, tres: se sobreentiende que un jefe debe ser el primero en hacer lo que se debe aunque no esté escrito en el contrato y es precisamente así como lo verían sus jefes a la hora de depurar responsabilidades y cuarto y último: si no le echaba una mano en esta, él se tomaría como un reto personal el hacerle la vida imposible a Francisco y a todos y cada uno de sus empleados.
Pensando en cómo le desagradaba el aliento a cebolla del encargado del almacén mientras le leía la cartilla, el sábado a primera hora Francisco condujo hasta el aeropuerto, ayudó en lo que pudo hasta las dos de la mañana, durmió en el sofá de una de las oficinas del almacén hasta que le despertó el ruido de los aviones a las seis y siguió trabajando revisando pedidos, archivando facturas, corrigiendo etiquetas… tareas que eran imprescindibles pero nada tenían que ver con su puesto, hasta que en la noche del domingo al lunes por fin uno de los ingenieros descubrió que alguien había escrito una coma donde debía haber un punto y coma y todo pareció resolverse.
Francisco escuchó la charla del presidente como si fuera parte de un sueño. Su cabeza ponía el acompañamiento a las palabras, creando imágenes que invadían la sala y le hacían cuestionarse su salud mental. Cuando el presidente dijo “va a haber cambios” Francisco vio como un tornado tiraba la puerta y entraba en la sala haciendo estragos entre la audiencia. Se llevó por delante bolsos y zapatos de mujer, levantó a los hombres tirándoles de la corbata, golpeó y tumbó las butacas y no dejó nada ni nadie en pie hasta que llegó al estrado y se extinguió quedando sólo una brisa que despeinó un poco al presidente. Pero la pesadilla que luego le acompañaría todo el día llegó cuando el presidente comenzó a hablar del coche de Hamilton. Tan pronto como se le invocó, el bólido comenzó a rugir en el estrado. Era un coche potente, un líder de su clase, sin duda, pero no lo suficientemente grande como para transportar a todos los presentes. Francisco miró a la audiencia y se dio cuenta de que todos eran conejos. Él también era un conejo. Todos conejitos asustados con los ojos rojos bien abiertos, plantados en mitad de la carretera, cegados por las luces del coche de Hamilton. Estaban paralizados, pero daba igual que se movieran a la derecha o a la izquierda, en apenas un segundo todos serían aplastados.
Cuando el móvil de Francisco sonó, dejó de ver conejos y salió temiéndose que tendría que volver al aeropuerto. Gracias al cielo no era eso, sino el encargado del almacén que le daba las gracias por su ayuda el fin de semana y le pedía de paso si podía echarle un vistazo al informe de la incidencia. Francisco suspiró y dijo que sí, claro, ¡qué podía hacer si no! Por lo menos el encargado le agradecía la ayuda y aunque seguía enfadado consigo mismo por no haber visto a su hijo ese fin de semana, sintió una pizca de satisfacción por el trabajo bien hecho.
En esas estaba cuando se acercó Miguel, que acababa de salir de la reunión, a comentar los pormenores de ésta.
-Bueno, ¿qué? – dijo sencillamente. Francisco se encogió de hombros y Miguel continuó.
-Venga Paquito, dime que te ha parecido
-Que parece ser que tienen un plan
-Pfffff. Tú estabas dormido, ¿verdad? Que plan ni que… son una panda de sinvergüenzas y esa reunión ha sido una sinvergonzada.
Miguel elevó la voz y Francisco miró instintivamente alrededor. No convenía en esos momentos el llamar la atención.
-Shhhh – Trató de calmarle Francisco, pero sólo pareció darle alas
-Si dejaran de gastarse el dinero en aviones privados y putas, ya verías como ahorrábamos, ¡pero de verdad! Sinvergüenzas…
-Aquí nadie tiene aviones privados – contestó Francisco en un susurro
-Y en cenas. Qué estos yanquis le han cogido el gusto al jamón de bellota. Esta crisis de mentira es una excusa para seguir dándonos por el culo pero de verdad, y encima obligarnos a poner la cama.
Francisco le cogió del brazo y le miró suplicante, con la intención de calmarlo. Miguel se zafó y continuó un poco más bajo.
-Tú, Paquito, es que eres un blando, pero ya sabes que yo no tengo ningún problema en decirles lo que pienso a la cara. No sería la primera vez.
No, no sería la primera vez. En su condición de empleado casi imprescindible, Miguel siempre decía lo que le venía a la cabeza. Una vez había entrado en el despacho del presidente y le había dicho que el nuevo logotipo de la empresa era una mierda y que si le dejaran instalarse photoshop, él mismo podría hacer algo mejor en cinco minutos. Satisfecho de haber compartido su opinión, salió del despacho no sin antes decirle al presidente que podía encontrarle en su mesa si quería discutir el tema. Por supuesto que el presidente no tenía ni idea de quién era Miguel o dónde estaba su mesa. Si fuera de otro modo, Miguel la hubiera encontrado vacía al volver.
Miguel se sentó en su silla con los brazos cruzados, como un niño castigado, y Francisco bostezó. ¡Lo que daría por poder dormir! Pero cada vez que daba una cabezada le despertaba el coche de Hamilton a punto de pasarle por encima.
Ahora Francisco se sentía agotado, consumido y además culpable porque lo de este fin de semana sí había sido culpa suya. En teoría podía haber dicho que no. Nada en su contrato le obligaba a conducir dos horas en su coche particular hasta el almacén del aeropuerto para ayudar a resolver la cagada del grupo de Releases. ¡Con su coche particular! Hay que decir que Francisco llevaba meses esperando a que la empresa hiciera el pedido del tipo de coche que le correspondía por su categoría y Recursos Humanos se negaba a darle otro mientras tanto, un Renault normalito, del tipo que conducía Hugo, por ejemplo.
Ni siquiera se trataba de uno de sus proyectos, sino de uno de Hugo, pero, como el encargado del almacén le había recordado, uno: Francisco era el responsable último del departamento, dos: para responder en este tipo de situaciones cobraba más primas que los demás, tres: se sobreentiende que un jefe debe ser el primero en hacer lo que se debe aunque no esté escrito en el contrato y es precisamente así como lo verían sus jefes a la hora de depurar responsabilidades y cuarto y último: si no le echaba una mano en esta, él se tomaría como un reto personal el hacerle la vida imposible a Francisco y a todos y cada uno de sus empleados.
Pensando en cómo le desagradaba el aliento a cebolla del encargado del almacén mientras le leía la cartilla, el sábado a primera hora Francisco condujo hasta el aeropuerto, ayudó en lo que pudo hasta las dos de la mañana, durmió en el sofá de una de las oficinas del almacén hasta que le despertó el ruido de los aviones a las seis y siguió trabajando revisando pedidos, archivando facturas, corrigiendo etiquetas… tareas que eran imprescindibles pero nada tenían que ver con su puesto, hasta que en la noche del domingo al lunes por fin uno de los ingenieros descubrió que alguien había escrito una coma donde debía haber un punto y coma y todo pareció resolverse.
Francisco escuchó la charla del presidente como si fuera parte de un sueño. Su cabeza ponía el acompañamiento a las palabras, creando imágenes que invadían la sala y le hacían cuestionarse su salud mental. Cuando el presidente dijo “va a haber cambios” Francisco vio como un tornado tiraba la puerta y entraba en la sala haciendo estragos entre la audiencia. Se llevó por delante bolsos y zapatos de mujer, levantó a los hombres tirándoles de la corbata, golpeó y tumbó las butacas y no dejó nada ni nadie en pie hasta que llegó al estrado y se extinguió quedando sólo una brisa que despeinó un poco al presidente. Pero la pesadilla que luego le acompañaría todo el día llegó cuando el presidente comenzó a hablar del coche de Hamilton. Tan pronto como se le invocó, el bólido comenzó a rugir en el estrado. Era un coche potente, un líder de su clase, sin duda, pero no lo suficientemente grande como para transportar a todos los presentes. Francisco miró a la audiencia y se dio cuenta de que todos eran conejos. Él también era un conejo. Todos conejitos asustados con los ojos rojos bien abiertos, plantados en mitad de la carretera, cegados por las luces del coche de Hamilton. Estaban paralizados, pero daba igual que se movieran a la derecha o a la izquierda, en apenas un segundo todos serían aplastados.
Cuando el móvil de Francisco sonó, dejó de ver conejos y salió temiéndose que tendría que volver al aeropuerto. Gracias al cielo no era eso, sino el encargado del almacén que le daba las gracias por su ayuda el fin de semana y le pedía de paso si podía echarle un vistazo al informe de la incidencia. Francisco suspiró y dijo que sí, claro, ¡qué podía hacer si no! Por lo menos el encargado le agradecía la ayuda y aunque seguía enfadado consigo mismo por no haber visto a su hijo ese fin de semana, sintió una pizca de satisfacción por el trabajo bien hecho.
En esas estaba cuando se acercó Miguel, que acababa de salir de la reunión, a comentar los pormenores de ésta.
-Bueno, ¿qué? – dijo sencillamente. Francisco se encogió de hombros y Miguel continuó.
-Venga Paquito, dime que te ha parecido
-Que parece ser que tienen un plan
-Pfffff. Tú estabas dormido, ¿verdad? Que plan ni que… son una panda de sinvergüenzas y esa reunión ha sido una sinvergonzada.
Miguel elevó la voz y Francisco miró instintivamente alrededor. No convenía en esos momentos el llamar la atención.
-Shhhh – Trató de calmarle Francisco, pero sólo pareció darle alas
-Si dejaran de gastarse el dinero en aviones privados y putas, ya verías como ahorrábamos, ¡pero de verdad! Sinvergüenzas…
-Aquí nadie tiene aviones privados – contestó Francisco en un susurro
-Y en cenas. Qué estos yanquis le han cogido el gusto al jamón de bellota. Esta crisis de mentira es una excusa para seguir dándonos por el culo pero de verdad, y encima obligarnos a poner la cama.
Francisco le cogió del brazo y le miró suplicante, con la intención de calmarlo. Miguel se zafó y continuó un poco más bajo.
-Tú, Paquito, es que eres un blando, pero ya sabes que yo no tengo ningún problema en decirles lo que pienso a la cara. No sería la primera vez.
No, no sería la primera vez. En su condición de empleado casi imprescindible, Miguel siempre decía lo que le venía a la cabeza. Una vez había entrado en el despacho del presidente y le había dicho que el nuevo logotipo de la empresa era una mierda y que si le dejaran instalarse photoshop, él mismo podría hacer algo mejor en cinco minutos. Satisfecho de haber compartido su opinión, salió del despacho no sin antes decirle al presidente que podía encontrarle en su mesa si quería discutir el tema. Por supuesto que el presidente no tenía ni idea de quién era Miguel o dónde estaba su mesa. Si fuera de otro modo, Miguel la hubiera encontrado vacía al volver.
Miguel se sentó en su silla con los brazos cruzados, como un niño castigado, y Francisco bostezó. ¡Lo que daría por poder dormir! Pero cada vez que daba una cabezada le despertaba el coche de Hamilton a punto de pasarle por encima.
9
Hugo pasó un fin de semana sin mujeres, solo con la trilogía de El Padrino y Maniobras Indiscretas. Cuatro clásicos que se había descargado con la tarjeta telefónica de la empresa. Llegó el lunes relajado y con su mejor corbata, y diez minutos antes de las nueve, entró en la sala grande de conferencias, que era básicamente un salón de actos y se sentó en el centro de la tercera fila, justo dónde los ojos del presidente tenían necesariamente que caer mientras hablara a todos los empleados de las nuevas iniciativas de la empresa para afrontar la crisis.
A las nueve la sala estaba a rebosar de caras somnolientas, caras preocupadas, y caras que estaban allí porque la reunión era obligatoria. A las nueve y cinco la encargada de comunicaciones presentó al presidente y Hugo fue el primero en romper a aplaudir. A las nueve y seis el presidente saludó, hizo un chiste, y después se puso serio para expresar la gravedad de la situación. A las nueve y cuarto, Francisco entró en la sala de conferencias y el presidente le miró molesto mientras se disculpaba por apartarles a todos de sus puestos de trabajo.
Hugo miró a Francisco y sacudió la cabeza. Durante el fin de semana habían tenido una emergencia y seguro que su jefe se había pasado hasta esa misma mañana resolviendo el problema. Alguien había intentado contactar también con Hugo, pero mientras a Hugo no se le pagara por horas extras, Hugo no tenía problema alguno en ignorar esos molestos recados. Además Hugo tenía claro lo que le hace a uno ascender en una empresa, y que no era fruto de la casualidad, sino de poner en orden tus prioridades. Que el presidente se quedase con tu corbata tenía una prioridad altísima.
Hugo admiraba al presidente. No como admiraba a monsieur Proust, por supuesto, pero más de lo que admiraba a cualquiera de esos escritores contemporáneos que se turnan para llevarse el premio Planeta. El traje a medida, el corte de pelo, los dientes blanqueados, el detalle de los calcetines de seda… todas esas cosas que casi ninguno de los curritos allí presentes tenía la capacidad de apreciar, pero que absorbían hipnotizados, preguntándose qué contenía esa aura que despedía ese hombre, qué le hacía tan atractivo, tan buen comunicador, tan alto... Solo Hugo sabía qué era lo que tenía ese hombre, y sabía cuanto costaba y si no podía ser escritor, a Hugo no le importaría nada aceptar el premio de consolación y convertirse en el próximo ocupante de un despacho en el último piso.
-Vamos a tener que afrontar algunos cambios. Mi equipo y yo hemos estado trabajando en una estrategia que va a hacernos más fuertes. Algunos de vosotros ya habéis notado las iniciativas que hemos puesto en marcha. Estas iniciativas están diseñadas para impulsar la nueva estrategia y mantener nuestro liderazgo en el sector. Ese es nuestro objetivo último, seguir siendo los líderes para que cuando el mercado se recupere seamos nosotros los que pongamos las normas del juego. ¿Sabéis porque Hamilton prefiere correr cuando llueve? No es porque sea más rápido con la pista mojada ¡es porque en las peores condiciones es más rápido que los demás! ¡Es ahí dónde les saca la ventaja más grande!
Hugo miró embelesado el modo en que el presidente impulsaba con el brazo sus palabras, hasta casi saltar de emoción. Esos miles de euros en cursos para hablar en público estaban pero que muy bien invertidos.
-Si vamos a tener éxito o no, si vamos a ganar esta batalla, depende sólo de vosotros. De este equipo -el presidente señaló con el dedo al auditorio e hizo una pausa dramática. Y voy a ser muy sincero. Vamos a tener que hacer sacrificios. Todos. Pero quiero deciros que estáis en el sitio correcto. Si alguien tiene lo que hace falta para salir fortalecido de esta crisis, somos nosotros. Y vamos a demostrarlo. Si hace sol, y mucho más si llueve. Vamos a ser como Hamilton.
A Hugo le pareció indicado aplaudir en este preciso instante, que no pudo ser más correcto, puesto que justo entonces, el presidente pasó a presentar la estrategia en sí.
