miércoles, 12 de mayo de 2010

20

El lunes Francisco amaneció cansado y con ojeras, como si acabara de echarse a dormir. Se levantó, no porque quisiera, sino porque el despertador se lo ordenó, se duchó, se puso los pantalones, y se dio cuenta de que le quedaban algo más anchos de lo normal. Debía haber perdido un par de kilos y era lógico que no tuviera fuerzas para ir a la oficina. Mientras se afeitaba se miró al espejo y vio al tipo de hombre que encaja mejor en la cárcel que dirigiendo un departamento. ¡Es gracioso! Se dijo a sí mismo, en una cárcel seguro que se necesitan más huevos que en una simple oficina.

Como había leído en algún libro de autoayuda probó a sonreírle al espejo, pero los labios estirados hacían su cara aún más patética. Los lunes son terribles, se dijo para disculparse por su mal aspecto. Le hacían buena falta ocho horas de sueño. Ese fin de semana Francisco tampoco había podido pegar ojo. Se despertó cada tres horas, como un niño de pecho, pero sin hambre y sin sed, sólo con una desagradable angustia que se le pegaba al estómago como una úlcera. Soñaba con fantasmas que le tiraban de las mantas y le levantaban los párpados y le soplaban al oído, le hacían cosquillas y le acosaban de mil maneras, y Francisco se despertaba y les pedía perdón, porque los fantasmas por desgracia tenían razón y Francisco no tenía derecho ni a dormir después de lo que había pasado el viernes.

Ese fin de semana era de los que le tocaba tener a su hijo pero ni siquiera los ratos con él habían estado libres de angustia y de fantasmas, más bien el crío era un recordatorio de que ciertas cosas no se le hacen a gente que tiene niños a su cargo. Francisco se repetía que la empresa es así, que todos los días se despide a alguien y los jefes no pierden el sueño por ello, pero al momento se encontraba buscando una absolución. El perdón de su hijo le hubiera confortado, pero el niño era demasiado pequeño para entender, y a Francisco le daba vergüenza explicar. ¿Cómo podía contarle que Clara le avalaba el piso a su hermano? ¿Explicarle que el trabajo de su marido también pendía de un hilo? Imposible. La culpa seguía agujereándole las vísceras y Francisco le pedía perdón a su hijo mil veces. Perdón por no dejarle comer helado antes de cenar, porque la piscina no estaba lista todavía, y porque la gravedad no lo empujaba lo bastante rápido por el tobogán. Y el niño ni entendía ni podía entender, y cuando despertó a Francisco la mañana del domingo, su padre se incorporó sobresaltado, murmuró una disculpa y volvió a cubrirse con la manta.

Así, el lunes Francisco llegó tarde a la oficina. Respiró hondo y se preparó mentalmente para el recibimiento que le tocaría. Seguro que todos estaban en la cocina tomando el primer café de la mañana y Francisco podía imaginar cómo se haría el silencio en cuanto entrara. Las miradas de desprecio y odio. Los saludos fríos, apenas un “nosdías” entre dientes. Francisco se encogió como si la calefacción no funcionara y caminó deprisa hacia su mesa.

Para su sorpresa, el resto del departamento estaba ya allí y parecía llevar una actividad frenética, con todos los teléfonos descolgados a la vez, folios con anotaciones en todas las mesas, el argentino yendo y viniendo de la fotocopiadora y las tazas de café ya mediadas en el escritorio. No era típico de un lunes por la mañana, y Francisco se detuvo un segundo, todavía con el abrigo puesto, en mitad del departamento, bajo un enorme cartel de los de “más y menos”.

Miguel, contra todo pronóstico, le saludó con energía y profesionalidad y Francisco aprovechó para preguntarle qué pasaba.
-Nada. Nada en absoluto. ¿Qué va a pasar? Aquí estamos todos trabajando, como siempre. Clara no está y uno menos se nota. Por cierto, ¿has pensado quién va a llevar sus proyectos? Aquí estamos todos hasta el cuello, pero yo, por el bien del departamento estoy dispuesto a ¿cómo dicen? “walk the extra mile”.
Miguel hablando en inglés. Eso era nuevo. Francisco sonrió.
-Ya sé que tienes a Hugo en mente, pero ya sabes que a mí, con el tiempo que llevó aquí, un proyecto más o uno menos… -Miguel agitó la mano en el aire –Bueno, no te entretengo. Que estamos a tope. ¡A tope, Francisco!
Miguel llamándole Francisco. Eso también sonaba raro. Francisco dejó el abrigo y se sentó en su escritorio. Tamborileó con los dedos en la mesa mientras el ordenador se encendía y aunque su intención era trabajar en firme y solucionar el papeleo que tenía atrasado, a los pocos minutos estaba luchando para mantener los ojos abiertos.

19

Para castigar a Olga por su desplante del viernes, Hugo no la llamó en todo el fin de semana. Había pensado más bien en ignorar sus mensajes desesperados, pero Olga no mandó ninguno. El sábado por la tarde Hugo estaba cabreado, y tuvo que salir para mentirse a sí mismo y decirse que no, que era Olga la que se quedaba en casa sufriendo sin sus atenciones. Sin embargo su escapadita nocturna no hizo sino cabrearle aún más. Con toda la intención, Hugo había vuelto al bar de intelectualillos dónde había conocido a la rubia hacía unas semanas. Buscaba bien que le montara una escena o que se dejara echar un polvo, pero no sucedió ninguna de las dos cosas. Hugo, como era su costumbre, se tomó un gin-tonic apoyado en la barra, constatando con la mirada, que era más alto que la mayoría, y definitivamente más atractivo y elegante. Luego buscó a la rubia sin moverse del sitio y sonrió satisfecho al identificar su cara pecosa y apreciar que llevaba un vestido escotado que dejaba ver el inicio de dos pechos pequeños, libres de sujetador. Estaba a punto de pedir otro gin-tonic y acercarse cuando se dio cuenta de que dos bultos con gafas de pasta negra babeaban alrededor suyo y hacían imposible un ataque directo.

Hugo resopló con disgusto y decidió esperar. Sin nada mejor que hacer, cogió un fanzine gratuito de un montón en la barra y fingió que lo ojeaba mientras observaba desde lejos a la rubia y en particular a los gafapastas. Su ropa retro y sus zapatillas de adidas le estaban molestando profundamente, sobre todo porque los muchachos ya tenían una edad como para cortarse el pelo y buscarse un trabajo decente. Hugo ya conocía como eran los de su especie. Vivían en un barrio mugriento como Malasaña o Lavapiés, iban para músicos o directores de cine mientras los papis les pagaran su broma de carrera de humanidades y cuando se acababa el chollo los más dignos echaban un currículum al Pan’s & Company y los menos vampirizaban a quién fuera para seguir pagándose los rollos de super 8. Y claro, de entre estos los que más le jodían a Hugo eran los que lo lograban. Los que acababan haciéndose famosos y paseando sus adidas y sus cortos de mierda de festival en festival. Él, Hugo, no necesitaba vestirse de mariquita sesentera y fingir que es superguay vivir en un barrio lleno de moros. Si quisiera, él podía ser escritor sin tanta parafernalia. Un escritor con estilo, como monsieur Proust. Un solo párrafo de monsieur Proust tenía más calidad que todo el contenido de esos fanzines gratuítos, todo caca-pedo-culo-pis. Así eran las cosas que Hugo no había escrito, y así Hugo se lamentaba por él, y por monsieur.

Hugo se había acabado el gin-tonic e iba a pagar y retirarse cuando la rubia rebuscó en su bolso, sacó un taco de folios en forma de manuscrito y se lo pasó a un gafapasta pequeño con la cara llena de granos, que a su vez lo metió en su bolso afeminado de plástico chillón. La rubia le sonrió, afirmó con la cabeza varias veces y le dio una palmadita en la espalda. Su amigo brindó en el aire, le sacudió de un lado a otro y le revolvió el pelo. Los tres parecían felices o drogados y a Hugo la escena le pareció repugnante. Más repugnante que imaginárselos a todos en plena orgía, y eso era repugnante. Lo que quisiera que estuviera pasando en esa esquina contradecía las leyes de la evolución natural y literaria y si monsieur levantara la cabeza compartiría las nauseas de Hugo.

La copa se le subió de golpe a la cabeza y la necesidad de hacer algo, lo que fuera, le llevó a plantarse en dicha esquina y sonreírle a la rubia hasta que a la mujer no le quedo más remedio que admitir su presencia. Lo hizo con un movimiento ambiguo de la mano derecha, y Hugo se lo tomó como una invitación para acercarse. Después todo fue un derroche de creatividad por su parte. Empezó señalando al enano del bolso chillón

-¿Te follas a la rubia?- El enano respondió con una risita.
La chica, con mucha naturalidad les presentó.
-Arturo, escritor. Hugo, jefe de nosequé
-Y yo soy Aldo. Encantado- completó el otro elemento.
-Escritor, ¿eh? Follarás mucho- Dijo Hugo
-¡Qué obsesión tiene tu amigo!- rió el tal Arturo. Hugo lo miró muy serio. Siendo escritor se follaba. Era un hecho demostrable. Por eso, y aunque dado su atractivo natural no lo necesitaba, Hugo fingía tener una novela acabada en el cajón cuando quería darle la puntilla a una conquista. Así había acabado en la cama de la rubia.

Hugo continuó hablándole al del bolso de plástico
-A ver si me explico. A mí, lo que me interesa es si follas más señoras diciendo que eres escritor o más señores tratando de que te publiquen- Arturo dejó de reír y levantó una ceja, pero no le contestó. La rubia se volvió hacia el enano.
-Tiene algo en común contigo, le apasiona Murakami. ¿Verdad Hugo?
-Sí, desde luego, me fascina que cualquiera pueda llamarse escritor hoy en día
-Ah, pero es que Arturo ha publicado –continuó la rubia dándole un toquecito en el hombro a Arturo
-Bueno, todavía no ¿eh? Pero casi- Se sonrojó él
-¿Y a quién se ha follado para publicar?- Hugo le guiño un ojo a la rubia
-A mi no me miréis, yo no le he ayudado- intervino Aldo con una sonrisa traviesa
-¡Pues claro que sí!- contestó Arturo. Hugo miró a uno y después al otro con cara de asco. -¿Qué bebéis?

Hugo pidió cuatro copas y propuso un brindis por el éxito de Murakami. Después continuó.
-Estoy celoso, cariño. Yo también te he follado y a mi no me publicas nada-. Ella mantuvo la compostura y la sonrisa. Hugo se preguntó si todavía tendría alguna oportunidad. Luego rectificó y se preguntó si le daría una oportunidad cuando ella se echara en sus brazos, cosa que necesariamente tenía que pasar. Lo cierto era que le estaba costando mantener esa saludable confianza en sí mismo. Aunque fingía no haberla leído siquiera, no olvidaba la dedicatoria en el libro de Murakami. Y la dedicatoria le había molestado y le seguía molestando: “Para el hombre que no dejó de hablar de su novela, de la mujer que podría habérsela publicado”. Hugo había creído en su momento que no era más que una fanfarronada, pero ese manuscrito cambiando de manos hacía que le costara mantener la agradable sensación de ser el más alto y el más guapo del bar.

Hugo meditaba sobre esta cuestión, sorprendido porque una chica como esa pudiera hacer tambalear su confianza, cuando un golpe de agua fría le despertó. La rubia se había tropezado y su copa de ron con cola había acabado en la cara de Hugo. Le miró y se echó a reír.

-Ay, lo siento muchísimo Hugo. ¡Qué tonta!- La rubia cogió una servilleta y se la pasó torpemente a Hugo mientras se retorcía en una risa escandalosa. Los otros se rieron también. –Vaya, ha sido sin querer pero tenías que haberte visto la cara- Hugo seguía muy serio, saboreando sin querer el líquido oscuro y pegajoso que sólo gente sin gusto podía encontrar agradable.

Los tres siguieron riéndose sin poder parar. Incluso otra gente del bar se contagió y sonrió o rió abiertamente mirando a Hugo cubierto de ron con cola. La rubia se volvió hacia los otros -¿Habéis visto? ¡Qué bueno! - y Hugo aprovechó ese momento para, con un movimiento certero de muñeca, tirarle su gin-tonic a la cara.

-Esta camisa vale más que tú.-dijo muy serio
Para su sorpresa, la rubia volvió a reírse, aún más escandalosamente mientras escurría el vestido. Los gafapastas se tiraron las copas el uno al otro, para después abrazarse obscenamente y partirse de risa. Y Hugo sintió que todos eran idiotas y él estaba muy sólo en el mundo.

Cuando salió del bar nadie se dio por enterado. Pensó en cómo a la rubia se le transparentaban los pezones y que el hecho de que no le apeteciera quedarse a disfrutarlos iba contra natura, pero la tela fría y pegajosa bajo el abrigo le recordó que estaba cabreado. Muy cabreado. Sacó el móvil de empresa e hizo una llamada a la policía municipal para advertirles de que en cierto bar, cierto grupo de tres se dedicaban a molestar a gente de bien y además debían de ir drogados.

