martes, 30 de marzo de 2010

14

Hacía un par de horas que Francisco había vuelto de su reunión con Deborah cuando Clara se acercó a su mesa. Miró a un lado y al otro, como si lo que le tuviera que decir fuera algo incómodo y Francisco la imitó sin saber porqué.

-¿Tienes un minuto?
-Sí, claro- respondió Francisco
-Preferiría que fuera en privado

Francisco siguió a Clara a las salas de reuniones, y cómo no encontraron ninguna libre, se sentaron en la mesa de la cocina, enfrente de un café de máquina y unas cuantas galletas. Francisco no solía tomar dulces, pero a partir del viernes ya no habría y de repente Francisco observaba las galletas industriales a granel con que la empresa les agasajaba con cierta nostalgia.

Clara cruzó los brazos y los descruzó sin saber muy bien por donde empezar. Francisco estaba angustiado. Ni siquiera había tenido tiempo para poner en orden sus pensamientos. Por otra parte, si él no había tenido tiempo ni para pensar, por descontado Deborah no había tenido tiempo de hacer nada. Además, era costumbre en esa empresa que los despidos se comunicaran en persona. En todo caso no era una situación agradable para él. No se sentía como un jefe que atiende a las inquietudes de un empleado, sino como un traidor que se acuesta con la novia de su amigo y luego escucha sus problemas de pareja. Si por él fuera se habría tomado el día libre por enfermedad. Quizá todo el mes.

-Me acaba de llegar un mail de Recursos Humanos
A Francisco se le atragantó la galleta. Deborah. ¿Lo tendría todo preparado, quizás? ¿O es que de verdad podía leer el pensamiento de sus empleados? Quizá no había que recurrir a lo sobrenatural, pensó inmediatamente. Con la de recortes de personal que se preveían ese fin de año, Era probable que Recursos Humanos tuviera una plantilla para estas cosas en la que sólo hiciera falta cortar y pegar el nombre del condenado. En cualquier caso, Deborah siempre estaba un paso por delante de él y Francisco sólo pensaba en cómo iniciar una torpe disculpa cuando Clara continuó.

-Es una amonestación formal. ¡Por la ropa!
Francisco siguió escuchando. Su cara de sorpresa parecía sorprender a su vez a Clara, que sin duda alguna había estado ensayando ese discurso y ahora no podía improvisar otro.
-Mira, Francisco, yo entiendo que alguna vez quizá haya incumplido el dress-code. Que por otra parte ¡vaya normas! Me recuerdan al colegio de monjas, midiendo los centímetros de falda y de pendientes. No me quejo ¿eh? Qué entiendo que son normas que tienen su razón de ser, para que la gente esté presentable. Y ahí está la cosa. ¿A ti te parece que visto mal? ¿Qué no voy presentable? Ya sé que la norma dice que hay que llevar chaqueta de traje, pero yo he visto mucha gente aquí que también lleva rebecas de lana. Por no hablar de alguna de Operaciones, con el pelo verde y pitillos. Pero bueno, Francisco, a lo que voy. Que no es cuestión de la ropa siquiera, que lo que me fastidia es la falta de confianza. Porque yo esperaba que en el momento que tuvieras un problema conmigo vendrías a hablarlo ¿no? Que has ido a quejarte a Recursos Humanos así directamente. Imagínate. A mí esto me ha pillado de sorpresa. No me lo esperaba de ti.

Clara le miró a los ojos exigiendo una respuesta. Clara se merecía una respuesta. La enternecedora candidez de Clara debía ser honrada con una respuesta, pero Francisco no podía dársela. Clara ni siquiera parecía sospechar lo obvio, que tales amonestaciones no son otra cosa que una excusa para despedir a un empleado sin indemnización. ¿Quién no incumplía las normas? Ni siquiera él, el jefe que tenía que dar buen ejemplo, estaba libre de pecado.