Con un gesto de su mano, la encargada de comunicaciones desplegó un cartel de varios metros en el que se podía leer “Más o Menos”. La “o” había sido tachada y encima de ella habían escrito una “Y” en rojo brillante, así que la lectura en realidad era “Más Y Menos”. Y debajo de esta frase, en un color diferente, otras dos palabras “ventas – costes”, con lo que todo en su conjunto quería expresar la necesidad de “Más ventas Y Menos costes”, que era en teoría el secreto que tenía que situar a la empresa en el puesto líder entre las de su clase. Completaba el cartel una gráfica donde se podía observar cómo las ventas subían y los costes de producción bajaban hasta el punto donde los señores accionistas podían vender la empresa a los chinos y comprarse un palacio coquetón.
Hugo pensó ¡bravo! ¡Bravísimo! Y disimuló una risita iniciando otro aplauso. Además de un gusto exquisito, ese hombre tenía las pelotas de acero. Eso era en lo que su equipo y él habían estado trabajando los últimos meses a razón de cientos de euros la hora. Más bien, se imaginaba Hugo, eso era lo que un consultor con un sueldo ridículo había dibujado durante una cena de tres ceros después de un par de copas. Hugo quería ser ese consultor. Quería estar en esa cena. Quería dirigir un equipo de consultores que se pasaran meses haciendo ridículas entrevistas a los jefes de departamento, bebiendo café gratis y usando la conexión a Internet de la empresa, reciclando papeles inservibles en varias carpetas gordotas para después pasar una factura igualmente absurda por la conclusión de lógica aplastante que Hugo dibujaría triunfalmente en una servilleta justo después de acabarse el paté du canard. Esa servilleta no sería “En busca del tiempo perdido”, de acuerdo, pero a razón de euros por palabra la servilleta era mucho más valiosa.
El presidente continuó enumerando entusiasmado los puntos que seguían lógicamente de la premisa enunciada en el cartel, o en la servilleta durante la cena de tres ceros, pero Hugo ya no estaba tan interesado. Cierto, seguía fascinado por el modo en que el presidente deducía conclusiones hechas de aire que no admitían réplica alguna, pero el contenido le daba exactamente igual. Hugo no formaba parte del departamento de ventas, con lo que a la primera mitad de la estrategia Hugo no podía contribuir, y la segunda le hacía reír bajito. Sí, seguro que les hacían pagar por el café y empezaban a comprar papel higiénico de una sola capa, pero Hugo de todos modos prefería cagar en su casa.
Justo en el momento en que el presidente hacía una pausa, un móvil sonó alto y claro en la sala de conferencias. Hugo giró la cabeza y alcanzó a ver cómo Francisco salía apurado y casi tropezándose con las sillas. Hugo sacudió otra vez la cabeza. Tsk, tsk, tsk. Eso es justamente lo que pasa cuando aceptas ayudar a un grupo de inútiles. Es cuestión de tiempo que acaben pidiéndote el bazo y parte del hígado. Los inútiles nunca tienen bastante.
A las nueve la sala estaba a rebosar de caras somnolientas, caras preocupadas, y caras que estaban allí porque la reunión era obligatoria. A las nueve y cinco la encargada de comunicaciones presentó al presidente y Hugo fue el primero en romper a aplaudir. A las nueve y seis el presidente saludó, hizo un chiste, y después se puso serio para expresar la gravedad de la situación. A las nueve y cuarto, Francisco entró en la sala de conferencias y el presidente le miró molesto mientras se disculpaba por apartarles a todos de sus puestos de trabajo.
Hugo miró a Francisco y sacudió la cabeza. Durante el fin de semana habían tenido una emergencia y seguro que su jefe se había pasado hasta esa misma mañana resolviendo el problema. Alguien había intentado contactar también con Hugo, pero mientras a Hugo no se le pagara por horas extras, Hugo no tenía problema alguno en ignorar esos molestos recados. Además Hugo tenía claro lo que le hace a uno ascender en una empresa, y que no era fruto de la casualidad, sino de poner en orden tus prioridades. Que el presidente se quedase con tu corbata tenía una prioridad altísima.
Hugo admiraba al presidente. No como admiraba a monsieur Proust, por supuesto, pero más de lo que admiraba a cualquiera de esos escritores contemporáneos que se turnan para llevarse el premio Planeta. El traje a medida, el corte de pelo, los dientes blanqueados, el detalle de los calcetines de seda… todas esas cosas que casi ninguno de los curritos allí presentes tenía la capacidad de apreciar, pero que absorbían hipnotizados, preguntándose qué contenía esa aura que despedía ese hombre, qué le hacía tan atractivo, tan buen comunicador, tan alto... Solo Hugo sabía qué era lo que tenía ese hombre, y sabía cuanto costaba y si no podía ser escritor, a Hugo no le importaría nada aceptar el premio de consolación y convertirse en el próximo ocupante de un despacho en el último piso.
-Vamos a tener que afrontar algunos cambios. Mi equipo y yo hemos estado trabajando en una estrategia que va a hacernos más fuertes. Algunos de vosotros ya habéis notado las iniciativas que hemos puesto en marcha. Estas iniciativas están diseñadas para impulsar la nueva estrategia y mantener nuestro liderazgo en el sector. Ese es nuestro objetivo último, seguir siendo los líderes para que cuando el mercado se recupere seamos nosotros los que pongamos las normas del juego. ¿Sabéis porque Hamilton prefiere correr cuando llueve? No es porque sea más rápido con la pista mojada ¡es porque en las peores condiciones es más rápido que los demás! ¡Es ahí dónde les saca la ventaja más grande!
Hugo miró embelesado el modo en que el presidente impulsaba con el brazo sus palabras, hasta casi saltar de emoción. Esos miles de euros en cursos para hablar en público estaban pero que muy bien invertidos.
-Si vamos a tener éxito o no, si vamos a ganar esta batalla, depende sólo de vosotros. De este equipo -el presidente señaló con el dedo al auditorio e hizo una pausa dramática. Y voy a ser muy sincero. Vamos a tener que hacer sacrificios. Todos. Pero quiero deciros que estáis en el sitio correcto. Si alguien tiene lo que hace falta para salir fortalecido de esta crisis, somos nosotros. Y vamos a demostrarlo. Si hace sol, y mucho más si llueve. Vamos a ser como Hamilton.
A Hugo le pareció indicado aplaudir en este preciso instante, que no pudo ser más correcto, puesto que justo entonces, el presidente pasó a presentar la estrategia en sí.
Con un gesto de su mano, la encargada de comunicaciones desplegó un cartel de varios metros en el que se podía leer “Más o Menos”. La “o” había sido tachada y encima de ella habían escrito una “Y” en rojo brillante, así que la lectura en realidad era “Más Y Menos”. Y debajo de esta frase, en un color diferente, otras dos palabras “ventas – costes”, con lo que todo en su conjunto quería expresar la necesidad de “Más ventas Y Menos costes”, que era en teoría el secreto que tenía que situar a la empresa en el puesto líder entre las de su clase. Completaba el cartel una gráfica donde se podía observar cómo las ventas subían y los costes de producción bajaban hasta el punto donde los señores accionistas podían vender la empresa a los chinos y comprarse un palacio coquetón.
Hugo pensó ¡bravo! ¡Bravísimo! Y disimuló una risita iniciando otro aplauso. Además de un gusto exquisito, ese hombre tenía las pelotas de acero. Eso era en lo que su equipo y él habían estado trabajando los últimos meses a razón de cientos de euros la hora. Más bien, se imaginaba Hugo, eso era lo que un consultor con un sueldo ridículo había dibujado durante una cena de tres ceros después de un par de copas. Hugo quería ser ese consultor. Quería estar en esa cena. Quería dirigir un equipo de consultores que se pasaran meses haciendo ridículas entrevistas a los jefes de departamento, bebiendo café gratis y usando la conexión a Internet de la empresa, reciclando papeles inservibles en varias carpetas gordotas para después pasar una factura igualmente absurda por la conclusión de lógica aplastante que Hugo dibujaría triunfalmente en una servilleta justo después de acabarse el paté du canard. Esa servilleta no sería “En busca del tiempo perdido”, de acuerdo, pero a razón de euros por palabra la servilleta era mucho más valiosa.
El presidente continuó enumerando entusiasmado los puntos que seguían lógicamente de la premisa enunciada en el cartel, o en la servilleta durante la cena de tres ceros, pero Hugo ya no estaba tan interesado. Cierto, seguía fascinado por el modo en que el presidente deducía conclusiones hechas de aire que no admitían réplica alguna, pero el contenido le daba exactamente igual. Hugo no formaba parte del departamento de ventas, con lo que a la primera mitad de la estrategia Hugo no podía contribuir, y la segunda le hacía reír bajito. Sí, seguro que les hacían pagar por el café y empezaban a comprar papel higiénico de una sola capa, pero Hugo de todos modos prefería cagar en su casa.
Justo en el momento en que el presidente hacía una pausa, un móvil sonó alto y claro en la sala de conferencias. Hugo giró la cabeza y alcanzó a ver cómo Francisco salía apurado y casi tropezándose con las sillas. Hugo sacudió otra vez la cabeza. Tsk, tsk, tsk. Eso es justamente lo que pasa cuando aceptas ayudar a un grupo de inútiles. Es cuestión de tiempo que acaben pidiéndote el bazo y parte del hígado. Los inútiles nunca tienen bastante.
8
Francisco se masajeó el cuello. Siempre que estaba estresado lo pagaban las cervicales. Y el matrimonio. El matrimonio también lo pagaba. El trabajo se le estaba acumulando y era el cuello el que se lo recordaba. Pero no podía dejar de mirar al argentino y a Miguel. Llevaban toda la mañana gastándose bromas y riéndose como colegialas, y Francisco mirándoles hipnotizado, sin poder responder a los emails que se le iban acumulando. Sin escuchar el teléfono. Parecían dos lechoncitos camino del matadero, y eso que Miguel no era precisamente un chiquillo.
Alguien le trajo un documento a Francisco para revisar y firmar. Normalmente lo hubiera hecho enseguida, pero en esta ocasión lo dejó en una esquina de la mesa y siguió hipnotizado con el argentino y Miguel. Como si no les fuera a ver más. Como si no les quedara por lo menos dos jueves.
Era injusto, una injusticia de la que no eran conscientes el argentino y Miguel cuando se reían en alto de algún video de youtube, pero la injusticia, esa injusticia arbitraria y casual no era nueva para ellos. El argentino llevaba cinco años en la empresa y cobraba lo mismo que un becario. No se le podía revisar el sueldo porque había llegado al tope de lo permitido por su banda salarial. Tampoco se le podía pasar a una banda superior porque era en la que estaban sus compañeros y las normas de la empresa no le permitían a Francisco tener más de dos empleados en esa banda. Era por eso, para más inri, que a Hugo le habían tenido que poner en una banda superior a la de los demás, lo que había agotado el presupuesto del departamento. No habría aumento de sueldo ese año, pero por otra parte ya daba igual. No habría aumentos para nadie. Ya era suficiente premio el volver el lunes y encontrar la silla y las fotos de familia donde uno las dejó.
A Miguel le tocaba ascender después de Francisco. Llevaba esperando por lo menos dos años a ser ascendido. Se lo merecía. Pero no podía. Con Francisco de jefe y sus años de experiencia, Miguel se había convertido en alguien casi imprescindible para el departamento. Demasiado valioso para ser ascendido. Otra casualidad. Otra putada. ¿Qué se podía hacer?
Francisco se consideraba un jefe justo, pero no podía luchar contra la injusticia inherente a las normas de la gran empresa. Ni siquiera le parecían mal las normas, pero cuando la casualidad se metía en medio, no tenía sentido fingir que las directrices y los procesos tenían la última palabra. Por eso no le importaba que el argentino se pasara la mañana viendo vídeos en youtube. Razones tenía de sobra. Además, las cosas iban cada vez más despacio en la empresa, la mitad de los proyectos acababan cancelándose en nombre de la austeridad, y en su lugar surgían cosas llamadas iniciativas, que costaban millones de euros y prometían ahorrar millones de euros. No, no sería Francisco quien dijera nada sobre las normas en este caso.
Miguel le acababa de mandar un enlace. A juzgar por las risas, que continuaban, debía ser algo divertidísimo, pero Francisco no estaba de humor. El cuello le estaba matando. Miguel se acercó a su mesa.
-¿Has visto, Paquito? Lo mejor que me han pasado en mucho tiempo
Francisco dejó de fingir que miraba la pantalla del ordenador, se volvió hacia un Miguel sonriente y de buen humor y se sintió un traidor y una mala persona. Si hubiera sido posible, se habría metido debajo de la mesa hasta que Miguel desapareciera. Francisco sentía la necesidad de una absolución, y dejó que se le escaparan un mea culpa oculto en sus palabras.
-Anda, Miguel, que no está el horno para bollos.
-¡Pero bueno! ¡No me digas que estás preocupado! ¡Tú! Si llevas en la empresa desde sabe dios cuando. Antes nos tendrían que echar a todos nosotros que a ti. Así que no te preocupes, hombre.
Francisco suspiró y le miró fijamente a los ojos -Nadie está a salvo.
Ante el tono apocalíptico de su jefe Miguel dejó de sonreír
-Bueno, lo que tenga que ser será. No pasa nada. Es sólo un trabajo.
Francisco volvió a suspirar, ligeramente aliviado y Miguel le dio una palmadita en el hombro.
-Y si no siempre puedes decir que eres gay y amenazar con denunciar. Que si algo que evita como la peste esta empresa es la mala publicidad. Anda, mira el vídeo, que te vas a reír.
Francisco suspiró una vez más y siguió a Miguel con la mirada hasta que desapareció camino de la cocina. Casi mejor que no supiera nada, que siguiera así, haciendo bromas hasta el último momento. Había que ser optimista, como Miguel, porque si la casualidad caprichosa hoy estaba por quebrar bancos y provocar despidos, mañana podía igualmente subirnos el sueldo a todos y arreglar matrimonios sin esperanza. Si tan sólo él, Francisco, pudiera dar un empujón a la casualidad, ganar algo de tiempo, si supiera las palabras mágicas, el tipo de ungüento que tiene uno que comprar para arreglar las cosas, para hacer justicia.
Francisco movió el cuello de un lado a otro para estirarlo y trató de concentrarse en los correos, en el documento que tenía que revisar, en el trabajo que tenía pendiente, pero nada. Al final decidió echarle un vistazo al vídeo que Miguel le había mandado y tuvo que sonreír. Sí que tenía gracia.
Alguien le trajo un documento a Francisco para revisar y firmar. Normalmente lo hubiera hecho enseguida, pero en esta ocasión lo dejó en una esquina de la mesa y siguió hipnotizado con el argentino y Miguel. Como si no les fuera a ver más. Como si no les quedara por lo menos dos jueves.
Era injusto, una injusticia de la que no eran conscientes el argentino y Miguel cuando se reían en alto de algún video de youtube, pero la injusticia, esa injusticia arbitraria y casual no era nueva para ellos. El argentino llevaba cinco años en la empresa y cobraba lo mismo que un becario. No se le podía revisar el sueldo porque había llegado al tope de lo permitido por su banda salarial. Tampoco se le podía pasar a una banda superior porque era en la que estaban sus compañeros y las normas de la empresa no le permitían a Francisco tener más de dos empleados en esa banda. Era por eso, para más inri, que a Hugo le habían tenido que poner en una banda superior a la de los demás, lo que había agotado el presupuesto del departamento. No habría aumento de sueldo ese año, pero por otra parte ya daba igual. No habría aumentos para nadie. Ya era suficiente premio el volver el lunes y encontrar la silla y las fotos de familia donde uno las dejó.
