Fuera del edificio, en la única cafetería de por allí que servía un café decente, Hugo acababa de llegar a la sección de cultura. Era una tortura para él tener que enterarse de cuanta gente sin talento publicaba libros, hacía exhibiciones y vivía del amor al arte literalmente. Así que Hugo cerró como siempre el periódico en ese punto. Bostezó, miró el reloj y se dio cuenta de que todavía podría llegar a la reunión semanal de uno de los proyectos en los que supuestamente trabajaba. Aunque sabía que el proyecto progresaba como estaba previsto y que no habría nadie interesante (importante) esta semana, tampoco tenía nada mejor que hacer así que dio el último sorbo al café y se levantó de la mesa.
Hugo pagó la cuenta y entró un segundo al baño para ajustarse la corbata y asegurarse de que el traje seguía impecable. La reunión había empezado hacía quince minutos, pero a Hugo no se le pasó por la cabeza inventarse una excusa. ¿Es que no era obvio que estaba ocupado? Entró en el edificio, abrió la puerta de la sala de reuniones, se sentó en uno de los sitios que quedaban libres alrededor de la mesa cuadrada y después de comprobar que efectivamente no había nadie a quién mereciera la pena impresionar en esa sala, se concentró en jugar con el blackberry.
Mientras el proyecto progresara bien, lo único que tenía que hacer Hugo era ir de vez en cuando a las reuniones, dejarse ver, y sobre todo y ante todo, estar allí con su mejor corbata cuando se empezaran a repartir palmaditas en la espalda. Ahora bien, si el proyecto empezaba a descarrilar, la solución no era simplemente desaparecer, no. Los problemas, como dicen los americanos, y ellos saben de esto, son oportunidades. Oportunidades para alargar el proyecto hasta el punto en que se convierte en un archivador que puedes llevar contigo para fingir que estás ocupado, o para ser el primero en anunciar el fracaso que se avecina. Cualquiera que fuera la postura que adoptase, Hugo extraía un placer inexplicable cuando las cosas iban mal, cuando los proyectos se desmoronaban, los departamentos se disolvían y las empresas quebraban. Él no era el capitán que se queda en el barco, no, más bien la primera rata que llegaba a puerto y afirmaba que ese desastre, él ya lo había visto llegar.
Tras quince soporíferos minutos, algo hizo que Hugo levantase la vista del blackberry. Un indio joven, casi imberbe, uno de bases de datos, y si no recordaba mal, otra rata especialista en hablar mucho y hacer tan poco como fuera posible.
-Ya que hoy tenemos a Hugo, quizá él podría ayudarnos a preparar la actividad de la semana que viene.
Hugo se estiró, cruzó las piernas, dejó el blackberry sobre la mesa y carraspeó.
-No hay problema
El indio sonrió y abrió la boca para decir algo, pero Hugo volvió a tomar la palabra
-Por supuesto, entiendo que el grupo de bases de datos ha preparado la documentación que no tendré ningún problema en revisar. – Miró al indio con sonrisa paternal- Si necesitas una plantilla no dudes en pedírmela. Como ya sabes, necesitamos un mínimo de tres días laborables para revisar el plan de la actividad y gestionar los permisos. Hoy es… -miró al blackberry- hoy es jueves veintitrés. ¿Cuándo queréis empezar?
-¡El lunes! – dijo una voz molesta desde el otro lado de la sala
-Ya…-Hugo se mordió los labios para contener la risa- Supongo que podríamos hacer una excepción… si recibimos la documentación antes de las tres de la tarde de hoy.
Una ola de murmullos invadió la sala. Varios bolígrafos golpearon la mesa. Una o dos voces jóvenes se alzaron en contra del indio que desconocía las extrañas normas que gobernaban el departamento de Hugo y otras tantas, con más tiempo en la empresa, cuestionaban la validez de esas normas de las que jamás habían oído hablar. Hugo aprovechó el revuelo para mandar un mensaje desde el blackberry. Cuando la sala quedó en silencio, Hugo volvió a tomar la palabra.
