martes, 30 de marzo de 2010

15

”La gorda ha caído”, pensó Hugo con cierta admiración hacia Francisco. No se imaginaba que su jefe tuviera huevos para despedirla, pero su intuición le aseguraba que eso era exactamente lo que acababa de hacer Francisco en la cocina, y la intuición de Hugo estaba tan pulida como sus zapatos. El jefe que no sabe qué hacer ni que decir, la empleada con cara de síndrome premenstrual, el silencio incómodo… Sí, una había caído por fin y eso había que celebrarlo. No es que Hugo se alegrara de que hubiera sido precisamente la gorda, a él le daba igual que se fuera ella o cualquiera de los otros dos. Lo importante es acababan de echar a alguien y ese alguien no era él. Todo estaba siguiendo un guión perfecto en el que él era el protagonista, el elegido. Todo podía hundirse a sus pies o a su alrededor, y a él no se le arrugaba el cuello de la camisa. Tan pronto como Francisco reuniera suficiente testosterona como para encararse con uno de los otros, todo acabaría y Hugo podría disfrutar de su final feliz, de sus horas de trabajo tranquilitas, pensando en argumentos de novelas que podría escribir en cualquier momento, hasta que alguien de las alturas reconociera su talento y le llamara para disfrutar del olimpo de BMWs y despachos con puerta.

El despido de la gorda le acababa de traer a la cabeza a su chica favorita de Recursos Humanos. Debían quedarle dos días justos en ese sitio y convenía hacerle una visita.

Hugo bajó silbando al primer piso. Se dio un repaso en el espejo del ascensor y se encaminó al escritorio de la chica de los ojos rojos, que a esas alturas no tenía en las paredes más que el celo de las fotos que una vez habían estado allí.

-Hola guapísima, ¿Nos vamos a un sitio más privado tú y yo?
La chica sonrió al ver a Hugo.
-Si necesitas hacer algún papeleo, es casi mejor que hables con cualquier otra. Mañana es mi último día

Hugo no tuvo que hacer muchos esfuerzos para fingir cara de pena. Durante un par de semanas, la chica había sido su ángel de la burocracia. Había firmado y procesado sus irracionales gastos de viaje, sus imaginarias cenas con clientes y sus ridículas peticiones de material de oficina, incluida una agenda de tapas de cuero, parecida a las reservadas a jefes de departamento, pero sin logo de empresa. Hugo conocía pero que muy bien cómo y cuanto podía sobrepasarse sin que las facturas llegaran jamás a alguien del departamento de finanzas, o peor, a la directora de Recursos Humanos. Por ejemplo, Hugo no podía pedir una agenda de cuero de las pocas decenas reservadas para jefes, eso lo hubiera tenido que firmar Francisco, pero sí podía seleccionar material fuera del catálogo de empresa hasta cierto límite mensual. Todo en esa empresa era cuestión de límites, y Hugo consideraba un derecho y una obligación el gastarse hasta el último euro por debajo de esos límites, al igual que tenía que gastar hasta el último día de asuntos propios antes de que acabara el año, incluso si el único asunto que tuviera que solucionar fuera el de estrenar una bata de andar por casa.

-Es que las demás no me consienten como tú - Hugo se sentó en su escritorio y le guiñó un ojo.
La chica se rió y jugueteó con el celo huérfano de postal.
-Bueno, va, dime ¿qué puedo hacer por ti?

Hugo sonrió y se aseguró de que sus últimas facturas estaban firmadas y procesadas. La chica le dijo que sólo quedaba de procesar la del teléfono, porque la parte de datos era algo exagerada, pero accedió a hacer la vista gorda cuando Hugo volvió a repetir su mantra favorito “¿tienes miedo a que te despidan?” Ella se rió otra vez y archivó el papel en una carpeta de la que, Hugo tenía la impresión, jamás volvería a ver la luz del día. Él le dio una palmadita en el hombro, como se le da a un perro que ha recogido una pelota, y se arrepintió cuando ella le miró extrañada por el gesto. Hugo lo compensó dejando la mano un segundo más de lo necesario en el hombro y deslizándola por el brazo, convirtiendo el gesto grosero en una caricia que la sonrojó.

Cuando Hugo alzó la vista se encontró con la mirada censora de otra de las chicas de Recursos Humanos. Una maruja con blusa cerrada hasta el último botón, probablemente solterona, amargada y meapilas. Le guiñó un ojo también a ella, que escondió la cabeza entre sus papeles con una mueca de desaprobación.

Las chicas de Recursos Humanos eran seres previsibles y por tanto manipulables. En el fondo se morían por algo que les sacara de la vida de quasifuncionariado de la que no podían escapar. Cada una de ellas despreciaba a las otras por ser aburridas, sosas y paletas. Cada una de ellas se creía especial, estilosa y hasta feminista, y cada una de ellas acababa aceptando resignada que el momento de excitación salvaje que podían recordar fue esa vez que se les retrasó la regla. Y a ese mundo de mediocridad bajaba Hugo, para rescatarlas y hacerlas creer que ellas también podían ser sus niñas malas. ¡Normal que comieran de la palma de su mano! Seguro que cada vez que la chica de los ojos rojos archivaba una factura de Hugo, mojaba un poco las bragas.

Hugo aseguró a la chica que algún día irían a por una copa, se despidió, y se hizo con la revista de Recursos Humanos antes de salir. Nadie leía esa revista. Pero deberían. Allí podía enterarse uno de todas las cosas que la empresa ofrecía en secreto a sus empleados. Para las payasadas con comida gratis, llámese fiesta de Navidad, o el “family day” empapelaban el edificio con carteles e inundaban los ordenadores con emails, pero poca gente sabía que la empresa ofertaba desde una selección de regalos de Navidad “para clientes” hasta intercambios con los Estados Unidos e incluso un master de empresa gratuito para tres empleados seleccionados. De vez en cuando también había cosas para los críos, y concursos chorra de fotografía o innovación, pero éstos, había que saber cuando evitarlos, porque no era extraño que te hiciesen pagar los impuestos del premio. En este número en concreto, la empresa ofertaba tres meses gratis de seguro médico en una clínica privada, y aunque Hugo gozaba de excelente salud y un cuerpo envidiable, pensó que podía aprovechar el podólogo gratis y bajó de nuevo para pedirle a la meapilas que se lo gestionara.

Al final tanto papeleo lo dejó agotado, y apenas llegó a su mesa se puso a recoger las cosas. Francisco levantó la cabeza para mirarle. Era la mirada del jefe que sabe que el empleado no ha pasado ni un minuto en su puesto de trabajo.

Hugo pasó por delante de él para recoger el abrigo e hizo un comentario sobre la burocracia terrible de la gran empresa que le había tenido en Recursos Humanos toda la tarde. “Tendré que acabar las cosas esta noche”, añadió chasqueando la lengua “ya me dirás como podemos compensar las horas extras”.

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