A Miguel le tocaba ascender después de Francisco. Llevaba esperando por lo menos dos años a ser ascendido. Se lo merecía. Pero no podía. Con Francisco de jefe y sus años de experiencia, Miguel se había convertido en alguien casi imprescindible para el departamento. Demasiado valioso para ser ascendido. Otra casualidad. Otra putada. ¿Qué se podía hacer?
Francisco se consideraba un jefe justo, pero no podía luchar contra la injusticia inherente a las normas de la gran empresa. Ni siquiera le parecían mal las normas, pero cuando la casualidad se metía en medio, no tenía sentido fingir que las directrices y los procesos tenían la última palabra. Por eso no le importaba que el argentino se pasara la mañana viendo vídeos en youtube. Razones tenía de sobra. Además, las cosas iban cada vez más despacio en la empresa, la mitad de los proyectos acababan cancelándose en nombre de la austeridad, y en su lugar surgían cosas llamadas iniciativas, que costaban millones de euros y prometían ahorrar millones de euros. No, no sería Francisco quien dijera nada sobre las normas en este caso.
Miguel le acababa de mandar un enlace. A juzgar por las risas, que continuaban, debía ser algo divertidísimo, pero Francisco no estaba de humor. El cuello le estaba matando. Miguel se acercó a su mesa.
-¿Has visto, Paquito? Lo mejor que me han pasado en mucho tiempo
Francisco dejó de fingir que miraba la pantalla del ordenador, se volvió hacia un Miguel sonriente y de buen humor y se sintió un traidor y una mala persona. Si hubiera sido posible, se habría metido debajo de la mesa hasta que Miguel desapareciera. Francisco sentía la necesidad de una absolución, y dejó que se le escaparan un mea culpa oculto en sus palabras.
-Anda, Miguel, que no está el horno para bollos.
-¡Pero bueno! ¡No me digas que estás preocupado! ¡Tú! Si llevas en la empresa desde sabe dios cuando. Antes nos tendrían que echar a todos nosotros que a ti. Así que no te preocupes, hombre.
Francisco suspiró y le miró fijamente a los ojos -Nadie está a salvo.
Ante el tono apocalíptico de su jefe Miguel dejó de sonreír
-Bueno, lo que tenga que ser será. No pasa nada. Es sólo un trabajo.
Francisco volvió a suspirar, ligeramente aliviado y Miguel le dio una palmadita en el hombro.
-Y si no siempre puedes decir que eres gay y amenazar con denunciar. Que si algo que evita como la peste esta empresa es la mala publicidad. Anda, mira el vídeo, que te vas a reír.
Francisco suspiró una vez más y siguió a Miguel con la mirada hasta que desapareció camino de la cocina. Casi mejor que no supiera nada, que siguiera así, haciendo bromas hasta el último momento. Había que ser optimista, como Miguel, porque si la casualidad caprichosa hoy estaba por quebrar bancos y provocar despidos, mañana podía igualmente subirnos el sueldo a todos y arreglar matrimonios sin esperanza. Si tan sólo él, Francisco, pudiera dar un empujón a la casualidad, ganar algo de tiempo, si supiera las palabras mágicas, el tipo de ungüento que tiene uno que comprar para arreglar las cosas, para hacer justicia.
Francisco movió el cuello de un lado a otro para estirarlo y trató de concentrarse en los correos, en el documento que tenía que revisar, en el trabajo que tenía pendiente, pero nada. Al final decidió echarle un vistazo al vídeo que Miguel le había mandado y tuvo que sonreír. Sí que tenía gracia.
7
Hugo se levantó de relativo buen humor y sin apenas rencor hacia Olga. Su subconsciente, acostumbrado a ser como el roedor que sobrevive al naufragio, no quería quedarse sin la información privilegiada que Olga significaba. O quizá esa era una disculpa para acercarse a ella y comprobar que (¡por favor, no podía ser de otra manera!) ella le deseaba en secreto. Fuera como fuese, a las diez de la mañana, después del desayuno, ya le estaba mandando mensajitos para tomar un café.
Además, Hugo necesitaba un café. Su jefe le estaba sacando de quicio. Llevaba dos días tieso en su silla, con esa cara de estar sufriendo de algo intestinal, recordándoles a cada instante lo que se estaba cociendo y consiguiendo al final que Hugo se pusiera algo tenso. Así que sin poder esperar siquiera la respuesta de Olga, se levantó de la silla y se fue al primer piso a visitar a las chicas de Recursos Humanos.
Estas chicas eran infinitamente menos interesantes que las de Atención al Cliente. Por regla general casadas o con novio formal, orgullosas propietarias de un puesto fijo, se turnaban para quedarse preñadas y para hacerte la pelota o la puñeta dependiendo del día en su ciclo menstrual. Eran ellas quienes más que nadie, podían hacer de tu vida en la oficina un infierno. Así que se hacía imprescindible saber cómo tratarlas, bien alabarles el ficus y las fotos de los críos, o recordarles quién estaba más arriba en el organigrama dependiendo de la situación.
Crisis igual a oportunidad, se dijo Hugo buscando con la mirada un escritorio sin fotos y sin plantas. Ahí estaba. Escritorio a medio vaciar y jovencita con ojos rojos que nunca pensó que su contrato indefinido fuera vulnerable a las reorganizaciones. Esa era la chica con la que Hugo resolvería todos sus trámites de ahora en adelante y hasta que se fuera definitivamente. Hugo se ajustó la corbata y le tocó en el hombro con la más seductora de sus sonrisas.
-Hola guapa. ¿No tendrás un segundo para darme los tickets de almuerzo?
La chica sacó un folio con nombres del cajón del escritorio, cogió un bolígrafo, y con la mirada perdida, como una autómata, se levantó y le pidió a Hugo que le siguiera hasta el despacho con llave donde se guardaban los vales de almuerzo y otras golosinas con los que Recursos Humanos agasajaba al empleado siempre que se portara bien.
Cuando se quedaron solos en el despacho, la chica le dio la espalda para buscar los vales en un armario, y Hugo se apropió de una silla, la acercó cuanto pudo a la fémina y se puso cómodo.
La chica le alargó un sobre con los vales a Hugo y un bolígrafo mordisqueado
–Diecinueve por Octubre. Fírmame.
Hugo cogió el papel con los nombres y rechazó el bolígrafo, sacando su propio Mont Blanc del bolsillo de la chaqueta. Manoseó el folio como si le costara encontrar su apellido y sin levantar la vista se dirigió a ella.
-Oye, no te enfades por lo que te voy a decir, pero ¿sabes que estás muy guapa hoy? Las lágrimas te hacen los ojos verdes.
-Anda firma, qué tengo cosas que hacer. – dijo ella señalando el folio
-¿Y qué va a pasar si no haces esas cosas? ¿Te van a despedir?
Hugo le miró a los ojos, puso una sonrisa inocente y ella se la devolvió. Hugo notó que la chica se había relajado un poco y jugueteó con el Mont Blanc antes de hablar.
-No hay derecho. Siempre se van los mejores –Hugo suspiró y sacudió la cabeza y la chica la sacudió también- mira, de mi departamento ya todos han recogido los tickets. Normal, nadie sabe cuando serán los últimos. Menos Francisco. Claro, entre los jefes nunca ruedan cabezas.
La chica se acercó a Hugo para mirar también el papel -¡Ah! Francisco Macho. Pero es que ese nunca recoge los tickets.
-Qué raro, ¿no?
-No te creas. Entre los jefes pasa mucho. Si no tienen secretaria que venga a buscárselos, está casi mal visto que vengan ellos pa los cuatro duros que son. Si acaso, se pasan una vez cada seis meses o así.
Hugo sonrió otra vez
-Pues eso tampoco está bien. Ya se los llevo yo, que no me cuesta nada. Si al fin y al cabo soy como su secretaria.
La chica puso cara de dudar y Hugo rápidamente firmó al lado de su apellido y al lado del de Francisco como “Arsene Lupin”. Entonces ella se encogió de hombros, sacó un montón de sobres del armario, se los dio a Hugo y cerró con llave.
Hugo se levantó de la silla, pasó rozándola casualmente, le invitó a tomar un café “cualquier día de estos”, y con un “adiós guapa” salió del despacho, volvió a su mesa silbando bajito y le escribió un sms a Olga “Nada de café. Te invito a comer”.
Además, Hugo necesitaba un café. Su jefe le estaba sacando de quicio. Llevaba dos días tieso en su silla, con esa cara de estar sufriendo de algo intestinal, recordándoles a cada instante lo que se estaba cociendo y consiguiendo al final que Hugo se pusiera algo tenso. Así que sin poder esperar siquiera la respuesta de Olga, se levantó de la silla y se fue al primer piso a visitar a las chicas de Recursos Humanos.
Estas chicas eran infinitamente menos interesantes que las de Atención al Cliente. Por regla general casadas o con novio formal, orgullosas propietarias de un puesto fijo, se turnaban para quedarse preñadas y para hacerte la pelota o la puñeta dependiendo del día en su ciclo menstrual. Eran ellas quienes más que nadie, podían hacer de tu vida en la oficina un infierno. Así que se hacía imprescindible saber cómo tratarlas, bien alabarles el ficus y las fotos de los críos, o recordarles quién estaba más arriba en el organigrama dependiendo de la situación.
Crisis igual a oportunidad, se dijo Hugo buscando con la mirada un escritorio sin fotos y sin plantas. Ahí estaba. Escritorio a medio vaciar y jovencita con ojos rojos que nunca pensó que su contrato indefinido fuera vulnerable a las reorganizaciones. Esa era la chica con la que Hugo resolvería todos sus trámites de ahora en adelante y hasta que se fuera definitivamente. Hugo se ajustó la corbata y le tocó en el hombro con la más seductora de sus sonrisas.
-Hola guapa. ¿No tendrás un segundo para darme los tickets de almuerzo?
La chica sacó un folio con nombres del cajón del escritorio, cogió un bolígrafo, y con la mirada perdida, como una autómata, se levantó y le pidió a Hugo que le siguiera hasta el despacho con llave donde se guardaban los vales de almuerzo y otras golosinas con los que Recursos Humanos agasajaba al empleado siempre que se portara bien.
Cuando se quedaron solos en el despacho, la chica le dio la espalda para buscar los vales en un armario, y Hugo se apropió de una silla, la acercó cuanto pudo a la fémina y se puso cómodo.
La chica le alargó un sobre con los vales a Hugo y un bolígrafo mordisqueado
–Diecinueve por Octubre. Fírmame.
Hugo cogió el papel con los nombres y rechazó el bolígrafo, sacando su propio Mont Blanc del bolsillo de la chaqueta. Manoseó el folio como si le costara encontrar su apellido y sin levantar la vista se dirigió a ella.
-Oye, no te enfades por lo que te voy a decir, pero ¿sabes que estás muy guapa hoy? Las lágrimas te hacen los ojos verdes.
-Anda firma, qué tengo cosas que hacer. – dijo ella señalando el folio
-¿Y qué va a pasar si no haces esas cosas? ¿Te van a despedir?
Hugo le miró a los ojos, puso una sonrisa inocente y ella se la devolvió. Hugo notó que la chica se había relajado un poco y jugueteó con el Mont Blanc antes de hablar.
-No hay derecho. Siempre se van los mejores –Hugo suspiró y sacudió la cabeza y la chica la sacudió también- mira, de mi departamento ya todos han recogido los tickets. Normal, nadie sabe cuando serán los últimos. Menos Francisco. Claro, entre los jefes nunca ruedan cabezas.
La chica se acercó a Hugo para mirar también el papel -¡Ah! Francisco Macho. Pero es que ese nunca recoge los tickets.
-Qué raro, ¿no?
-No te creas. Entre los jefes pasa mucho. Si no tienen secretaria que venga a buscárselos, está casi mal visto que vengan ellos pa los cuatro duros que son. Si acaso, se pasan una vez cada seis meses o así.
Hugo sonrió otra vez
-Pues eso tampoco está bien. Ya se los llevo yo, que no me cuesta nada. Si al fin y al cabo soy como su secretaria.
La chica puso cara de dudar y Hugo rápidamente firmó al lado de su apellido y al lado del de Francisco como “Arsene Lupin”. Entonces ella se encogió de hombros, sacó un montón de sobres del armario, se los dio a Hugo y cerró con llave.
Hugo se levantó de la silla, pasó rozándola casualmente, le invitó a tomar un café “cualquier día de estos”, y con un “adiós guapa” salió del despacho, volvió a su mesa silbando bajito y le escribió un sms a Olga “Nada de café. Te invito a comer”.
6
En un bar cerca de la oficina, Francisco acababa de pedir y pagar religiosamente un par de cañas. Clara se había quitado el abrigo y la bufanda y encaramado con dificultad a un taburete de la barra. Clara era una mujer de unos cuarenta, voluminosa y de buen carácter. Todo lo hacía despacio, con mimo. Por eso a veces se quedaba tarde en la oficina, porque el almuerzo era la tarea que con más delicadeza y ternura realizaba y después del café y unos minutitos para reposar la comida no le quedaba tiempo para mucho más.
Francisco le alargó la caña a Clara.
-¡Ay! Lo siento de verdad. Es que no puedo beber alcohol. ¿Me puedes pedir una fanta?
-¿Y eso?
-No sé si debería decírtelo, con los rumores que corren. – Clara sonrió de oreja a oreja, como si los rumores hablaran de aumentos de sueldo, coches de empresa, y viajes con dietas.
Francisco en cambio, puso cara de infinita tristeza. Ya se lo imaginaba. Y estaba claro entonces, que el argentino y Miguel se tenían que ir. ¡Ay! ¡Con qué gusto mandaría a Hugo al paro! Pero eso no podía ser.
-Vaya, enhorabuena, mujer. ¿Y de cuanto?
-De cuatro meses.
Francisco se volvió un momento para pedir una fanta al camarero. Le costaba horrores disimular que se alegraba de la noticia. Aunque cierto es, le ponía las cosas fáciles. En la próxima reunión podía darle a Deborah no uno, sino dos nombres. Dos condenados porque Clara estaba embarazada y a Hugo le sentaba el traje mejor que a ningún otro en el departamento. No era la primera vez que la casualidad le costaba a uno el puesto. Llevaba los años suficientes en la empresa para saber eso. En ese extraño ecosistema las acciones más mínimas, un par de palabras delante de la máquina de café, una frase de más en un informe, desencadenaban efectos mariposa que acaban en amonestaciones, promociones, o un empleado del mes. Recordaba ocasiones en que el color de una corbata o el tiempo en Almería tenían más que ver en un despido que el hecho de partirse los cuernos trabajando.
Cuentan las malas lenguas que el mayo pasado el presidente y tres de sus vices organizaron una reunión con uno de los principales clientes. En Almería. El asistente de dirección, lo preparó todo meses antes: un hotel con encanto, una amplia selección de actividades para quien no le gustara el golf y un catering bien provisto. Y a pesar de tanta previsión llovió. Llovió y el contrato millonario que debía haberse firmado no se firmó. Se lo llevó una empresa china y el inesperado temporal en Almería se llevó por delante diez puestos de trabajo, entre ellos, el del joven y prometedor asistente de dirección.