El libro que recogía todas las normas a las que un empleado debía ceñirse pesaba entre medio y un kilo. No era un libro propiamente dicho, sino un archivador de los medianos que todos encontraban ya en su mesa al incorporarse a la empresa. El capítulo de vestuario describía cada prenda, su largura, los materiales a elegir, y añadía un par de párrafos sobre el cabello, las uñas y la higiene corporal. Lo que podía resumirse en “ir con traje y aseadito” se describía en el libro con párrafos como “…en caso de optar por la falda, esta deberá combinar con la chaqueta y tener una largura de no más de cinco centímetros por encima de la rodilla. Es conveniente hacerse con un segundo par de pantalones o falda, puesto que tienen a sufrir más por el uso que la chaqueta. Deberán evitarse los colores y estampados llamativos, en particular el naranja u rojo, al ser los colores corporativos de la competencia. Así mismo, es recomendable evitar flecos, tachuelas y otros adornos especialmente susceptibles al gusto o la opinión personal…”.

Peor aún, ni todas las explicaciones del mundo podrían evitar que ciertos empleados, especialmente los del departamento de ingeniería, siguiesen cada una de las instrucciones y aún así parecieran recién salidos de una institución para enfermos mentales. Así, la normativa era en realidad un práctico comodín para Recursos Humanos, que en caso de necesitarlo por una u otra razón podría acusar a cada uno de los empleados de incumplir las reglas de vestuario. Bueno, a todos menos a Hugo.
Francisco miró a Clara. Estaba nerviosa y movía los pies constantemente. Hubiera querido cogerle la mano, pero se hubiera sentido como un cerdo. En lugar de eso, le dio un sorbo al café para aclararse la garganta y enlazó tres o cuatro frases incoherentes sobre los tiempos difíciles. Clara arrugó las cejas y le miró con incredulidad. Ella debía darse cuenta de que Francisco tampoco lo estaba pasando bien en esa situación, pero no podía distinguir si la incomodidad de Francisco se debía a que se sentía mal por la amonestación o por tener que discutirla con ella. En cualquier caso debió concluir que aquella conversación unidireccional no le llevaba a ninguna parte.

-Bueno, Francisco. Es igual. Lo que te quería decir es que si tienes algún otro problema conmigo me lo vengas a decir. Que llevamos años trabajando juntos, yo creo que hay confianza, ¿no? Mañana vendré vestida como para una boda -sonrió- Por cierto, llegaré un poco tarde, que tengo consulta con el médico. Dime por favor si hay algún problema y lo cancelo, que tal y como están las cosas, no quiero echar más leña al fuego.

Francisco asintió con la cabeza. Por descontado. No tenía ningún sentido el pedirle a Clara que hiciera sacrificios por la empresa. De hecho, Clara viniendo al trabajo en traje de chaqueta era como el condenado a muerte que se pone a dieta para bajar unos kilitos.

-Oye, tómate el tiempo que necesites. Ya te cubro yo en lo que haga falta. Y perdona por lo de la amonestación. Si te sirve de algo, te juro que yo no he tenido nada que ver.

Por primera vez Clara esbozó una sonrisa. -¡Ya me imaginaba yo!- Cogió una galleta de las que no había tocado hasta entonces, y se la metió en la boca. En ese momento Hugo entró en la cocina a por un vaso de agua. Miró a Francisco y a Clara y les saludó con una inclinación de cabeza a la que ellos respondieron con otra igual. Por unos pocos segundos sólo se oyó el sonido del agua. Cuando el vaso estuvo lleno, Hugo cerró el grifo, se acercó a la mesa dónde estaban sentados sus colegas, cogió una de las galletas y se apoyó en la encimera como diciendo ¿qué os contáis? Tras unos instantes incómodos Hugo dijo a Clara “bonita chaqueta” y ella le respondió con un “gracias” tan seco que Francisco se vio obligado a tragar saliva. Hugo dio un mordisco a la galleta y con un gesto de disgusto arrojó el resto a la basura. Bebió el agua del vaso, dijo “hasta luego” y salió sonriendo.

Francisco suspiró.
-No me cae bien ese chico – dijo Clara
-A mí tampoco- respondió bajito Francisco

No hay comentarios:

Publicar un comentario