lunes, 22 de marzo de 2010

2

Francisco Macho se levantó con un suspiro, tomó el cuaderno de notas y un bolígrafo. Dudó un momento. Dejó el bolígrafo en la mesa, se llevó la mano al bolsillo de la americana y acarició su pluma estilográfica. La pluma se la había regalado su hijo y le daba suerte. Francisco no quería abusar de la suerte y raramente invocaba el poder de la estilográfica, pero hacía ya algún tiempo que un jueves sí y otro no, a las once de la mañana le abandonaba el valor, tenía que llevarse la mano al pecho y pedirle ayuda a todos los poderes sobrenaturales. Cada dos jueves, a las once de la mañana una ventanita en el ordenador le recordaba que tenía que asistir a la reunión bimensual con Recursos Humanos.

Deborah. La directora de Recursos Humanos, una británica de cincuenta años que parecía haberse pasado su medio siglo en formol, podría anunciarse como dominatrix en Internet y tener éxito, pero no lo hacía. Delante de Deborah no se pronunciaba la palabra dominatrix. En las proximidades del despacho de Deborah no se utilizaba ninguna palabra que pudiera resultar insultante para la directora de Recursos Humanos. A decir verdad, cualquier palabra se pronunciaba bajito delante del despacho de Deborah, porque era sabido que esa mujer conservaba el oído tan fino como la piel del cutis.

El viaje en ascensor se le hacía eterno a Francisco. Subir al último piso, a la guarida de Deborah, le hacía temblar de frío literalmente. Las manos le sudaban. Sentía que no controlaba su cuerpo. Justo en ese momento Francisco solía sentir la necesidad de echar una meada rápida.

Francisco llamó a la puerta y Deborah le recibió con la mano extendida.

-Good morning Francisco, you look good- Dijo con una inflexión aguda en la última sílaba.

Deborah le miró en algún punto de la corbata y Francisco se sintió sucio y desaliñado. Se había afeitado por la noche y no por la mañana y ahora se reprendía por ello. Deborah parecía recién salida del guardarropa de un estilista. Su melena rubia, cortada a lo paje, siempre formal a la vez que estilosa, debía llevarle en mantenimiento más de lo que él le pasaba a su ex mujer. Al lado de esta señora, Francisco era un ingeniero de veintipocos presentándose a una entrevista de trabajo con un traje prestado.

Francisco respondió con su inglés de no haber salido nunca de casa y se apresuró al asiento donde al menos podría ocultar la mitad de sí mismo.

-Bueno, bueno, bueno… -Dijo Deborah mientras recogía un montoncito de folios y los metía en el cajón del escritorio. Cada dos semanas se repetía esta escena y Francisco siempre pensaba que ese podía ser su expediente, con su historial médico, su evaluación psiquiátrica (Francisco nunca había estado en un psiquiatra), y fantasías íntimas con Deborah la dominatrix de las que ni él era consciente.
-Ayer le comenté al presidente lo de nuestra nueva adquisición. He is very pleased. ¿Cómo se está adaptando?
-¿El presidente? – Preguntó Francisco, algo confuso
-¡Hugo!

Francisco se puso colorado y se rió nervioso. Un error. Deborah no parecía entender esta forma ibérica de liberar tensión y le miraba impaciente mientras Francisco se volvía a reír como una colegiala. Sacó la estilográfica del bolsillo y desenroscó el capuchón, un acto que siempre le devolvía a su casa del pueblo, que estaba renovando, y a la piscina que planeaba construir para cuando su hijo pasara el verano con él.

-¡Hugo, claro! Bien. Mejor que bien. Perfectamente- dijo por fin, más calmado- Se ve que tiene potencial- añadió parafraseando a la propia Deborah.
-Eso exactamente le he dicho al presidente. Esa es la clase de talento que queremos atraer a esta empresa.

Francisco apretó con fuerza el capuchón de la pluma. Hugo no le gustaba. O quizá eso no era del todo correcto. Ni siquiera había tenido tiempo de decidir si le gustaba o no, pero había algo en ese chico que le hacía desconfiar. Si hubiera dependido de él, Hugo no estaría trabajando en su departamento. Pero si Francisco no era nadie, su instinto era todavía más irrelevante en la toma de decisiones. ¿Y qué razón hubiera podido dar? En la entrevista Hugo se sentía tan cómodo como sentado en calzoncillos en su sofá. Deborah, que generalmente miraba el reloj cada cinco minutos y no tenía reparos en interrumpir al candidato si la hora asignada para él se agotaba, en esa ocasión dejó pasar quince minutos largos antes de exclamar “Oh my! It’s so late!” y cerró la entrevista con un “espero que volvamos a vernos muy pronto” en lugar del protocolario “¿tiene usted alguna otra pregunta?” En ese momento Francisco supo que Hugo entraba a formar parte de su departamento, y esta vez su instinto no le engañaba.