Y sin embargo, los que conocían toda la historia decían que no se podía echar la culpa a la casualidad, que es caprichosa y este caso concreto bastante ecuánime, puesto que cuando se entrevistó al asistente había otro candidato con idéntico currículo, idéntica experiencia y hasta idéntica altura. Y parece ser que el elemento determinante, el que marcó la diferencia, fue que la corbata del otro candidato era de un desafortunado amarillo chillón. Amarillo como el sol de Almería.
Clara le dio un sorbo a la fanta.
-¿Qué te pasa, hombre? Llevas todo el día con una cara de entierro… ¿Sigues con el rollo del divorcio?
-No, no. Eso ya está firmado cerrado y acabado. Es que… -dudó un segundo si podía confiar en Clara, y luego decidió que era mejor no decir nada de momento- es mala época. La crisis de los huevos. Pero no quiero ni hablar del tema. Que parece que ya no se habla de otra cosa.
-Te entiendo. Es una locura. Mi hermano sin ir más lejos -Clara se pasó el pulgar por el cuello- ¡a la calle! Y encima su piso se lo tengo yo avalado. En la empresa de mi marido, quinientos. Hasta mi cuñada, que es funcionaria está acojonada. ¡Y es funcionaria! Debería pasarse el día en el Corte Inglés, para levantar la economía. En fin… -Clara se levantó también con esfuerzo- Últimamente no hago más que mear.
Francisco se quedó pensando en cómo las casualidades le amargaban a uno la existencia. El efecto mariposa. Un banco quiebra en Estados Unidos, Clara se queda embarazada, y por eso es que el argentino se vuelve a su país. ¿Y cual era la cadena de ridículos sucesos que le había dejado a él soltero? De eso no tenía ni idea, porque su mujer, su exmujer, le había dado la noticia sin más explicaciones. Había dejado de quererle. Y ya. No había plan de rescate o inyección de capital que pudiera cambiar esa situación, y en este punto también estaba de acuerdo el consejero matrimonial. Francisco esperaba que a cien euros la hora hubiera sido capaz de aportar algo más. Francisco esperaba, al parecer, un milagro.
Pero eso no le impedía tener pesadillas en las que aparecían Deborah y el presidente. Si hubiera hecho buen tiempo en Almería, quizá hubieran aceptado antes su petición para contratar un par de personas más en el departamento y él no hubiera tenido que trabajar dieciséis horas al día. Hubiera llegado todos los días a casa a las seis, después de recoger a su hijo del colegio. Habría preparado la cena, habría arreglado el grifo que llevaba goteando seis meses, tendría ya una piscina en la casa del pueblo, y se habría dado cuenta antes de que su mujer le estaba dejando de querer. Que de esas cosas, a un ingeniero, le lleva un tiempo darse cuenta.
Clara volvió, sonriente, y se acomodó una vez más en lo alto del taburete. Francisco sonrió también. En cierto modo le agradaba que Clara fuera a salvarse. Le inspiraba calma. Como si el llevar un niño dentro fuera un amuleto que la pusiera por encima de las casualidades.
Francisco le alargó la caña a Clara.
-¡Ay! Lo siento de verdad. Es que no puedo beber alcohol. ¿Me puedes pedir una fanta?
-¿Y eso?
-No sé si debería decírtelo, con los rumores que corren. – Clara sonrió de oreja a oreja, como si los rumores hablaran de aumentos de sueldo, coches de empresa, y viajes con dietas.
Francisco en cambio, puso cara de infinita tristeza. Ya se lo imaginaba. Y estaba claro entonces, que el argentino y Miguel se tenían que ir. ¡Ay! ¡Con qué gusto mandaría a Hugo al paro! Pero eso no podía ser.
-Vaya, enhorabuena, mujer. ¿Y de cuanto?
-De cuatro meses.
Francisco se volvió un momento para pedir una fanta al camarero. Le costaba horrores disimular que se alegraba de la noticia. Aunque cierto es, le ponía las cosas fáciles. En la próxima reunión podía darle a Deborah no uno, sino dos nombres. Dos condenados porque Clara estaba embarazada y a Hugo le sentaba el traje mejor que a ningún otro en el departamento. No era la primera vez que la casualidad le costaba a uno el puesto. Llevaba los años suficientes en la empresa para saber eso. En ese extraño ecosistema las acciones más mínimas, un par de palabras delante de la máquina de café, una frase de más en un informe, desencadenaban efectos mariposa que acaban en amonestaciones, promociones, o un empleado del mes. Recordaba ocasiones en que el color de una corbata o el tiempo en Almería tenían más que ver en un despido que el hecho de partirse los cuernos trabajando.
Cuentan las malas lenguas que el mayo pasado el presidente y tres de sus vices organizaron una reunión con uno de los principales clientes. En Almería. El asistente de dirección, lo preparó todo meses antes: un hotel con encanto, una amplia selección de actividades para quien no le gustara el golf y un catering bien provisto. Y a pesar de tanta previsión llovió. Llovió y el contrato millonario que debía haberse firmado no se firmó. Se lo llevó una empresa china y el inesperado temporal en Almería se llevó por delante diez puestos de trabajo, entre ellos, el del joven y prometedor asistente de dirección.
Y sin embargo, los que conocían toda la historia decían que no se podía echar la culpa a la casualidad, que es caprichosa y este caso concreto bastante ecuánime, puesto que cuando se entrevistó al asistente había otro candidato con idéntico currículo, idéntica experiencia y hasta idéntica altura. Y parece ser que el elemento determinante, el que marcó la diferencia, fue que la corbata del otro candidato era de un desafortunado amarillo chillón. Amarillo como el sol de Almería.
Clara le dio un sorbo a la fanta.
-¿Qué te pasa, hombre? Llevas todo el día con una cara de entierro… ¿Sigues con el rollo del divorcio?
-No, no. Eso ya está firmado cerrado y acabado. Es que… -dudó un segundo si podía confiar en Clara, y luego decidió que era mejor no decir nada de momento- es mala época. La crisis de los huevos. Pero no quiero ni hablar del tema. Que parece que ya no se habla de otra cosa.
-Te entiendo. Es una locura. Mi hermano sin ir más lejos -Clara se pasó el pulgar por el cuello- ¡a la calle! Y encima su piso se lo tengo yo avalado. En la empresa de mi marido, quinientos. Hasta mi cuñada, que es funcionaria está acojonada. ¡Y es funcionaria! Debería pasarse el día en el Corte Inglés, para levantar la economía. En fin… -Clara se levantó también con esfuerzo- Últimamente no hago más que mear.
Francisco se quedó pensando en cómo las casualidades le amargaban a uno la existencia. El efecto mariposa. Un banco quiebra en Estados Unidos, Clara se queda embarazada, y por eso es que el argentino se vuelve a su país. ¿Y cual era la cadena de ridículos sucesos que le había dejado a él soltero? De eso no tenía ni idea, porque su mujer, su exmujer, le había dado la noticia sin más explicaciones. Había dejado de quererle. Y ya. No había plan de rescate o inyección de capital que pudiera cambiar esa situación, y en este punto también estaba de acuerdo el consejero matrimonial. Francisco esperaba que a cien euros la hora hubiera sido capaz de aportar algo más. Francisco esperaba, al parecer, un milagro.
Pero eso no le impedía tener pesadillas en las que aparecían Deborah y el presidente. Si hubiera hecho buen tiempo en Almería, quizá hubieran aceptado antes su petición para contratar un par de personas más en el departamento y él no hubiera tenido que trabajar dieciséis horas al día. Hubiera llegado todos los días a casa a las seis, después de recoger a su hijo del colegio. Habría preparado la cena, habría arreglado el grifo que llevaba goteando seis meses, tendría ya una piscina en la casa del pueblo, y se habría dado cuenta antes de que su mujer le estaba dejando de querer. Que de esas cosas, a un ingeniero, le lleva un tiempo darse cuenta.
Clara volvió, sonriente, y se acomodó una vez más en lo alto del taburete. Francisco sonrió también. En cierto modo le agradaba que Clara fuera a salvarse. Le inspiraba calma. Como si el llevar un niño dentro fuera un amuleto que la pusiera por encima de las casualidades.
5
Mientras tanto, Hugo había llegado a casa, se acababa de quitar el traje y la corbata y, en calzoncillos, buscaba dentro del armario esa camisa color crema para llevar con dos botones desabrochados, y esos pantalones marrones de pana fina un pelín anchos. Para completar, unos zapatos de Camper con cordones y estilo deportivo y una bufandita a juego. Se vistió, se miró en un espejo de cuerpo entero, y satisfecho con el resultado, cogió la cazadora y salió canturreando.
Hugo había elegido el punto de encuentro. Una tabernita donde ponían un Rioja decente y platos de cuchara. Tenía un estómago delicado y ninguna gana de experimentar con comida étnica. Y no era un sitio demasiado caro, Olga no tendría problemas para pagar su parte. Olga, por cierto, ya estaba esperándole allí frente a un vaso vacío y una tapa de manchego cuando Hugo llegó. Se había puesto una camiseta roja escotada y una falda más bien casta, para compensar. Daba igual lo que se pusiera, nunca parecería una señorita formal.
Olga le saludo con dos besos en la cara, no en el aire, y pidió calamares, jamón, croquetas y una ensalada mixta para compartir -¿te parece?- y aunque a Hugo no le parecía no quiso decir nada y le dejó pedir también dos Riojas frunciendo las cejas casi imperceptiblemente. Se hubiera imaginado que Olga preferiría una jarra de tinto de la casa y una botella de gaseosa, pero claro, también se sentía atraída por él, así que tan mal gusto no debía tener.
El camarero les sirvió el vino, Olga alabó la ropa de Hugo y añadió que seguro que los zapatos le habían costado una pasta. Hugo sonrió. Tenía mejor gusto de lo que se imaginaba, sí. Para corresponderle, hizo un jocoso comentario sobre la camiseta roja y los pechos de ella que desafortunadamente desencadenaron un “hacía tiempo que no me la ponía, a mi ex no le gustaba que enseñara el canalillo” y una enumeración de las desgracias de un divorcio reciente. Hugo, al borde del bostezo, estudiaba al resto de la concurrencia, buscando material de novela, o al menos un entretenimiento. Le decepcionaba que Olga demostrase ser tan simple, hablando de divorcios y de complacer a exmaridos. No lo parecía, o de lo contrario no habría aceptado salir con ella. La verdad, se imaginaba más bien que la chica le detallaría los secretos de los besos lésbicos que debían tener lugar en Atención al Cliente, o que le confesaría cómo llegó en su juventud a España, con treinta bolas de coca en las tripas. ¿Un divorcio? ¡Qué vulgaridad!
Olga pareció darse cuenta del aburrimiento de Hugo, o quizá los calamares acababan de llegar y no tenía sentido hablar de cosas tristes. Les echó limón sin preguntarle a Hugo si le importaba.
-Y tú, ¿cómo es que sigues soltero? - pinchó un calamar con el tenedor, puso morritos para soplar y se lo metió en la boca.
Hugo se encogió de hombros. No era cuestión de confesar su ligera misoginia ya en la primera cita.
-Supongo que no he encontrado a la mujer adecuada.
-¡Ya!- se rió Olga con la boca llena, como si no encontrar la media naranja de uno fuera un chiste de la vida. –a lo mejor es que no necesitas una mujer
-Tengo una asistenta. La mejor inversión que he hecho en mucho tiempo. Pero me cobra un dineral. Ahora que van a echar gente en tu departamento a lo mejor puedo conseguirme una colombiana más baratita.
Hugo le miró el escote a Olga y después a los ojos, fijamente, pero Olga no se dejó intimidar. Le dio un buen sorbo al Rioja y se ajustó el sujetador.
-¡Ah, sí! Los despidos. ¡Qué aburrido eres, hombre! Mira que sacar ese tema…
Hugo se puso tieso en el asiento. ¡Qué valor! Olga continuó
-Bueno, sólo tienes que esperar un mes, y alguna estará dispuesta a echarte una mano, seguro.
Hugo sonrió y respondió a lo que él interpretó como coqueteo
-¿Y sabes si les podría pagar en carne?
Olga se echó a reír tan alto que unos chicos sentados en la barra se volvieron a mirarla. Hugo, avergonzado y confuso, volvió a ponerse tieso.
-Claro, ese cuerpo tan trabajadito vale un dinero. Seguro que te pasas horas en el gimnasio, dale que dale a la máquina de bíceps.
Hugo se tocó los brazos, satisfecho.
-Cuando quieras puedes valorar el material más de cerca. Para decírselo a tus amigas, claro.
Olga se rió otra vez
-Venga, cariño, déjalo, que te tengo calado. No hace falta que disimules conmigo
Hugo levantó las cejas. Olga las levantó como respuesta. Hugo estaba confuso de verdad.
-Te juro que no tengo ni idea de qué me estás hablando
Olga se metió el último trocito de jamón en la boca y señaló los zapatos
-Está clarísimo que eres gay
Hugo se puso rojo y tan nervioso que empujó la copa con la mano y derramó un poco de vino. Sin darse cuenta elevó la voz
-¡Tú estás mal de la cabeza! –gritó. Olga se rió de nuevo
-¡Ah! ¿No eres? ¿De verdad? Bueno, chico, no te pongas así, que te va a dar algo. Estaba segura de que sí. La ropa, la bufanda… es que además a mí en general los tíos como tú me ponen muchísimo, y tú… por alguna razón… nada… ¡pero nada! Pensé que serían hormonas o algo ¡Qué pena! Con las ganas que tenía de un amigo gay… Bueno, no importa. – Olga se limpió con la servilleta y sacó un paquete de cigarrillos del bolso. Se puso uno en la boca e iba a encenderlo cuando levantó la vista, posiblemente se dio cuenta de la cara descompuesta de Hugo y preguntó -¿te importa?
Hugo miraba a Olga anonadado. Se había quedado sin palabras. Zorra, pensaba. Puta. Puta. Puta. No se puede ser más puta. Los dos se miraron, uno cabreado, la otra como si no se diera cuenta del cabreo, hasta que llegó el camarero y les informó que no estaba permitido fumar en el restaurante. Olga agitó la melena, cogió el abrigo y el bolso y le dijo a Hugo “enseguida vuelvo”.
Hugo se quedó solo hablándose a sí mismo. “Cálmate Hugo. Está loca. Todas las divorciadas están piradas. O están piradas de antes y por eso se divorcian o se vuelven locas cuando no tienen una polla a mano” y luego “No, no está loca. Es una retorcida. Lo que quiere es ver cómo reaccionas, provocarte. Se muere por que te la folles a cuatro patas. Claro que sí. ¿A qué vienen si no esos escotes, esos morritos? No está loca, no.” Se miró los zapatos de Camper y se dijo “mierda”. Ya no podría volvérselos a poner.