18

Tenía que hacerse y se hizo. Francisco Macho despidió a Clara. No lo hizo sin embargo porque tuviera que hacerse. Tampoco lo hizo por acortar la agonía de Clara o de él mismo, ni porque fuera justo, que no lo era, ni porque fuera lo mejor para la empresa, ni porque estuviera escrito en la hoja de Excel con las previsiones para el año que viene, ni porque fuera viernes. Francisco Macho despidió a Clara porque no le quedó otra.

Zarandeado por la casualidad, Francisco sentía que le habían atracado y le habían dejado tirado en una cuneta, sin más opción que andar o quedarse parado, pero como el que acaba de ver su casa arruinada por una riada, se refugiaba en lo poco que le han dejado, en una mesa que se ha salvado flotando, en un cuadro de familia sin apenas daños, y en el peor de los casos, en la seguridad de que el sol brilla cada día. Así, aunque a Francisco le habían robado casi todas sus opciones, algo le quedaba. El sol y el cielo azul que por la noche se llena de estrellas. El poder decirse a sí mismo “ahora voy al baño” y “ahora, en esta hora concreta, no la despido” y “ahora tampoco”. Y así, en “ahora no la despido” y “ahora tampoco” había pasado Francisco el día hasta que las circunstancias le registraron los bolsillos, y el fondo de la chaqueta, y le quitaron esa última moneda de la suerte que Francisco tenía escondida.

-¡No me lo puedo creer! No-me-lo-pue-do-cre-er.
Clara se levantó de su mesa y a Francisco se le erizaron los pelos de los brazos. Hubiera querido esconderse debajo del escritorio, quizá ir al baño, pero ya no tenía esa opción. No tenía otra opción que quedarse sentado, esperar los interminables segundos que Clara tardó en dar los cinco pasos que separaban a Francisco de las circunstancias y enfrentarse con lo que quisiera que el destino tenía preparado para él.

-¿Otra amonestación? Te pedí permiso, Francisco. Te lo pregunté y me dijiste que me tomara el tiempo que necesitara. Y aun así he venido lo más pronto que he podido, pensando que no quería ponerte en un compromiso. ¡Ja! No, si la culpa la tengo yo por no habértelo pedido la mañana por escrito, pero ¿cómo me iba a esperar esto?
Clara se mordió los labios. Se había acercado tanto a Francisco que éste había dejado de respirar y se estaba mareando. Y aún se acercó unos centímetros más. También ella respiraba como si le costara. Inspiró y expiró dos o tres veces y apoyó las manos sobre el escritorio de Francisco.

-Dime una cosa, ¿cómo se puede ser tan hijo de puta?
En todos los años que habían trabajado juntos, Francisco jamás le había oído una palabrota a Clara. La frase le sonó desentrenada, como el que la dice en un idioma que no es el suyo. Miguel y el argentino también habían oído la improbable palabra y les miraban ahora sin molestarse en disimular su curiosidad. Hugo, por suerte, acababa de salir. Debían haber interrumpido su concentración.
Francisco se llevó la mano al pecho, dónde no tenía la pluma y no dijo nada, lo que exasperó aún más a Clara.

-¡Venga, di algo! ¡Échales la culpa a los de arriba, como siempre! ¡Sé sincero por una vez! Todo esto es para que me vaya por mi propio pie ¿no? ¡Pues lo llevas claro! Vas a tener que echarme. ¡Faltaría más!

-Clara, yo… - la culpa no es mía, iba a decir Francisco, pero se atragantó y apretó los párpados, esperando que Clara le leyera la mente y le diera una bofetada. Francisco pensó en qué haría un jefe de verdad, uno que fuera digno del nombre, ¿qué haría Deborah? Francisco repasó mentalmente sus conversaciones con ella.

-Es parte de la estrategia de la empresa para el año que viene – dijo Francisco, y Clara abrió mucho los ojos

-¿La estrategia de la empresa es hacerme la vida imposible? – Se cruzó de brazos para escuchar la aclaración

-El departamento ha estado funcionando con dos recursos menos, y con el panorama económico mundial todos tenemos que hacer sacrificios

-Pero ¿se puede saber de qué estás hablando? –Clara estaba perdiendo la paciencia.
Francisco tragó saliva. Miguel se había levantado de su mesa y acercado a ellos para escuchar mejor. Cruzado de brazos, y con el ceño fruncido, ladeaba la cabeza en un gesto de desaprobación.

-Mira, Clara, las normas están para cumplirlas. Lo siento mucho, pero no puedo hacer nada por ti. Lo mejor es que subas a Recursos Humanos para…
-¿Me estás despidiendo?

Miguel intervino
-Oye, Paco, ¿sabes que está embarazada?
Clara se volvió hacia él con un sollozo –Sí lo sabe, sí. Bien me arrepiento de habérselo dicho

-Pero bueno, ¡Esto es una sinvergoncería! –dijo Miguel, levantando la voz
Francisco apeló a Clara.

-¿No prefieres hablar de esto en una sala de reuniones?
Pero Clara se había puesto a llorar y no tenía pinta de escucharle –Ay que ver…- dijo Miguel, acariciando el hombro de Clara- Has perdido el norte, Paco. Has perdido el norte, y el sur y el todo. ¿Pero qué te está pasando por la cabeza? Te buscas una denuncia. Sí sí, una denuncia. Y ya veremos qué dice Recursos Humanos cuando se entere. –En ese instante, ante la mención de Recursos Humanos, Francisco sonrió. Por una milésima de segundo. Una sonrisa irónica que no quería significar ningún tipo de alegría o que encontrara alguna diversión en todo aquello. Ni siquiera le apetecía sonreír, pero lo hizo, y Clara y Miguel no podrían jurarlo sobre la Biblia, pero estaban casi casi seguros de que eso era lo que acababa de suceder. Clara abrió la boca y Miguel dio un puñetazo sobre la mesa de Francisco. -¡Pero bueno!- repitió. Y Clara –No me lo puedo creer.

Miguel le amenazó hasta tres veces con la denuncia que le iba a caer, a él personalmente, a Francisco, y cada vez que lo hacía, cada vez que Miguel levantaba la voz y llamaba desgraciado y sinvergüenza a su jefe, les miraban desde otros departamentos y Miguel les devolvía la mirada, orgulloso y Clara sollozaba otra vez en el hombro de Miguel, y a Francisco se le tensaba el cuello. Tenía razón. Podía casi leer la denuncia y veía claramente como progresaba el juicio, y cómo lo perdía todo, y cómo no podía pagar la pensión de su hijo y acababa durmiendo entre cartones contando a quién quisiera oírle que una vez fue jefe de departamento y tuvo una casa con piscina y lo perdió todo sin saber muy bien porqué. Porque sería a él, a Francisco personalmente, a quién dejarían en pelotas (palabras de Miguel). No se imaginaba a quién si no. No se le puede embargar el sueldo a la casualidad.

17

La relación de Olga con Hugo era extraña. Había algo de parásito en ella, pero no estaba claro quien era el piojo de quién. Hugo no se dejaba mangonear así por un bicho con falda desde primaria. Pensando en ella se cabreaba como si le hubiera contagiado la malaria y de repente le subiera la fiebre, pero al rato ya estaba mandándole un sms para tomar un café. Olga le había dicho que parecía maricón y si no le hubiera cogido por sorpresa se hubiera ganado un sopapo, pero ahora, en lugar de darle el sopapo atrasado, Hugo se esforzaba como un gallo adolescente en demostrarle lo macho que era, en darle a entender que no había nada que esa mujer deseara tanto como meter a un servidor en su cama. ¿Y ella? Olga balanceaba su culo indiferente y volvía a ponerle enfermo. ¡Ni siquiera era un culo bonito!

Hugo pensaba en esto la mañana del viernes, mientras ponía en orden sus archivadores y de vez en cuando golpeaba con saña una de las carpetas. A Hugo le gustaban más jovencitas. Sin malicia. Sin ese arsenal de trucos rastreros que acumulaban las mujeres a partir de los treinta. Olga era más mayor que él. Seguro. Y además las sudacas y las divorciadas envejecen mal en todos los sentidos. Se vuelven redondas y amargas, como ciruelas pasas.

Los viernes apenas se organizaban reuniones. Apenas se hacía nada en realidad. Sus compañeros de departamento bostezaban mientras releían el periódico por Internet, Francisco seguía tenso y con cara de obstrucción intestinal y Hugo se había puesto a organizar carpetas porque empezaba a hacer fresco y no le apetecía salir de la oficina. Hugo era un chico pulcro y ordenado. Le gustaba mantener el escritorio limpio de trastos inútiles. Limpio de todo, en realidad. El ordenador y el teléfono a un lado y la agenda, un bote con bolígrafos y una grapadora al otro. Hugo nunca tenía papeles en la mesa. No estaba permitido dejar a la vista documentos de naturaleza confidencial, y él prefería dar la impresión de que todo lo que pasaba por sus manos era de tal naturaleza. Además, él no necesitaba imprimir cosas. ¿Para qué? Hugo no había nacido para revisar documentos e ir a las reuniones con papeles bajo el brazo. Él era el tipo de persona destinada a recibir de mano de su secretaria simpáticas carpetitas de colores con el resumen de lo que quisiera que necesitara su experta opinión.

Hugo volvió a pensar en Olga. Otro ataque de fiebre. Lo peor es que se estaba empezando a poner nervioso y no sabía muy bien la razón. Probablemente la incertidumbre, el no saber si Olga era fruta prohibida o no. Si algo estaba claro, por otra parte, es que le estaba mangoneando. Hugo se lo repitió a sí mismo y cerró el archivador con rabia. Luego lo colocó en una de las dos estanterías que le correspondían a su mesa, se concentró en un nombre para la etiqueta, se decidió por “knowledge sharing” y sonrió al darse cuenta de que podría dedicárselo a Olga. En un gesto romántico, imprimió y archivó en él el ideario de Atención al Cliente. Luego bautizó al resto de archivadores. Algunos tendrían nombres más o menos crípticos “personal development”, “strategic initiatives” y en otros escribió el nombre de los proyectos en que supuestamente trabajaba. Algunos los llenó de revistas viejas y papeles que alguien en algún momento quiso que leyera o que había encontrado en la fotocopiadora y otros los dejó vacíos.

Hugo volvió a mirar a sus colegas. La gorda, que había llegado tarde y vestida de mercadillo caro, era la única que fingía trabajar, y la única de momento que no tenía ninguna razón para hacerlo. Un rayo de sol perdido se había colado por la ventana y amenazaba con desmayar al sudaca, que ya mantenía la cabeza en precario equilibrio sobre sus hombros, a un centímetro de la siesta. Hugo cogió otros dos archivadores y escribió con cuidada caligrafía los nombres de cuatro o cinco proyectos que sus colegas tenían asignados. Luego se rió bajito. Colocó los archivadores en la estantería, bien visibles y sacudió la cabeza.

Hugo acabó con los archivadores, volvió a mirar la pantalla del ordenador en busca de algún correo atrasado y bostezó sin querer. ¡Ay, la pereza! No, ciertamente no tenía ninguna gana de salir por el garaje a la cafetería así que mandó un correo a Olga para que se tomara un café con él en la cocina de la planta de algún departamento neutral.

“Guapa. Me aburro. Rescátame”
Releyó el correo de cuatro palabras y le pareció simplón. No era digno de él. Lo reescribió.

“Mi querida virgen de las atenciones telefónicas, el aburrimiento me persigue agitando su rosario de deditos de funcionarios. Rescátame”
Releyó el correo y le pareció genial. No era digno de Olga. Lo envió.
La respuesta, escueta, pronto tintineó en su pantalla

“No puedo. Final de mes”
Hugo leyó el correo de una línea y le volvió a subir la fiebre. ¿Le acababa de rechazar? Sí, sí. Le había rechazado. ¿Quién se creía que era? ¿Qué tonterías decía? ¿Era posible? Le había rechazado. Así, sin explicaciones, como lo haría él con cualquiera que le invitara a una reunión antes de las once de la mañana. Hugo se despejó en un instante y le escribió otra vez.

“Me da igual que tengas la regla, guapa. Te estoy invitando a un café, no a follar”
Esta vez la respuesta tardó un poco más. Hugo se balanceó en la silla con los brazos cruzados y resoplando, en una lucha de miradas con el monitor de diecinueve pulgadas.