-Bueno, supongo que si el equipo de bases de datos no tiene la documentación, lo mejor es terminar ahora la reunión y darles tiempo para completarla –dijo Hugo mientras se levantaba de la silla- y ahora, disculpadme, pero espero una llamada.
El indio, molesto porque Hugo hubiera secuestrado su reunión, se atrevió a decir algo sobre la falta de cooperación y flexibilidad del departamento de Hugo. Hugo se paró en el acto y se preparó para su “grande finale”. Se dio la vuelta, miró al indio como si hubiera cuestionado la castidad de su abuela, y suspiró sonoramente antes de responder.
-Creo que estoy siendo muy razonable. Le sugiero- Hugo sabía cómo utilizar el usted para intimidar al adversario- le sugiero que eche un vistazo a la normativa y a los procesos antes de lanzar acusaciones sin fundamento- En ese momento el blackberry de Hugo comenzó a sonar y Hugo salió de la sala de reuniones no si antes contestar al teléfono y decir bien alto “hola” seguido del nombre de uno de los vicepresidentes.
Al otro lado de la línea una voz femenina se rió tan ruidosamente que el sonido salió distorsionado del blackberry.
-¿Tan aburrida era la reunión?
-No te puedes imaginar – respondió Hugo –Ahora que me has salvado la vida eres responsable de mi bienestar. ¿Me invitas a un café? Te paso a buscar.
Hugo bajó al sótano del edificio, donde trabajaba Olga, una de las chicas que atendían al teléfono en Atención al Cliente. Al entrar a la sala uno pensaba que justo ahí se les había acabado el presupuesto para acondicionar el edificio. Dónde en el resto de departamentos había cristal y vistas al exterior, allí una pared desnuda expresaba alto y claro la importancia relativa de Atención al Cliente en la jerarquía de la empresa. Los empleados del sótano, mayormente mujeres, habían puesto algo de su parte para hacer agradable su puesto de trabajo, pero el carácter temporal del trabajo, dónde sólo la supervisora llevaba más de dos años, motivaba a las chicas a pegar sus fotos con celo y tener cactus o macetas diminutas en lugar de invertir en algo más duradero.
A Hugo le gustaba visitar Atención al Cliente. Las chicas eran en su mayoría sudamericanas y las que no tenían un aire exótico eran del tipo de chicas barriobajeras con pelo oxigenado que tanto le ponían. El aire acondicionado raramente funcionaba como es debido y durante el verano las trabajadoras ignoraban el dress code y la estancia le recordaba a una escena de Carmen o un taller de chinas, pero con teléfonos y pantallas de ordenador. Si había algún sitio en el edificio que mereciera remotamente aparecer en una novela, ese era Atención al Cliente.
Y si había alguna chica que mereciera remotamente el honor de aparecer en una novela de Hugo, esa era Olga. Olga era española pero parecía tener algo de sangre boliviana que ella no negaba, pero sobre la que tampoco daba más detalles. Olga ignoraba el dress code no sólo en verano y en el sótano, sino que durante cualquier mes del el año paseaba sus tops ajustados y faldas de volantes por todo el edificio. La verdad es que aunque Olga siguiera a rajatabla las normas que rigen el uso del traje y los zapatos cerrados, siempre parecería una intrusa en ese mundo, con sus rizos rebeldes hasta media espalda y su diminuta figura de virgen cavernícola.
Quizá porque se sabía una intrusa, Olga trabajaba como si fuera hija del presidente o tuviera el colchón lleno de billetes de quinientos. Mostraba un absoluto desprecio por las normas de la empresa y por los clientes a los que atendía. Le gustaba contestar a las llamadas con fingido acento sudamericano, porque sabía que eso provocaba un rechazo irracional en la mayoría de personas y Hugo había sido testigo de cómo Olga terminaba una llamada con un “Gracias por contactar con nosotros, hijo de puta racista”, y no podía dejar de preguntarse, lleno de admiración, como era posible que esa mujer siguiera en su puesto de trabajo. Se folla a alguien, seguro, pensaba Hugo.