Hugo levantó la vista cuando alguien puso un papel blanco enfrente de él, en la mesa. El camarero esperaba de pie y no parecía estar dispuesto a darle tiempo a Olga para acabar el cigarrillo. O era un caballero de los de antes, o un gilipollas, y Hugo se decantó por lo segundo mientras le daba un billete de cincuenta con toda la mala leche con que se puede dar dinero a alguien. Miró distraído al ticket. Olga le había cargado los cigarrillos y un whisky de malta mientras le esperaba. ¡Puta!
Hugo había elegido el punto de encuentro. Una tabernita donde ponían un Rioja decente y platos de cuchara. Tenía un estómago delicado y ninguna gana de experimentar con comida étnica. Y no era un sitio demasiado caro, Olga no tendría problemas para pagar su parte. Olga, por cierto, ya estaba esperándole allí frente a un vaso vacío y una tapa de manchego cuando Hugo llegó. Se había puesto una camiseta roja escotada y una falda más bien casta, para compensar. Daba igual lo que se pusiera, nunca parecería una señorita formal.
Olga le saludo con dos besos en la cara, no en el aire, y pidió calamares, jamón, croquetas y una ensalada mixta para compartir -¿te parece?- y aunque a Hugo no le parecía no quiso decir nada y le dejó pedir también dos Riojas frunciendo las cejas casi imperceptiblemente. Se hubiera imaginado que Olga preferiría una jarra de tinto de la casa y una botella de gaseosa, pero claro, también se sentía atraída por él, así que tan mal gusto no debía tener.
El camarero les sirvió el vino, Olga alabó la ropa de Hugo y añadió que seguro que los zapatos le habían costado una pasta. Hugo sonrió. Tenía mejor gusto de lo que se imaginaba, sí. Para corresponderle, hizo un jocoso comentario sobre la camiseta roja y los pechos de ella que desafortunadamente desencadenaron un “hacía tiempo que no me la ponía, a mi ex no le gustaba que enseñara el canalillo” y una enumeración de las desgracias de un divorcio reciente. Hugo, al borde del bostezo, estudiaba al resto de la concurrencia, buscando material de novela, o al menos un entretenimiento. Le decepcionaba que Olga demostrase ser tan simple, hablando de divorcios y de complacer a exmaridos. No lo parecía, o de lo contrario no habría aceptado salir con ella. La verdad, se imaginaba más bien que la chica le detallaría los secretos de los besos lésbicos que debían tener lugar en Atención al Cliente, o que le confesaría cómo llegó en su juventud a España, con treinta bolas de coca en las tripas. ¿Un divorcio? ¡Qué vulgaridad!
Olga pareció darse cuenta del aburrimiento de Hugo, o quizá los calamares acababan de llegar y no tenía sentido hablar de cosas tristes. Les echó limón sin preguntarle a Hugo si le importaba.
-Y tú, ¿cómo es que sigues soltero? - pinchó un calamar con el tenedor, puso morritos para soplar y se lo metió en la boca.
Hugo se encogió de hombros. No era cuestión de confesar su ligera misoginia ya en la primera cita.
-Supongo que no he encontrado a la mujer adecuada.
-¡Ya!- se rió Olga con la boca llena, como si no encontrar la media naranja de uno fuera un chiste de la vida. –a lo mejor es que no necesitas una mujer
-Tengo una asistenta. La mejor inversión que he hecho en mucho tiempo. Pero me cobra un dineral. Ahora que van a echar gente en tu departamento a lo mejor puedo conseguirme una colombiana más baratita.
Hugo le miró el escote a Olga y después a los ojos, fijamente, pero Olga no se dejó intimidar. Le dio un buen sorbo al Rioja y se ajustó el sujetador.
-¡Ah, sí! Los despidos. ¡Qué aburrido eres, hombre! Mira que sacar ese tema…
Hugo se puso tieso en el asiento. ¡Qué valor! Olga continuó
-Bueno, sólo tienes que esperar un mes, y alguna estará dispuesta a echarte una mano, seguro.
Hugo sonrió y respondió a lo que él interpretó como coqueteo
-¿Y sabes si les podría pagar en carne?
Olga se echó a reír tan alto que unos chicos sentados en la barra se volvieron a mirarla. Hugo, avergonzado y confuso, volvió a ponerse tieso.
-Claro, ese cuerpo tan trabajadito vale un dinero. Seguro que te pasas horas en el gimnasio, dale que dale a la máquina de bíceps.
Hugo se tocó los brazos, satisfecho.
-Cuando quieras puedes valorar el material más de cerca. Para decírselo a tus amigas, claro.
Olga se rió otra vez
-Venga, cariño, déjalo, que te tengo calado. No hace falta que disimules conmigo
Hugo levantó las cejas. Olga las levantó como respuesta. Hugo estaba confuso de verdad.
-Te juro que no tengo ni idea de qué me estás hablando
Olga se metió el último trocito de jamón en la boca y señaló los zapatos
-Está clarísimo que eres gay
Hugo se puso rojo y tan nervioso que empujó la copa con la mano y derramó un poco de vino. Sin darse cuenta elevó la voz
-¡Tú estás mal de la cabeza! –gritó. Olga se rió de nuevo
-¡Ah! ¿No eres? ¿De verdad? Bueno, chico, no te pongas así, que te va a dar algo. Estaba segura de que sí. La ropa, la bufanda… es que además a mí en general los tíos como tú me ponen muchísimo, y tú… por alguna razón… nada… ¡pero nada! Pensé que serían hormonas o algo ¡Qué pena! Con las ganas que tenía de un amigo gay… Bueno, no importa. – Olga se limpió con la servilleta y sacó un paquete de cigarrillos del bolso. Se puso uno en la boca e iba a encenderlo cuando levantó la vista, posiblemente se dio cuenta de la cara descompuesta de Hugo y preguntó -¿te importa?
Hugo miraba a Olga anonadado. Se había quedado sin palabras. Zorra, pensaba. Puta. Puta. Puta. No se puede ser más puta. Los dos se miraron, uno cabreado, la otra como si no se diera cuenta del cabreo, hasta que llegó el camarero y les informó que no estaba permitido fumar en el restaurante. Olga agitó la melena, cogió el abrigo y el bolso y le dijo a Hugo “enseguida vuelvo”.
Hugo se quedó solo hablándose a sí mismo. “Cálmate Hugo. Está loca. Todas las divorciadas están piradas. O están piradas de antes y por eso se divorcian o se vuelven locas cuando no tienen una polla a mano” y luego “No, no está loca. Es una retorcida. Lo que quiere es ver cómo reaccionas, provocarte. Se muere por que te la folles a cuatro patas. Claro que sí. ¿A qué vienen si no esos escotes, esos morritos? No está loca, no.” Se miró los zapatos de Camper y se dijo “mierda”. Ya no podría volvérselos a poner.
Hugo levantó la vista cuando alguien puso un papel blanco enfrente de él, en la mesa. El camarero esperaba de pie y no parecía estar dispuesto a darle tiempo a Olga para acabar el cigarrillo. O era un caballero de los de antes, o un gilipollas, y Hugo se decantó por lo segundo mientras le daba un billete de cincuenta con toda la mala leche con que se puede dar dinero a alguien. Miró distraído al ticket. Olga le había cargado los cigarrillos y un whisky de malta mientras le esperaba. ¡Puta!
lunes, 29 de marzo de 2010
4
El resto del día se hizo eterno para Francisco. No podía concentrarse y varias veces Miguel tuvo que acercarse a su mesa y darle unos toquecitos, “¡Despierta, Paquito!” porque Francisco había respondido alguna estupidez en un email o porque se le olvidaba que tenía una reunión. “¿Qué dices hombre? No les puedes dejar más tiempo a los de la web ¡Qué va a producción el martes, no el jueves! Que nos la van a liar parda si no lo tenemos todo preparado mañana ¿Qué te pasa, hombre? Que parece que ta dao un aire”.
Le sudaban las manos, las teclas le resbalaban, el ratón se le revelaba. Quería tomarse una tila, pero parecía que si se levantaba le empezarían a temblar las piernas o algo peor. Así que se quedó sentado, con las piernas tensas a punto del calambre, hasta que las luces se apagaron poco a poco. Se quedó así, con la mirada fija en la pantalla, sin responder siquiera cuando la gente pasaba a su lado para recoger el abrigo y le decía “hasta luego, Francisco”.
Poco a poco todo se quedó en silencio y Francisco respiró hondo, dándole a sus pulmones todo el aire que les había estado negando durante la tarde. También estaba oscuro. La única luz que quedaba encendida era el halógeno que colgaba justo encima de su cabeza. Si miraba hacia la derecha por encima de una docena de escritorios veía los edificios de enfrente apagándose también poco a poco, trayendo la calma, la ilusión de un horizonte. Pensó en el pueblo, dónde las noches sí eran oscuras de verdad, donde la luz, si la había, era amarilla y no blanca.
Francisco apagó el ordenador. Después se levantó y apagó la luz, y volvió a sentarse en su silla. Era una silla cómoda, de esas que previenen denuncias por lumbago. Se echó hacia atrás, apretó los ojos, y dejó la mente en blanco. ¿Por qué le importaba tanto, de todos modos? Si no podía tomar este tipo de decisiones, no debería ser jefe de departamento. Esto lo sabía Francisco y también lo sabía Deborah. Que no tenía derecho a estar allí, que le era incómoda esa silla (a pesar de que era la misma silla de la que disfrutaban sus subordinados). Los dos sabían que le faltaba ambición, adrenalina o alguna hormona, ese cosquilleo que le sube a uno por el estómago cuando puede hacer y deshacer a su antojo en su pequeño imperio, pero tácitamente habían decidido continuar con ese montaje. Francisco tenía demasiada experiencia como para seguir trabajando como ingeniero, tenía que ser ascendido y lo fue, pero nunca volvería a pasar. Su puesto actual tenía la dignidad mínima para quedarse en su tarjeta de visita hasta la jubilación. Y la verdad, a Francisco no le importaba demasiado. Francisco no soñaba con BMWs y despachos con puerta, Francisco soñaba… bueno, últimamente soñaba con que le dejaran tranquilo.
-¡Joder, qué susto!
Francisco abrió los ojos, apurado. Clara pasó a su lado para recoger el abrigo.
-¿Trabajando tarde? Le dijo al volver. Su sonrisa franca no llevaba ni una pizca de ironía y le salvó el trabajo de ruborizarse
-Tú también
-Ya ves – Clara sonrió otra vez – Es que mi jefe es un negrero
A Francisco, la sonrisa de Clara le estaba dando calorcito y nada le apetecía menos que volver a su casa.
-Oye, ¿le dejas al negrero que te invite a una caña?
-Clara se puso el abrigo y se dio dos vueltas a la bufanda
-Sí, claro ¿porqué no?
Le sudaban las manos, las teclas le resbalaban, el ratón se le revelaba. Quería tomarse una tila, pero parecía que si se levantaba le empezarían a temblar las piernas o algo peor. Así que se quedó sentado, con las piernas tensas a punto del calambre, hasta que las luces se apagaron poco a poco. Se quedó así, con la mirada fija en la pantalla, sin responder siquiera cuando la gente pasaba a su lado para recoger el abrigo y le decía “hasta luego, Francisco”.
Poco a poco todo se quedó en silencio y Francisco respiró hondo, dándole a sus pulmones todo el aire que les había estado negando durante la tarde. También estaba oscuro. La única luz que quedaba encendida era el halógeno que colgaba justo encima de su cabeza. Si miraba hacia la derecha por encima de una docena de escritorios veía los edificios de enfrente apagándose también poco a poco, trayendo la calma, la ilusión de un horizonte. Pensó en el pueblo, dónde las noches sí eran oscuras de verdad, donde la luz, si la había, era amarilla y no blanca.
Francisco apagó el ordenador. Después se levantó y apagó la luz, y volvió a sentarse en su silla. Era una silla cómoda, de esas que previenen denuncias por lumbago. Se echó hacia atrás, apretó los ojos, y dejó la mente en blanco. ¿Por qué le importaba tanto, de todos modos? Si no podía tomar este tipo de decisiones, no debería ser jefe de departamento. Esto lo sabía Francisco y también lo sabía Deborah. Que no tenía derecho a estar allí, que le era incómoda esa silla (a pesar de que era la misma silla de la que disfrutaban sus subordinados). Los dos sabían que le faltaba ambición, adrenalina o alguna hormona, ese cosquilleo que le sube a uno por el estómago cuando puede hacer y deshacer a su antojo en su pequeño imperio, pero tácitamente habían decidido continuar con ese montaje. Francisco tenía demasiada experiencia como para seguir trabajando como ingeniero, tenía que ser ascendido y lo fue, pero nunca volvería a pasar. Su puesto actual tenía la dignidad mínima para quedarse en su tarjeta de visita hasta la jubilación. Y la verdad, a Francisco no le importaba demasiado. Francisco no soñaba con BMWs y despachos con puerta, Francisco soñaba… bueno, últimamente soñaba con que le dejaran tranquilo.
-¡Joder, qué susto!
Francisco abrió los ojos, apurado. Clara pasó a su lado para recoger el abrigo.
-¿Trabajando tarde? Le dijo al volver. Su sonrisa franca no llevaba ni una pizca de ironía y le salvó el trabajo de ruborizarse
-Tú también
-Ya ves – Clara sonrió otra vez – Es que mi jefe es un negrero
A Francisco, la sonrisa de Clara le estaba dando calorcito y nada le apetecía menos que volver a su casa.
-Oye, ¿le dejas al negrero que te invite a una caña?
-Clara se puso el abrigo y se dio dos vueltas a la bufanda
-Sí, claro ¿porqué no?
viernes, 26 de marzo de 2010
3
Fuera del edificio, en la única cafetería de por allí que servía un café decente, Hugo acababa de llegar a la sección de cultura. Era una tortura para él tener que enterarse de cuanta gente sin talento publicaba libros, hacía exhibiciones y vivía del amor al arte literalmente. Así que Hugo cerró como siempre el periódico en ese punto. Bostezó, miró el reloj y se dio cuenta de que todavía podría llegar a la reunión semanal de uno de los proyectos en los que supuestamente trabajaba. Aunque sabía que el proyecto progresaba como estaba previsto y que no habría nadie interesante (importante) esta semana, tampoco tenía nada mejor que hacer así que dio el último sorbo al café y se levantó de la mesa.
Hugo pagó la cuenta y entró un segundo al baño para ajustarse la corbata y asegurarse de que el traje seguía impecable. La reunión había empezado hacía quince minutos, pero a Hugo no se le pasó por la cabeza inventarse una excusa. ¿Es que no era obvio que estaba ocupado? Entró en el edificio, abrió la puerta de la sala de reuniones, se sentó en uno de los sitios que quedaban libres alrededor de la mesa cuadrada y después de comprobar que efectivamente no había nadie a quién mereciera la pena impresionar en esa sala, se concentró en jugar con el blackberry.