“No puedo. Estoy liada. Si te aburres, puedes echarte una siesta en la sala de oración. Planta baja, detrás de recepción”
“¿Vienes conmigo?”
“Acabas de decir que no quieres follar…”

Hugo resopló y golpeó la mesa con el ratón. El sudaca se despertó, dio un respingo, y se puso a teclear. Hugo escribía en su cabeza un correo genial que le hiciera ver a Olga de una vez por todas con qué clase de material estaba jugando. Pero en ese momento la gorda se puso a berrear e interrumpió sus pensamientos. Hugo se levantó con un ¡joder! y bajo las escaleras para encerrarse en la sala de oración.

martes, 30 de marzo de 2010

16

Francisco no tenía fuerzas ni ganas de discutir con Hugo. Mientras no tuviera quejas de él, prefería ignorarle y sentía cierto alivio esos días en que Hugo no pisaba el departamento, porque cuando lo hacía, Francisco no sabía ni que decirle. Cuando él empezó en la empresa, Hugo debía tener todavía acné, pero aún así, daba la impresión de conocer mejor su oficio que el propio Francisco, al que le costaba coger el ritmo cada vez que se cambiaban los procesos, las normativas, las plantillas, y hasta el logo de la empresa, y añoraba los tiempos en que trabajar sólo consistía en hacer tu trabajo.

En esos momentos Francisco no estaba de humor para admirar la capacidad de Hugo de recordar de cuantos días disponía el departamento para elaborar una respuesta a una petición en caso de que fuera rutinaria o en caso de que fuera urgente. Francisco tenía que solucionar lo de Clara, y había decidido enfrentarse a Deborah por ella. Quizá no fuera capaz de dar marcha atrás a su despido, ¿quién era él para torcer los planes a la casualidad? Pero al menos debía tener derecho a exigir una jugada limpia. Un despido justo, con su indemnización, finiquito y carta de recomendación. Si había que portarse como un hijo de puta, él al menos sería un hijo de puta decente.

Dejó pasar varias horas, porque tenía la esperanza secreta de que Deborah ya se hubiera ido, pero para su desgracia, Deborah seguía en su despacho a las siete de la tarde, con la puerta entreabierta y la luz cálida de un flexo, extrañamente accesible. Francisco carraspeó y golpeó la puerta tímidamente, ella hizo un gesto con la cabeza, y Francisco entró en el despachó, cerró la puerta, y rápidamente se sentó en la silla habitual. Deborah no se molestó en guardar los papeles esta vez, pero cruzó las manos sobre la mesa y sonrió brevemente.

-¿Qué pasa, Francisco? What’s the matter?
-Clara ha recibido una amonestación.

Deborah esperó sin mover un pelo a que Francisco continuara. Francisco podía notar el cuello en tensión, como cada vez que hablaba con ella, como si las pupilas de esa señora le paralizasen. Tras dos segundos de lucha de miradas se dio por vencido y arrancó a hablar, atropellándose con las palabras y dejándose llevar por lo que sentía.

-Y eso no me gusta. No me gusta nada. No son formas dignas de una empresa importante. Si hay que despedir a alguien, bien. Se despide. Pero bien. Las cosas hay que hacerlas bien. Sabiendo estar. Con elegancia. Sin trucos rastreros que al final sólo nos van a ahorrar dos duros.

Deborah levantó las cejas, sorprendida. Francisco cayó en la cuenta de que acababa de llamar rastrera a la Directora de Recursos Humanos y se aflojó el nudo de la corbata, como si le dificultara la tarea de tragar saliva.

-Quiero decir, que me gustaría llevar este tema… con más consideración por las circunstancias de la interesada.

Deborah descruzó las manos y se echó hacia atrás inspirando hondo. Se arregló un mechón del pelo y frunció los labios antes de inclinarse de nuevo hacia delante y responder.

-Me sorprendes, Francisco. -Deborah insistía en repetir su nombre, con ese horrible acento británico “Fransiscou”- Me sorprendes y me decepcionas. Una de mis prioridades como Directora de Recursos Humanos siempre ha sido la percepción del departamento. He trabajado mucho para que los “managers” como tú se den cuenta de que Recursos Humanos está a vuestro servicio. Para libraros de quebraderos de cabeza y hacer vuestra vida más fácil.

Francisco no tenía ni idea de a dónde quería llegar Deborah, pero el sudor le estaba empezando a resbalar por la espalda hasta la rabadilla. Cada vez que ella le apuntaba con su uña recortada y lacada, Francisco se sentía como si le hubiera pillado metiéndole la mano debajo de la falda.

-¿No te das cuenta? ¡Te estoy salvando de futuras denuncias!
-Pero ¿porqué iba a denunciarme Clara?

Deborah se rió casi en silencio y, quizá consciente de la inocencia de su interlocutor, se relajó otra vez en la silla

-Hay gente que se deja aconsejar mal. Los abogados son una peste.
-¿Y no tendremos menos denuncias si la despedimos con una indemnización, como debe ser?

Deborah elevó el tono de voz y las manos al cielo
-¡Pero Francisco! ¿Por quién me tomas? ¡Claro que vamos a darle una indemnización! ¡Qué clase de empresa seríamos si no! Pero dos amonestaciones te cubren las espaldas. Ella sabe que si falta a las normas, legalmente podemos despedirla sin más, pero esta empresa es tan decente –Deborah levantó la uña- ¡tan considerada! Que le ofrece una indemnización aunque, como ella bien sabe, no la merece
Deborah ladeó la cabeza y sonrió. Era una sonrisa que en otras circunstancias se hubiera podido considerar cálida, pero, quizá por la luz del flexo, a Francisco le pareció que se le escapaba una pizca de maldad por las comisuras de los labios. Era algo casi invisible, imaginaciones de Francisco, que según Deborah, no sólo era un machista, sino también un malpensado.

Lo que de verdad le parecía fruto de su imaginación era que había sido su decisión el echar a Clara. Así parecía ser, así pensaría cualquiera que les escuchara a Deborah y a él, y aunque en otro momento Francisco se hubiera alegrado de ser él el orgulloso padre de una decisión empresarial, en este caso concreto, cuando llevaba días amparándose en la casualidad y en su poder para evitarse el mal trago que le hacía pasar el tener que despedir a nadie, descubrir que podía tomar decisiones solamente le hacía sentir un ser aún más miserable.

-Francisco… -Deborah le gastaba el nombre como si fuera un crío con problemas de atención – lo mejor será que acabes con esto cuanto antes.

Ahora le miraba con los labios fruncidos y cara de pena. Cómo si le diera un consejo de madrastra. Francisco inclinó la cabeza, murmuró un “gracias” y salió de la habitación. En cierto modo la reunión podía considerarse un éxito. Clara tendría su indemnización, su finiquito, su carta de recomendación… Francisco bajó a su departamento, recogió las cosas, se puso el abrigo con un suspiro y apagó el halógeno, el último de toda la planta. En el edificio de enfrente apenas quedaban luces encendidas. Todo el mundo debía estar tomándose unas copas, cenando en casa, yendo al cine, disfrutando de la familia… ignorando que Francisco, y quizá un ser como Francisco en el edificio de enfrente, iban a pasar la noche a solas con su culpa y su merluza congelada.

15

”La gorda ha caído”, pensó Hugo con cierta admiración hacia Francisco. No se imaginaba que su jefe tuviera huevos para despedirla, pero su intuición le aseguraba que eso era exactamente lo que acababa de hacer Francisco en la cocina, y la intuición de Hugo estaba tan pulida como sus zapatos. El jefe que no sabe qué hacer ni que decir, la empleada con cara de síndrome premenstrual, el silencio incómodo… Sí, una había caído por fin y eso había que celebrarlo. No es que Hugo se alegrara de que hubiera sido precisamente la gorda, a él le daba igual que se fuera ella o cualquiera de los otros dos. Lo importante es acababan de echar a alguien y ese alguien no era él. Todo estaba siguiendo un guión perfecto en el que él era el protagonista, el elegido. Todo podía hundirse a sus pies o a su alrededor, y a él no se le arrugaba el cuello de la camisa. Tan pronto como Francisco reuniera suficiente testosterona como para encararse con uno de los otros, todo acabaría y Hugo podría disfrutar de su final feliz, de sus horas de trabajo tranquilitas, pensando en argumentos de novelas que podría escribir en cualquier momento, hasta que alguien de las alturas reconociera su talento y le llamara para disfrutar del olimpo de BMWs y despachos con puerta.

El despido de la gorda le acababa de traer a la cabeza a su chica favorita de Recursos Humanos. Debían quedarle dos días justos en ese sitio y convenía hacerle una visita.

Hugo bajó silbando al primer piso. Se dio un repaso en el espejo del ascensor y se encaminó al escritorio de la chica de los ojos rojos, que a esas alturas no tenía en las paredes más que el celo de las fotos que una vez habían estado allí.

-Hola guapísima, ¿Nos vamos a un sitio más privado tú y yo?
La chica sonrió al ver a Hugo.
-Si necesitas hacer algún papeleo, es casi mejor que hables con cualquier otra. Mañana es mi último día

Hugo no tuvo que hacer muchos esfuerzos para fingir cara de pena. Durante un par de semanas, la chica había sido su ángel de la burocracia. Había firmado y procesado sus irracionales gastos de viaje, sus imaginarias cenas con clientes y sus ridículas peticiones de material de oficina, incluida una agenda de tapas de cuero, parecida a las reservadas a jefes de departamento, pero sin logo de empresa. Hugo conocía pero que muy bien cómo y cuanto podía sobrepasarse sin que las facturas llegaran jamás a alguien del departamento de finanzas, o peor, a la directora de Recursos Humanos. Por ejemplo, Hugo no podía pedir una agenda de cuero de las pocas decenas reservadas para jefes, eso lo hubiera tenido que firmar Francisco, pero sí podía seleccionar material fuera del catálogo de empresa hasta cierto límite mensual. Todo en esa empresa era cuestión de límites, y Hugo consideraba un derecho y una obligación el gastarse hasta el último euro por debajo de esos límites, al igual que tenía que gastar hasta el último día de asuntos propios antes de que acabara el año, incluso si el único asunto que tuviera que solucionar fuera el de estrenar una bata de andar por casa.

-Es que las demás no me consienten como tú - Hugo se sentó en su escritorio y le guiñó un ojo.
La chica se rió y jugueteó con el celo huérfano de postal.
-Bueno, va, dime ¿qué puedo hacer por ti?

Hugo sonrió y se aseguró de que sus últimas facturas estaban firmadas y procesadas. La chica le dijo que sólo quedaba de procesar la del teléfono, porque la parte de datos era algo exagerada, pero accedió a hacer la vista gorda cuando Hugo volvió a repetir su mantra favorito “¿tienes miedo a que te despidan?” Ella se rió otra vez y archivó el papel en una carpeta de la que, Hugo tenía la impresión, jamás volvería a ver la luz del día. Él le dio una palmadita en el hombro, como se le da a un perro que ha recogido una pelota, y se arrepintió cuando ella le miró extrañada por el gesto. Hugo lo compensó dejando la mano un segundo más de lo necesario en el hombro y deslizándola por el brazo, convirtiendo el gesto grosero en una caricia que la sonrojó.

Cuando Hugo alzó la vista se encontró con la mirada censora de otra de las chicas de Recursos Humanos. Una maruja con blusa cerrada hasta el último botón, probablemente solterona, amargada y meapilas. Le guiñó un ojo también a ella, que escondió la cabeza entre sus papeles con una mueca de desaprobación.

Las chicas de Recursos Humanos eran seres previsibles y por tanto manipulables. En el fondo se morían por algo que les sacara de la vida de quasifuncionariado de la que no podían escapar. Cada una de ellas despreciaba a las otras por ser aburridas, sosas y paletas. Cada una de ellas se creía especial, estilosa y hasta feminista, y cada una de ellas acababa aceptando resignada que el momento de excitación salvaje que podían recordar fue esa vez que se les retrasó la regla. Y a ese mundo de mediocridad bajaba Hugo, para rescatarlas y hacerlas creer que ellas también podían ser sus niñas malas. ¡Normal que comieran de la palma de su mano! Seguro que cada vez que la chica de los ojos rojos archivaba una factura de Hugo, mojaba un poco las bragas.

Hugo aseguró a la chica que algún día irían a por una copa, se despidió, y se hizo con la revista de Recursos Humanos antes de salir. Nadie leía esa revista. Pero deberían. Allí podía enterarse uno de todas las cosas que la empresa ofrecía en secreto a sus empleados. Para las payasadas con comida gratis, llámese fiesta de Navidad, o el “family day” empapelaban el edificio con carteles e inundaban los ordenadores con emails, pero poca gente sabía que la empresa ofertaba desde una selección de regalos de Navidad “para clientes” hasta intercambios con los Estados Unidos e incluso un master de empresa gratuito para tres empleados seleccionados. De vez en cuando también había cosas para los críos, y concursos chorra de fotografía o innovación, pero éstos, había que saber cuando evitarlos, porque no era extraño que te hiciesen pagar los impuestos del premio. En este número en concreto, la empresa ofertaba tres meses gratis de seguro médico en una clínica privada, y aunque Hugo gozaba de excelente salud y un cuerpo envidiable, pensó que podía aprovechar el podólogo gratis y bajó de nuevo para pedirle a la meapilas que se lo gestionara.

Al final tanto papeleo lo dejó agotado, y apenas llegó a su mesa se puso a recoger las cosas. Francisco levantó la cabeza para mirarle. Era la mirada del jefe que sabe que el empleado no ha pasado ni un minuto en su puesto de trabajo.

