Hugo, por su parte, había estado muy ocupado. Dos mil kilómetros es una distancia nada despreciable y tuvo que conducir varias horas cada día para conseguir completarlos. Básicamente no había vuelto a caminar desde que Olga le dijo cómo se iba a decidir qué coches de empresa suprimir. En lugar de hacer la compra, como solía, en el Mercadona de su barrio, decidió que era el momento perfecto para probar algo nuevo y condujo a una tienda gourmet del extrarradio para hacerse con unos cornichons en vinagre de vino blanco, o lo que es lo mismo, unos pepinillos gabachos, y un queso de gorgonzola que finalmente no le gustó demasiado. También aprovechó para echar un vistazo al Ikea, aunque salió enseguida sin comprar más que una manta, porque si hay algo que soportaba peor que los críos correteando entre las lámparas eran las mamás gritándoles entre las estanterías. Disfrutó mucho más, sin duda alguna, en una inesperada tienda factory dónde tenían camisas de seda y pañuelos de cachemir a precios ridículos. Por último, y para compensar tanta inactividad, se apuntó a un gimnasio que contaba con piscina, sauna, pijas haciendo pilates, y plaza de garaje.
Pero no todo iba a ser hedonismo y disfrute para Hugo. Seguía algo inquieto a causa de la crisis en la empresa, que le forzaba a ser más avispado que nunca. Así, le pareció que sería una buena inversión posponer su intención de tomarse un cochinillo bien regado con Ribera en Segovia y en lugar de eso, invitar a Olga a una comida campestre para estrenar la manta de cuadros de Ikea. No se equivocó al sacrificar el lechón. Olga estuvo encantada de poder mostrarle a Hugo su buena mano para la tortilla, de descalzarse y retorcerse en la manta (sólo a ella se le podía ocurrir llevarse minifalda y botas de tacón al campo) y de emborracharse con vino peleón y así, le premió con la lista de jefes que estaban destinados a elegir entre el despido o el retiro voluntario y cuya amistad era conveniente evitar.
Hugo le correspondió con un tonteo adolescente de tirarle miguitas de pan en el escote y darle gajos de mandarina con los dedos. Aunque estaba convencido de que podía pasar a mayores en el momento que quisiera, una pregunta le torturaba ¿Cómo lo hacía? ¿A quién se tiraba? No era esta una cuestión sin importancia, ni lo de Hugo simple curiosidad. En otro momento le hubiera parecido irrelevante saber si otro macho le inseminaba los lunes por la noche o las fiestas de guardar, pero en estos tiempos revueltos, toda la información del mundo no le salvaría si resultaba que sin querer estaba metiendo la mano en el cajón de juguetes del presidente.
De excursión en excursión, los días se le pasaron en nada, y cuando se quiso dar cuenta era final de mes y le quedaban sólo cincuenta kilómetros para llegar a los dos mil. Calculó que un viaje al almacén del aeropuerto le bastaría, y aunque aburrido por la perspectiva de una visita que no le agradaba, pensó que podría ser conveniente hacerse con pruebas que justificaran al menos un viaje de trabajo y se decidió por pasarse la mañana del jueves haciendo una visita a las mazmorras de la multinacional.
El almacén era posiblemente el lugar más insulso de toda la empresa. Hombres de mediana edad vestidos con mono de trabajo llevaban cajas de aquí para allá, conducían maquinaria pesada, engrasaban tuercas de vez en cuando y en general hacían algo que podía definirse como trabajar en el sentido más literal del término.
A los jefes les encantaba pasear a los nuevos empleados por el almacén. ¡Sin ellos, nosotros no tendríamos trabajo! ¡Admiren el corazón de la empresa! ¡Un mágico lugar lleno de Oompa Lompas no cualificados! A Hugo le parecía más bien un recordatorio de lo que les pasa a los malos empleados que no saben combinar corbatas. Cuando miraba (desde una distancia prudencial para no mancharse) a esa tribu de mileuristas maduritos, les veía transmutarse en colombianos y senegaleses ilegales y no podía evitar sonreír pensando en el dinero que se podía ahorrar. Era una ironía deliciosa el cartel de “Mas Y Menos” colgado en la recepción del edificio. Más Congoleños, Menos Seguridad Social. Hugo se rió de su ocurrencia.
El segurata de la entrada llamó al encargado del almacén para que bajara a acreditar a Hugo. Éste tuvo que esperar casi diez minutos a que el encargado, un cincuentón rechoncho que despedía un sutil olor a cebolla, se dignase a bajar y encontrarse con él, cosa que, evidentemente, le estaba sacando de quicio. Sin embargo, cuando por fin apareció, Hugo sonrió y alargó la mano en un gesto tan hipócrita como maquinal. El encargado ignoró la mano, ignoró la acreditación que el guardia de seguridad le tendía para firmar y simplemente espetó.
-Hugo, ¿no? ¿Qué quieres?
-Buenas. Estoy interesado en los procesos de calidad y me gustaría ver cómo se implementan aquí, en primera línea.
El encargado le miró a los ojos. La mirada de un hombre con callos en las manos que no se andaba por las ramas.
-No tengo tiempo para esas gilipolleces. –El encargado se dio la vuelta, ante la sorpresa de Hugo, que nunca había visto a nadie rebelarse ante el conjuro mágico que invocaba el mentar los procesos de calidad. Pero reaccionó rápidamente.
-Puede que usted y yo lo veamos como una gilipollez, pero hay cierto vicepresidente que no lo ve del mismo modo
-Entonces dile a tu vicepresidente que aquí se siguen los procesos de calidad como el catecismo
Hugo no tenía otro objetivo de la visita que el de acumular kilómetros con el coche, pero el encargado revoltoso le estaba empezando a tocar ese nervio que gestiona el ego. El encargado se había cruzado de brazos y le miraba desafiante, como un macho defendiendo la entrada a su guarida.
-Le diré lo que usted me ha dicho palabra por palabra. Aunque me parece que este vicepresidente no es católico. Nunca le he visto mantener a la gente en su puesto por pura misericordia cristiana.
El encargado se rió con la boca ligeramente torcida. Sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y de ésta extrajo una tarjeta de visita.
-Si esas tenemos, no te olvides de hablar también con este señor. Es el que firma mis nóminas. –le dio la tarjeta a Hugo y una palmadita como de complicidad en la espalda antes de saludar con una inclinación de cabeza al guardia de seguridad y volver por donde había venido. Hugo miró el nombre de la tarjeta por pura inercia y tuvo que sonreír también. Ese nombre estaba en la lista negra que le había sacado a Olga entre tortilla y tintorro. Hugo selló el ticket de aparcamiento y volvió al coche con cierta envidia. Tener un jefe en estado terminal era patente de corso y bula y permiso y licencia para hacer lo que a uno le viniera en gana. Ladeó la cabeza, tsk, tsk, tsk. A él también le gustaría.
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