martes, 30 de marzo de 2010

5

Mientras tanto, Hugo había llegado a casa, se acababa de quitar el traje y la corbata y, en calzoncillos, buscaba dentro del armario esa camisa color crema para llevar con dos botones desabrochados, y esos pantalones marrones de pana fina un pelín anchos. Para completar, unos zapatos de Camper con cordones y estilo deportivo y una bufandita a juego. Se vistió, se miró en un espejo de cuerpo entero, y satisfecho con el resultado, cogió la cazadora y salió canturreando.

Hugo había elegido el punto de encuentro. Una tabernita donde ponían un Rioja decente y platos de cuchara. Tenía un estómago delicado y ninguna gana de experimentar con comida étnica. Y no era un sitio demasiado caro, Olga no tendría problemas para pagar su parte. Olga, por cierto, ya estaba esperándole allí frente a un vaso vacío y una tapa de manchego cuando Hugo llegó. Se había puesto una camiseta roja escotada y una falda más bien casta, para compensar. Daba igual lo que se pusiera, nunca parecería una señorita formal.

Olga le saludo con dos besos en la cara, no en el aire, y pidió calamares, jamón, croquetas y una ensalada mixta para compartir -¿te parece?- y aunque a Hugo no le parecía no quiso decir nada y le dejó pedir también dos Riojas frunciendo las cejas casi imperceptiblemente. Se hubiera imaginado que Olga preferiría una jarra de tinto de la casa y una botella de gaseosa, pero claro, también se sentía atraída por él, así que tan mal gusto no debía tener.

El camarero les sirvió el vino, Olga alabó la ropa de Hugo y añadió que seguro que los zapatos le habían costado una pasta. Hugo sonrió. Tenía mejor gusto de lo que se imaginaba, sí. Para corresponderle, hizo un jocoso comentario sobre la camiseta roja y los pechos de ella que desafortunadamente desencadenaron un “hacía tiempo que no me la ponía, a mi ex no le gustaba que enseñara el canalillo” y una enumeración de las desgracias de un divorcio reciente. Hugo, al borde del bostezo, estudiaba al resto de la concurrencia, buscando material de novela, o al menos un entretenimiento. Le decepcionaba que Olga demostrase ser tan simple, hablando de divorcios y de complacer a exmaridos. No lo parecía, o de lo contrario no habría aceptado salir con ella. La verdad, se imaginaba más bien que la chica le detallaría los secretos de los besos lésbicos que debían tener lugar en Atención al Cliente, o que le confesaría cómo llegó en su juventud a España, con treinta bolas de coca en las tripas. ¿Un divorcio? ¡Qué vulgaridad!

Olga pareció darse cuenta del aburrimiento de Hugo, o quizá los calamares acababan de llegar y no tenía sentido hablar de cosas tristes. Les echó limón sin preguntarle a Hugo si le importaba.

-Y tú, ¿cómo es que sigues soltero? - pinchó un calamar con el tenedor, puso morritos para soplar y se lo metió en la boca.

Hugo se encogió de hombros. No era cuestión de confesar su ligera misoginia ya en la primera cita.

-Supongo que no he encontrado a la mujer adecuada.
-¡Ya!- se rió Olga con la boca llena, como si no encontrar la media naranja de uno fuera un chiste de la vida. –a lo mejor es que no necesitas una mujer
-Tengo una asistenta. La mejor inversión que he hecho en mucho tiempo. Pero me cobra un dineral. Ahora que van a echar gente en tu departamento a lo mejor puedo conseguirme una colombiana más baratita.

Hugo le miró el escote a Olga y después a los ojos, fijamente, pero Olga no se dejó intimidar. Le dio un buen sorbo al Rioja y se ajustó el sujetador.
-¡Ah, sí! Los despidos. ¡Qué aburrido eres, hombre! Mira que sacar ese tema…
Hugo se puso tieso en el asiento. ¡Qué valor! Olga continuó
-Bueno, sólo tienes que esperar un mes, y alguna estará dispuesta a echarte una mano, seguro.

Hugo sonrió y respondió a lo que él interpretó como coqueteo
-¿Y sabes si les podría pagar en carne?
Olga se echó a reír tan alto que unos chicos sentados en la barra se volvieron a mirarla. Hugo, avergonzado y confuso, volvió a ponerse tieso.
-Claro, ese cuerpo tan trabajadito vale un dinero. Seguro que te pasas horas en el gimnasio, dale que dale a la máquina de bíceps.
Hugo se tocó los brazos, satisfecho.
-Cuando quieras puedes valorar el material más de cerca. Para decírselo a tus amigas, claro.
Olga se rió otra vez
-Venga, cariño, déjalo, que te tengo calado. No hace falta que disimules conmigo
Hugo levantó las cejas. Olga las levantó como respuesta. Hugo estaba confuso de verdad.
-Te juro que no tengo ni idea de qué me estás hablando
Olga se metió el último trocito de jamón en la boca y señaló los zapatos
-Está clarísimo que eres gay

Hugo se puso rojo y tan nervioso que empujó la copa con la mano y derramó un poco de vino. Sin darse cuenta elevó la voz
-¡Tú estás mal de la cabeza! –gritó. Olga se rió de nuevo
-¡Ah! ¿No eres? ¿De verdad? Bueno, chico, no te pongas así, que te va a dar algo. Estaba segura de que sí. La ropa, la bufanda… es que además a mí en general los tíos como tú me ponen muchísimo, y tú… por alguna razón… nada… ¡pero nada! Pensé que serían hormonas o algo ¡Qué pena! Con las ganas que tenía de un amigo gay… Bueno, no importa. – Olga se limpió con la servilleta y sacó un paquete de cigarrillos del bolso. Se puso uno en la boca e iba a encenderlo cuando levantó la vista, posiblemente se dio cuenta de la cara descompuesta de Hugo y preguntó -¿te importa?
Hugo miraba a Olga anonadado. Se había quedado sin palabras. Zorra, pensaba. Puta. Puta. Puta. No se puede ser más puta. Los dos se miraron, uno cabreado, la otra como si no se diera cuenta del cabreo, hasta que llegó el camarero y les informó que no estaba permitido fumar en el restaurante. Olga agitó la melena, cogió el abrigo y el bolso y le dijo a Hugo “enseguida vuelvo”.

Hugo se quedó solo hablándose a sí mismo. “Cálmate Hugo. Está loca. Todas las divorciadas están piradas. O están piradas de antes y por eso se divorcian o se vuelven locas cuando no tienen una polla a mano” y luego “No, no está loca. Es una retorcida. Lo que quiere es ver cómo reaccionas, provocarte. Se muere por que te la folles a cuatro patas. Claro que sí. ¿A qué vienen si no esos escotes, esos morritos? No está loca, no.” Se miró los zapatos de Camper y se dijo “mierda”. Ya no podría volvérselos a poner.

Hugo levantó la vista cuando alguien puso un papel blanco enfrente de él, en la mesa. El camarero esperaba de pie y no parecía estar dispuesto a darle tiempo a Olga para acabar el cigarrillo. O era un caballero de los de antes, o un gilipollas, y Hugo se decantó por lo segundo mientras le daba un billete de cincuenta con toda la mala leche con que se puede dar dinero a alguien. Miró distraído al ticket. Olga le había cargado los cigarrillos y un whisky de malta mientras le esperaba. ¡Puta!

No hay comentarios:

Publicar un comentario