Hugo pasó por delante de él para recoger el abrigo e hizo un comentario sobre la burocracia terrible de la gran empresa que le había tenido en Recursos Humanos toda la tarde. “Tendré que acabar las cosas esta noche”, añadió chasqueando la lengua “ya me dirás como podemos compensar las horas extras”.

14

Hacía un par de horas que Francisco había vuelto de su reunión con Deborah cuando Clara se acercó a su mesa. Miró a un lado y al otro, como si lo que le tuviera que decir fuera algo incómodo y Francisco la imitó sin saber porqué.

-¿Tienes un minuto?
-Sí, claro- respondió Francisco
-Preferiría que fuera en privado

Francisco siguió a Clara a las salas de reuniones, y cómo no encontraron ninguna libre, se sentaron en la mesa de la cocina, enfrente de un café de máquina y unas cuantas galletas. Francisco no solía tomar dulces, pero a partir del viernes ya no habría y de repente Francisco observaba las galletas industriales a granel con que la empresa les agasajaba con cierta nostalgia.

Clara cruzó los brazos y los descruzó sin saber muy bien por donde empezar. Francisco estaba angustiado. Ni siquiera había tenido tiempo para poner en orden sus pensamientos. Por otra parte, si él no había tenido tiempo ni para pensar, por descontado Deborah no había tenido tiempo de hacer nada. Además, era costumbre en esa empresa que los despidos se comunicaran en persona. En todo caso no era una situación agradable para él. No se sentía como un jefe que atiende a las inquietudes de un empleado, sino como un traidor que se acuesta con la novia de su amigo y luego escucha sus problemas de pareja. Si por él fuera se habría tomado el día libre por enfermedad. Quizá todo el mes.

-Me acaba de llegar un mail de Recursos Humanos
A Francisco se le atragantó la galleta. Deborah. ¿Lo tendría todo preparado, quizás? ¿O es que de verdad podía leer el pensamiento de sus empleados? Quizá no había que recurrir a lo sobrenatural, pensó inmediatamente. Con la de recortes de personal que se preveían ese fin de año, Era probable que Recursos Humanos tuviera una plantilla para estas cosas en la que sólo hiciera falta cortar y pegar el nombre del condenado. En cualquier caso, Deborah siempre estaba un paso por delante de él y Francisco sólo pensaba en cómo iniciar una torpe disculpa cuando Clara continuó.

-Es una amonestación formal. ¡Por la ropa!
Francisco siguió escuchando. Su cara de sorpresa parecía sorprender a su vez a Clara, que sin duda alguna había estado ensayando ese discurso y ahora no podía improvisar otro.
-Mira, Francisco, yo entiendo que alguna vez quizá haya incumplido el dress-code. Que por otra parte ¡vaya normas! Me recuerdan al colegio de monjas, midiendo los centímetros de falda y de pendientes. No me quejo ¿eh? Qué entiendo que son normas que tienen su razón de ser, para que la gente esté presentable. Y ahí está la cosa. ¿A ti te parece que visto mal? ¿Qué no voy presentable? Ya sé que la norma dice que hay que llevar chaqueta de traje, pero yo he visto mucha gente aquí que también lleva rebecas de lana. Por no hablar de alguna de Operaciones, con el pelo verde y pitillos. Pero bueno, Francisco, a lo que voy. Que no es cuestión de la ropa siquiera, que lo que me fastidia es la falta de confianza. Porque yo esperaba que en el momento que tuvieras un problema conmigo vendrías a hablarlo ¿no? Que has ido a quejarte a Recursos Humanos así directamente. Imagínate. A mí esto me ha pillado de sorpresa. No me lo esperaba de ti.

Clara le miró a los ojos exigiendo una respuesta. Clara se merecía una respuesta. La enternecedora candidez de Clara debía ser honrada con una respuesta, pero Francisco no podía dársela. Clara ni siquiera parecía sospechar lo obvio, que tales amonestaciones no son otra cosa que una excusa para despedir a un empleado sin indemnización. ¿Quién no incumplía las normas? Ni siquiera él, el jefe que tenía que dar buen ejemplo, estaba libre de pecado.

El libro que recogía todas las normas a las que un empleado debía ceñirse pesaba entre medio y un kilo. No era un libro propiamente dicho, sino un archivador de los medianos que todos encontraban ya en su mesa al incorporarse a la empresa. El capítulo de vestuario describía cada prenda, su largura, los materiales a elegir, y añadía un par de párrafos sobre el cabello, las uñas y la higiene corporal. Lo que podía resumirse en “ir con traje y aseadito” se describía en el libro con párrafos como “…en caso de optar por la falda, esta deberá combinar con la chaqueta y tener una largura de no más de cinco centímetros por encima de la rodilla. Es conveniente hacerse con un segundo par de pantalones o falda, puesto que tienen a sufrir más por el uso que la chaqueta. Deberán evitarse los colores y estampados llamativos, en particular el naranja u rojo, al ser los colores corporativos de la competencia. Así mismo, es recomendable evitar flecos, tachuelas y otros adornos especialmente susceptibles al gusto o la opinión personal…”.

Peor aún, ni todas las explicaciones del mundo podrían evitar que ciertos empleados, especialmente los del departamento de ingeniería, siguiesen cada una de las instrucciones y aún así parecieran recién salidos de una institución para enfermos mentales. Así, la normativa era en realidad un práctico comodín para Recursos Humanos, que en caso de necesitarlo por una u otra razón podría acusar a cada uno de los empleados de incumplir las reglas de vestuario. Bueno, a todos menos a Hugo.
Francisco miró a Clara. Estaba nerviosa y movía los pies constantemente. Hubiera querido cogerle la mano, pero se hubiera sentido como un cerdo. En lugar de eso, le dio un sorbo al café para aclararse la garganta y enlazó tres o cuatro frases incoherentes sobre los tiempos difíciles. Clara arrugó las cejas y le miró con incredulidad. Ella debía darse cuenta de que Francisco tampoco lo estaba pasando bien en esa situación, pero no podía distinguir si la incomodidad de Francisco se debía a que se sentía mal por la amonestación o por tener que discutirla con ella. En cualquier caso debió concluir que aquella conversación unidireccional no le llevaba a ninguna parte.

-Bueno, Francisco. Es igual. Lo que te quería decir es que si tienes algún otro problema conmigo me lo vengas a decir. Que llevamos años trabajando juntos, yo creo que hay confianza, ¿no? Mañana vendré vestida como para una boda -sonrió- Por cierto, llegaré un poco tarde, que tengo consulta con el médico. Dime por favor si hay algún problema y lo cancelo, que tal y como están las cosas, no quiero echar más leña al fuego.

Francisco asintió con la cabeza. Por descontado. No tenía ningún sentido el pedirle a Clara que hiciera sacrificios por la empresa. De hecho, Clara viniendo al trabajo en traje de chaqueta era como el condenado a muerte que se pone a dieta para bajar unos kilitos.

-Oye, tómate el tiempo que necesites. Ya te cubro yo en lo que haga falta. Y perdona por lo de la amonestación. Si te sirve de algo, te juro que yo no he tenido nada que ver.

Por primera vez Clara esbozó una sonrisa. -¡Ya me imaginaba yo!- Cogió una galleta de las que no había tocado hasta entonces, y se la metió en la boca. En ese momento Hugo entró en la cocina a por un vaso de agua. Miró a Francisco y a Clara y les saludó con una inclinación de cabeza a la que ellos respondieron con otra igual. Por unos pocos segundos sólo se oyó el sonido del agua. Cuando el vaso estuvo lleno, Hugo cerró el grifo, se acercó a la mesa dónde estaban sentados sus colegas, cogió una de las galletas y se apoyó en la encimera como diciendo ¿qué os contáis? Tras unos instantes incómodos Hugo dijo a Clara “bonita chaqueta” y ella le respondió con un “gracias” tan seco que Francisco se vio obligado a tragar saliva. Hugo dio un mordisco a la galleta y con un gesto de disgusto arrojó el resto a la basura. Bebió el agua del vaso, dijo “hasta luego” y salió sonriendo.

Francisco suspiró.
-No me cae bien ese chico – dijo Clara
-A mí tampoco- respondió bajito Francisco

13

Hugo, por su parte, había estado muy ocupado. Dos mil kilómetros es una distancia nada despreciable y tuvo que conducir varias horas cada día para conseguir completarlos. Básicamente no había vuelto a caminar desde que Olga le dijo cómo se iba a decidir qué coches de empresa suprimir. En lugar de hacer la compra, como solía, en el Mercadona de su barrio, decidió que era el momento perfecto para probar algo nuevo y condujo a una tienda gourmet del extrarradio para hacerse con unos cornichons en vinagre de vino blanco, o lo que es lo mismo, unos pepinillos gabachos, y un queso de gorgonzola que finalmente no le gustó demasiado. También aprovechó para echar un vistazo al Ikea, aunque salió enseguida sin comprar más que una manta, porque si hay algo que soportaba peor que los críos correteando entre las lámparas eran las mamás gritándoles entre las estanterías. Disfrutó mucho más, sin duda alguna, en una inesperada tienda factory dónde tenían camisas de seda y pañuelos de cachemir a precios ridículos. Por último, y para compensar tanta inactividad, se apuntó a un gimnasio que contaba con piscina, sauna, pijas haciendo pilates, y plaza de garaje.

Pero no todo iba a ser hedonismo y disfrute para Hugo. Seguía algo inquieto a causa de la crisis en la empresa, que le forzaba a ser más avispado que nunca. Así, le pareció que sería una buena inversión posponer su intención de tomarse un cochinillo bien regado con Ribera en Segovia y en lugar de eso, invitar a Olga a una comida campestre para estrenar la manta de cuadros de Ikea. No se equivocó al sacrificar el lechón. Olga estuvo encantada de poder mostrarle a Hugo su buena mano para la tortilla, de descalzarse y retorcerse en la manta (sólo a ella se le podía ocurrir llevarse minifalda y botas de tacón al campo) y de emborracharse con vino peleón y así, le premió con la lista de jefes que estaban destinados a elegir entre el despido o el retiro voluntario y cuya amistad era conveniente evitar.

Hugo le correspondió con un tonteo adolescente de tirarle miguitas de pan en el escote y darle gajos de mandarina con los dedos. Aunque estaba convencido de que podía pasar a mayores en el momento que quisiera, una pregunta le torturaba ¿Cómo lo hacía? ¿A quién se tiraba? No era esta una cuestión sin importancia, ni lo de Hugo simple curiosidad. En otro momento le hubiera parecido irrelevante saber si otro macho le inseminaba los lunes por la noche o las fiestas de guardar, pero en estos tiempos revueltos, toda la información del mundo no le salvaría si resultaba que sin querer estaba metiendo la mano en el cajón de juguetes del presidente.

De excursión en excursión, los días se le pasaron en nada, y cuando se quiso dar cuenta era final de mes y le quedaban sólo cincuenta kilómetros para llegar a los dos mil. Calculó que un viaje al almacén del aeropuerto le bastaría, y aunque aburrido por la perspectiva de una visita que no le agradaba, pensó que podría ser conveniente hacerse con pruebas que justificaran al menos un viaje de trabajo y se decidió por pasarse la mañana del jueves haciendo una visita a las mazmorras de la multinacional.
El almacén era posiblemente el lugar más insulso de toda la empresa. Hombres de mediana edad vestidos con mono de trabajo llevaban cajas de aquí para allá, conducían maquinaria pesada, engrasaban tuercas de vez en cuando y en general hacían algo que podía definirse como trabajar en el sentido más literal del término.

A los jefes les encantaba pasear a los nuevos empleados por el almacén. ¡Sin ellos, nosotros no tendríamos trabajo! ¡Admiren el corazón de la empresa! ¡Un mágico lugar lleno de Oompa Lompas no cualificados! A Hugo le parecía más bien un recordatorio de lo que les pasa a los malos empleados que no saben combinar corbatas. Cuando miraba (desde una distancia prudencial para no mancharse) a esa tribu de mileuristas maduritos, les veía transmutarse en colombianos y senegaleses ilegales y no podía evitar sonreír pensando en el dinero que se podía ahorrar. Era una ironía deliciosa el cartel de “Mas Y Menos” colgado en la recepción del edificio. Más Congoleños, Menos Seguridad Social. Hugo se rió de su ocurrencia.

El segurata de la entrada llamó al encargado del almacén para que bajara a acreditar a Hugo. Éste tuvo que esperar casi diez minutos a que el encargado, un cincuentón rechoncho que despedía un sutil olor a cebolla, se dignase a bajar y encontrarse con él, cosa que, evidentemente, le estaba sacando de quicio. Sin embargo, cuando por fin apareció, Hugo sonrió y alargó la mano en un gesto tan hipócrita como maquinal. El encargado ignoró la mano, ignoró la acreditación que el guardia de seguridad le tendía para firmar y simplemente espetó.

