miércoles, 12 de mayo de 2010

20

El lunes Francisco amaneció cansado y con ojeras, como si acabara de echarse a dormir. Se levantó, no porque quisiera, sino porque el despertador se lo ordenó, se duchó, se puso los pantalones, y se dio cuenta de que le quedaban algo más anchos de lo normal. Debía haber perdido un par de kilos y era lógico que no tuviera fuerzas para ir a la oficina. Mientras se afeitaba se miró al espejo y vio al tipo de hombre que encaja mejor en la cárcel que dirigiendo un departamento. ¡Es gracioso! Se dijo a sí mismo, en una cárcel seguro que se necesitan más huevos que en una simple oficina.

Como había leído en algún libro de autoayuda probó a sonreírle al espejo, pero los labios estirados hacían su cara aún más patética. Los lunes son terribles, se dijo para disculparse por su mal aspecto. Le hacían buena falta ocho horas de sueño. Ese fin de semana Francisco tampoco había podido pegar ojo. Se despertó cada tres horas, como un niño de pecho, pero sin hambre y sin sed, sólo con una desagradable angustia que se le pegaba al estómago como una úlcera. Soñaba con fantasmas que le tiraban de las mantas y le levantaban los párpados y le soplaban al oído, le hacían cosquillas y le acosaban de mil maneras, y Francisco se despertaba y les pedía perdón, porque los fantasmas por desgracia tenían razón y Francisco no tenía derecho ni a dormir después de lo que había pasado el viernes.

Ese fin de semana era de los que le tocaba tener a su hijo pero ni siquiera los ratos con él habían estado libres de angustia y de fantasmas, más bien el crío era un recordatorio de que ciertas cosas no se le hacen a gente que tiene niños a su cargo. Francisco se repetía que la empresa es así, que todos los días se despide a alguien y los jefes no pierden el sueño por ello, pero al momento se encontraba buscando una absolución. El perdón de su hijo le hubiera confortado, pero el niño era demasiado pequeño para entender, y a Francisco le daba vergüenza explicar. ¿Cómo podía contarle que Clara le avalaba el piso a su hermano? ¿Explicarle que el trabajo de su marido también pendía de un hilo? Imposible. La culpa seguía agujereándole las vísceras y Francisco le pedía perdón a su hijo mil veces. Perdón por no dejarle comer helado antes de cenar, porque la piscina no estaba lista todavía, y porque la gravedad no lo empujaba lo bastante rápido por el tobogán. Y el niño ni entendía ni podía entender, y cuando despertó a Francisco la mañana del domingo, su padre se incorporó sobresaltado, murmuró una disculpa y volvió a cubrirse con la manta.

Así, el lunes Francisco llegó tarde a la oficina. Respiró hondo y se preparó mentalmente para el recibimiento que le tocaría. Seguro que todos estaban en la cocina tomando el primer café de la mañana y Francisco podía imaginar cómo se haría el silencio en cuanto entrara. Las miradas de desprecio y odio. Los saludos fríos, apenas un “nosdías” entre dientes. Francisco se encogió como si la calefacción no funcionara y caminó deprisa hacia su mesa.

Para su sorpresa, el resto del departamento estaba ya allí y parecía llevar una actividad frenética, con todos los teléfonos descolgados a la vez, folios con anotaciones en todas las mesas, el argentino yendo y viniendo de la fotocopiadora y las tazas de café ya mediadas en el escritorio. No era típico de un lunes por la mañana, y Francisco se detuvo un segundo, todavía con el abrigo puesto, en mitad del departamento, bajo un enorme cartel de los de “más y menos”.

Miguel, contra todo pronóstico, le saludó con energía y profesionalidad y Francisco aprovechó para preguntarle qué pasaba.
-Nada. Nada en absoluto. ¿Qué va a pasar? Aquí estamos todos trabajando, como siempre. Clara no está y uno menos se nota. Por cierto, ¿has pensado quién va a llevar sus proyectos? Aquí estamos todos hasta el cuello, pero yo, por el bien del departamento estoy dispuesto a ¿cómo dicen? “walk the extra mile”.
Miguel hablando en inglés. Eso era nuevo. Francisco sonrió.
-Ya sé que tienes a Hugo en mente, pero ya sabes que a mí, con el tiempo que llevó aquí, un proyecto más o uno menos… -Miguel agitó la mano en el aire –Bueno, no te entretengo. Que estamos a tope. ¡A tope, Francisco!
Miguel llamándole Francisco. Eso también sonaba raro. Francisco dejó el abrigo y se sentó en su escritorio. Tamborileó con los dedos en la mesa mientras el ordenador se encendía y aunque su intención era trabajar en firme y solucionar el papeleo que tenía atrasado, a los pocos minutos estaba luchando para mantener los ojos abiertos.

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