martes, 30 de marzo de 2010

6

En un bar cerca de la oficina, Francisco acababa de pedir y pagar religiosamente un par de cañas. Clara se había quitado el abrigo y la bufanda y encaramado con dificultad a un taburete de la barra. Clara era una mujer de unos cuarenta, voluminosa y de buen carácter. Todo lo hacía despacio, con mimo. Por eso a veces se quedaba tarde en la oficina, porque el almuerzo era la tarea que con más delicadeza y ternura realizaba y después del café y unos minutitos para reposar la comida no le quedaba tiempo para mucho más.

Francisco le alargó la caña a Clara.
-¡Ay! Lo siento de verdad. Es que no puedo beber alcohol. ¿Me puedes pedir una fanta?
-¿Y eso?
-No sé si debería decírtelo, con los rumores que corren. – Clara sonrió de oreja a oreja, como si los rumores hablaran de aumentos de sueldo, coches de empresa, y viajes con dietas.
Francisco en cambio, puso cara de infinita tristeza. Ya se lo imaginaba. Y estaba claro entonces, que el argentino y Miguel se tenían que ir. ¡Ay! ¡Con qué gusto mandaría a Hugo al paro! Pero eso no podía ser.
-Vaya, enhorabuena, mujer. ¿Y de cuanto?
-De cuatro meses.

Francisco se volvió un momento para pedir una fanta al camarero. Le costaba horrores disimular que se alegraba de la noticia. Aunque cierto es, le ponía las cosas fáciles. En la próxima reunión podía darle a Deborah no uno, sino dos nombres. Dos condenados porque Clara estaba embarazada y a Hugo le sentaba el traje mejor que a ningún otro en el departamento. No era la primera vez que la casualidad le costaba a uno el puesto. Llevaba los años suficientes en la empresa para saber eso. En ese extraño ecosistema las acciones más mínimas, un par de palabras delante de la máquina de café, una frase de más en un informe, desencadenaban efectos mariposa que acaban en amonestaciones, promociones, o un empleado del mes. Recordaba ocasiones en que el color de una corbata o el tiempo en Almería tenían más que ver en un despido que el hecho de partirse los cuernos trabajando.

Cuentan las malas lenguas que el mayo pasado el presidente y tres de sus vices organizaron una reunión con uno de los principales clientes. En Almería. El asistente de dirección, lo preparó todo meses antes: un hotel con encanto, una amplia selección de actividades para quien no le gustara el golf y un catering bien provisto. Y a pesar de tanta previsión llovió. Llovió y el contrato millonario que debía haberse firmado no se firmó. Se lo llevó una empresa china y el inesperado temporal en Almería se llevó por delante diez puestos de trabajo, entre ellos, el del joven y prometedor asistente de dirección.

Y sin embargo, los que conocían toda la historia decían que no se podía echar la culpa a la casualidad, que es caprichosa y este caso concreto bastante ecuánime, puesto que cuando se entrevistó al asistente había otro candidato con idéntico currículo, idéntica experiencia y hasta idéntica altura. Y parece ser que el elemento determinante, el que marcó la diferencia, fue que la corbata del otro candidato era de un desafortunado amarillo chillón. Amarillo como el sol de Almería.

Clara le dio un sorbo a la fanta.
-¿Qué te pasa, hombre? Llevas todo el día con una cara de entierro… ¿Sigues con el rollo del divorcio?
-No, no. Eso ya está firmado cerrado y acabado. Es que… -dudó un segundo si podía confiar en Clara, y luego decidió que era mejor no decir nada de momento- es mala época. La crisis de los huevos. Pero no quiero ni hablar del tema. Que parece que ya no se habla de otra cosa.
-Te entiendo. Es una locura. Mi hermano sin ir más lejos -Clara se pasó el pulgar por el cuello- ¡a la calle! Y encima su piso se lo tengo yo avalado. En la empresa de mi marido, quinientos. Hasta mi cuñada, que es funcionaria está acojonada. ¡Y es funcionaria! Debería pasarse el día en el Corte Inglés, para levantar la economía. En fin… -Clara se levantó también con esfuerzo- Últimamente no hago más que mear.

Francisco se quedó pensando en cómo las casualidades le amargaban a uno la existencia. El efecto mariposa. Un banco quiebra en Estados Unidos, Clara se queda embarazada, y por eso es que el argentino se vuelve a su país. ¿Y cual era la cadena de ridículos sucesos que le había dejado a él soltero? De eso no tenía ni idea, porque su mujer, su exmujer, le había dado la noticia sin más explicaciones. Había dejado de quererle. Y ya. No había plan de rescate o inyección de capital que pudiera cambiar esa situación, y en este punto también estaba de acuerdo el consejero matrimonial. Francisco esperaba que a cien euros la hora hubiera sido capaz de aportar algo más. Francisco esperaba, al parecer, un milagro.

Pero eso no le impedía tener pesadillas en las que aparecían Deborah y el presidente. Si hubiera hecho buen tiempo en Almería, quizá hubieran aceptado antes su petición para contratar un par de personas más en el departamento y él no hubiera tenido que trabajar dieciséis horas al día. Hubiera llegado todos los días a casa a las seis, después de recoger a su hijo del colegio. Habría preparado la cena, habría arreglado el grifo que llevaba goteando seis meses, tendría ya una piscina en la casa del pueblo, y se habría dado cuenta antes de que su mujer le estaba dejando de querer. Que de esas cosas, a un ingeniero, le lleva un tiempo darse cuenta.

Clara volvió, sonriente, y se acomodó una vez más en lo alto del taburete. Francisco sonrió también. En cierto modo le agradaba que Clara fuera a salvarse. Le inspiraba calma. Como si el llevar un niño dentro fuera un amuleto que la pusiera por encima de las casualidades.

1 comentario:

  1. Aunque no tengo una razón concreta, este fragmento me ha gustado especialmente. Es muy natural y familiar, resulta cotidiano o por lo menos más próximo que Hugo, pero claro se nota quién es el ingeniero y quién el manager y uno tiene sus preferencias.

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