-Hugo, ¿no? ¿Qué quieres?
-Buenas. Estoy interesado en los procesos de calidad y me gustaría ver cómo se implementan aquí, en primera línea.
El encargado le miró a los ojos. La mirada de un hombre con callos en las manos que no se andaba por las ramas.
-No tengo tiempo para esas gilipolleces. –El encargado se dio la vuelta, ante la sorpresa de Hugo, que nunca había visto a nadie rebelarse ante el conjuro mágico que invocaba el mentar los procesos de calidad. Pero reaccionó rápidamente.
-Puede que usted y yo lo veamos como una gilipollez, pero hay cierto vicepresidente que no lo ve del mismo modo
-Entonces dile a tu vicepresidente que aquí se siguen los procesos de calidad como el catecismo

Hugo no tenía otro objetivo de la visita que el de acumular kilómetros con el coche, pero el encargado revoltoso le estaba empezando a tocar ese nervio que gestiona el ego. El encargado se había cruzado de brazos y le miraba desafiante, como un macho defendiendo la entrada a su guarida.

-Le diré lo que usted me ha dicho palabra por palabra. Aunque me parece que este vicepresidente no es católico. Nunca le he visto mantener a la gente en su puesto por pura misericordia cristiana.

El encargado se rió con la boca ligeramente torcida. Sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y de ésta extrajo una tarjeta de visita.
-Si esas tenemos, no te olvides de hablar también con este señor. Es el que firma mis nóminas. –le dio la tarjeta a Hugo y una palmadita como de complicidad en la espalda antes de saludar con una inclinación de cabeza al guardia de seguridad y volver por donde había venido. Hugo miró el nombre de la tarjeta por pura inercia y tuvo que sonreír también. Ese nombre estaba en la lista negra que le había sacado a Olga entre tortilla y tintorro. Hugo selló el ticket de aparcamiento y volvió al coche con cierta envidia. Tener un jefe en estado terminal era patente de corso y bula y permiso y licencia para hacer lo que a uno le viniera en gana. Ladeó la cabeza, tsk, tsk, tsk. A él también le gustaría.

12

Los días fueron pasando uno detrás de otro con la cualidad de la calma que no hace sino anunciar la tormenta. Esa era la sensación con la que llegaba cada día Francisco al trabajo, y a juzgar por las caras de sus subordinados, todos compartían el mismo pensamiento, todos participaban en un curioso ejercicio de telepatía en el que no hacía falta sino una caída de hombros para dar a entender que cuanto más durase el silencio, el cielo despejado, el bochorno y la tranquilidad, más cruel sería el vendaval que tenía que destruirlo todo.

Y es que nada había sucedido desde la charla del presidente. Nada. El final de un día había traído otro y así había pasado más de una semana, hasta que una mañana, Francisco se dio cuenta de que era jueves y una angustia nueva le agarró por el cuello.

Esa mañana Francisco dejó el abrigo y miró extrañado a su alrededor. No había nadie sentado en las mesas de su departamento. Tampoco en los de otros departamentos que se sentaban cerca de ellos en el espacio abierto. Echó un vistazo al reloj, para comprobar, como ya sabía, que no había llegado por error a las cinco de la mañana. Francisco volvió sobre sus pasos y se dirigió a la cocina donde decenas de personas se apiñaban enfrente de un cartel blanco en el frigorífico, al lado de la máquina de café: “Más Y Menos”. Los comentarios eran los previsibles “Bueno, ya cayó el zumo. Se veía venir” “No nos quitarán el café también, ¿no?” “No mujer, ¿quién iba a trabajar si nos quitan las drogas? Jeje” “Le he preguntado al chico que ha puesto el cartel. No tenía ni idea” “A ver qué pasa ahora” “A mí el diseño del cartel me parece un poco pobre” “Yo sin café es que no soy persona” “Y parece que lo han impreso en un garaje. La calidad es terrible” “A mi lo que me jode es que no han avisado” “Si, hombre, para darte tiempo a robar las galletas, ¿eh?” “Pues yo me voy a ir robando el café, por si acaso” “Paco, ¿a ti te han dicho algo?”

El nudo en la garganta no le dejaba expresarse con claridad así que Francisco negó con la cabeza y volvió rápidamente a su mesa. Allí encendió el ordenador para comprobar con un amago de sofoco, que el recordatorio de la reunión bimensual con Recursos Humanos no se había volatilizado.

A las once menos tres minutos, Francisco se llevó la mano al pecho, tomó el cuaderno de notas y un bolígrafo sin poderes mágicos y se dirigió con un suspiro hacia el ascensor. Pulsó el botón del último piso, se escurrió entre las puertas metálicas, echó una meada rápida, miró el reloj y caminó rapidito al despacho de Deborah, que ya le esperaba con la puerta entreabierta.

-¡Francisco! Come in, come in, please – Dijo Deborah, invitándole a su guarida con un gesto de la mano.

Francisco atravesó la habitación con pasos largos y se sentó en la silla enfrente de Deborah mientras ella guardaba en un cajón el ya consabido montoncito de folios y cruzaba las manos sobre la mesa. La directora de Recursos Humanos tenía un aspecto inmejorable, como si se hubiera hecho una limpieza de cutis para celebrar los despidos. Por otra parte, Francisco sospechaba que si sus primas dependían del dinero que le ahorrase a la empresa, pronto podría pagarse un barril de botox.
Francisco apartó de su cabeza esas ideas, que podían costarle el trabajo si Deborah era capaz de leer la mente y barrió la mesa con la mirada, buscando su estilográfica perdida, hasta que Deborah rompió el silencio.

-Bueno. ¿Tenemos una decisión?
Francisco había estado pensando en lo que respondería a esta pregunta durante dos semanas y todavía no tenía una respuesta. Mejor dicho, no había más respuesta posible que la que tenía. Quizá contagiado por el espíritu despreocupado de Miguel y el argentino, se había pasado la quincena esperando un milagro, y ahora que el dios de las multinacionales no había escuchado sus súplicas, se negaba a ofrecerle el sacrificio humano que le pedían.

-Sí, bueno… no… es que hay un cambio. No contábamos con que…– balbuceó Francisco.
Deborah se inclinó sobre la mesa y frunció las cejas. Francisco tragó saliva y continuó.
-Es que Clara está embarazada
Deborah no movió un músculo. Francisco pensaba deprisa y las ganas de decir algo le llevaron por caminos inesperados.
-He estado pensando. Lo más lógico es que en menos de un año se coja una baja de varios meses, y claro… en ese caso quizá no tenga mucho sentido despedir a…
Deborah no le dejó terminar. Antes de que Francisco acabara de pronunciar la palabra “nadie”, ella se echó hacia atrás en la silla y levantó las manos en el aire.
-¡Acabáramos! Francisco, hombre, no pasa nada, por dios. Estamos en el siglo veintiuno. Lo que cuenta es cumplir los objetivos. Entiendo tu reparo, pero no tienes que preocuparte. Desde luego, en esto tienes todo mi apoyo. ¿Cuándo puedo comunicárselo?
-¿Comunicar el qué?
-¡El despido, hombre! No pensarás hacerlo por carta.

Deborah jugueteó con las uñas en la mesa. Estaba empezando a ponerse nerviosa, y Francisco sentía que lo liaba todo más con cada frase. Tragó saliva, puso en orden sus pensamientos y miró a Deborah a los ojos.

-Yo quería decir que no podemos despedir a Clara.
Deborah golpeó brevemente con un puño en la mesa -¡Cómo que no! ¿Es que acaso tenemos que darle un trato especial por ser mujer o estar embarazada? No te tomaba por un machista, Francisco. Como jefe de departamento, tu labor implica tomar a veces decisiones difíciles, y la empresa espera que seas capaz de tomar esas decisiones basándote en criterios objetivos y sin dejarte llevar por el sexo del empleado o cualquier otra característica accidental. ¿Estamos?

Francisco no estaba. Hacía tiempo que asistía a la reunión desde fuera de su cuerpo. Le habían abandonado las fuerzas y todos los poderes sobrenaturales y se frotó las manos para recordarse que todavía era capaz de controlar su cuerpo mortal. Deborah se había quedado en silencio, mirándole fijamente y Francisco hacía esfuerzos inhumanos para poner juntas todas las palabras que se le venían a la cabeza, pensando si convenía insistir en su postura y ser tildado de machista u ofrecer otra víctima a Deborah cuando comenzó a sonar “Don’t Go Breaking My Heart” en el móvil de la directora, que sin mirar siquiera a Francisco empezó a rebuscarlo en los cajones.

Deborah esbozó una sonrisa al mirar la pantallita del blackberry y arreglándose los puños de la camisa dijo.
-Me vas a tener que perdonar pero no me queda más remedio que ir concluyendo esta reunión.
Francisco mientras tanto había visto un objeto dorado y alargado en el fondo del cajón que Deborah había abierto y como por encanto pareció recobrar el ánimo
-Bien. Mejor acabamos de hablar de esto el próximo día.
-¡Ah, no, no! De ninguna manera. La parte más difícil, que es tomar la decisión, ya la has hecho. El resto puedes dejárselo a Recursos Humanos. Tú vete pensando en el segundo recurso. –Deborah cerró el cajón de golpe, se levantó con el móvil en la mano, le dio la otra a Francisco y lo sacó del despacho con la fuerza de su indiferencia. Una fuerza como un vendaval de casualidad que se llevó a Francisco por los aires y lo dejó caer tres pisos más abajo, despeinado y con el estómago en la campanilla.

11

Después de la reunión Hugo estaba cansado y había decidido tomarse una tarde relajada y fingir que tenía otras reuniones hasta las seis. Si alguien quería comprobarlo ahí estaba su calendario-agenda, lleno de encuentros imaginarios que le llevó al menos veinte minutos inventar. Porque él era un artista. No se limitaba a escribir “cita con Fulano” “reunión con Mengano”. Hugo creaba agendas de reunión y las traducía al inglés, con sus bullet points y sus negritas y cursivas. Escribía los temas que según él necesitaban ser discutidos en la empresa y creaba con deleite absoluto párrafos enteros que no querían decir absolutamente nada. Ahora mismo, a las dos, tenía una reunión con un “target group” de Atención al Cliente para hacer un “brainstorming” del cual conseguir “proactively” una serie de “initiatives of common interest” para ambos “departments”.

“Proactive” era una palabra maravillosa que habían traído los yanquis. Por iniciativa propia, podría traducirse, y era algo así como una bula empresarial. Por iniciativa propia podía uno reunirse con un vicepresidente, preparar un informe de calidad, sugerir cambios en el programa de contabilidad o faltar a una reunión para tocarse los huevos. Hugo se definía a sí mismo como una persona muy “proactiva”.

Y no faltaba del todo a la verdad, Hugo, con su proactividad y con su reunión de las dos. Olga le había prometido que si le acompañaba a probarse unos zapatos, le contaría lo que sabía que estaba planeado para bajar los costes. De esa reunión, seguro, el departamento de Hugo, o al menos parte de él, iba a beneficiarse.

Cuando Hugo salió por el garaje, Olga ya estaba esperándole en la entrada, acabándose un cigarrillo. Le pidió un segundo y se retocó el rojo de labios con un espejito de mano. Hugo, que había dejado el abrigo en la oficina, estaba empezando a quedarse frío y miró con envidia el chaquetón de Olga.

-¿No vas a volver a la oficina?
-¡Uy, no! A las tres ya no merece la pena- Olga debió darse cuenta de que el pobre hombre tiritaba, guardó el espejito y, como una pareja de toda la vida, se colgó de su brazo camino del centro comercial.

Una vez allí Olga se probó no uno, sino decenas de pares en varias zapaterías distintas, impasible ante el gesto de disgusto con el que Hugo arrugaba la nariz cada vez que ella elegía tachuelas, sandalias de tacón, o lo que fuera lo más vulgar del estante. De vez en cuando le pedía a Hugo (y no al dependiente) un treinta y seis o unos igual o parecidos en gris, y justo cuando Hugo estaba a punto de volverse por donde había venido y quizá trabajar un poco, Olga le ofrecía ese caramelito, esa cucharadita de información que le hacía a Hugo sonreír, y sugerir esas francesitas en un color más discreto.

-No nos engañemos. Lo principal son los despidos, y lo demás es para hacer ver a la gente que se está haciendo un esfuerzo precisamente para evitar despidos. La prueba está en que los recortes de personal ya están decididos y para lo demás se ha creado un proyecto. ¿Te gustan? No sé. A mí no me acaban de convencer. ¿Te importa preguntar si los tienen con la punta redonda? En el proyecto ese, trabaja una amiga mía, por cierto, que es la que me ha contado todo. Una loca, si le hacen caso a ella vamos a acabar pagando la electricidad nosotros.

Hugo llamó por enésima vez al dependiente y cogió el zapato que Olga le tendía. Olga jugueteaba con los pies descalzos en la alfombra.

-Para empezar cambian la empresa de limpieza por otra más barata. Y también reducen los turnos de los seguratas. O sea, que mejor que cierres los cajones con llave por la noche.

Hugo no tenía alergia al polvo, y tampoco pensaba entrar a robar a la empresa. ¿Por quién le tomaba? Olga se calzó los zapatos de charol azul, y se levantó para mirarse en el espejo.

