martes, 30 de marzo de 2010

7

Hugo se levantó de relativo buen humor y sin apenas rencor hacia Olga. Su subconsciente, acostumbrado a ser como el roedor que sobrevive al naufragio, no quería quedarse sin la información privilegiada que Olga significaba. O quizá esa era una disculpa para acercarse a ella y comprobar que (¡por favor, no podía ser de otra manera!) ella le deseaba en secreto. Fuera como fuese, a las diez de la mañana, después del desayuno, ya le estaba mandando mensajitos para tomar un café.

Además, Hugo necesitaba un café. Su jefe le estaba sacando de quicio. Llevaba dos días tieso en su silla, con esa cara de estar sufriendo de algo intestinal, recordándoles a cada instante lo que se estaba cociendo y consiguiendo al final que Hugo se pusiera algo tenso. Así que sin poder esperar siquiera la respuesta de Olga, se levantó de la silla y se fue al primer piso a visitar a las chicas de Recursos Humanos.

Estas chicas eran infinitamente menos interesantes que las de Atención al Cliente. Por regla general casadas o con novio formal, orgullosas propietarias de un puesto fijo, se turnaban para quedarse preñadas y para hacerte la pelota o la puñeta dependiendo del día en su ciclo menstrual. Eran ellas quienes más que nadie, podían hacer de tu vida en la oficina un infierno. Así que se hacía imprescindible saber cómo tratarlas, bien alabarles el ficus y las fotos de los críos, o recordarles quién estaba más arriba en el organigrama dependiendo de la situación.

Crisis igual a oportunidad, se dijo Hugo buscando con la mirada un escritorio sin fotos y sin plantas. Ahí estaba. Escritorio a medio vaciar y jovencita con ojos rojos que nunca pensó que su contrato indefinido fuera vulnerable a las reorganizaciones. Esa era la chica con la que Hugo resolvería todos sus trámites de ahora en adelante y hasta que se fuera definitivamente. Hugo se ajustó la corbata y le tocó en el hombro con la más seductora de sus sonrisas.

-Hola guapa. ¿No tendrás un segundo para darme los tickets de almuerzo?

La chica sacó un folio con nombres del cajón del escritorio, cogió un bolígrafo, y con la mirada perdida, como una autómata, se levantó y le pidió a Hugo que le siguiera hasta el despacho con llave donde se guardaban los vales de almuerzo y otras golosinas con los que Recursos Humanos agasajaba al empleado siempre que se portara bien.

Cuando se quedaron solos en el despacho, la chica le dio la espalda para buscar los vales en un armario, y Hugo se apropió de una silla, la acercó cuanto pudo a la fémina y se puso cómodo.

La chica le alargó un sobre con los vales a Hugo y un bolígrafo mordisqueado
–Diecinueve por Octubre. Fírmame.

Hugo cogió el papel con los nombres y rechazó el bolígrafo, sacando su propio Mont Blanc del bolsillo de la chaqueta. Manoseó el folio como si le costara encontrar su apellido y sin levantar la vista se dirigió a ella.

-Oye, no te enfades por lo que te voy a decir, pero ¿sabes que estás muy guapa hoy? Las lágrimas te hacen los ojos verdes.
-Anda firma, qué tengo cosas que hacer. – dijo ella señalando el folio
-¿Y qué va a pasar si no haces esas cosas? ¿Te van a despedir?

Hugo le miró a los ojos, puso una sonrisa inocente y ella se la devolvió. Hugo notó que la chica se había relajado un poco y jugueteó con el Mont Blanc antes de hablar.
-No hay derecho. Siempre se van los mejores –Hugo suspiró y sacudió la cabeza y la chica la sacudió también- mira, de mi departamento ya todos han recogido los tickets. Normal, nadie sabe cuando serán los últimos. Menos Francisco. Claro, entre los jefes nunca ruedan cabezas.

La chica se acercó a Hugo para mirar también el papel -¡Ah! Francisco Macho. Pero es que ese nunca recoge los tickets.
-Qué raro, ¿no?
-No te creas. Entre los jefes pasa mucho. Si no tienen secretaria que venga a buscárselos, está casi mal visto que vengan ellos pa los cuatro duros que son. Si acaso, se pasan una vez cada seis meses o así.
Hugo sonrió otra vez
-Pues eso tampoco está bien. Ya se los llevo yo, que no me cuesta nada. Si al fin y al cabo soy como su secretaria.

La chica puso cara de dudar y Hugo rápidamente firmó al lado de su apellido y al lado del de Francisco como “Arsene Lupin”. Entonces ella se encogió de hombros, sacó un montón de sobres del armario, se los dio a Hugo y cerró con llave.

Hugo se levantó de la silla, pasó rozándola casualmente, le invitó a tomar un café “cualquier día de estos”, y con un “adiós guapa” salió del despacho, volvió a su mesa silbando bajito y le escribió un sms a Olga “Nada de café. Te invito a comer”.

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