Mientras el proyecto progresara bien, lo único que tenía que hacer Hugo era ir de vez en cuando a las reuniones, dejarse ver, y sobre todo y ante todo, estar allí con su mejor corbata cuando se empezaran a repartir palmaditas en la espalda. Ahora bien, si el proyecto empezaba a descarrilar, la solución no era simplemente desaparecer, no. Los problemas, como dicen los americanos, y ellos saben de esto, son oportunidades. Oportunidades para alargar el proyecto hasta el punto en que se convierte en un archivador que puedes llevar contigo para fingir que estás ocupado, o para ser el primero en anunciar el fracaso que se avecina. Cualquiera que fuera la postura que adoptase, Hugo extraía un placer inexplicable cuando las cosas iban mal, cuando los proyectos se desmoronaban, los departamentos se disolvían y las empresas quebraban. Él no era el capitán que se queda en el barco, no, más bien la primera rata que llegaba a puerto y afirmaba que ese desastre, él ya lo había visto llegar.
Tras quince soporíferos minutos, algo hizo que Hugo levantase la vista del blackberry. Un indio joven, casi imberbe, uno de bases de datos, y si no recordaba mal, otra rata especialista en hablar mucho y hacer tan poco como fuera posible.
-Ya que hoy tenemos a Hugo, quizá él podría ayudarnos a preparar la actividad de la semana que viene.
Hugo se estiró, cruzó las piernas, dejó el blackberry sobre la mesa y carraspeó.
-No hay problema
El indio sonrió y abrió la boca para decir algo, pero Hugo volvió a tomar la palabra
-Por supuesto, entiendo que el grupo de bases de datos ha preparado la documentación que no tendré ningún problema en revisar. – Miró al indio con sonrisa paternal- Si necesitas una plantilla no dudes en pedírmela. Como ya sabes, necesitamos un mínimo de tres días laborables para revisar el plan de la actividad y gestionar los permisos. Hoy es… -miró al blackberry- hoy es jueves veintitrés. ¿Cuándo queréis empezar?
-¡El lunes! – dijo una voz molesta desde el otro lado de la sala
-Ya…-Hugo se mordió los labios para contener la risa- Supongo que podríamos hacer una excepción… si recibimos la documentación antes de las tres de la tarde de hoy.
Una ola de murmullos invadió la sala. Varios bolígrafos golpearon la mesa. Una o dos voces jóvenes se alzaron en contra del indio que desconocía las extrañas normas que gobernaban el departamento de Hugo y otras tantas, con más tiempo en la empresa, cuestionaban la validez de esas normas de las que jamás habían oído hablar. Hugo aprovechó el revuelo para mandar un mensaje desde el blackberry. Cuando la sala quedó en silencio, Hugo volvió a tomar la palabra.
-Bueno, supongo que si el equipo de bases de datos no tiene la documentación, lo mejor es terminar ahora la reunión y darles tiempo para completarla –dijo Hugo mientras se levantaba de la silla- y ahora, disculpadme, pero espero una llamada.
El indio, molesto porque Hugo hubiera secuestrado su reunión, se atrevió a decir algo sobre la falta de cooperación y flexibilidad del departamento de Hugo. Hugo se paró en el acto y se preparó para su “grande finale”. Se dio la vuelta, miró al indio como si hubiera cuestionado la castidad de su abuela, y suspiró sonoramente antes de responder.
-Creo que estoy siendo muy razonable. Le sugiero- Hugo sabía cómo utilizar el usted para intimidar al adversario- le sugiero que eche un vistazo a la normativa y a los procesos antes de lanzar acusaciones sin fundamento- En ese momento el blackberry de Hugo comenzó a sonar y Hugo salió de la sala de reuniones no si antes contestar al teléfono y decir bien alto “hola” seguido del nombre de uno de los vicepresidentes.
Al otro lado de la línea una voz femenina se rió tan ruidosamente que el sonido salió distorsionado del blackberry.
-¿Tan aburrida era la reunión?
-No te puedes imaginar – respondió Hugo –Ahora que me has salvado la vida eres responsable de mi bienestar. ¿Me invitas a un café? Te paso a buscar.
Hugo bajó al sótano del edificio, donde trabajaba Olga, una de las chicas que atendían al teléfono en Atención al Cliente. Al entrar a la sala uno pensaba que justo ahí se les había acabado el presupuesto para acondicionar el edificio. Dónde en el resto de departamentos había cristal y vistas al exterior, allí una pared desnuda expresaba alto y claro la importancia relativa de Atención al Cliente en la jerarquía de la empresa. Los empleados del sótano, mayormente mujeres, habían puesto algo de su parte para hacer agradable su puesto de trabajo, pero el carácter temporal del trabajo, dónde sólo la supervisora llevaba más de dos años, motivaba a las chicas a pegar sus fotos con celo y tener cactus o macetas diminutas en lugar de invertir en algo más duradero.
A Hugo le gustaba visitar Atención al Cliente. Las chicas eran en su mayoría sudamericanas y las que no tenían un aire exótico eran del tipo de chicas barriobajeras con pelo oxigenado que tanto le ponían. El aire acondicionado raramente funcionaba como es debido y durante el verano las trabajadoras ignoraban el dress code y la estancia le recordaba a una escena de Carmen o un taller de chinas, pero con teléfonos y pantallas de ordenador. Si había algún sitio en el edificio que mereciera remotamente aparecer en una novela, ese era Atención al Cliente.
Y si había alguna chica que mereciera remotamente el honor de aparecer en una novela de Hugo, esa era Olga. Olga era española pero parecía tener algo de sangre boliviana que ella no negaba, pero sobre la que tampoco daba más detalles. Olga ignoraba el dress code no sólo en verano y en el sótano, sino que durante cualquier mes del el año paseaba sus tops ajustados y faldas de volantes por todo el edificio. La verdad es que aunque Olga siguiera a rajatabla las normas que rigen el uso del traje y los zapatos cerrados, siempre parecería una intrusa en ese mundo, con sus rizos rebeldes hasta media espalda y su diminuta figura de virgen cavernícola.
Quizá porque se sabía una intrusa, Olga trabajaba como si fuera hija del presidente o tuviera el colchón lleno de billetes de quinientos. Mostraba un absoluto desprecio por las normas de la empresa y por los clientes a los que atendía. Le gustaba contestar a las llamadas con fingido acento sudamericano, porque sabía que eso provocaba un rechazo irracional en la mayoría de personas y Hugo había sido testigo de cómo Olga terminaba una llamada con un “Gracias por contactar con nosotros, hijo de puta racista”, y no podía dejar de preguntarse, lleno de admiración, como era posible que esa mujer siguiera en su puesto de trabajo. Se folla a alguien, seguro, pensaba Hugo.
Era normal que más de uno quisiera acostarse con una chica exuberante como Olga, pero él, por su parte, no le encontraba el menor atractivo físico. Sus atributos eran tan descarados, tan obvios, que le parecían obscenos. Él, Hugo, era un ser más sofisticado.
-Por favor, permanezca a la espera – dijo Olga, apretó un botón y pasó la llamada a una compañera antes de levantarse del asiento, saludar a Hugo con un beso en la mejilla, y colgarse de su brazo camino a la salida. La supervisora se cruzó de brazos cuando Olga pasó a su lado pero no dijo nada. Sólo les miró quizá pensando que su sueldo no le compensaba meterse en un lío con esa pirada, quizá impresionada por la corbata de doscientos euros que Hugo estrenaba ese día.
Una vez sentados delante de un cortado, Hugo empezó con el coqueteo. Se desabrochó la chaqueta sin dejar de mirarla a los ojos, invadir con una mano traviesa su espacio personal, levantar las cejas e inclinar el cuerpo más de lo necesario hacia ella para encender su cigarrillo.
-Olga, Olga… cada día estás más impresionante
-¿Verdad? Anda, déjate de tonterías, que sé que tú me has llamado para algo.
-¡Qué malpensada eres, niña!
-Ah, una que tiene experiencia con los hombres
Olga dejó salir una bocanada de humo como un silbido, se ajustó el sujetador en un gesto un poco basto, pero coqueto y Hugo le correspondió mirándola el escote.
-Además – continuó – ya me imagino que has oído lo de los despidos y vienes a que Olga te cuente lo que sabe
Se folla a más de uno, pensó Hugo. No dejaba de maravillarle como Olga siempre era la primera en enterarse de todo. Parecía tener amigos especiales en cada esquina. Orejas en recepción y dedos en los servidores de correo. Era ella la que le había recomendado salir por el garaje para no tener que fichar, pero la muy malcriada ni siquiera tenía que hacer eso. El guardia de la entrada le abría la puerta discretamente cada vez que la veía pasar.
-Dos en tu departamento, querido. No me gustaría a mí estar en período de prueba
Olga dio un sorbito al café. No parecía ni un poco preocupada por el tema. Como si se follara a un jeque árabe.
-¿Y ninguna en el tuyo, querida? – contestó Hugo un poco molesto. Aunque no quisiera admitirlo, el tema le preocupaba y cada vez que se preocupaba se ponía un poco violento.
-Sí, sí, claro. Atención al Cliente merma con cada crisis. Hasta que decidan trasladarlo a Panamá, pero de momento no he oído nada de eso. – Olga se limpió con la servilleta, apagó el cigarrillo, sacó del bolso un pintalabios y se los retocó tranquilamente. - Podría trabajar de adivina en una feria ambulante, pensó Hugo.
-Así que dos… ¿Para cuando?
-Eso te lo cuento si me llevas a tomar una copa esta noche. – respondió tocándole casualmente la rodilla.
Hugo disimuló un gesto de disgusto. Le molestaba tener que esperar a que Olga le diese lo que quería. Además, Olga estaba bien para un café en la oficina, es decir, que tomarse un café con ella era preferible a trabajar, pero no estaba tan seguro de que tomarse una copa juntos, o llevarse a la cama a Olga, fuese más interesante que bajarse una peli de Fellini y abrir una botella de Lambrusco. Del bueno.
Olga agitó la melena, y Hugo sonrió. Claro, tampoco podía evitar que la pobre mujer quisiera llevarle al huerto. Es que él, Hugo, además de ser un hombre atractivo e interesante, tenía hasta que brillarle la piel en comparación con los elementos sin estilo, sin carácter, y sin sangre en las venas que se paseaban sin pena ni gloria ni ruido por la moqueta del pasillo.
Hugo pagó la cuenta y entró un segundo al baño para ajustarse la corbata y asegurarse de que el traje seguía impecable. La reunión había empezado hacía quince minutos, pero a Hugo no se le pasó por la cabeza inventarse una excusa. ¿Es que no era obvio que estaba ocupado? Entró en el edificio, abrió la puerta de la sala de reuniones, se sentó en uno de los sitios que quedaban libres alrededor de la mesa cuadrada y después de comprobar que efectivamente no había nadie a quién mereciera la pena impresionar en esa sala, se concentró en jugar con el blackberry.
Mientras el proyecto progresara bien, lo único que tenía que hacer Hugo era ir de vez en cuando a las reuniones, dejarse ver, y sobre todo y ante todo, estar allí con su mejor corbata cuando se empezaran a repartir palmaditas en la espalda. Ahora bien, si el proyecto empezaba a descarrilar, la solución no era simplemente desaparecer, no. Los problemas, como dicen los americanos, y ellos saben de esto, son oportunidades. Oportunidades para alargar el proyecto hasta el punto en que se convierte en un archivador que puedes llevar contigo para fingir que estás ocupado, o para ser el primero en anunciar el fracaso que se avecina. Cualquiera que fuera la postura que adoptase, Hugo extraía un placer inexplicable cuando las cosas iban mal, cuando los proyectos se desmoronaban, los departamentos se disolvían y las empresas quebraban. Él no era el capitán que se queda en el barco, no, más bien la primera rata que llegaba a puerto y afirmaba que ese desastre, él ya lo había visto llegar.
Tras quince soporíferos minutos, algo hizo que Hugo levantase la vista del blackberry. Un indio joven, casi imberbe, uno de bases de datos, y si no recordaba mal, otra rata especialista en hablar mucho y hacer tan poco como fuera posible.
-Ya que hoy tenemos a Hugo, quizá él podría ayudarnos a preparar la actividad de la semana que viene.
Hugo se estiró, cruzó las piernas, dejó el blackberry sobre la mesa y carraspeó.
-No hay problema
El indio sonrió y abrió la boca para decir algo, pero Hugo volvió a tomar la palabra
-Por supuesto, entiendo que el grupo de bases de datos ha preparado la documentación que no tendré ningún problema en revisar. – Miró al indio con sonrisa paternal- Si necesitas una plantilla no dudes en pedírmela. Como ya sabes, necesitamos un mínimo de tres días laborables para revisar el plan de la actividad y gestionar los permisos. Hoy es… -miró al blackberry- hoy es jueves veintitrés. ¿Cuándo queréis empezar?
-¡El lunes! – dijo una voz molesta desde el otro lado de la sala
-Ya…-Hugo se mordió los labios para contener la risa- Supongo que podríamos hacer una excepción… si recibimos la documentación antes de las tres de la tarde de hoy.
Una ola de murmullos invadió la sala. Varios bolígrafos golpearon la mesa. Una o dos voces jóvenes se alzaron en contra del indio que desconocía las extrañas normas que gobernaban el departamento de Hugo y otras tantas, con más tiempo en la empresa, cuestionaban la validez de esas normas de las que jamás habían oído hablar. Hugo aprovechó el revuelo para mandar un mensaje desde el blackberry. Cuando la sala quedó en silencio, Hugo volvió a tomar la palabra.
-Bueno, supongo que si el equipo de bases de datos no tiene la documentación, lo mejor es terminar ahora la reunión y darles tiempo para completarla –dijo Hugo mientras se levantaba de la silla- y ahora, disculpadme, pero espero una llamada.
El indio, molesto porque Hugo hubiera secuestrado su reunión, se atrevió a decir algo sobre la falta de cooperación y flexibilidad del departamento de Hugo. Hugo se paró en el acto y se preparó para su “grande finale”. Se dio la vuelta, miró al indio como si hubiera cuestionado la castidad de su abuela, y suspiró sonoramente antes de responder.
-Creo que estoy siendo muy razonable. Le sugiero- Hugo sabía cómo utilizar el usted para intimidar al adversario- le sugiero que eche un vistazo a la normativa y a los procesos antes de lanzar acusaciones sin fundamento- En ese momento el blackberry de Hugo comenzó a sonar y Hugo salió de la sala de reuniones no si antes contestar al teléfono y decir bien alto “hola” seguido del nombre de uno de los vicepresidentes.
Al otro lado de la línea una voz femenina se rió tan ruidosamente que el sonido salió distorsionado del blackberry.
-¿Tan aburrida era la reunión?
-No te puedes imaginar – respondió Hugo –Ahora que me has salvado la vida eres responsable de mi bienestar. ¿Me invitas a un café? Te paso a buscar.
Hugo bajó al sótano del edificio, donde trabajaba Olga, una de las chicas que atendían al teléfono en Atención al Cliente. Al entrar a la sala uno pensaba que justo ahí se les había acabado el presupuesto para acondicionar el edificio. Dónde en el resto de departamentos había cristal y vistas al exterior, allí una pared desnuda expresaba alto y claro la importancia relativa de Atención al Cliente en la jerarquía de la empresa. Los empleados del sótano, mayormente mujeres, habían puesto algo de su parte para hacer agradable su puesto de trabajo, pero el carácter temporal del trabajo, dónde sólo la supervisora llevaba más de dos años, motivaba a las chicas a pegar sus fotos con celo y tener cactus o macetas diminutas en lugar de invertir en algo más duradero.