-¿Me sujetas el bolso? La señora que riega las plantas también se va, así que prepárate para ver engendros de plástico. Hablando de engendros, los regalos de Navidad se sustituyen por trabajos manuales- Se volvió para mirarle y mirarse por detrás- ¡Qué tonto eres, por Dios, no te rías!
Olga le dio un toquecito en broma con un zapato y Hugo estuvo tentado de darle a ella en broma con toda la palma.

-Nos quitan los zumos y galletitas de la cocina, las subscripciones a revistas técnicas y los vuelos en business. Por descontado se bajan los límites de llamadas personales, cursos, y viajes al extranjero. ¡Ah! Por cierto…
Olga se sentó otra vez, sonrió coqueta y sacudió la melena. Hugo podía sentir que lo bueno venía ahora. Que todo lo que le había contado sólo eran los preliminares. Estaba tan excitado que se acercó sin quererlo a Olga, y cuando ella levantó el pie, se agachó y le calzó unos botines con plataforma como lo haría un príncipe encantado.

-Los coches de empresa con menos de dos mil kilómetros al mes se suprimen
Olga le guiñó el ojo y se ajustó el sujetador. Le deseaba. Hugo lo sabía y ahora tenía la prueba. Olga le deseaba y jugaba con él como una perra. En ese momento Hugo le hubiera dado un beso en la boca. Mejor, desde donde estaba, con una rodilla en tierra, le hubiera bajado las bragas. Pero se controló, y lo único que hizo, según se levantaba, fue parar un segundo para olerle el pelo.

A eso de las tres de la tarde, la muy pesada se decidió por un modelo en negro brillante con casi diez centímetros de tacón que a Hugo le pareció no desentonaría en los pies de una drag queen, le pidió prestados diez euros para no tener que pagar con tarjeta y anunció que iba siendo hora de irse a su casa.

-Por cierto. Tu departamento no ha cambiado de nombre ¿no?
-No. ¿Por qué?
-Ya te contaré, que se me hace tarde.

Olga le dio dos castos besos en las mejillas y Hugo los acompañó de una caricia en la cintura. Le hubiera dado de azotes en ese culo enorme hasta soltara como una piñata todo lo que sabía, pero se controló, la dejó ir, y helado de frío volvió a su puesto de trabajo.

10

Francisco estaba agotado hasta querer hacer suyos cada uno de los matices de la palabra, consumido como si vampiros, sanguijuelas, chupacabras y hasta liendres hubieran quedado para cenar en su casa. Francisco soñaba despierto con dormir, no podía soportar el peso de la corbata y ni siquiera tenía su estilográfica para darse fuerzas. El fin de semana debía haber sido algo muy diferente. Le tocaba tener al niño e iba a llevarlo a la casa del pueblo. Se moría por ver la cara de su hijo cuando supiera la sorpresa que le estaba preparando su padre para el verano. Quería preguntarle dónde le gustaría poner la piscina, y si la quería con azulejos azules o con el fondo liso. Hacía dos semanas que no le veía y le angustiaba la idea de que hubiera crecido en ese tiempo. Los niños cambian mucho a esa edad, pensaba, y no podía evitar sentirse culpable por perderse esos cambios, aunque no fuera culpa suya.

Ahora Francisco se sentía agotado, consumido y además culpable porque lo de este fin de semana sí había sido culpa suya. En teoría podía haber dicho que no. Nada en su contrato le obligaba a conducir dos horas en su coche particular hasta el almacén del aeropuerto para ayudar a resolver la cagada del grupo de Releases. ¡Con su coche particular! Hay que decir que Francisco llevaba meses esperando a que la empresa hiciera el pedido del tipo de coche que le correspondía por su categoría y Recursos Humanos se negaba a darle otro mientras tanto, un Renault normalito, del tipo que conducía Hugo, por ejemplo.

Ni siquiera se trataba de uno de sus proyectos, sino de uno de Hugo, pero, como el encargado del almacén le había recordado, uno: Francisco era el responsable último del departamento, dos: para responder en este tipo de situaciones cobraba más primas que los demás, tres: se sobreentiende que un jefe debe ser el primero en hacer lo que se debe aunque no esté escrito en el contrato y es precisamente así como lo verían sus jefes a la hora de depurar responsabilidades y cuarto y último: si no le echaba una mano en esta, él se tomaría como un reto personal el hacerle la vida imposible a Francisco y a todos y cada uno de sus empleados.

Pensando en cómo le desagradaba el aliento a cebolla del encargado del almacén mientras le leía la cartilla, el sábado a primera hora Francisco condujo hasta el aeropuerto, ayudó en lo que pudo hasta las dos de la mañana, durmió en el sofá de una de las oficinas del almacén hasta que le despertó el ruido de los aviones a las seis y siguió trabajando revisando pedidos, archivando facturas, corrigiendo etiquetas… tareas que eran imprescindibles pero nada tenían que ver con su puesto, hasta que en la noche del domingo al lunes por fin uno de los ingenieros descubrió que alguien había escrito una coma donde debía haber un punto y coma y todo pareció resolverse.

Francisco escuchó la charla del presidente como si fuera parte de un sueño. Su cabeza ponía el acompañamiento a las palabras, creando imágenes que invadían la sala y le hacían cuestionarse su salud mental. Cuando el presidente dijo “va a haber cambios” Francisco vio como un tornado tiraba la puerta y entraba en la sala haciendo estragos entre la audiencia. Se llevó por delante bolsos y zapatos de mujer, levantó a los hombres tirándoles de la corbata, golpeó y tumbó las butacas y no dejó nada ni nadie en pie hasta que llegó al estrado y se extinguió quedando sólo una brisa que despeinó un poco al presidente. Pero la pesadilla que luego le acompañaría todo el día llegó cuando el presidente comenzó a hablar del coche de Hamilton. Tan pronto como se le invocó, el bólido comenzó a rugir en el estrado. Era un coche potente, un líder de su clase, sin duda, pero no lo suficientemente grande como para transportar a todos los presentes. Francisco miró a la audiencia y se dio cuenta de que todos eran conejos. Él también era un conejo. Todos conejitos asustados con los ojos rojos bien abiertos, plantados en mitad de la carretera, cegados por las luces del coche de Hamilton. Estaban paralizados, pero daba igual que se movieran a la derecha o a la izquierda, en apenas un segundo todos serían aplastados.

Cuando el móvil de Francisco sonó, dejó de ver conejos y salió temiéndose que tendría que volver al aeropuerto. Gracias al cielo no era eso, sino el encargado del almacén que le daba las gracias por su ayuda el fin de semana y le pedía de paso si podía echarle un vistazo al informe de la incidencia. Francisco suspiró y dijo que sí, claro, ¡qué podía hacer si no! Por lo menos el encargado le agradecía la ayuda y aunque seguía enfadado consigo mismo por no haber visto a su hijo ese fin de semana, sintió una pizca de satisfacción por el trabajo bien hecho.

En esas estaba cuando se acercó Miguel, que acababa de salir de la reunión, a comentar los pormenores de ésta.
-Bueno, ¿qué? – dijo sencillamente. Francisco se encogió de hombros y Miguel continuó.
-Venga Paquito, dime que te ha parecido
-Que parece ser que tienen un plan
-Pfffff. Tú estabas dormido, ¿verdad? Que plan ni que… son una panda de sinvergüenzas y esa reunión ha sido una sinvergonzada.
Miguel elevó la voz y Francisco miró instintivamente alrededor. No convenía en esos momentos el llamar la atención.
-Shhhh – Trató de calmarle Francisco, pero sólo pareció darle alas
-Si dejaran de gastarse el dinero en aviones privados y putas, ya verías como ahorrábamos, ¡pero de verdad! Sinvergüenzas…
-Aquí nadie tiene aviones privados – contestó Francisco en un susurro
-Y en cenas. Qué estos yanquis le han cogido el gusto al jamón de bellota. Esta crisis de mentira es una excusa para seguir dándonos por el culo pero de verdad, y encima obligarnos a poner la cama.
Francisco le cogió del brazo y le miró suplicante, con la intención de calmarlo. Miguel se zafó y continuó un poco más bajo.
-Tú, Paquito, es que eres un blando, pero ya sabes que yo no tengo ningún problema en decirles lo que pienso a la cara. No sería la primera vez.

No, no sería la primera vez. En su condición de empleado casi imprescindible, Miguel siempre decía lo que le venía a la cabeza. Una vez había entrado en el despacho del presidente y le había dicho que el nuevo logotipo de la empresa era una mierda y que si le dejaran instalarse photoshop, él mismo podría hacer algo mejor en cinco minutos. Satisfecho de haber compartido su opinión, salió del despacho no sin antes decirle al presidente que podía encontrarle en su mesa si quería discutir el tema. Por supuesto que el presidente no tenía ni idea de quién era Miguel o dónde estaba su mesa. Si fuera de otro modo, Miguel la hubiera encontrado vacía al volver.
Miguel se sentó en su silla con los brazos cruzados, como un niño castigado, y Francisco bostezó. ¡Lo que daría por poder dormir! Pero cada vez que daba una cabezada le despertaba el coche de Hamilton a punto de pasarle por encima.

9

Hugo pasó un fin de semana sin mujeres, solo con la trilogía de El Padrino y Maniobras Indiscretas. Cuatro clásicos que se había descargado con la tarjeta telefónica de la empresa. Llegó el lunes relajado y con su mejor corbata, y diez minutos antes de las nueve, entró en la sala grande de conferencias, que era básicamente un salón de actos y se sentó en el centro de la tercera fila, justo dónde los ojos del presidente tenían necesariamente que caer mientras hablara a todos los empleados de las nuevas iniciativas de la empresa para afrontar la crisis.

A las nueve la sala estaba a rebosar de caras somnolientas, caras preocupadas, y caras que estaban allí porque la reunión era obligatoria. A las nueve y cinco la encargada de comunicaciones presentó al presidente y Hugo fue el primero en romper a aplaudir. A las nueve y seis el presidente saludó, hizo un chiste, y después se puso serio para expresar la gravedad de la situación. A las nueve y cuarto, Francisco entró en la sala de conferencias y el presidente le miró molesto mientras se disculpaba por apartarles a todos de sus puestos de trabajo.

Hugo miró a Francisco y sacudió la cabeza. Durante el fin de semana habían tenido una emergencia y seguro que su jefe se había pasado hasta esa misma mañana resolviendo el problema. Alguien había intentado contactar también con Hugo, pero mientras a Hugo no se le pagara por horas extras, Hugo no tenía problema alguno en ignorar esos molestos recados. Además Hugo tenía claro lo que le hace a uno ascender en una empresa, y que no era fruto de la casualidad, sino de poner en orden tus prioridades. Que el presidente se quedase con tu corbata tenía una prioridad altísima.

Hugo admiraba al presidente. No como admiraba a monsieur Proust, por supuesto, pero más de lo que admiraba a cualquiera de esos escritores contemporáneos que se turnan para llevarse el premio Planeta. El traje a medida, el corte de pelo, los dientes blanqueados, el detalle de los calcetines de seda… todas esas cosas que casi ninguno de los curritos allí presentes tenía la capacidad de apreciar, pero que absorbían hipnotizados, preguntándose qué contenía esa aura que despedía ese hombre, qué le hacía tan atractivo, tan buen comunicador, tan alto... Solo Hugo sabía qué era lo que tenía ese hombre, y sabía cuanto costaba y si no podía ser escritor, a Hugo no le importaría nada aceptar el premio de consolación y convertirse en el próximo ocupante de un despacho en el último piso.

-Vamos a tener que afrontar algunos cambios. Mi equipo y yo hemos estado trabajando en una estrategia que va a hacernos más fuertes. Algunos de vosotros ya habéis notado las iniciativas que hemos puesto en marcha. Estas iniciativas están diseñadas para impulsar la nueva estrategia y mantener nuestro liderazgo en el sector. Ese es nuestro objetivo último, seguir siendo los líderes para que cuando el mercado se recupere seamos nosotros los que pongamos las normas del juego. ¿Sabéis porque Hamilton prefiere correr cuando llueve? No es porque sea más rápido con la pista mojada ¡es porque en las peores condiciones es más rápido que los demás! ¡Es ahí dónde les saca la ventaja más grande!

Hugo miró embelesado el modo en que el presidente impulsaba con el brazo sus palabras, hasta casi saltar de emoción. Esos miles de euros en cursos para hablar en público estaban pero que muy bien invertidos.

-Si vamos a tener éxito o no, si vamos a ganar esta batalla, depende sólo de vosotros. De este equipo -el presidente señaló con el dedo al auditorio e hizo una pausa dramática. Y voy a ser muy sincero. Vamos a tener que hacer sacrificios. Todos. Pero quiero deciros que estáis en el sitio correcto. Si alguien tiene lo que hace falta para salir fortalecido de esta crisis, somos nosotros. Y vamos a demostrarlo. Si hace sol, y mucho más si llueve. Vamos a ser como Hamilton.
A Hugo le pareció indicado aplaudir en este preciso instante, que no pudo ser más correcto, puesto que justo entonces, el presidente pasó a presentar la estrategia en sí.