Era normal que más de uno quisiera acostarse con una chica exuberante como Olga, pero él, por su parte, no le encontraba el menor atractivo físico. Sus atributos eran tan descarados, tan obvios, que le parecían obscenos. Él, Hugo, era un ser más sofisticado.
-Por favor, permanezca a la espera – dijo Olga, apretó un botón y pasó la llamada a una compañera antes de levantarse del asiento, saludar a Hugo con un beso en la mejilla, y colgarse de su brazo camino a la salida. La supervisora se cruzó de brazos cuando Olga pasó a su lado pero no dijo nada. Sólo les miró quizá pensando que su sueldo no le compensaba meterse en un lío con esa pirada, quizá impresionada por la corbata de doscientos euros que Hugo estrenaba ese día.
Una vez sentados delante de un cortado, Hugo empezó con el coqueteo. Se desabrochó la chaqueta sin dejar de mirarla a los ojos, invadir con una mano traviesa su espacio personal, levantar las cejas e inclinar el cuerpo más de lo necesario hacia ella para encender su cigarrillo.
-Olga, Olga… cada día estás más impresionante
-¿Verdad? Anda, déjate de tonterías, que sé que tú me has llamado para algo.
-¡Qué malpensada eres, niña!
-Ah, una que tiene experiencia con los hombres
Olga dejó salir una bocanada de humo como un silbido, se ajustó el sujetador en un gesto un poco basto, pero coqueto y Hugo le correspondió mirándola el escote.
-Además – continuó – ya me imagino que has oído lo de los despidos y vienes a que Olga te cuente lo que sabe
Se folla a más de uno, pensó Hugo. No dejaba de maravillarle como Olga siempre era la primera en enterarse de todo. Parecía tener amigos especiales en cada esquina. Orejas en recepción y dedos en los servidores de correo. Era ella la que le había recomendado salir por el garaje para no tener que fichar, pero la muy malcriada ni siquiera tenía que hacer eso. El guardia de la entrada le abría la puerta discretamente cada vez que la veía pasar.
-Dos en tu departamento, querido. No me gustaría a mí estar en período de prueba
Olga dio un sorbito al café. No parecía ni un poco preocupada por el tema. Como si se follara a un jeque árabe.
-¿Y ninguna en el tuyo, querida? – contestó Hugo un poco molesto. Aunque no quisiera admitirlo, el tema le preocupaba y cada vez que se preocupaba se ponía un poco violento.
-Sí, sí, claro. Atención al Cliente merma con cada crisis. Hasta que decidan trasladarlo a Panamá, pero de momento no he oído nada de eso. – Olga se limpió con la servilleta, apagó el cigarrillo, sacó del bolso un pintalabios y se los retocó tranquilamente. - Podría trabajar de adivina en una feria ambulante, pensó Hugo.
-Así que dos… ¿Para cuando?
-Eso te lo cuento si me llevas a tomar una copa esta noche. – respondió tocándole casualmente la rodilla.
Hugo disimuló un gesto de disgusto. Le molestaba tener que esperar a que Olga le diese lo que quería. Además, Olga estaba bien para un café en la oficina, es decir, que tomarse un café con ella era preferible a trabajar, pero no estaba tan seguro de que tomarse una copa juntos, o llevarse a la cama a Olga, fuese más interesante que bajarse una peli de Fellini y abrir una botella de Lambrusco. Del bueno.
Olga agitó la melena, y Hugo sonrió. Claro, tampoco podía evitar que la pobre mujer quisiera llevarle al huerto. Es que él, Hugo, además de ser un hombre atractivo e interesante, tenía hasta que brillarle la piel en comparación con los elementos sin estilo, sin carácter, y sin sangre en las venas que se paseaban sin pena ni gloria ni ruido por la moqueta del pasillo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario