El resto del día se hizo eterno para Francisco. No podía concentrarse y varias veces Miguel tuvo que acercarse a su mesa y darle unos toquecitos, “¡Despierta, Paquito!” porque Francisco había respondido alguna estupidez en un email o porque se le olvidaba que tenía una reunión. “¿Qué dices hombre? No les puedes dejar más tiempo a los de la web ¡Qué va a producción el martes, no el jueves! Que nos la van a liar parda si no lo tenemos todo preparado mañana ¿Qué te pasa, hombre? Que parece que ta dao un aire”.
Le sudaban las manos, las teclas le resbalaban, el ratón se le revelaba. Quería tomarse una tila, pero parecía que si se levantaba le empezarían a temblar las piernas o algo peor. Así que se quedó sentado, con las piernas tensas a punto del calambre, hasta que las luces se apagaron poco a poco. Se quedó así, con la mirada fija en la pantalla, sin responder siquiera cuando la gente pasaba a su lado para recoger el abrigo y le decía “hasta luego, Francisco”.
Poco a poco todo se quedó en silencio y Francisco respiró hondo, dándole a sus pulmones todo el aire que les había estado negando durante la tarde. También estaba oscuro. La única luz que quedaba encendida era el halógeno que colgaba justo encima de su cabeza. Si miraba hacia la derecha por encima de una docena de escritorios veía los edificios de enfrente apagándose también poco a poco, trayendo la calma, la ilusión de un horizonte. Pensó en el pueblo, dónde las noches sí eran oscuras de verdad, donde la luz, si la había, era amarilla y no blanca.
Francisco apagó el ordenador. Después se levantó y apagó la luz, y volvió a sentarse en su silla. Era una silla cómoda, de esas que previenen denuncias por lumbago. Se echó hacia atrás, apretó los ojos, y dejó la mente en blanco. ¿Por qué le importaba tanto, de todos modos? Si no podía tomar este tipo de decisiones, no debería ser jefe de departamento. Esto lo sabía Francisco y también lo sabía Deborah. Que no tenía derecho a estar allí, que le era incómoda esa silla (a pesar de que era la misma silla de la que disfrutaban sus subordinados). Los dos sabían que le faltaba ambición, adrenalina o alguna hormona, ese cosquilleo que le sube a uno por el estómago cuando puede hacer y deshacer a su antojo en su pequeño imperio, pero tácitamente habían decidido continuar con ese montaje. Francisco tenía demasiada experiencia como para seguir trabajando como ingeniero, tenía que ser ascendido y lo fue, pero nunca volvería a pasar. Su puesto actual tenía la dignidad mínima para quedarse en su tarjeta de visita hasta la jubilación. Y la verdad, a Francisco no le importaba demasiado. Francisco no soñaba con BMWs y despachos con puerta, Francisco soñaba… bueno, últimamente soñaba con que le dejaran tranquilo.
-¡Joder, qué susto!
Francisco abrió los ojos, apurado. Clara pasó a su lado para recoger el abrigo.
-¿Trabajando tarde? Le dijo al volver. Su sonrisa franca no llevaba ni una pizca de ironía y le salvó el trabajo de ruborizarse
-Tú también
-Ya ves – Clara sonrió otra vez – Es que mi jefe es un negrero
A Francisco, la sonrisa de Clara le estaba dando calorcito y nada le apetecía menos que volver a su casa.
-Oye, ¿le dejas al negrero que te invite a una caña?
-Clara se puso el abrigo y se dio dos vueltas a la bufanda
-Sí, claro ¿porqué no?
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