Con un gesto de su mano, la encargada de comunicaciones desplegó un cartel de varios metros en el que se podía leer “Más o Menos”. La “o” había sido tachada y encima de ella habían escrito una “Y” en rojo brillante, así que la lectura en realidad era “Más Y Menos”. Y debajo de esta frase, en un color diferente, otras dos palabras “ventas – costes”, con lo que todo en su conjunto quería expresar la necesidad de “Más ventas Y Menos costes”, que era en teoría el secreto que tenía que situar a la empresa en el puesto líder entre las de su clase. Completaba el cartel una gráfica donde se podía observar cómo las ventas subían y los costes de producción bajaban hasta el punto donde los señores accionistas podían vender la empresa a los chinos y comprarse un palacio coquetón.

Hugo pensó ¡bravo! ¡Bravísimo! Y disimuló una risita iniciando otro aplauso. Además de un gusto exquisito, ese hombre tenía las pelotas de acero. Eso era en lo que su equipo y él habían estado trabajando los últimos meses a razón de cientos de euros la hora. Más bien, se imaginaba Hugo, eso era lo que un consultor con un sueldo ridículo había dibujado durante una cena de tres ceros después de un par de copas. Hugo quería ser ese consultor. Quería estar en esa cena. Quería dirigir un equipo de consultores que se pasaran meses haciendo ridículas entrevistas a los jefes de departamento, bebiendo café gratis y usando la conexión a Internet de la empresa, reciclando papeles inservibles en varias carpetas gordotas para después pasar una factura igualmente absurda por la conclusión de lógica aplastante que Hugo dibujaría triunfalmente en una servilleta justo después de acabarse el paté du canard. Esa servilleta no sería “En busca del tiempo perdido”, de acuerdo, pero a razón de euros por palabra la servilleta era mucho más valiosa.

El presidente continuó enumerando entusiasmado los puntos que seguían lógicamente de la premisa enunciada en el cartel, o en la servilleta durante la cena de tres ceros, pero Hugo ya no estaba tan interesado. Cierto, seguía fascinado por el modo en que el presidente deducía conclusiones hechas de aire que no admitían réplica alguna, pero el contenido le daba exactamente igual. Hugo no formaba parte del departamento de ventas, con lo que a la primera mitad de la estrategia Hugo no podía contribuir, y la segunda le hacía reír bajito. Sí, seguro que les hacían pagar por el café y empezaban a comprar papel higiénico de una sola capa, pero Hugo de todos modos prefería cagar en su casa.

Justo en el momento en que el presidente hacía una pausa, un móvil sonó alto y claro en la sala de conferencias. Hugo giró la cabeza y alcanzó a ver cómo Francisco salía apurado y casi tropezándose con las sillas. Hugo sacudió otra vez la cabeza. Tsk, tsk, tsk. Eso es justamente lo que pasa cuando aceptas ayudar a un grupo de inútiles. Es cuestión de tiempo que acaben pidiéndote el bazo y parte del hígado. Los inútiles nunca tienen bastante.

8

Francisco se masajeó el cuello. Siempre que estaba estresado lo pagaban las cervicales. Y el matrimonio. El matrimonio también lo pagaba. El trabajo se le estaba acumulando y era el cuello el que se lo recordaba. Pero no podía dejar de mirar al argentino y a Miguel. Llevaban toda la mañana gastándose bromas y riéndose como colegialas, y Francisco mirándoles hipnotizado, sin poder responder a los emails que se le iban acumulando. Sin escuchar el teléfono. Parecían dos lechoncitos camino del matadero, y eso que Miguel no era precisamente un chiquillo.

Alguien le trajo un documento a Francisco para revisar y firmar. Normalmente lo hubiera hecho enseguida, pero en esta ocasión lo dejó en una esquina de la mesa y siguió hipnotizado con el argentino y Miguel. Como si no les fuera a ver más. Como si no les quedara por lo menos dos jueves.

Era injusto, una injusticia de la que no eran conscientes el argentino y Miguel cuando se reían en alto de algún video de youtube, pero la injusticia, esa injusticia arbitraria y casual no era nueva para ellos. El argentino llevaba cinco años en la empresa y cobraba lo mismo que un becario. No se le podía revisar el sueldo porque había llegado al tope de lo permitido por su banda salarial. Tampoco se le podía pasar a una banda superior porque era en la que estaban sus compañeros y las normas de la empresa no le permitían a Francisco tener más de dos empleados en esa banda. Era por eso, para más inri, que a Hugo le habían tenido que poner en una banda superior a la de los demás, lo que había agotado el presupuesto del departamento. No habría aumento de sueldo ese año, pero por otra parte ya daba igual. No habría aumentos para nadie. Ya era suficiente premio el volver el lunes y encontrar la silla y las fotos de familia donde uno las dejó.

A Miguel le tocaba ascender después de Francisco. Llevaba esperando por lo menos dos años a ser ascendido. Se lo merecía. Pero no podía. Con Francisco de jefe y sus años de experiencia, Miguel se había convertido en alguien casi imprescindible para el departamento. Demasiado valioso para ser ascendido. Otra casualidad. Otra putada. ¿Qué se podía hacer?

Francisco se consideraba un jefe justo, pero no podía luchar contra la injusticia inherente a las normas de la gran empresa. Ni siquiera le parecían mal las normas, pero cuando la casualidad se metía en medio, no tenía sentido fingir que las directrices y los procesos tenían la última palabra. Por eso no le importaba que el argentino se pasara la mañana viendo vídeos en youtube. Razones tenía de sobra. Además, las cosas iban cada vez más despacio en la empresa, la mitad de los proyectos acababan cancelándose en nombre de la austeridad, y en su lugar surgían cosas llamadas iniciativas, que costaban millones de euros y prometían ahorrar millones de euros. No, no sería Francisco quien dijera nada sobre las normas en este caso.

Miguel le acababa de mandar un enlace. A juzgar por las risas, que continuaban, debía ser algo divertidísimo, pero Francisco no estaba de humor. El cuello le estaba matando. Miguel se acercó a su mesa.

-¿Has visto, Paquito? Lo mejor que me han pasado en mucho tiempo

Francisco dejó de fingir que miraba la pantalla del ordenador, se volvió hacia un Miguel sonriente y de buen humor y se sintió un traidor y una mala persona. Si hubiera sido posible, se habría metido debajo de la mesa hasta que Miguel desapareciera. Francisco sentía la necesidad de una absolución, y dejó que se le escaparan un mea culpa oculto en sus palabras.

-Anda, Miguel, que no está el horno para bollos.
-¡Pero bueno! ¡No me digas que estás preocupado! ¡Tú! Si llevas en la empresa desde sabe dios cuando. Antes nos tendrían que echar a todos nosotros que a ti. Así que no te preocupes, hombre.
Francisco suspiró y le miró fijamente a los ojos -Nadie está a salvo.
Ante el tono apocalíptico de su jefe Miguel dejó de sonreír
-Bueno, lo que tenga que ser será. No pasa nada. Es sólo un trabajo.
Francisco volvió a suspirar, ligeramente aliviado y Miguel le dio una palmadita en el hombro.
-Y si no siempre puedes decir que eres gay y amenazar con denunciar. Que si algo que evita como la peste esta empresa es la mala publicidad. Anda, mira el vídeo, que te vas a reír.

Francisco suspiró una vez más y siguió a Miguel con la mirada hasta que desapareció camino de la cocina. Casi mejor que no supiera nada, que siguiera así, haciendo bromas hasta el último momento. Había que ser optimista, como Miguel, porque si la casualidad caprichosa hoy estaba por quebrar bancos y provocar despidos, mañana podía igualmente subirnos el sueldo a todos y arreglar matrimonios sin esperanza. Si tan sólo él, Francisco, pudiera dar un empujón a la casualidad, ganar algo de tiempo, si supiera las palabras mágicas, el tipo de ungüento que tiene uno que comprar para arreglar las cosas, para hacer justicia.

Francisco movió el cuello de un lado a otro para estirarlo y trató de concentrarse en los correos, en el documento que tenía que revisar, en el trabajo que tenía pendiente, pero nada. Al final decidió echarle un vistazo al vídeo que Miguel le había mandado y tuvo que sonreír. Sí que tenía gracia.

7

Hugo se levantó de relativo buen humor y sin apenas rencor hacia Olga. Su subconsciente, acostumbrado a ser como el roedor que sobrevive al naufragio, no quería quedarse sin la información privilegiada que Olga significaba. O quizá esa era una disculpa para acercarse a ella y comprobar que (¡por favor, no podía ser de otra manera!) ella le deseaba en secreto. Fuera como fuese, a las diez de la mañana, después del desayuno, ya le estaba mandando mensajitos para tomar un café.

Además, Hugo necesitaba un café. Su jefe le estaba sacando de quicio. Llevaba dos días tieso en su silla, con esa cara de estar sufriendo de algo intestinal, recordándoles a cada instante lo que se estaba cociendo y consiguiendo al final que Hugo se pusiera algo tenso. Así que sin poder esperar siquiera la respuesta de Olga, se levantó de la silla y se fue al primer piso a visitar a las chicas de Recursos Humanos.

Estas chicas eran infinitamente menos interesantes que las de Atención al Cliente. Por regla general casadas o con novio formal, orgullosas propietarias de un puesto fijo, se turnaban para quedarse preñadas y para hacerte la pelota o la puñeta dependiendo del día en su ciclo menstrual. Eran ellas quienes más que nadie, podían hacer de tu vida en la oficina un infierno. Así que se hacía imprescindible saber cómo tratarlas, bien alabarles el ficus y las fotos de los críos, o recordarles quién estaba más arriba en el organigrama dependiendo de la situación.

Crisis igual a oportunidad, se dijo Hugo buscando con la mirada un escritorio sin fotos y sin plantas. Ahí estaba. Escritorio a medio vaciar y jovencita con ojos rojos que nunca pensó que su contrato indefinido fuera vulnerable a las reorganizaciones. Esa era la chica con la que Hugo resolvería todos sus trámites de ahora en adelante y hasta que se fuera definitivamente. Hugo se ajustó la corbata y le tocó en el hombro con la más seductora de sus sonrisas.

-Hola guapa. ¿No tendrás un segundo para darme los tickets de almuerzo?

La chica sacó un folio con nombres del cajón del escritorio, cogió un bolígrafo, y con la mirada perdida, como una autómata, se levantó y le pidió a Hugo que le siguiera hasta el despacho con llave donde se guardaban los vales de almuerzo y otras golosinas con los que Recursos Humanos agasajaba al empleado siempre que se portara bien.

Cuando se quedaron solos en el despacho, la chica le dio la espalda para buscar los vales en un armario, y Hugo se apropió de una silla, la acercó cuanto pudo a la fémina y se puso cómodo.

La chica le alargó un sobre con los vales a Hugo y un bolígrafo mordisqueado
–Diecinueve por Octubre. Fírmame.

Hugo cogió el papel con los nombres y rechazó el bolígrafo, sacando su propio Mont Blanc del bolsillo de la chaqueta. Manoseó el folio como si le costara encontrar su apellido y sin levantar la vista se dirigió a ella.

-Oye, no te enfades por lo que te voy a decir, pero ¿sabes que estás muy guapa hoy? Las lágrimas te hacen los ojos verdes.
-Anda firma, qué tengo cosas que hacer. – dijo ella señalando el folio
-¿Y qué va a pasar si no haces esas cosas? ¿Te van a despedir?

Hugo le miró a los ojos, puso una sonrisa inocente y ella se la devolvió. Hugo notó que la chica se había relajado un poco y jugueteó con el Mont Blanc antes de hablar.
-No hay derecho. Siempre se van los mejores –Hugo suspiró y sacudió la cabeza y la chica la sacudió también- mira, de mi departamento ya todos han recogido los tickets. Normal, nadie sabe cuando serán los últimos. Menos Francisco. Claro, entre los jefes nunca ruedan cabezas.

La chica se acercó a Hugo para mirar también el papel -¡Ah! Francisco Macho. Pero es que ese nunca recoge los tickets.
-Qué raro, ¿no?
-No te creas. Entre los jefes pasa mucho. Si no tienen secretaria que venga a buscárselos, está casi mal visto que vengan ellos pa los cuatro duros que son. Si acaso, se pasan una vez cada seis meses o así.
Hugo sonrió otra vez
-Pues eso tampoco está bien. Ya se los llevo yo, que no me cuesta nada. Si al fin y al cabo soy como su secretaria.

La chica puso cara de dudar y Hugo rápidamente firmó al lado de su apellido y al lado del de Francisco como “Arsene Lupin”. Entonces ella se encogió de hombros, sacó un montón de sobres del armario, se los dio a Hugo y cerró con llave.

