lunes, 22 de marzo de 2010

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El café de la máquina era tan malo que Hugo no tenía más remedio que desplazarse todas las mañanas hasta una cafetería cercana para poder tomarse un cortado decente y echar un vistazo al periódico. También era una cuestión de intimidad. No tenía oficina propia y prefería pasar el menor tiempo posible junto a sus compañeros de departamento, el sudaca, la gorda y el paleto. Por las mañanas lo último que le apetecía a Hugo era una conversación. Y, aunque no había estado tan cerca como para averiguarlo, tenía la impresión de que algunos de sus colegas olían mal. Hugo prefería llegar al trabajo antes que ellos, encender el ordenador, dejar la chaqueta del traje en el respaldo de la silla y salir por el garaje a la cafetería. Esa era otra desventaja. Había que salir por el garaje para que el sistema electrónico que registraba la tarjeta de acceso no se diera cuenta de que Hugo dejaba el edificio.

A pesar de estos pequeños inconvenientes, Hugo estaba satisfecho con su nuevo trabajo. Su jefe era una marioneta bobalicona cuya única ambición era acabar las reformas en su casa del pueblo, el edificio estaba lleno de chicas monas, y en una empresa americana su año de intercambio en Chicago era valorado en su justa medida. No había nada en ese sitio que pudiera servir como material de novela, pero allí disfrutaba de cierta libertad. El edificio era lo suficientemente grande como para no tener que pasar el día rodeado de la misma gente, y además la empresa se enorgullecía de sus horarios flexibles y reconocimiento en base a objetivos. Claro que aún así registraban las horas que uno pasaba en la oficina y las páginas web que visitaba. Unos hipócritas de mierda, estos yanquis.

Hugo se sentó en su mesa de trabajo y desbloqueó la pantalla del ordenador. Volvió a pensar en la rubia. Nada especial, pero quizá podría llamarla otra vez. Sólo por ver que decía. Miró a la pared de cristal que dejaba ver un edificio idéntico al suyo con idénticas paredes transparentes y pensó en cómo sería la vista desde una oficina privada en el último piso. Una oficina con secretaria guarra y pechugona. A la vieja usanza.

Hugo volvió al ordenador y abrió el programa de correo. Había unos cuantos mensajes nuevos, pero Hugo pulsó el ratón y se fue directamente a los del día anterior. Hugo siempre dejaba pasar uno o dos días antes de responder a los correos. Eso daba idea a la gente de lo ocupado que estaba y de la importancia relativa que le asignaba a sus mensajes.

No, Hugo no era como su jefe. Había observado que cuando éste estaba trabajando y recibía un correo, sus diez dedos saltaban del teclado y se quedaban en el aire, su mano buscaba el ratón y su frente se arrugaba para captar lo que quisiera que dijeran las líneas. Normalmente no pasaban ni dos minutos y sus dedos ya estaban otra vez en el teclado moviéndose frenéticamente para responder. Luego venía un último movimiento de ratón, un click, y el jefe respiraba hondo antes de volver a lo que quisiera que estuviera haciendo. ¡Qué poco se necesitaba para esclavizar a ese hombre! Pensó Hugo mientras le reenviaba la suscripción a las noticias del departamento de Atención al Cliente.

Su jefe llevaba años en la empresa. Eso se veía. No tenía pinta de jefe. Debía haber subido desde lo más bajo. Posiblemente había empezado allí como técnico informático, o como contable. El traje le quedaba grande. La corbata le ahogaba. Los zapatos le hacían ampollas. No era un hombre mayor, pero había tocado techo profesionalmente. Un día cualquiera un empleado más joven, más preparado, alguien simple y llanamente con más huevos y mejor gusto vistiendo le mandaría al paro.

“Gracias por la información, Hugo. Saludos. Francisco Macho”. ¡Vaya nombre! Hugo sonrió y se levantó. Era casi la hora del café.

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