A Hugo le gustaba visitar Atención al Cliente. Las chicas eran en su mayoría sudamericanas y las que no tenían un aire exótico eran del tipo de chicas barriobajeras con pelo oxigenado que tanto le ponían. El aire acondicionado raramente funcionaba como es debido y durante el verano las trabajadoras ignoraban el dress code y la estancia le recordaba a una escena de Carmen o un taller de chinas, pero con teléfonos y pantallas de ordenador. Si había algún sitio en el edificio que mereciera remotamente aparecer en una novela, ese era Atención al Cliente.
Y si había alguna chica que mereciera remotamente el honor de aparecer en una novela de Hugo, esa era Olga. Olga era española pero parecía tener algo de sangre boliviana que ella no negaba, pero sobre la que tampoco daba más detalles. Olga ignoraba el dress code no sólo en verano y en el sótano, sino que durante cualquier mes del el año paseaba sus tops ajustados y faldas de volantes por todo el edificio. La verdad es que aunque Olga siguiera a rajatabla las normas que rigen el uso del traje y los zapatos cerrados, siempre parecería una intrusa en ese mundo, con sus rizos rebeldes hasta media espalda y su diminuta figura de virgen cavernícola.
Quizá porque se sabía una intrusa, Olga trabajaba como si fuera hija del presidente o tuviera el colchón lleno de billetes de quinientos. Mostraba un absoluto desprecio por las normas de la empresa y por los clientes a los que atendía. Le gustaba contestar a las llamadas con fingido acento sudamericano, porque sabía que eso provocaba un rechazo irracional en la mayoría de personas y Hugo había sido testigo de cómo Olga terminaba una llamada con un “Gracias por contactar con nosotros, hijo de puta racista”, y no podía dejar de preguntarse, lleno de admiración, como era posible que esa mujer siguiera en su puesto de trabajo. Se folla a alguien, seguro, pensaba Hugo.
Era normal que más de uno quisiera acostarse con una chica exuberante como Olga, pero él, por su parte, no le encontraba el menor atractivo físico. Sus atributos eran tan descarados, tan obvios, que le parecían obscenos. Él, Hugo, era un ser más sofisticado.
-Por favor, permanezca a la espera – dijo Olga, apretó un botón y pasó la llamada a una compañera antes de levantarse del asiento, saludar a Hugo con un beso en la mejilla, y colgarse de su brazo camino a la salida. La supervisora se cruzó de brazos cuando Olga pasó a su lado pero no dijo nada. Sólo les miró quizá pensando que su sueldo no le compensaba meterse en un lío con esa pirada, quizá impresionada por la corbata de doscientos euros que Hugo estrenaba ese día.
Una vez sentados delante de un cortado, Hugo empezó con el coqueteo. Se desabrochó la chaqueta sin dejar de mirarla a los ojos, invadir con una mano traviesa su espacio personal, levantar las cejas e inclinar el cuerpo más de lo necesario hacia ella para encender su cigarrillo.
-Olga, Olga… cada día estás más impresionante
-¿Verdad? Anda, déjate de tonterías, que sé que tú me has llamado para algo.
-¡Qué malpensada eres, niña!
-Ah, una que tiene experiencia con los hombres
Olga dejó salir una bocanada de humo como un silbido, se ajustó el sujetador en un gesto un poco basto, pero coqueto y Hugo le correspondió mirándola el escote.
-Además – continuó – ya me imagino que has oído lo de los despidos y vienes a que Olga te cuente lo que sabe
Se folla a más de uno, pensó Hugo. No dejaba de maravillarle como Olga siempre era la primera en enterarse de todo. Parecía tener amigos especiales en cada esquina. Orejas en recepción y dedos en los servidores de correo. Era ella la que le había recomendado salir por el garaje para no tener que fichar, pero la muy malcriada ni siquiera tenía que hacer eso. El guardia de la entrada le abría la puerta discretamente cada vez que la veía pasar.
-Dos en tu departamento, querido. No me gustaría a mí estar en período de prueba
Olga dio un sorbito al café. No parecía ni un poco preocupada por el tema. Como si se follara a un jeque árabe.
-¿Y ninguna en el tuyo, querida? – contestó Hugo un poco molesto. Aunque no quisiera admitirlo, el tema le preocupaba y cada vez que se preocupaba se ponía un poco violento.
-Sí, sí, claro. Atención al Cliente merma con cada crisis. Hasta que decidan trasladarlo a Panamá, pero de momento no he oído nada de eso. – Olga se limpió con la servilleta, apagó el cigarrillo, sacó del bolso un pintalabios y se los retocó tranquilamente. - Podría trabajar de adivina en una feria ambulante, pensó Hugo.
-Así que dos… ¿Para cuando?
-Eso te lo cuento si me llevas a tomar una copa esta noche. – respondió tocándole casualmente la rodilla.
Hugo disimuló un gesto de disgusto. Le molestaba tener que esperar a que Olga le diese lo que quería. Además, Olga estaba bien para un café en la oficina, es decir, que tomarse un café con ella era preferible a trabajar, pero no estaba tan seguro de que tomarse una copa juntos, o llevarse a la cama a Olga, fuese más interesante que bajarse una peli de Fellini y abrir una botella de Lambrusco. Del bueno.
Olga agitó la melena, y Hugo sonrió. Claro, tampoco podía evitar que la pobre mujer quisiera llevarle al huerto. Es que él, Hugo, además de ser un hombre atractivo e interesante, tenía hasta que brillarle la piel en comparación con los elementos sin estilo, sin carácter, y sin sangre en las venas que se paseaban sin pena ni gloria ni ruido por la moqueta del pasillo.
lunes, 22 de marzo de 2010
2
Francisco Macho se levantó con un suspiro, tomó el cuaderno de notas y un bolígrafo. Dudó un momento. Dejó el bolígrafo en la mesa, se llevó la mano al bolsillo de la americana y acarició su pluma estilográfica. La pluma se la había regalado su hijo y le daba suerte. Francisco no quería abusar de la suerte y raramente invocaba el poder de la estilográfica, pero hacía ya algún tiempo que un jueves sí y otro no, a las once de la mañana le abandonaba el valor, tenía que llevarse la mano al pecho y pedirle ayuda a todos los poderes sobrenaturales. Cada dos jueves, a las once de la mañana una ventanita en el ordenador le recordaba que tenía que asistir a la reunión bimensual con Recursos Humanos.
Deborah. La directora de Recursos Humanos, una británica de cincuenta años que parecía haberse pasado su medio siglo en formol, podría anunciarse como dominatrix en Internet y tener éxito, pero no lo hacía. Delante de Deborah no se pronunciaba la palabra dominatrix. En las proximidades del despacho de Deborah no se utilizaba ninguna palabra que pudiera resultar insultante para la directora de Recursos Humanos. A decir verdad, cualquier palabra se pronunciaba bajito delante del despacho de Deborah, porque era sabido que esa mujer conservaba el oído tan fino como la piel del cutis.
El viaje en ascensor se le hacía eterno a Francisco. Subir al último piso, a la guarida de Deborah, le hacía temblar de frío literalmente. Las manos le sudaban. Sentía que no controlaba su cuerpo. Justo en ese momento Francisco solía sentir la necesidad de echar una meada rápida.
Francisco llamó a la puerta y Deborah le recibió con la mano extendida.
-Good morning Francisco, you look good- Dijo con una inflexión aguda en la última sílaba.
Deborah le miró en algún punto de la corbata y Francisco se sintió sucio y desaliñado. Se había afeitado por la noche y no por la mañana y ahora se reprendía por ello. Deborah parecía recién salida del guardarropa de un estilista. Su melena rubia, cortada a lo paje, siempre formal a la vez que estilosa, debía llevarle en mantenimiento más de lo que él le pasaba a su ex mujer. Al lado de esta señora, Francisco era un ingeniero de veintipocos presentándose a una entrevista de trabajo con un traje prestado.
Francisco respondió con su inglés de no haber salido nunca de casa y se apresuró al asiento donde al menos podría ocultar la mitad de sí mismo.
-Bueno, bueno, bueno… -Dijo Deborah mientras recogía un montoncito de folios y los metía en el cajón del escritorio. Cada dos semanas se repetía esta escena y Francisco siempre pensaba que ese podía ser su expediente, con su historial médico, su evaluación psiquiátrica (Francisco nunca había estado en un psiquiatra), y fantasías íntimas con Deborah la dominatrix de las que ni él era consciente.
-Ayer le comenté al presidente lo de nuestra nueva adquisición. He is very pleased. ¿Cómo se está adaptando?
-¿El presidente? – Preguntó Francisco, algo confuso
-¡Hugo!
Francisco se puso colorado y se rió nervioso. Un error. Deborah no parecía entender esta forma ibérica de liberar tensión y le miraba impaciente mientras Francisco se volvía a reír como una colegiala. Sacó la estilográfica del bolsillo y desenroscó el capuchón, un acto que siempre le devolvía a su casa del pueblo, que estaba renovando, y a la piscina que planeaba construir para cuando su hijo pasara el verano con él.
-¡Hugo, claro! Bien. Mejor que bien. Perfectamente- dijo por fin, más calmado- Se ve que tiene potencial- añadió parafraseando a la propia Deborah.
-Eso exactamente le he dicho al presidente. Esa es la clase de talento que queremos atraer a esta empresa.
Francisco apretó con fuerza el capuchón de la pluma. Hugo no le gustaba. O quizá eso no era del todo correcto. Ni siquiera había tenido tiempo de decidir si le gustaba o no, pero había algo en ese chico que le hacía desconfiar. Si hubiera dependido de él, Hugo no estaría trabajando en su departamento. Pero si Francisco no era nadie, su instinto era todavía más irrelevante en la toma de decisiones. ¿Y qué razón hubiera podido dar? En la entrevista Hugo se sentía tan cómodo como sentado en calzoncillos en su sofá. Deborah, que generalmente miraba el reloj cada cinco minutos y no tenía reparos en interrumpir al candidato si la hora asignada para él se agotaba, en esa ocasión dejó pasar quince minutos largos antes de exclamar “Oh my! It’s so late!” y cerró la entrevista con un “espero que volvamos a vernos muy pronto” en lugar del protocolario “¿tiene usted alguna otra pregunta?” En ese momento Francisco supo que Hugo entraba a formar parte de su departamento, y esta vez su instinto no le engañaba.
-Sí, un joven prometedor. Hemos hecho un buen trabajo. Nos merecemos una palmadita en la espalda, pero no hay tiempo para eso. Hay mucho que hacer– Deborah cruzó las manos sobre la mesa y miró a Francisco con complicidad, como si el pobre hombre tuviera alguna idea de qué era lo que tenía que hacer él con la directora de Recursos Humanos. Ella siempre estaba un paso por delante. También estaba dos grados por encima, lo que le daba acceso al espacio personal del presidente. No es que él quisiera estar en ese espacio, ¡no por dios! No sabría que decirle a ese hombre, mucho menos traducirlo al inglés. El anterior era otra cosa. Había empezado como ingeniero, en el sótano. Francisco recordaba que en su despedida le regalaron una estilográfica.
Francisco no tenía ninguna intención de acercarse al presidente, pero le gustaría hacerse invisible, y después esconderse detrás de la puerta del despacho de ese señor y quedarse ahí sin respirar siquiera, sólo escuchar que ese día nadie iba a ser despedido, que la máquina de café se quedaría en su sitio, que Atención al Cliente no se iba a mover a Hungría y que no habría más teambuilding que las cañas de los jueves. Entonces respiraría tranquilo, volvería a su mesa, y pasaría el día feliz, tratando de hacer dinero para los señores accionistas.
-Aquí, mira- Deborah le dio la vuelta a la pantalla del ordenador para que Francisco pudiera verla. Uno hubiera esperado garras rojas pero Deborah llevaba las uñas recortadas y cubiertas de laca color crema – estos son los objetivos para fin de año.
Francisco buscó el nombre de su departamento y siguió con la fila correspondiente en la tabla de Excel. Los números no tenían sentido. Estaba tan sorprendido que se olvidó un momento de la pluma y del presidente.
-¿Quieren que despida a… ? – Francisco dudó un segundo. No sabía que palabra utilizar. Deborah no le dejó pensárselo.
-Dos antes de fin de año. Por supuesto es tu decisión a quién – Si no fuera enfermizo, se podría pensar que Deborah estaba entusiasmada con la idea. Aunque, a decir verdad, siempre parecía entusiasmada cuando se hablaba de los planes o la estrategia de la empresa.
-Pero, acabamos de incorporar a Hugo. Ni siquiera ha acabado el período de prueba
-Bueno, esto – señaló la pantalla- es parte de la estrategia para el año que viene, que por cierto todavía tiene que pasar el visto bueno de la junta. Ya sabes que tu petición la aprobaron hace meses.
Sí, Francisco lo sabía. Era la misma junta, a la que por cierto Deborah pertenecía, la que le había denegado la incorporación de alguien nuevo cuando se fueron dos personas del departamento. Se acordaba muy bien porque después de eso Francisco se pasó un año trabajando dieciséis horas al día, y fiel al tópico, estaba convencido de que ese hecho le había costado el divorcio.
-En realidad es una oportunidad. Aprovecha para librarte de algún peso muerto
-Pero es imposible. Estamos hasta arriba de trabajo. El grupo de Operaciones, por ejemplo…
-Oh, por favor, no vamos a convertir esto en una competición infantil ¿verdad? Todos tendrán que hacer sacrificios. Y tu grupo, si no recuerdo mal, ha estado funcionando perfectamente con dos recursos menos – Ella decía recursos, traducido del inglés, en lugar de personas. Esa era la palabra que Francisco no se había atrevido a pronunciar.
Si Francisco fuera un mal pensado, creería que la situación no era sino una recomendación de la docena de carísimos consultores que preparan la estrategia de empresa para exprimir aún más al personal, o volver loco a pesos muertos como el mismo Francisco para que al final acabaran cayendo como una fruta podrida.
Se acordó de la pluma y la puso sobre la mesa para observarla. Su hijo. Su casa del pueblo. Esos recursos de su departamento eran padres de familia. Clara tenía un crío de tres años. El argentino se acababa de meter en una hipoteca. Era un chico atolondrado, pero le ponía empeño. Miguel llevaba mal que la empresa la hubieran comprado los americanos, sobre todo el inglés, pero en su puesto era casi imprescindible. Nadie conocía el departamento como él. Habían empezado juntos y ¡coño! ¡Eran amigos! ¿Qué se suponía que tenía que responder ahora? Ahora, cuando tenía que defenderlos, cuando se la jugaban. Levantó la vista, un amago de furia, hacia la directora de Recursos Humanos, pero ella cortó cualquier intento de rebelión levantando las cejas, invitándole expresamente a decir algo al respecto. La lucha de miradas duró el tiempo justo en que el sudor frío subió y bajó por la frente de Francisco y después ella le ofreció una sonrisa satisfecha.
-Bueno, entonces, ¿Cuándo puedo contar tu decisión? Antes de un mes sería perfecto, antes de que empiecen a correr rumores.
¿Rumores? Esos números de Excel no eran rumores. Daban cuenta de las almas y su destino como San Pedro a las puertas del cielo.