Hugo se levantó de la silla, pasó rozándola casualmente, le invitó a tomar un café “cualquier día de estos”, y con un “adiós guapa” salió del despacho, volvió a su mesa silbando bajito y le escribió un sms a Olga “Nada de café. Te invito a comer”.

6

En un bar cerca de la oficina, Francisco acababa de pedir y pagar religiosamente un par de cañas. Clara se había quitado el abrigo y la bufanda y encaramado con dificultad a un taburete de la barra. Clara era una mujer de unos cuarenta, voluminosa y de buen carácter. Todo lo hacía despacio, con mimo. Por eso a veces se quedaba tarde en la oficina, porque el almuerzo era la tarea que con más delicadeza y ternura realizaba y después del café y unos minutitos para reposar la comida no le quedaba tiempo para mucho más.

Francisco le alargó la caña a Clara.
-¡Ay! Lo siento de verdad. Es que no puedo beber alcohol. ¿Me puedes pedir una fanta?
-¿Y eso?
-No sé si debería decírtelo, con los rumores que corren. – Clara sonrió de oreja a oreja, como si los rumores hablaran de aumentos de sueldo, coches de empresa, y viajes con dietas.
Francisco en cambio, puso cara de infinita tristeza. Ya se lo imaginaba. Y estaba claro entonces, que el argentino y Miguel se tenían que ir. ¡Ay! ¡Con qué gusto mandaría a Hugo al paro! Pero eso no podía ser.
-Vaya, enhorabuena, mujer. ¿Y de cuanto?
-De cuatro meses.

Francisco se volvió un momento para pedir una fanta al camarero. Le costaba horrores disimular que se alegraba de la noticia. Aunque cierto es, le ponía las cosas fáciles. En la próxima reunión podía darle a Deborah no uno, sino dos nombres. Dos condenados porque Clara estaba embarazada y a Hugo le sentaba el traje mejor que a ningún otro en el departamento. No era la primera vez que la casualidad le costaba a uno el puesto. Llevaba los años suficientes en la empresa para saber eso. En ese extraño ecosistema las acciones más mínimas, un par de palabras delante de la máquina de café, una frase de más en un informe, desencadenaban efectos mariposa que acaban en amonestaciones, promociones, o un empleado del mes. Recordaba ocasiones en que el color de una corbata o el tiempo en Almería tenían más que ver en un despido que el hecho de partirse los cuernos trabajando.

Cuentan las malas lenguas que el mayo pasado el presidente y tres de sus vices organizaron una reunión con uno de los principales clientes. En Almería. El asistente de dirección, lo preparó todo meses antes: un hotel con encanto, una amplia selección de actividades para quien no le gustara el golf y un catering bien provisto. Y a pesar de tanta previsión llovió. Llovió y el contrato millonario que debía haberse firmado no se firmó. Se lo llevó una empresa china y el inesperado temporal en Almería se llevó por delante diez puestos de trabajo, entre ellos, el del joven y prometedor asistente de dirección.

Y sin embargo, los que conocían toda la historia decían que no se podía echar la culpa a la casualidad, que es caprichosa y este caso concreto bastante ecuánime, puesto que cuando se entrevistó al asistente había otro candidato con idéntico currículo, idéntica experiencia y hasta idéntica altura. Y parece ser que el elemento determinante, el que marcó la diferencia, fue que la corbata del otro candidato era de un desafortunado amarillo chillón. Amarillo como el sol de Almería.

Clara le dio un sorbo a la fanta.
-¿Qué te pasa, hombre? Llevas todo el día con una cara de entierro… ¿Sigues con el rollo del divorcio?
-No, no. Eso ya está firmado cerrado y acabado. Es que… -dudó un segundo si podía confiar en Clara, y luego decidió que era mejor no decir nada de momento- es mala época. La crisis de los huevos. Pero no quiero ni hablar del tema. Que parece que ya no se habla de otra cosa.
-Te entiendo. Es una locura. Mi hermano sin ir más lejos -Clara se pasó el pulgar por el cuello- ¡a la calle! Y encima su piso se lo tengo yo avalado. En la empresa de mi marido, quinientos. Hasta mi cuñada, que es funcionaria está acojonada. ¡Y es funcionaria! Debería pasarse el día en el Corte Inglés, para levantar la economía. En fin… -Clara se levantó también con esfuerzo- Últimamente no hago más que mear.

Francisco se quedó pensando en cómo las casualidades le amargaban a uno la existencia. El efecto mariposa. Un banco quiebra en Estados Unidos, Clara se queda embarazada, y por eso es que el argentino se vuelve a su país. ¿Y cual era la cadena de ridículos sucesos que le había dejado a él soltero? De eso no tenía ni idea, porque su mujer, su exmujer, le había dado la noticia sin más explicaciones. Había dejado de quererle. Y ya. No había plan de rescate o inyección de capital que pudiera cambiar esa situación, y en este punto también estaba de acuerdo el consejero matrimonial. Francisco esperaba que a cien euros la hora hubiera sido capaz de aportar algo más. Francisco esperaba, al parecer, un milagro.

Pero eso no le impedía tener pesadillas en las que aparecían Deborah y el presidente. Si hubiera hecho buen tiempo en Almería, quizá hubieran aceptado antes su petición para contratar un par de personas más en el departamento y él no hubiera tenido que trabajar dieciséis horas al día. Hubiera llegado todos los días a casa a las seis, después de recoger a su hijo del colegio. Habría preparado la cena, habría arreglado el grifo que llevaba goteando seis meses, tendría ya una piscina en la casa del pueblo, y se habría dado cuenta antes de que su mujer le estaba dejando de querer. Que de esas cosas, a un ingeniero, le lleva un tiempo darse cuenta.

Clara volvió, sonriente, y se acomodó una vez más en lo alto del taburete. Francisco sonrió también. En cierto modo le agradaba que Clara fuera a salvarse. Le inspiraba calma. Como si el llevar un niño dentro fuera un amuleto que la pusiera por encima de las casualidades.

5

Mientras tanto, Hugo había llegado a casa, se acababa de quitar el traje y la corbata y, en calzoncillos, buscaba dentro del armario esa camisa color crema para llevar con dos botones desabrochados, y esos pantalones marrones de pana fina un pelín anchos. Para completar, unos zapatos de Camper con cordones y estilo deportivo y una bufandita a juego. Se vistió, se miró en un espejo de cuerpo entero, y satisfecho con el resultado, cogió la cazadora y salió canturreando.

Hugo había elegido el punto de encuentro. Una tabernita donde ponían un Rioja decente y platos de cuchara. Tenía un estómago delicado y ninguna gana de experimentar con comida étnica. Y no era un sitio demasiado caro, Olga no tendría problemas para pagar su parte. Olga, por cierto, ya estaba esperándole allí frente a un vaso vacío y una tapa de manchego cuando Hugo llegó. Se había puesto una camiseta roja escotada y una falda más bien casta, para compensar. Daba igual lo que se pusiera, nunca parecería una señorita formal.

Olga le saludo con dos besos en la cara, no en el aire, y pidió calamares, jamón, croquetas y una ensalada mixta para compartir -¿te parece?- y aunque a Hugo no le parecía no quiso decir nada y le dejó pedir también dos Riojas frunciendo las cejas casi imperceptiblemente. Se hubiera imaginado que Olga preferiría una jarra de tinto de la casa y una botella de gaseosa, pero claro, también se sentía atraída por él, así que tan mal gusto no debía tener.

El camarero les sirvió el vino, Olga alabó la ropa de Hugo y añadió que seguro que los zapatos le habían costado una pasta. Hugo sonrió. Tenía mejor gusto de lo que se imaginaba, sí. Para corresponderle, hizo un jocoso comentario sobre la camiseta roja y los pechos de ella que desafortunadamente desencadenaron un “hacía tiempo que no me la ponía, a mi ex no le gustaba que enseñara el canalillo” y una enumeración de las desgracias de un divorcio reciente. Hugo, al borde del bostezo, estudiaba al resto de la concurrencia, buscando material de novela, o al menos un entretenimiento. Le decepcionaba que Olga demostrase ser tan simple, hablando de divorcios y de complacer a exmaridos. No lo parecía, o de lo contrario no habría aceptado salir con ella. La verdad, se imaginaba más bien que la chica le detallaría los secretos de los besos lésbicos que debían tener lugar en Atención al Cliente, o que le confesaría cómo llegó en su juventud a España, con treinta bolas de coca en las tripas. ¿Un divorcio? ¡Qué vulgaridad!

Olga pareció darse cuenta del aburrimiento de Hugo, o quizá los calamares acababan de llegar y no tenía sentido hablar de cosas tristes. Les echó limón sin preguntarle a Hugo si le importaba.

-Y tú, ¿cómo es que sigues soltero? - pinchó un calamar con el tenedor, puso morritos para soplar y se lo metió en la boca.

Hugo se encogió de hombros. No era cuestión de confesar su ligera misoginia ya en la primera cita.

-Supongo que no he encontrado a la mujer adecuada.
-¡Ya!- se rió Olga con la boca llena, como si no encontrar la media naranja de uno fuera un chiste de la vida. –a lo mejor es que no necesitas una mujer
-Tengo una asistenta. La mejor inversión que he hecho en mucho tiempo. Pero me cobra un dineral. Ahora que van a echar gente en tu departamento a lo mejor puedo conseguirme una colombiana más baratita.

Hugo le miró el escote a Olga y después a los ojos, fijamente, pero Olga no se dejó intimidar. Le dio un buen sorbo al Rioja y se ajustó el sujetador.
-¡Ah, sí! Los despidos. ¡Qué aburrido eres, hombre! Mira que sacar ese tema…
Hugo se puso tieso en el asiento. ¡Qué valor! Olga continuó
-Bueno, sólo tienes que esperar un mes, y alguna estará dispuesta a echarte una mano, seguro.

Hugo sonrió y respondió a lo que él interpretó como coqueteo
-¿Y sabes si les podría pagar en carne?
Olga se echó a reír tan alto que unos chicos sentados en la barra se volvieron a mirarla. Hugo, avergonzado y confuso, volvió a ponerse tieso.
-Claro, ese cuerpo tan trabajadito vale un dinero. Seguro que te pasas horas en el gimnasio, dale que dale a la máquina de bíceps.
Hugo se tocó los brazos, satisfecho.
-Cuando quieras puedes valorar el material más de cerca. Para decírselo a tus amigas, claro.
Olga se rió otra vez
-Venga, cariño, déjalo, que te tengo calado. No hace falta que disimules conmigo
Hugo levantó las cejas. Olga las levantó como respuesta. Hugo estaba confuso de verdad.
-Te juro que no tengo ni idea de qué me estás hablando
Olga se metió el último trocito de jamón en la boca y señaló los zapatos
-Está clarísimo que eres gay

Hugo se puso rojo y tan nervioso que empujó la copa con la mano y derramó un poco de vino. Sin darse cuenta elevó la voz
-¡Tú estás mal de la cabeza! –gritó. Olga se rió de nuevo
-¡Ah! ¿No eres? ¿De verdad? Bueno, chico, no te pongas así, que te va a dar algo. Estaba segura de que sí. La ropa, la bufanda… es que además a mí en general los tíos como tú me ponen muchísimo, y tú… por alguna razón… nada… ¡pero nada! Pensé que serían hormonas o algo ¡Qué pena! Con las ganas que tenía de un amigo gay… Bueno, no importa. – Olga se limpió con la servilleta y sacó un paquete de cigarrillos del bolso. Se puso uno en la boca e iba a encenderlo cuando levantó la vista, posiblemente se dio cuenta de la cara descompuesta de Hugo y preguntó -¿te importa?
Hugo miraba a Olga anonadado. Se había quedado sin palabras. Zorra, pensaba. Puta. Puta. Puta. No se puede ser más puta. Los dos se miraron, uno cabreado, la otra como si no se diera cuenta del cabreo, hasta que llegó el camarero y les informó que no estaba permitido fumar en el restaurante. Olga agitó la melena, cogió el abrigo y el bolso y le dijo a Hugo “enseguida vuelvo”.

Hugo se quedó solo hablándose a sí mismo. “Cálmate Hugo. Está loca. Todas las divorciadas están piradas. O están piradas de antes y por eso se divorcian o se vuelven locas cuando no tienen una polla a mano” y luego “No, no está loca. Es una retorcida. Lo que quiere es ver cómo reaccionas, provocarte. Se muere por que te la folles a cuatro patas. Claro que sí. ¿A qué vienen si no esos escotes, esos morritos? No está loca, no.” Se miró los zapatos de Camper y se dijo “mierda”. Ya no podría volvérselos a poner.

Hugo levantó la vista cuando alguien puso un papel blanco enfrente de él, en la mesa. El camarero esperaba de pie y no parecía estar dispuesto a darle tiempo a Olga para acabar el cigarrillo. O era un caballero de los de antes, o un gilipollas, y Hugo se decantó por lo segundo mientras le daba un billete de cincuenta con toda la mala leche con que se puede dar dinero a alguien. Miró distraído al ticket. Olga le había cargado los cigarrillos y un whisky de malta mientras le esperaba. ¡Puta!