Hugo pasó un fin de semana sin mujeres, solo con la trilogía de El Padrino y Maniobras Indiscretas. Cuatro clásicos que se había descargado con la tarjeta telefónica de la empresa. Llegó el lunes relajado y con su mejor corbata, y diez minutos antes de las nueve, entró en la sala grande de conferencias, que era básicamente un salón de actos y se sentó en el centro de la tercera fila, justo dónde los ojos del presidente tenían necesariamente que caer mientras hablara a todos los empleados de las nuevas iniciativas de la empresa para afrontar la crisis.
A las nueve la sala estaba a rebosar de caras somnolientas, caras preocupadas, y caras que estaban allí porque la reunión era obligatoria. A las nueve y cinco la encargada de comunicaciones presentó al presidente y Hugo fue el primero en romper a aplaudir. A las nueve y seis el presidente saludó, hizo un chiste, y después se puso serio para expresar la gravedad de la situación. A las nueve y cuarto, Francisco entró en la sala de conferencias y el presidente le miró molesto mientras se disculpaba por apartarles a todos de sus puestos de trabajo.
Hugo miró a Francisco y sacudió la cabeza. Durante el fin de semana habían tenido una emergencia y seguro que su jefe se había pasado hasta esa misma mañana resolviendo el problema. Alguien había intentado contactar también con Hugo, pero mientras a Hugo no se le pagara por horas extras, Hugo no tenía problema alguno en ignorar esos molestos recados. Además Hugo tenía claro lo que le hace a uno ascender en una empresa, y que no era fruto de la casualidad, sino de poner en orden tus prioridades. Que el presidente se quedase con tu corbata tenía una prioridad altísima.
Hugo admiraba al presidente. No como admiraba a monsieur Proust, por supuesto, pero más de lo que admiraba a cualquiera de esos escritores contemporáneos que se turnan para llevarse el premio Planeta. El traje a medida, el corte de pelo, los dientes blanqueados, el detalle de los calcetines de seda… todas esas cosas que casi ninguno de los curritos allí presentes tenía la capacidad de apreciar, pero que absorbían hipnotizados, preguntándose qué contenía esa aura que despedía ese hombre, qué le hacía tan atractivo, tan buen comunicador, tan alto... Solo Hugo sabía qué era lo que tenía ese hombre, y sabía cuanto costaba y si no podía ser escritor, a Hugo no le importaría nada aceptar el premio de consolación y convertirse en el próximo ocupante de un despacho en el último piso.
-Vamos a tener que afrontar algunos cambios. Mi equipo y yo hemos estado trabajando en una estrategia que va a hacernos más fuertes. Algunos de vosotros ya habéis notado las iniciativas que hemos puesto en marcha. Estas iniciativas están diseñadas para impulsar la nueva estrategia y mantener nuestro liderazgo en el sector. Ese es nuestro objetivo último, seguir siendo los líderes para que cuando el mercado se recupere seamos nosotros los que pongamos las normas del juego. ¿Sabéis porque Hamilton prefiere correr cuando llueve? No es porque sea más rápido con la pista mojada ¡es porque en las peores condiciones es más rápido que los demás! ¡Es ahí dónde les saca la ventaja más grande!
Hugo miró embelesado el modo en que el presidente impulsaba con el brazo sus palabras, hasta casi saltar de emoción. Esos miles de euros en cursos para hablar en público estaban pero que muy bien invertidos.
-Si vamos a tener éxito o no, si vamos a ganar esta batalla, depende sólo de vosotros. De este equipo -el presidente señaló con el dedo al auditorio e hizo una pausa dramática. Y voy a ser muy sincero. Vamos a tener que hacer sacrificios. Todos. Pero quiero deciros que estáis en el sitio correcto. Si alguien tiene lo que hace falta para salir fortalecido de esta crisis, somos nosotros. Y vamos a demostrarlo. Si hace sol, y mucho más si llueve. Vamos a ser como Hamilton.
A Hugo le pareció indicado aplaudir en este preciso instante, que no pudo ser más correcto, puesto que justo entonces, el presidente pasó a presentar la estrategia en sí.
Con un gesto de su mano, la encargada de comunicaciones desplegó un cartel de varios metros en el que se podía leer “Más o Menos”. La “o” había sido tachada y encima de ella habían escrito una “Y” en rojo brillante, así que la lectura en realidad era “Más Y Menos”. Y debajo de esta frase, en un color diferente, otras dos palabras “ventas – costes”, con lo que todo en su conjunto quería expresar la necesidad de “Más ventas Y Menos costes”, que era en teoría el secreto que tenía que situar a la empresa en el puesto líder entre las de su clase. Completaba el cartel una gráfica donde se podía observar cómo las ventas subían y los costes de producción bajaban hasta el punto donde los señores accionistas podían vender la empresa a los chinos y comprarse un palacio coquetón.
Hugo pensó ¡bravo! ¡Bravísimo! Y disimuló una risita iniciando otro aplauso. Además de un gusto exquisito, ese hombre tenía las pelotas de acero. Eso era en lo que su equipo y él habían estado trabajando los últimos meses a razón de cientos de euros la hora. Más bien, se imaginaba Hugo, eso era lo que un consultor con un sueldo ridículo había dibujado durante una cena de tres ceros después de un par de copas. Hugo quería ser ese consultor. Quería estar en esa cena. Quería dirigir un equipo de consultores que se pasaran meses haciendo ridículas entrevistas a los jefes de departamento, bebiendo café gratis y usando la conexión a Internet de la empresa, reciclando papeles inservibles en varias carpetas gordotas para después pasar una factura igualmente absurda por la conclusión de lógica aplastante que Hugo dibujaría triunfalmente en una servilleta justo después de acabarse el paté du canard. Esa servilleta no sería “En busca del tiempo perdido”, de acuerdo, pero a razón de euros por palabra la servilleta era mucho más valiosa.
El presidente continuó enumerando entusiasmado los puntos que seguían lógicamente de la premisa enunciada en el cartel, o en la servilleta durante la cena de tres ceros, pero Hugo ya no estaba tan interesado. Cierto, seguía fascinado por el modo en que el presidente deducía conclusiones hechas de aire que no admitían réplica alguna, pero el contenido le daba exactamente igual. Hugo no formaba parte del departamento de ventas, con lo que a la primera mitad de la estrategia Hugo no podía contribuir, y la segunda le hacía reír bajito. Sí, seguro que les hacían pagar por el café y empezaban a comprar papel higiénico de una sola capa, pero Hugo de todos modos prefería cagar en su casa.
Justo en el momento en que el presidente hacía una pausa, un móvil sonó alto y claro en la sala de conferencias. Hugo giró la cabeza y alcanzó a ver cómo Francisco salía apurado y casi tropezándose con las sillas. Hugo sacudió otra vez la cabeza. Tsk, tsk, tsk. Eso es justamente lo que pasa cuando aceptas ayudar a un grupo de inútiles. Es cuestión de tiempo que acaben pidiéndote el bazo y parte del hígado. Los inútiles nunca tienen bastante.
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