Deborah giró la muñeca para mirar discretamente el reloj. Francisco se estremeció. No quedaba tiempo. Sabía lo que pasaría ahora. Deborah se pondría algo más seria y le miraría fijamente a los ojos. Luego haría ese gesto, el de espantar una mosca que se le hubiera posado en la melena rubia y cruzaría los brazos quedando así en una postura incongruente en que los ojos dicen “¿tiene usted alguna otra pregunta?” Y el cuerpo quiere decir “cierre la puerta al salir”.
Francisco se apoyó en los reposabrazos, dándose impulso hacia delante para ayudar a las palabras a abandonar su boca y Deborah lo interpretó como Francisco preparándose para salir, así que se levantó, ofreció su mano y luego abrió la puerta del despacho. Francisco, aturdido, solo pudo observar como sus piernas le llevaban a la puerta y después al ascensor, donde se aflojó la corbata y apoyó la espalda, agotado. Y ahí, al llevarse la mano al pecho para recobrar algo del valor, se dio cuenta de que se había dejado la pluma sobre la mesa de Deborah.
El corazón se le aceleró. Pulsó tres o cuatro veces el botón del último piso hasta que el ascensor reaccionó y empezó a moverse. Se escurrió entré las puertas de metal antes de que se abrieran completamente, llamó a la puerta del despacho de Deborah y respiró profundamente tres o cuatro veces “recojo la pluma y me voy” se dijo para darse fuerzas.
Nada. Nadie contestó. Giró el picaporte, pero la puerta estaba cerrada con llave. A Francisco se le pasó por la cabeza que Deborah había salido volando como una bruja, pero después se acordó de su naturaleza material y volvió la vista hacia el pasillo, donde efectivamente su falda tubo y chaqueta a juego se balanceaban en dirección a la cocina. La moqueta amortiguaba sus tacones y los pasos de Francisco, que en tres grandes zancadas se acercó a menos de dos metros sin que Deborah se diera cuenta de la respiración acelerada del hombre que la seguía por el pasillo.
Francisco extendió la mano para llamar su atención, pero entonces una figura masculina la tomó del brazo y con familiaridad que no dejaba de ser profesional la atrajo hacia sí.
-Deborah, darling, where were you hiding yourself?
Era la inconfundible, imponente figura del presidente, envuelto en un traje a medida, ciego a cualquier humano tres grados por debajo en el organigrama, ligeramente miope hacia los de dos.
Deborah y el presidente se metieron en la cocina y se dirigieron a la máquina de café de la forma más profesional y también más obscena que Francisco hubiera visto. Desde el otro lado de la pared de cristal, Francisco podía ver como ambos se servían un té, como se sentaban a la mesa, como el presidente cruzaba las piernas y sus zapatos relucientes apuntaban hacia la puerta, mostrando, casually, sus calcetines de seda celeste. Deborah sopló la taza con te y Francisco supo que no recuperaría la pluma. No hoy. En la reunión de hoy se había dejado su suerte, su familia, y sobre todo a Miguel y al argentino y a Clara, tirados encima de esa mesa, abiertos en canal para diversión de Deborah. Pero Francisco todavía no había dicho la última palabra. Volvería. En quince días exactamente, volvería a ese despacho y para entonces, sabría lo que tenía que hacer.
Deborah. La directora de Recursos Humanos, una británica de cincuenta años que parecía haberse pasado su medio siglo en formol, podría anunciarse como dominatrix en Internet y tener éxito, pero no lo hacía. Delante de Deborah no se pronunciaba la palabra dominatrix. En las proximidades del despacho de Deborah no se utilizaba ninguna palabra que pudiera resultar insultante para la directora de Recursos Humanos. A decir verdad, cualquier palabra se pronunciaba bajito delante del despacho de Deborah, porque era sabido que esa mujer conservaba el oído tan fino como la piel del cutis.
El viaje en ascensor se le hacía eterno a Francisco. Subir al último piso, a la guarida de Deborah, le hacía temblar de frío literalmente. Las manos le sudaban. Sentía que no controlaba su cuerpo. Justo en ese momento Francisco solía sentir la necesidad de echar una meada rápida.
Francisco llamó a la puerta y Deborah le recibió con la mano extendida.
-Good morning Francisco, you look good- Dijo con una inflexión aguda en la última sílaba.
Deborah le miró en algún punto de la corbata y Francisco se sintió sucio y desaliñado. Se había afeitado por la noche y no por la mañana y ahora se reprendía por ello. Deborah parecía recién salida del guardarropa de un estilista. Su melena rubia, cortada a lo paje, siempre formal a la vez que estilosa, debía llevarle en mantenimiento más de lo que él le pasaba a su ex mujer. Al lado de esta señora, Francisco era un ingeniero de veintipocos presentándose a una entrevista de trabajo con un traje prestado.
Francisco respondió con su inglés de no haber salido nunca de casa y se apresuró al asiento donde al menos podría ocultar la mitad de sí mismo.
-Bueno, bueno, bueno… -Dijo Deborah mientras recogía un montoncito de folios y los metía en el cajón del escritorio. Cada dos semanas se repetía esta escena y Francisco siempre pensaba que ese podía ser su expediente, con su historial médico, su evaluación psiquiátrica (Francisco nunca había estado en un psiquiatra), y fantasías íntimas con Deborah la dominatrix de las que ni él era consciente.
-Ayer le comenté al presidente lo de nuestra nueva adquisición. He is very pleased. ¿Cómo se está adaptando?
-¿El presidente? – Preguntó Francisco, algo confuso
-¡Hugo!
Francisco se puso colorado y se rió nervioso. Un error. Deborah no parecía entender esta forma ibérica de liberar tensión y le miraba impaciente mientras Francisco se volvía a reír como una colegiala. Sacó la estilográfica del bolsillo y desenroscó el capuchón, un acto que siempre le devolvía a su casa del pueblo, que estaba renovando, y a la piscina que planeaba construir para cuando su hijo pasara el verano con él.
-¡Hugo, claro! Bien. Mejor que bien. Perfectamente- dijo por fin, más calmado- Se ve que tiene potencial- añadió parafraseando a la propia Deborah.
-Eso exactamente le he dicho al presidente. Esa es la clase de talento que queremos atraer a esta empresa.
Francisco apretó con fuerza el capuchón de la pluma. Hugo no le gustaba. O quizá eso no era del todo correcto. Ni siquiera había tenido tiempo de decidir si le gustaba o no, pero había algo en ese chico que le hacía desconfiar. Si hubiera dependido de él, Hugo no estaría trabajando en su departamento. Pero si Francisco no era nadie, su instinto era todavía más irrelevante en la toma de decisiones. ¿Y qué razón hubiera podido dar? En la entrevista Hugo se sentía tan cómodo como sentado en calzoncillos en su sofá. Deborah, que generalmente miraba el reloj cada cinco minutos y no tenía reparos en interrumpir al candidato si la hora asignada para él se agotaba, en esa ocasión dejó pasar quince minutos largos antes de exclamar “Oh my! It’s so late!” y cerró la entrevista con un “espero que volvamos a vernos muy pronto” en lugar del protocolario “¿tiene usted alguna otra pregunta?” En ese momento Francisco supo que Hugo entraba a formar parte de su departamento, y esta vez su instinto no le engañaba.
-Sí, un joven prometedor. Hemos hecho un buen trabajo. Nos merecemos una palmadita en la espalda, pero no hay tiempo para eso. Hay mucho que hacer– Deborah cruzó las manos sobre la mesa y miró a Francisco con complicidad, como si el pobre hombre tuviera alguna idea de qué era lo que tenía que hacer él con la directora de Recursos Humanos. Ella siempre estaba un paso por delante. También estaba dos grados por encima, lo que le daba acceso al espacio personal del presidente. No es que él quisiera estar en ese espacio, ¡no por dios! No sabría que decirle a ese hombre, mucho menos traducirlo al inglés. El anterior era otra cosa. Había empezado como ingeniero, en el sótano. Francisco recordaba que en su despedida le regalaron una estilográfica.
Francisco no tenía ninguna intención de acercarse al presidente, pero le gustaría hacerse invisible, y después esconderse detrás de la puerta del despacho de ese señor y quedarse ahí sin respirar siquiera, sólo escuchar que ese día nadie iba a ser despedido, que la máquina de café se quedaría en su sitio, que Atención al Cliente no se iba a mover a Hungría y que no habría más teambuilding que las cañas de los jueves. Entonces respiraría tranquilo, volvería a su mesa, y pasaría el día feliz, tratando de hacer dinero para los señores accionistas.
-Aquí, mira- Deborah le dio la vuelta a la pantalla del ordenador para que Francisco pudiera verla. Uno hubiera esperado garras rojas pero Deborah llevaba las uñas recortadas y cubiertas de laca color crema – estos son los objetivos para fin de año.
Francisco buscó el nombre de su departamento y siguió con la fila correspondiente en la tabla de Excel. Los números no tenían sentido. Estaba tan sorprendido que se olvidó un momento de la pluma y del presidente.
-¿Quieren que despida a… ? – Francisco dudó un segundo. No sabía que palabra utilizar. Deborah no le dejó pensárselo.
-Dos antes de fin de año. Por supuesto es tu decisión a quién – Si no fuera enfermizo, se podría pensar que Deborah estaba entusiasmada con la idea. Aunque, a decir verdad, siempre parecía entusiasmada cuando se hablaba de los planes o la estrategia de la empresa.
-Pero, acabamos de incorporar a Hugo. Ni siquiera ha acabado el período de prueba
-Bueno, esto – señaló la pantalla- es parte de la estrategia para el año que viene, que por cierto todavía tiene que pasar el visto bueno de la junta. Ya sabes que tu petición la aprobaron hace meses.
Sí, Francisco lo sabía. Era la misma junta, a la que por cierto Deborah pertenecía, la que le había denegado la incorporación de alguien nuevo cuando se fueron dos personas del departamento. Se acordaba muy bien porque después de eso Francisco se pasó un año trabajando dieciséis horas al día, y fiel al tópico, estaba convencido de que ese hecho le había costado el divorcio.
-En realidad es una oportunidad. Aprovecha para librarte de algún peso muerto
-Pero es imposible. Estamos hasta arriba de trabajo. El grupo de Operaciones, por ejemplo…
-Oh, por favor, no vamos a convertir esto en una competición infantil ¿verdad? Todos tendrán que hacer sacrificios. Y tu grupo, si no recuerdo mal, ha estado funcionando perfectamente con dos recursos menos – Ella decía recursos, traducido del inglés, en lugar de personas. Esa era la palabra que Francisco no se había atrevido a pronunciar.
Si Francisco fuera un mal pensado, creería que la situación no era sino una recomendación de la docena de carísimos consultores que preparan la estrategia de empresa para exprimir aún más al personal, o volver loco a pesos muertos como el mismo Francisco para que al final acabaran cayendo como una fruta podrida.
Se acordó de la pluma y la puso sobre la mesa para observarla. Su hijo. Su casa del pueblo. Esos recursos de su departamento eran padres de familia. Clara tenía un crío de tres años. El argentino se acababa de meter en una hipoteca. Era un chico atolondrado, pero le ponía empeño. Miguel llevaba mal que la empresa la hubieran comprado los americanos, sobre todo el inglés, pero en su puesto era casi imprescindible. Nadie conocía el departamento como él. Habían empezado juntos y ¡coño! ¡Eran amigos! ¿Qué se suponía que tenía que responder ahora? Ahora, cuando tenía que defenderlos, cuando se la jugaban. Levantó la vista, un amago de furia, hacia la directora de Recursos Humanos, pero ella cortó cualquier intento de rebelión levantando las cejas, invitándole expresamente a decir algo al respecto. La lucha de miradas duró el tiempo justo en que el sudor frío subió y bajó por la frente de Francisco y después ella le ofreció una sonrisa satisfecha.
-Bueno, entonces, ¿Cuándo puedo contar tu decisión? Antes de un mes sería perfecto, antes de que empiecen a correr rumores.
¿Rumores? Esos números de Excel no eran rumores. Daban cuenta de las almas y su destino como San Pedro a las puertas del cielo.
Deborah giró la muñeca para mirar discretamente el reloj. Francisco se estremeció. No quedaba tiempo. Sabía lo que pasaría ahora. Deborah se pondría algo más seria y le miraría fijamente a los ojos. Luego haría ese gesto, el de espantar una mosca que se le hubiera posado en la melena rubia y cruzaría los brazos quedando así en una postura incongruente en que los ojos dicen “¿tiene usted alguna otra pregunta?” Y el cuerpo quiere decir “cierre la puerta al salir”.
Francisco se apoyó en los reposabrazos, dándose impulso hacia delante para ayudar a las palabras a abandonar su boca y Deborah lo interpretó como Francisco preparándose para salir, así que se levantó, ofreció su mano y luego abrió la puerta del despacho. Francisco, aturdido, solo pudo observar como sus piernas le llevaban a la puerta y después al ascensor, donde se aflojó la corbata y apoyó la espalda, agotado. Y ahí, al llevarse la mano al pecho para recobrar algo del valor, se dio cuenta de que se había dejado la pluma sobre la mesa de Deborah.
El corazón se le aceleró. Pulsó tres o cuatro veces el botón del último piso hasta que el ascensor reaccionó y empezó a moverse. Se escurrió entré las puertas de metal antes de que se abrieran completamente, llamó a la puerta del despacho de Deborah y respiró profundamente tres o cuatro veces “recojo la pluma y me voy” se dijo para darse fuerzas.
Nada. Nadie contestó. Giró el picaporte, pero la puerta estaba cerrada con llave. A Francisco se le pasó por la cabeza que Deborah había salido volando como una bruja, pero después se acordó de su naturaleza material y volvió la vista hacia el pasillo, donde efectivamente su falda tubo y chaqueta a juego se balanceaban en dirección a la cocina. La moqueta amortiguaba sus tacones y los pasos de Francisco, que en tres grandes zancadas se acercó a menos de dos metros sin que Deborah se diera cuenta de la respiración acelerada del hombre que la seguía por el pasillo.
Francisco extendió la mano para llamar su atención, pero entonces una figura masculina la tomó del brazo y con familiaridad que no dejaba de ser profesional la atrajo hacia sí.
-Deborah, darling, where were you hiding yourself?
Era la inconfundible, imponente figura del presidente, envuelto en un traje a medida, ciego a cualquier humano tres grados por debajo en el organigrama, ligeramente miope hacia los de dos.
Deborah y el presidente se metieron en la cocina y se dirigieron a la máquina de café de la forma más profesional y también más obscena que Francisco hubiera visto. Desde el otro lado de la pared de cristal, Francisco podía ver como ambos se servían un té, como se sentaban a la mesa, como el presidente cruzaba las piernas y sus zapatos relucientes apuntaban hacia la puerta, mostrando, casually, sus calcetines de seda celeste. Deborah sopló la taza con te y Francisco supo que no recuperaría la pluma. No hoy. En la reunión de hoy se había dejado su suerte, su familia, y sobre todo a Miguel y al argentino y a Clara, tirados encima de esa mesa, abiertos en canal para diversión de Deborah. Pero Francisco todavía no había dicho la última palabra. Volvería. En quince días exactamente, volvería a ese despacho y para entonces, sabría lo que tenía que hacer.
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