Francisco estaba agotado hasta querer hacer suyos cada uno de los matices de la palabra, consumido como si vampiros, sanguijuelas, chupacabras y hasta liendres hubieran quedado para cenar en su casa. Francisco soñaba despierto con dormir, no podía soportar el peso de la corbata y ni siquiera tenía su estilográfica para darse fuerzas. El fin de semana debía haber sido algo muy diferente. Le tocaba tener al niño e iba a llevarlo a la casa del pueblo. Se moría por ver la cara de su hijo cuando supiera la sorpresa que le estaba preparando su padre para el verano. Quería preguntarle dónde le gustaría poner la piscina, y si la quería con azulejos azules o con el fondo liso. Hacía dos semanas que no le veía y le angustiaba la idea de que hubiera crecido en ese tiempo. Los niños cambian mucho a esa edad, pensaba, y no podía evitar sentirse culpable por perderse esos cambios, aunque no fuera culpa suya.
Ahora Francisco se sentía agotado, consumido y además culpable porque lo de este fin de semana sí había sido culpa suya. En teoría podía haber dicho que no. Nada en su contrato le obligaba a conducir dos horas en su coche particular hasta el almacén del aeropuerto para ayudar a resolver la cagada del grupo de Releases. ¡Con su coche particular! Hay que decir que Francisco llevaba meses esperando a que la empresa hiciera el pedido del tipo de coche que le correspondía por su categoría y Recursos Humanos se negaba a darle otro mientras tanto, un Renault normalito, del tipo que conducía Hugo, por ejemplo.
Ni siquiera se trataba de uno de sus proyectos, sino de uno de Hugo, pero, como el encargado del almacén le había recordado, uno: Francisco era el responsable último del departamento, dos: para responder en este tipo de situaciones cobraba más primas que los demás, tres: se sobreentiende que un jefe debe ser el primero en hacer lo que se debe aunque no esté escrito en el contrato y es precisamente así como lo verían sus jefes a la hora de depurar responsabilidades y cuarto y último: si no le echaba una mano en esta, él se tomaría como un reto personal el hacerle la vida imposible a Francisco y a todos y cada uno de sus empleados.
Pensando en cómo le desagradaba el aliento a cebolla del encargado del almacén mientras le leía la cartilla, el sábado a primera hora Francisco condujo hasta el aeropuerto, ayudó en lo que pudo hasta las dos de la mañana, durmió en el sofá de una de las oficinas del almacén hasta que le despertó el ruido de los aviones a las seis y siguió trabajando revisando pedidos, archivando facturas, corrigiendo etiquetas… tareas que eran imprescindibles pero nada tenían que ver con su puesto, hasta que en la noche del domingo al lunes por fin uno de los ingenieros descubrió que alguien había escrito una coma donde debía haber un punto y coma y todo pareció resolverse.
Francisco escuchó la charla del presidente como si fuera parte de un sueño. Su cabeza ponía el acompañamiento a las palabras, creando imágenes que invadían la sala y le hacían cuestionarse su salud mental. Cuando el presidente dijo “va a haber cambios” Francisco vio como un tornado tiraba la puerta y entraba en la sala haciendo estragos entre la audiencia. Se llevó por delante bolsos y zapatos de mujer, levantó a los hombres tirándoles de la corbata, golpeó y tumbó las butacas y no dejó nada ni nadie en pie hasta que llegó al estrado y se extinguió quedando sólo una brisa que despeinó un poco al presidente. Pero la pesadilla que luego le acompañaría todo el día llegó cuando el presidente comenzó a hablar del coche de Hamilton. Tan pronto como se le invocó, el bólido comenzó a rugir en el estrado. Era un coche potente, un líder de su clase, sin duda, pero no lo suficientemente grande como para transportar a todos los presentes. Francisco miró a la audiencia y se dio cuenta de que todos eran conejos. Él también era un conejo. Todos conejitos asustados con los ojos rojos bien abiertos, plantados en mitad de la carretera, cegados por las luces del coche de Hamilton. Estaban paralizados, pero daba igual que se movieran a la derecha o a la izquierda, en apenas un segundo todos serían aplastados.
Cuando el móvil de Francisco sonó, dejó de ver conejos y salió temiéndose que tendría que volver al aeropuerto. Gracias al cielo no era eso, sino el encargado del almacén que le daba las gracias por su ayuda el fin de semana y le pedía de paso si podía echarle un vistazo al informe de la incidencia. Francisco suspiró y dijo que sí, claro, ¡qué podía hacer si no! Por lo menos el encargado le agradecía la ayuda y aunque seguía enfadado consigo mismo por no haber visto a su hijo ese fin de semana, sintió una pizca de satisfacción por el trabajo bien hecho.
En esas estaba cuando se acercó Miguel, que acababa de salir de la reunión, a comentar los pormenores de ésta.
-Bueno, ¿qué? – dijo sencillamente. Francisco se encogió de hombros y Miguel continuó.
-Venga Paquito, dime que te ha parecido
-Que parece ser que tienen un plan
-Pfffff. Tú estabas dormido, ¿verdad? Que plan ni que… son una panda de sinvergüenzas y esa reunión ha sido una sinvergonzada.
Miguel elevó la voz y Francisco miró instintivamente alrededor. No convenía en esos momentos el llamar la atención.
-Shhhh – Trató de calmarle Francisco, pero sólo pareció darle alas
-Si dejaran de gastarse el dinero en aviones privados y putas, ya verías como ahorrábamos, ¡pero de verdad! Sinvergüenzas…
-Aquí nadie tiene aviones privados – contestó Francisco en un susurro
-Y en cenas. Qué estos yanquis le han cogido el gusto al jamón de bellota. Esta crisis de mentira es una excusa para seguir dándonos por el culo pero de verdad, y encima obligarnos a poner la cama.
Francisco le cogió del brazo y le miró suplicante, con la intención de calmarlo. Miguel se zafó y continuó un poco más bajo.
-Tú, Paquito, es que eres un blando, pero ya sabes que yo no tengo ningún problema en decirles lo que pienso a la cara. No sería la primera vez.
No, no sería la primera vez. En su condición de empleado casi imprescindible, Miguel siempre decía lo que le venía a la cabeza. Una vez había entrado en el despacho del presidente y le había dicho que el nuevo logotipo de la empresa era una mierda y que si le dejaran instalarse photoshop, él mismo podría hacer algo mejor en cinco minutos. Satisfecho de haber compartido su opinión, salió del despacho no sin antes decirle al presidente que podía encontrarle en su mesa si quería discutir el tema. Por supuesto que el presidente no tenía ni idea de quién era Miguel o dónde estaba su mesa. Si fuera de otro modo, Miguel la hubiera encontrado vacía al volver.
Miguel se sentó en su silla con los brazos cruzados, como un niño castigado, y Francisco bostezó. ¡Lo que daría por poder dormir! Pero cada vez que daba una cabezada le despertaba el coche de Hamilton a punto de pasarle por encima.
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Uh... ya sé que Paco es un pringado, pero ¿no te estás excediendo un poco aquí? Yo nunca he conocido ningún caso tan extremo, ¿y tu? Y menos después de un divorcio. Me parece que lo de dormir en un sofá del almacén por echar una mano es demasiado, Dilbert sólo se habría quedado hasta las 2 ó 3 de la mañana.
ResponderEliminarVale, comentario aceptado. Ya le he dado un par de razones extra a Paquito para ser buen chico y no rebelarse
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