-Sí, un joven prometedor. Hemos hecho un buen trabajo. Nos merecemos una palmadita en la espalda, pero no hay tiempo para eso. Hay mucho que hacer– Deborah cruzó las manos sobre la mesa y miró a Francisco con complicidad, como si el pobre hombre tuviera alguna idea de qué era lo que tenía que hacer él con la directora de Recursos Humanos. Ella siempre estaba un paso por delante. También estaba dos grados por encima, lo que le daba acceso al espacio personal del presidente. No es que él quisiera estar en ese espacio, ¡no por dios! No sabría que decirle a ese hombre, mucho menos traducirlo al inglés. El anterior era otra cosa. Había empezado como ingeniero, en el sótano. Francisco recordaba que en su despedida le regalaron una estilográfica.

Francisco no tenía ninguna intención de acercarse al presidente, pero le gustaría hacerse invisible, y después esconderse detrás de la puerta del despacho de ese señor y quedarse ahí sin respirar siquiera, sólo escuchar que ese día nadie iba a ser despedido, que la máquina de café se quedaría en su sitio, que Atención al Cliente no se iba a mover a Hungría y que no habría más teambuilding que las cañas de los jueves. Entonces respiraría tranquilo, volvería a su mesa, y pasaría el día feliz, tratando de hacer dinero para los señores accionistas.

-Aquí, mira- Deborah le dio la vuelta a la pantalla del ordenador para que Francisco pudiera verla. Uno hubiera esperado garras rojas pero Deborah llevaba las uñas recortadas y cubiertas de laca color crema – estos son los objetivos para fin de año.

Francisco buscó el nombre de su departamento y siguió con la fila correspondiente en la tabla de Excel. Los números no tenían sentido. Estaba tan sorprendido que se olvidó un momento de la pluma y del presidente.

-¿Quieren que despida a… ? – Francisco dudó un segundo. No sabía que palabra utilizar. Deborah no le dejó pensárselo.
-Dos antes de fin de año. Por supuesto es tu decisión a quién – Si no fuera enfermizo, se podría pensar que Deborah estaba entusiasmada con la idea. Aunque, a decir verdad, siempre parecía entusiasmada cuando se hablaba de los planes o la estrategia de la empresa.
-Pero, acabamos de incorporar a Hugo. Ni siquiera ha acabado el período de prueba
-Bueno, esto – señaló la pantalla- es parte de la estrategia para el año que viene, que por cierto todavía tiene que pasar el visto bueno de la junta. Ya sabes que tu petición la aprobaron hace meses.

Sí, Francisco lo sabía. Era la misma junta, a la que por cierto Deborah pertenecía, la que le había denegado la incorporación de alguien nuevo cuando se fueron dos personas del departamento. Se acordaba muy bien porque después de eso Francisco se pasó un año trabajando dieciséis horas al día, y fiel al tópico, estaba convencido de que ese hecho le había costado el divorcio.

-En realidad es una oportunidad. Aprovecha para librarte de algún peso muerto
-Pero es imposible. Estamos hasta arriba de trabajo. El grupo de Operaciones, por ejemplo…
-Oh, por favor, no vamos a convertir esto en una competición infantil ¿verdad? Todos tendrán que hacer sacrificios. Y tu grupo, si no recuerdo mal, ha estado funcionando perfectamente con dos recursos menos – Ella decía recursos, traducido del inglés, en lugar de personas. Esa era la palabra que Francisco no se había atrevido a pronunciar.

Si Francisco fuera un mal pensado, creería que la situación no era sino una recomendación de la docena de carísimos consultores que preparan la estrategia de empresa para exprimir aún más al personal, o volver loco a pesos muertos como el mismo Francisco para que al final acabaran cayendo como una fruta podrida.

