Francisco se masajeó el cuello. Siempre que estaba estresado lo pagaban las cervicales. Y el matrimonio. El matrimonio también lo pagaba. El trabajo se le estaba acumulando y era el cuello el que se lo recordaba. Pero no podía dejar de mirar al argentino y a Miguel. Llevaban toda la mañana gastándose bromas y riéndose como colegialas, y Francisco mirándoles hipnotizado, sin poder responder a los emails que se le iban acumulando. Sin escuchar el teléfono. Parecían dos lechoncitos camino del matadero, y eso que Miguel no era precisamente un chiquillo.
Alguien le trajo un documento a Francisco para revisar y firmar. Normalmente lo hubiera hecho enseguida, pero en esta ocasión lo dejó en una esquina de la mesa y siguió hipnotizado con el argentino y Miguel. Como si no les fuera a ver más. Como si no les quedara por lo menos dos jueves.
Era injusto, una injusticia de la que no eran conscientes el argentino y Miguel cuando se reían en alto de algún video de youtube, pero la injusticia, esa injusticia arbitraria y casual no era nueva para ellos. El argentino llevaba cinco años en la empresa y cobraba lo mismo que un becario. No se le podía revisar el sueldo porque había llegado al tope de lo permitido por su banda salarial. Tampoco se le podía pasar a una banda superior porque era en la que estaban sus compañeros y las normas de la empresa no le permitían a Francisco tener más de dos empleados en esa banda. Era por eso, para más inri, que a Hugo le habían tenido que poner en una banda superior a la de los demás, lo que había agotado el presupuesto del departamento. No habría aumento de sueldo ese año, pero por otra parte ya daba igual. No habría aumentos para nadie. Ya era suficiente premio el volver el lunes y encontrar la silla y las fotos de familia donde uno las dejó.
A Miguel le tocaba ascender después de Francisco. Llevaba esperando por lo menos dos años a ser ascendido. Se lo merecía. Pero no podía. Con Francisco de jefe y sus años de experiencia, Miguel se había convertido en alguien casi imprescindible para el departamento. Demasiado valioso para ser ascendido. Otra casualidad. Otra putada. ¿Qué se podía hacer?
Francisco se consideraba un jefe justo, pero no podía luchar contra la injusticia inherente a las normas de la gran empresa. Ni siquiera le parecían mal las normas, pero cuando la casualidad se metía en medio, no tenía sentido fingir que las directrices y los procesos tenían la última palabra. Por eso no le importaba que el argentino se pasara la mañana viendo vídeos en youtube. Razones tenía de sobra. Además, las cosas iban cada vez más despacio en la empresa, la mitad de los proyectos acababan cancelándose en nombre de la austeridad, y en su lugar surgían cosas llamadas iniciativas, que costaban millones de euros y prometían ahorrar millones de euros. No, no sería Francisco quien dijera nada sobre las normas en este caso.
Miguel le acababa de mandar un enlace. A juzgar por las risas, que continuaban, debía ser algo divertidísimo, pero Francisco no estaba de humor. El cuello le estaba matando. Miguel se acercó a su mesa.
-¿Has visto, Paquito? Lo mejor que me han pasado en mucho tiempo
Francisco dejó de fingir que miraba la pantalla del ordenador, se volvió hacia un Miguel sonriente y de buen humor y se sintió un traidor y una mala persona. Si hubiera sido posible, se habría metido debajo de la mesa hasta que Miguel desapareciera. Francisco sentía la necesidad de una absolución, y dejó que se le escaparan un mea culpa oculto en sus palabras.
-Anda, Miguel, que no está el horno para bollos.
-¡Pero bueno! ¡No me digas que estás preocupado! ¡Tú! Si llevas en la empresa desde sabe dios cuando. Antes nos tendrían que echar a todos nosotros que a ti. Así que no te preocupes, hombre.
Francisco suspiró y le miró fijamente a los ojos -Nadie está a salvo.
Ante el tono apocalíptico de su jefe Miguel dejó de sonreír
-Bueno, lo que tenga que ser será. No pasa nada. Es sólo un trabajo.
Francisco volvió a suspirar, ligeramente aliviado y Miguel le dio una palmadita en el hombro.
-Y si no siempre puedes decir que eres gay y amenazar con denunciar. Que si algo que evita como la peste esta empresa es la mala publicidad. Anda, mira el vídeo, que te vas a reír.
Francisco suspiró una vez más y siguió a Miguel con la mirada hasta que desapareció camino de la cocina. Casi mejor que no supiera nada, que siguiera así, haciendo bromas hasta el último momento. Había que ser optimista, como Miguel, porque si la casualidad caprichosa hoy estaba por quebrar bancos y provocar despidos, mañana podía igualmente subirnos el sueldo a todos y arreglar matrimonios sin esperanza. Si tan sólo él, Francisco, pudiera dar un empujón a la casualidad, ganar algo de tiempo, si supiera las palabras mágicas, el tipo de ungüento que tiene uno que comprar para arreglar las cosas, para hacer justicia.
Francisco movió el cuello de un lado a otro para estirarlo y trató de concentrarse en los correos, en el documento que tenía que revisar, en el trabajo que tenía pendiente, pero nada. Al final decidió echarle un vistazo al vídeo que Miguel le había mandado y tuvo que sonreír. Sí que tenía gracia.
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