Se acordó de la pluma y la puso sobre la mesa para observarla. Su hijo. Su casa del pueblo. Esos recursos de su departamento eran padres de familia. Clara tenía un crío de tres años. El argentino se acababa de meter en una hipoteca. Era un chico atolondrado, pero le ponía empeño. Miguel llevaba mal que la empresa la hubieran comprado los americanos, sobre todo el inglés, pero en su puesto era casi imprescindible. Nadie conocía el departamento como él. Habían empezado juntos y ¡coño! ¡Eran amigos! ¿Qué se suponía que tenía que responder ahora? Ahora, cuando tenía que defenderlos, cuando se la jugaban. Levantó la vista, un amago de furia, hacia la directora de Recursos Humanos, pero ella cortó cualquier intento de rebelión levantando las cejas, invitándole expresamente a decir algo al respecto. La lucha de miradas duró el tiempo justo en que el sudor frío subió y bajó por la frente de Francisco y después ella le ofreció una sonrisa satisfecha.

-Bueno, entonces, ¿Cuándo puedo contar tu decisión? Antes de un mes sería perfecto, antes de que empiecen a correr rumores.

¿Rumores? Esos números de Excel no eran rumores. Daban cuenta de las almas y su destino como San Pedro a las puertas del cielo.

Deborah giró la muñeca para mirar discretamente el reloj. Francisco se estremeció. No quedaba tiempo. Sabía lo que pasaría ahora. Deborah se pondría algo más seria y le miraría fijamente a los ojos. Luego haría ese gesto, el de espantar una mosca que se le hubiera posado en la melena rubia y cruzaría los brazos quedando así en una postura incongruente en que los ojos dicen “¿tiene usted alguna otra pregunta?” Y el cuerpo quiere decir “cierre la puerta al salir”.

Francisco se apoyó en los reposabrazos, dándose impulso hacia delante para ayudar a las palabras a abandonar su boca y Deborah lo interpretó como Francisco preparándose para salir, así que se levantó, ofreció su mano y luego abrió la puerta del despacho. Francisco, aturdido, solo pudo observar como sus piernas le llevaban a la puerta y después al ascensor, donde se aflojó la corbata y apoyó la espalda, agotado. Y ahí, al llevarse la mano al pecho para recobrar algo del valor, se dio cuenta de que se había dejado la pluma sobre la mesa de Deborah.

El corazón se le aceleró. Pulsó tres o cuatro veces el botón del último piso hasta que el ascensor reaccionó y empezó a moverse. Se escurrió entré las puertas de metal antes de que se abrieran completamente, llamó a la puerta del despacho de Deborah y respiró profundamente tres o cuatro veces “recojo la pluma y me voy” se dijo para darse fuerzas.

Nada. Nadie contestó. Giró el picaporte, pero la puerta estaba cerrada con llave. A Francisco se le pasó por la cabeza que Deborah había salido volando como una bruja, pero después se acordó de su naturaleza material y volvió la vista hacia el pasillo, donde efectivamente su falda tubo y chaqueta a juego se balanceaban en dirección a la cocina. La moqueta amortiguaba sus tacones y los pasos de Francisco, que en tres grandes zancadas se acercó a menos de dos metros sin que Deborah se diera cuenta de la respiración acelerada del hombre que la seguía por el pasillo.

Francisco extendió la mano para llamar su atención, pero entonces una figura masculina la tomó del brazo y con familiaridad que no dejaba de ser profesional la atrajo hacia sí.

-Deborah, darling, where were you hiding yourself?

Era la inconfundible, imponente figura del presidente, envuelto en un traje a medida, ciego a cualquier humano tres grados por debajo en el organigrama, ligeramente miope hacia los de dos.

Deborah y el presidente se metieron en la cocina y se dirigieron a la máquina de café de la forma más profesional y también más obscena que Francisco hubiera visto. Desde el otro lado de la pared de cristal, Francisco podía ver como ambos se servían un té, como se sentaban a la mesa, como el presidente cruzaba las piernas y sus zapatos relucientes apuntaban hacia la puerta, mostrando, casually, sus calcetines de seda celeste. Deborah sopló la taza con te y Francisco supo que no recuperaría la pluma. No hoy. En la reunión de hoy se había dejado su suerte, su familia, y sobre todo a Miguel y al argentino y a Clara, tirados encima de esa mesa, abiertos en canal para diversión de Deborah. Pero Francisco todavía no había dicho la última palabra. Volvería. En quince días exactamente, volvería a ese despacho y para entonces, sabría lo que tenía que hacer.

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